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lunes, 27 de diciembre de 2021

Albert Speer: His Battle with Truth (Su batalla con la verdad) Gitta Sereny (yI)

La verdad, como suele ocurrir, es al tiempo más simple y más sutil. En su apariencia y en su habla, el joven Speer, alto y apuesto, probablemente se acercaba mucho al ideal germano soñado por Hitler. Miembro de una familia de alcurnia, con el aura de las clases altas, pero, al tiempo, de una modestia sin tacha y de compostura contenida (<<siempre permanecía callado, compuesto, sin decir una palabra más alta que la otra>> recordaba Annemarie Kempf), Speer era la encarnación de aquel estrato social que el joven Hitler, miembro de la clase media baja, había admirado desde la lejanía. Además, el brío que Hitler percibió en él desde muy pronto respondía en muchos aspectos al suyo propio. Por añadidura, el hecho de que su profesión fuera la arquitectura ofrecía a la perfección, en palabras de Mitscherlich <<el medio a través del que ambos (con los mismos problemas para comunicar sus sentimientos) podían conectar. 

Albert Speer: His Battle with Truth (Su batalla con la verdad) Gitta Sereny

En la entrada anterior,  les había comentado brevemente otro libro de Gitta Sereny: el excepcional Into that darkness (Desde aquella obscuridad). En esa obra se compilan las largas conversaciones que esa periodista tuvo en la cárcel con Franz Stangl, condenado a cadena perpetua en 1970 por haber sido el comandante del campo de exterminio de Treblinka. Allí, se asesinó a más de 900.000 judíos, de los tres que vivían en Polonia, en menos de dos años: de 1942 a 1943. Un tema en donde, como ya les conté, Sereny no podía adoptar una postura neutral, equidistante, sino que por fuerza tenía que mostrarse militante.  Así lo dictaba no sólo su origen judío, sino su pasado primero como resistente antinazi y luego como funcionaria aliada a cargo de la repatriación de los deportados por el Nazismo. Por esas razones, Into that darkness adoptaba forma de debate, de diálogo polémico, ya que las declaraciones de Stangle no se presentaban aisladas de todo contexto, sino que se se corregían, incluso refutaban, con las de otros criminales nazis y las de los supervivientes judíos.

No sería el único libro de Sereny sobre el periodo nazi. En Albert Speer: His Battle with Truth volvió la vista hacia ese jerarca nazi, una personalidad de importancia crucial en el último periodo del conflicto. En su calidad de Ministro de Armamentos y Producción bélica, consiguió elevar la producción nazi a niveles insospechados- varias veces por encima de los niveles de los primeros años de guerra-, aun cuando las materias primas -y el material humano- eran cada vez  más escasos, al tiempo que las ciudades alemanas eran machacadas sin piedad por los bombarderos alemanes.  Sereny pudo entrevistarlo durante multitud de ocasiones durante la década de los setenta y devino casi su confidente, acabando por escribir un libro de gran extensión: más de 700 páginas. Esa longitud -el dedicado a Stangl apenas superaba las 300- sirve de medida de la relación de amor-odio que Sereny sintió por Albert Speer. Fascinación a regañadientes que fue compartida por buena parte del público occidental de los años setenta, ya que por aquel entonces Speer se convirtió en una suerte de estrella mediática: invitado por los medios una y otra vez, como testigo de excepción, cuando era necesario indagar en la naturaleza criminal del régimen nazi y de su principal dirigente: Adolf Hitler.

jueves, 18 de noviembre de 2021

Francisco Veiga, El desequilibrio como orden

Desde Occidente se contemplaba la situación en Rusia con creciente preocupación. La economía se deterioraba por momentos, el descontento social era unánime. Los sueldos no se cobraban durante meses  y cuando eran abonados ya no servían para hacer frente a la subida de los precios. La delincuencia aumentó, se expandió por todos los ámbitos de la sociedad. Las costumbres ya conocidas durante los últimos tiempos de la Unión Soviética (el trueque a base de los productos substraídos en la propia empresa, los sobornos) se convirtieron en práctica común y corriente. Pero se asoció con el uso de la violencia y la aparición de mafias cada vez más organizadas. Rusia amenazó con transformarse en un gigantesco bazar donde todo se podía comprar y vender. Desde Occidente se consideraba cada vez más seriamente la posibilidad de que eso incluyera no sólo armas convencionales -algo muy extendido por entonces-, sino tráfico de armas atómicas y componentes asociados a las mismas o a su fabricación, incluidos los científicos y técnicos que las habían creado y mantenido. O crisis derivadas de fallos fatales en las instalaciones nucleares.

Francisco Veiga, El desequilibrio como orden, una historia de las postguerra fría.

En entradas anteriores ya les había comentado otro libro de Francisco Veiga, del titulado La fábrica de la fronteras, centrado en las guerras  de secesión yugoeslavas de las década de 1990. Aunque no coincido del todo con algunas de sus conclusiones -la autoría de ciertos hechos luctuosos-, es un análisis brillante de esa década convulsa, tanto por su detalle como por ayudar a disolver los errores que la propaganda de entonces inculcó en quienes vivimos en esa época. Pueden imaginarse el interés que me despertó saber que había escrito un estudio de igual calidad sobre los años posteriores a la guerra fría, de 1990 a 2012

Y aquí se hace necesario un inciso. Hace muchos, muchos años, en los noventa del pasado siglo, ya había leído otro libro de este autor: La paz simulada, escrito en colaboración con Enrique da Cal y Ángel Ugarte. Obra centrada en la Guerra fría que devoré con fruición, ya que, como sabrán, mi adolescencia había transcurrido en los años ochenta, durante los últimos coletazos de ese conflicto, cuando parecía que, a la mínima, habrían de empezar a llover pepinos nucleares. No ocurrió así, por suerte, así que, durante los noventa, me obsesione con comprar libros dedicados a ese periodo: obras que me ayudasen a comprender el porqué de esa locura. Sin embargo, con el tiempo, ese periodo que me marcó de manera indeleble ha devenido historia antigua, de la que aburre a los escolares. Ahora, pasados 30 años, es necesario descubrir qué ocurrió en la posguerra de ese conflicto, en este tiempo de neoliberalismo triunfante.

viernes, 5 de noviembre de 2021

La fábrica de las fronteras, Francisco Veiga (II)

Por ello, las masacres debido a impactos directos fueron muy raras y, cuando se producían, solían provocar muchas polémica mediática. Tras la denominada <<matanza de la cola del pan>>, el 27 de mayo de 1992, atribuida a un morterazo serbio, levantó una enorme polvareda la publicación de diversos informes de las Naciones Unidas, según las cuales éste y otros ataques similares habían sido provocaciones organizadas por las mismas fuerzas bosniacas, a fin de forzar la tan ansiada intervención internacional. El bombardeo del 5 de febrero de 1994 sobre el mercado generó muchas dudas en su momento; a día de hoy existen ya pocas dudas de que el ataque se debió a las mismas fuerzas bosnio-musulmanes. De hecho, según fuentes de inteligencia estadounidenses, el gobierno de Sarajevo incluso lo admitió ante sus aliados americanos, aunque en secreto.

Francisco Veiga, La fábrica de las fronteras.

Ya les había hablado, en otra entrada, de este magnífico libro de Francisco Veiga, un completo -y algo polémico- análisis de las guerras de Yugoeslavia. Ese complejo de guerras civiles, que ocupan la década de 1990 por entero, supuso un shock para una Europa que aún celebraba el fin de la Guerra Fría y que, además, llevaba viviendo cuarenta y cinco años de paz. Tensa, pero necesaria tras los treinta años de guerra sin cuartel, culminados en el genocidio contra los judíos, que habían ocupado la primera mitad del siglo XX. En muchos aspectos, las guerras yugoeslavas parecieron, para los europeos, como un retorno a esos años terribles, ya que la limpieza étnica, con toda su crueldad, se convirtió en su rasgo característico. Sin olvidar tampoco que, al contrario que las hostilidades de primeros de siglo, esta guerra fue televisada: durante largos años los europeos pudieron ver, día tras día, imágenes de las atrocidades casi según se estaban produciendo. Nombres como Sarajevo o Srebenica se clavaron en la memoria de los contemporáneos, pasando a formar parte de la larga historia de la infamia.

Sin embargo, a pesar de esa exposición mediática y de la cercanía temporal de los hechos, subsisten aún graves dudas y discordancias sobre lo que ocurrió en realidad. En la entrada anterior, ya les había señalado como la versión construida en esos años -y que aún persiste en gran medida- ponía la responsabilidad del conflicto en el estado serbio y sus dirigentes -Milosevic y Karadzic, quienes habrían intentado crear una Gran Serbia arrebatando amplias regiones a las repúblicas yugoeslavas vecinas. Esa culpabilidad se extendería también a las limpiezas étnicas, que habrían sido perpetradas, casi en exclusiva, por los serbios, teniendo como epítome el asedio de Sarajevo y las matanzas de Srebenica. Sin embargo, lo que ocurrió en realidad es que nadie quiso mantener la unidad de la federación, cuyos organismos fueron minados, desde dentro, por los propios gobernantes de los futuros estados sucesores. Serbia no habría podido hacer nada sin la colaboración, tácita y tempestuosa, de Croacia, cuyo presidente, Tudman, acordó en varias ocasiones el reparto de Bosnia con Milosevic.

jueves, 21 de octubre de 2021

La fábrica de las fronteras, Francisco Veiga (I)

En febrero de 1992, a los dos meses escasos de obtener el reconocimiento internacional de su independencia, el gobierno de la flamante República de Eslovenia decidió eliminar del registro de residentes, mediante un procedimiento secreto y sin informar a los interesados, a todos aquéllos que no habían solicitado la ciudadanía eslovena en los seis meses posteriores a la independencia. Esto afectaba a serbios, croatas, bosnios, macedonios o gitanos, pero también a eslovenos nacidos en el extranjero o en Eslovenia, que habían pasado parte de sus vida fuera del país, en otras repúblicas. De la noche a la mañana, los <<borrados>>, como se pasó a denominarlos, se convirtieron en residentes ilegales. En el mejor de los casos perdieron el derecho a empleo, pensiones o asistencia médica. Pero como además eran residentes ilegales, muchos fueron obligados a dejar el país, incluso hacia Croacia y Bosnia, por entonces en plena guerra.

Francisco Veiga, La fábrica de las Fronteras, Guerras de secesión yugoeslavas, 1991-2001

En este magnífico libro de Francisco Veiga se analizan en detalle unos hechos centrales de la historia europea de los 90: la varias guerras civiles yugoeslavas, hasta cinco, que concluyeron con la división de ese país, Yugoeslavia, en 6 estados sucesores de muy diferentes destinos. Dos de ellos, Eslovenia  y Croacia, se integraron con rapidez en la Unión Europea, mientas que otro, Serbia, se convirtió en un paria dentro de la comunidad internacional,. Otros dos, Kosovo y Bosnia, han devenido protectorados de la Unión Europea, sin cuya protección se derrumbarían, al no constituir estados viables. Los restantes, Montenegro y Macedonia, han quedado olvidados en un extraño limbo, el mismo que algunas regiones del antiguo espacio Soviético, Moldavia y Transnistria.

Son hechos que han dejado cicatrices muy profundas en la región, en especial porque ese conflictos se caracterizaron por la limpieza étnica. Fue entonces cuando se acuñó, precisamente, el término ethnic cleansing, para denotar cómo milicias y paramilitares exterminaban civiles inocentes, con el objeto de provocar el terror. en esa región, entre los habitantes de la misma lengua, origen o religión, y así desencadenar su huida en masa. De repente, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, Europa asistía, sin ser capaz de reaccionar, a matanzas despiadadas y flujos imparables de refugiados.  La larga paz de la Guerra Fría -siempre frágil e impuesta por las superpotencias, pero paz al fin y al cabo- parecía haberse quebrado sin posibilidad de arreglo, precisamente cuando Occidente celebraba el fin del comunismo: la guerra de Yugoeslavia se inició el mismo año de la disolución de la URSS, hace treinta años.

sábado, 9 de octubre de 2021

Comunidades rotas, Javier Rodrigo y David Alegre (II)

El número de víctimas es imposible de calcular con una mínima exactitud, pero vale decir que en el marco del conflicto (Guerra de Liberación de Bangladés en 1971) tuvo lugar una campaña eliminacionista contra la comunidad bengalí. Desde el punto de vista académicp, existe acuerdo a la hora de considerar este episodio de matanzas colectivas como un genocidio, que con toda probabilidad costó la vida de un millón de personas, puede que más, y que asímismo incluyó la violación de masas como arma de guerra, afectando a unas 200.000 mil mujeres. A tal efecto, se crearon instalaciones o centros donde muchas de éstas eran retenidas y violadas de forma sistemática por soldados pakistaníes y sus aliados autóctonos de origen bengalí o biharí. Sin embargo, las agresiones también se llevaban a cabo en grupo y delante de los familiares de las víctimas, que en muchos casos eran repudiadas a causa del peso de una tradición patriarcal donde el mantenimiento de la pureza de la mujer era considerado un factor fundamental.

Comunidades rotas, Una historia de las guerras civiles, 1917-2017. Javier Rodrigo y David Alegre

En una entrada anterior, ya les había hecho una pequeña presentación del libro Comunidades rotas, de Javier Rodrigo y David Alegre, magnífico estudio del siglo XX -y lo que llevamos del XXI-, desde el prisma de las guerras civiles. La primera conclusión del estudio es que, a lo largo de ese periodo de tiempo, se ha producido un mutación en la tipología de las guerras: la guerra interestatal se ha vuelto cada vez más infrecuente, substituida por las guerras civiles. No significa que los estados no se hagan la guerra los unos a los otros, sino que aprovechan las guerras intestinas de otros estados para resolver allí sus diferencias, por intermediarios y sin necesidad de recurrir a movilizaciones generales que pudieran enajenarles el apoyo de sus ciudadanos. Por otra parte, las pocas guerras interestatales que habido desde la Segunda Guerra Mundial indefectiblemente han derivado en conflictos civiles. La desestabilización que toda intervención -o invasión- provoca en el país afectado deja al descubierto sus cisuras internas, antes ocultas por la presencia de un poder estatal, derivando rápidamente en guerra civil, más o menos larvada. Incluso llegando a extenderse, de manera especular, a la sociedad del país invasor.

Sin embargo, podría objetarse que qué importancia -o relevancia- tiene esta metamorfosis del conflicto bélico. De acuerdo con cierto optimismo de raigambre (neo)liberal, de 1945 para acá cada vez ha habido menos guerras, al tiempo que esas pocas han causado muchos menos muertos, en media, que los estimados para el periodo 1914-1945. Se podría deducir que la guerra -y el sufrimiento que acarrea- ha ido tornándose menos frecuente, como conviene al progreso imparable de la civilización. De hecho, podría alegarse como prueba, las que aún quedan se libran en regiones periféricas, en países que no han completado su evolución hacia la modernidad, mientras que en Occidente -y en otros estados como China, Japón o India- se vive una larga paz que no tiene visos de terminar en el futuro.

viernes, 1 de octubre de 2021

Comunidades rotas, Javier Rodrigo y David Alegre (I)

La capitulación incondicional, la consideración del civil como enemigo potencial, la movilización, control y coerción totales, la disolución de las fronteras entre los espacios y las nociones de lo público y lo privado y, sobre todo, la utilización de métodos totales de guerra a despecho de los más elementales principios morales (asesinato de civiles, internamiento preventivo y despiadado de soldados, depuraciones violentas de la población, exilios y desplazamientos forzosos, identificación del territorio como espacio de movilización enemiga) fueron los jalones de una guerras totales en los frentes y en las retaguardias de las guerras convencionales, o también totales con fronteras difusas en aquéllas de naturaleza irregular, donde la identificación propia y del enemigo se hizo también a través de elementos totales; todo o nada, el bien contra el mal. Esa es una de las claves propias de las guerras civiles que, sin embargo, rara vez ha sido destacada por la historiografía sobre las guerras contemporáneas: su carácter a la vez movilizador y nacionalizador, en la medida en que a través de las armas se dirimen conflictos de soberanía territorial, connacionalidad e identificación.

Comunidades rotas, Una historia de las guerras civiles, 1917-2017. Javier Rodrigo y David Alegre

El libro de historia al que pertenece el párrafo anterior es un libro magnífico, ya sólo por su premisa: narrar la historia del siglo XX -y lo que llevamos del XXI- desde el punto de vista de las muchas guerras civiles que lo han ensangrentado. No es una decisión arbitraria, ni baladí, puesto que en en este último siglo se ha producido un cambio substancial en el modo en que se libran los conflictos bélicos. No se trata ya de guerras interestatales, con frentes bien definido y unas reglas de combate respetadas por los contendientes, sino de conflictos civiles en donde toda delimitación es difusa y, aún peor, casi de inmediato derivan en guerras totales, cuyo objetivo primordial no es la conquista de territorio sino el exterminio del contrario, civiles incluidos.

Puede resultar chocante el afirmar que la guerra civil es el tipo de conflicto por antonomasia del siglo XX. Al fin y al cabo, ese siglo se caracterizó por dos sangrientas guerras mundiales, cada una de ellas epítome del conflicto entre estados, para luego, durante la guerra fría, rebosar de intervenciones militares a cargo de las dos superpotencias, EE.UU, y la URSS. Sin embargo, se suele olvidar que el epílogo de la primera guerra mundial -ese periodo que abarca desde el armisticio de 1918 hasta 1922- se compone de una serie de guerras civiles en el este de Europa -la Finlandesa, la Rusa y la Húngara- entre rojos y blancos, donde se observan todas las características de ese tipo de conflicto intestino. Justo las enumeradas arriba.

viernes, 7 de mayo de 2021

La sociedad del espectáculo (II)

Tras la La Societé du Spectacle (La sociedad del espectáculo 1973), Guy Debord armó/compuso otro largometraje: In girum imus nocte et consumimur igni (Vagamos en la noche y somos consumidos por el fuego) de 1978, siguiendo el mismo método de detournement visual que caracterizaba la obra anterior. Se trata, por tanto, de una continuación de las tesis de la película anterior, casi una Sociedad del espectáculo 2, pero al mismo tiempo supone un giro radical con respecto a su hermana. Dos tercios de su metraje son unas memorias personales, con todo lo que eso conlleva: nostalgia, amargura, derrota. 

Quizás Debord no lo viera así en su tiempo, pero el paso del tiempo ha llevado a primer plano esos aspectos. Basta considerar que In girum es apenas un año anterior a la llegada al poder de Margaret Tatcher. Diez años después del 68 esa oleada revolucionaria parecía haberse agotado en sus propias contradicciones, tanto en occidente como en los países del bloque comunista, . En su lugar, a fines de la década de los setenta echo a andar la contrarevolución neoliberal, que no sólo derrotó, diez años más tarde, a su enemigo soviético, sino que ha terminado por erigirse en ideología alternativa. En palabras de su fundadora: &laquo;No hay alternativa&raquo;.

Esa resaca, tras la fiesta del 68, es visible en el primer tercio, el más político, el ensayo visual de Debord. En ella se constata la victoria de la Sociedad del Espectáculo, en términos que entonces eran nuevos, casi heréticos para la ortodoxia izquierdista, pero que ahora han devenido auténticos lugares comunes. Para triunfar, este modo capitalista contemporáneo ha conseguido recabar el apoyo de amplios sectores de la sociedad, incluso de aquéllos que se ven perjudicados por sus políticas. El truco, como bien señala Debord, estriba en hacer creer a asalariados y clases medias bajas que ellos pertenecen también a la élite. Es decir, que los pocos lujos que se permiten -ya sea turismo masificado, coche familiar, vivienda con un mínimo de comodidades o, en nuestro presente, internet con streaming- les colocan al nivel de los poderosos. Las medidas que les favorezcan a éstos últimos, por tanto, beneficiarán también a los desfavorecidos, aun cuando esto sea una contradicción, en idea y realidad.

Esta conclusión es más cierta en la actualidad que en tiempos de Debord, lo que nos lleva a la raíz del problema, además de explicar el giro de la película en los dos tercios siguientes. No parece que haya una manera de revertir esa situación, imposibilidad que empezaba a hacerse evidente a finales de los años setenta y que ahora se ha tornado en una verdad incontrovertible. Si, por tanto, el cambio es imposible -o sólo se habrá de obrar en un futuro incierto que ninguno veremos- ¿qué sentido tiene esbozar, planear, medidas de combate que no podrán llevarse a la práctica? ¿O que en el caso de hacerlo ser revelarán hueras, conduciendo a un fracaso cuya gloria no eliminará nada de su amargura? Es por ello que Debord vuelve la vista a una Arcadia Felix, la de su juventud: un París que aún no se había convertido en decorado donde los turistas se aburren, sino que era una ciudad viva, habitada. Rebosante en tensiones y  conflictos, por ello mismo humana y digna de ser vivida.

Es allí, en la década de los cincuenta y sesenta, donde Debord realiza su labor, a caballo entre la Internacional Letrista y la Internacional Situacionista. En sus vagabundeos artísticos se entrecruzan el antiguo concepto de la bohemia artística y la militancia política radical. No es de extrañar, por tanto, que el modo en que Debord ilustra ese tiempo sea con imágenes heroicas, extraódas de películas clásicas y de cómics populares. Esas referencias redundan en un símbolo común: el del grupo de camaradas, al margen de la sociedad, que son capaces de hacer temblar sus fundamentos. Sin importar que el resultado sea victorioso o no -de hecho, siempre terminará en derrota-, porque lo importante es servir de ejemplo, convertirse en leyenda para los que habrán de venir después. Aquéllos que, en ese futuro indeterminado, habrán de hacerlo realidad. Idea que puede parecer descabellada, pero que no está muy lejos de ese sentimiento que imbuye todo nuestro cine comercial y popular: la revolución obrada por unos pocos, frente a los que el poder del estado, la tradición y las instituciones son impotentes.

Esperanza futura, orgullo por lo conseguido en el pasado - aunque desembocase en derrota- que no disimulan una evidente amargura. Debord se siente ya viejo, superado por los acontecimientos, destinado a un exilio interior y exterior, a un anonimato que al mismo tiempo ansía y rechaza. Como los viejos luchadores -los de las películas y cómics que pueblan su filme - sólo le queda ya sentarse a esperar la muerte, rodeado de los marchitos laureles de sus glorias pasadas.

jueves, 1 de abril de 2021

Sólo una matanza sin sentido (y III)

 En realidad, el espíritu de Hitler es un espíritu profundamente femenino; su inteligencia, sus ambiciones, su voluntad misma no tienen nada de viril. Es un hombre débil que se refugia en la brutalidad para ocultar su falta de energía, sus sorprendentes flaquezas, su egoísmo mórbido, su orgullo sin recursos. Algo que tienen todos los dictadores, uno de sus rasgos característicos en su modo de concebir las relaciones entre hombres y acontecimientos es la envidia: la dictadura no es sólo una forma de gobierno, es la forma más completa de la envidia, tanto en lo político, como en lo moral y lo intelectual. Como todos los dictadores, Hitler se deja guiar más por sus pasiones que por sus ideas. Sus relaciones con sus antiguos partidarios, esas tropas de asalto que lo han seguido desde el primer momento, que le han permanecido fieles en las desgracia, que han compartido con él humillaciones, peligros, cárcel y que han contribuido a su gloria y a su poder, no puede explicarse más que por un sentimiento del que únicamente se extrañarán los que ignoran la naturaleza especial de los dictadores, su psicología violenta y tímida. Hitler siente envidia de los que le han ayudado a convertirse ne una figura de primera línea en la vida política alemana. Teme su orgullo, su energía, su espíritu combativo, esa voluntad valerosa y desinteresada que hace de las tropas de asalto hitlerianas un peligroso instrumento para la conquista del estado.

Curzio Malaparte, Técnicas de golpe de estado.

En la trayectoria política de Malaparte, este libro tiene una importancia capital. Publicado en 1931, sus comentarios despectivos contra Adolf Hitler, futuro dictador de Alemania -e indirectamente contra el propio Musolini- le granjearon la inquina perpetua del partido Nazi. Cuando se hicieron con el poder, cada viaje de los jerarcas alemanes a Italia acarreaba arrestos carcelarios para Malaparte, que poco a poco se fueron haciendo cada vez más largos, culminando con destierros. Como resultado, la decepción de Malaparte con el rumbo del fascismo mussoliniano se transformó en oposición abierta. Tras la rendición italiana en 1943, Malaparte se pasaría al bando aliado para luego, en la postguerra, militar en las filas comunistas. Curiosa evolución para quien había sido un fascista convencido, de los primeros en unirse al movimiento, e intelectual mimado por el régimen de Mussolini.

Técnicas de golpe de estado se ha visto rodeado de una aureola de libro antifascista que tiene bastante de falsa. Es cierto que hay un ataque directo contra Hitler, pero es más bien contra los métodos que estaba utilizando en su toma del poder: electorales y parlamentarios, a largo plazo, frente a las técnicas relámpago que habían encumbrado a Mussolini. Malaparte se embarca así en un estudio de la formas violentas de conquistar el poder de forma, pero no mediante una revolución, sino mediante un golpe de estado. ¿La diferencia? La revolución implica masas, es decir, un levantamiento popular que triunfa sobre el poder del estado por la fuerza del número, al abrumar a las fuerzas represivas. El golpe de estado, por el contrario, es obra de una minoría, que consigue tomar los centros neurálgicos del poder, para poder así paralizar al estado y doblegarlo a su voluntad.

sábado, 6 de marzo de 2021

El ocaso de los dioses

Desde el otoño de 1944, la Wehrmacht se sume en un creciente caos administrativo. Uno de los efectos de esta pérdida de eficiencia es que los mandos ignoran el el nivel real de las bajas sufridas durante los últimos meses de conflicto. Durante largo tiempo, tras la guerra, los historiadores las han calculado alrededor de 3 ó 4 millones de soldados alemanes muertos durante la Segunda Guerra Mundial.  Diferentes análisis de historiadores, en primer lugar el de Rudiger Overmans, han establecido finalmente una cifra total de 5,4 millones, de los que 4 millones corresponden al Frente del Este. Otro descubrimiento es que más de un cuarto de esos muertos en combate -1,4 millones- lo fueron entre el 1 de enero de 1945 y el el 9 de mayo de ese año. Los meses de enero, febrero, marzo y abril de 1945 fueron, con diferencia, los más sangrientos de la guerra para Alemania. Enero tiene el record absoluto con 451.742 muertos, de los que dos tercios lo fueron frente al Ejército Rojo. Cada día de ese mes, cinco regimientos fueron exterminados y, contando heridos y prisioneros, de tres a cuatro divisiones fueron borradas de los efectivos de combate. Febrero, marzo y abril acumulan más de 300.000 muertos. ¡Durante los cuatro primeros meses de 1945, mueren tantos soldados alemanes como en los cuatro primeros años de guerra, e igual que entre 1914 y 1916! La calidad de las unidades no tiene nada que ver con la de años anteriores. Los oficiales, en número insuficiente, no tienen la experiencia necesaria. Los soldados, demasiado jóvenes, demasiado viejos, presentan una mala condición física y no han recibido más que una instrucción sumaria. Caen como moscas al primer encuentro. La mayor parte de las unidades no alcanzan la cifra de efectivos prevista en los regflamentos, ni la mitad de vehículos necesarios, sin casi combustible para ponerlos en marcas. Las comunicaciones se han hundido a un nivel que se ha vuelto al tiempo de los correos y, en caso del teléfono, los mandos deben limitar a dos o tres minutos cualquier llamada. El apoyo artillero está bajo mínimos, en especial por falta de municiones, mientras que la aviación es inexistente. En esta condiciones materiales tan desfavorables, el precio de resistir equivale a pérdidas catastróficas.

Jean Lopez. Los cien últimos días de Hitler.

Ya les he indicado, en entradas anteriores, que uno de mis descubrimientos de este tiempo de confinamiento han sido los libros del historiador francés Jean Lopez sobre la Segunda Guerra Mundial. Me están sirviendo para ponerme al día ,así como para despejar muchos mitos que aún conservaba en mi memoria como verdad incontestable. No es tanto el caso de este  Los cien últimos días de Hitler, pero sí se trata de un periodo del conflicto que me obsesiona: en él, la locura nazi llegó a su paroxismo. La guerra sin cruel, despiadada y sin cuartel que Alemania había librado contra el resto de Europa se volvió contra ellos. Los alemanes sufrieron atrocidades similares a las que habían infligido -aunque sin llegar al genocidio- mientras que el propio Hitler comenzó a considerar la posibilidad de un suicidio de la nación: ya que Alemania no se había mostrado a la altura de la misión que la providencia le había asignado, no merecía sobrevivir a la destrucción del movimiento nazi.

Puede parecer exagerado en esa formulación, pero hay que tener en cuenta que al principio de esos cien días se produce el último punto de inflexión de la Segunda Guerra Mundial. A mediados de enero de 1945, la ofensiva alemana de las Ardenas ha fracasado por completo. Los aliados han recuperado el terreno perdido a finales de diciembre de 1944, derrotando a los alemanes, pero el impacto no se limita a un mero ajuste de los frente: los alemanes han malgastado las últimas reservas humanas, materiales y de combustible que tenían. Cualquier ofensiva aliada, desde ese momento, puede ser contenida durante unos pocos días, pero derivará con rapidez en la ruptura del frente y su hundimiento. Eso, precisamente, es lo que ocurre por esas mismas fechas en el frente del este. El ataque de tres frentes soviéticos, comandados por los mariscales Zukov, Koniev y Rokossovski, lleva, en un par de semanas, a que los combates pasen del río Vístula al Oder, apenas a cien kilómetros de Berlín. Polonia ha sido liberada por completo, mientras que importantes regiones alemanas -Prusia Oriental, Silesia y Pomerania- caen en manos de los soviéticos.

sábado, 27 de febrero de 2021

Tornando tus utopías económicas en desastres sociales (y IV)

Es particularmente llamativo constatar que las divisiones electorales introducidas por los conflictos identitarios tienen hoy una dimensión similar a ambos lados del Atlántico. En los EE.UU. la separación entre el voto por los demócratas entre las minorías latinas y negras, con respecto a la mayoría blanca, alcanza aproximadamente los 40 puntos, ya desde hace medio siglo, y apenas varía si se toman en cuenta otros indicadores personales. En Francia, ya habíamos constatado que la separación del voto por los partidos de izquierda (ellos mismos en proceso de redefinición) entre los electores de religión musulmana y el resto se situaba en esos mismo 40 puntos, desde hace ya varios decenios, y sólo disminuye ligeramente si se tienen en cuenta las características socio-económicas de unos y de otros. Se trata, en ambos casos, de un efecto de una amplitud masiva, mucho más importante que la diferencia de voto entre el 10% de los electores con los títulos o ingresos más elevados y el 90% de los menos elevados, que en ambos países está en torno al 10-20%. En los EE.UU. se constata que los electores negros votan, elección tras elección desde los años 60, en un 90% por el partido demócrata (y apenas un 10% por el republicano). En Francia, los electores musulmanes votan, elección tras elección desde el comienzo de la década de 1990, en un 90% por los partidos de izquierda (y a penas un 10% por los partidos de derecha y extrema derecha)

Thomas Piketty. Capital e ideología.

He estado tentado de dejar de lado esta serie de comentarios sobre el interesante -y revelador- libro de Piketty sobre como se han ido entrelazando ideología y economía a lo largo de la historia, en especial desde el punto de vista de la desigualdad  y la política fiscal. No obstante, mis  someros comentarios -y mi falta de formación económica- creo que no aportan mucho a una lectura detenida del libro, ni siquiera como medio de alentar a hacerlo. Aun así, me sabía mal interrumpir mis anotaciones justo cuando se produjo la quiebra del sistema socialdemócrata, durante la década de 1980.

Como recordarán, este sistema se inició ya hacia 1900, aunque no alcanzó su plenitud hasta la segunda mitad de la década de 1940. Sus fundamentos eran una fuerte presión impositiva de carácter progresivo, que llegaba al 70-90% para las rentas más altas, si bien no se extendía al capital y la propiedad. En su época dorada, de 1950 a 1980, este sistema se conjugó con una fuerte reducción de las desigualdades y unas tasas de crecimiento fuertes, que han llevado a bautizarlas como los Glorious Thirty (Los treinta gloriosos). Con el ascenso del neoliberalismo en 1980 -y su corolario de neoconservadurismo- el modelo socialdemócrata comenzó a retroceder, en especial en los países del antiguo bloque comunista: en unos pocos años pasaron de ser sistemas fuertemente estatalizados a transformarse en epígonos del liberalismo radical estadounidenses. En muchas ocasiones superando a su maestro. Se iniciaba así la época de la globalización, que Piketty prefiere llamar hipercapitalismo.

martes, 23 de febrero de 2021

Tornando tus utopías económicas en desastres sociales (y III)

Entre las insuficiencias de la reflexión social de la socialdemocracia en temas de fiscalidad, dos puntos merecen una mención particular. De entrada, los movimientos socialdemócratas, socialistas y laboristas no supieron desarrollar los organismos de cooperación internacional necesarios para proteger y profundizar en  el sistema progresivo de impuestos. Incluso han organizado ellos mismos las condiciones de una competición  fiscal devastadora para la propia idea de justicia fiscal. A continuación, la reflexión sobre el impuesto justo no ha integrado de forma completa el tema del impuesto progresivo sobre la propiedad, central para toda tentativa ambiciosa de sobrepasar el capitalismo privado, en especial a través de la financiación de una dotación universal del capital y de una circulación mayor de la propiedad. Como veremos más adelante, el concepto de un impuesto justo debe reposar sobre un equilibrio entre tres formas legítimas y complementarias del impuesto progresivo: el impuesto progresivo sobre la renta, el impuesto progresivo de sucesiones y el impuesto progresivo anual sobre la propiedad.

Thomas Piketty. Capital e ideología

La entrada anterior terminaba con la aparición, a principios del siglo XX, de los impuestos de la renta y de sucesiones progresivos. Esto tenía lugar tras un siglo, como el XIX, en que la propiedad se había considerado sagrada e inalienable, incluso desde un punto de vista fiscal. Las bajas tasas de inflacción y la estabilidad política más o menos general habían favorecido el nacimiento de una clase de rentistas, cuyo sustento estaba asegurado por lo que les rentaban sus propiedades. Por otra parte, esas propiedades -y los capitales financieros- estaban en poder de una fracción muy exigua de la sociedad - apenas un 10%- mientras que el resto de la población no contaba con nada o casi nada. Las desigualdades eran hirientes, incluso en regímenes, como el francés de la III República, que se vanagloriaban de una solidaridad republicana que transcendía las clases.

martes, 9 de febrero de 2021

El infierno en la tierra (IV)

Las debilidades -bien conocidas- de la red de carreteras, la sobrecarga, la indisciplina generalizada, las destrucciones soviéticas tuvieron más efecto que las inclemencias del tiempo . Por otra parte, no se puede negar que ellas han agravado la situación, en especial en los vados y las zonas pantanosas. La acción acumulada de todos los factores provocó un embotellamiento gigantesco en todas las rutas de un área del tamaño del Benelux, que multiplicó por tres, cinco o diez el tiempo necesario para los desplazamientos. El general Heinrici escribió a su mujer que un camión necesitaba, en el mejor de los casos, &laquo;treinta y seis horas para recorrer treinta y cinco horas. A veces se escucha eso no es posible. Y, sin embargo, hay que hacerlo, aunque sea lentamente &raquo;... El barro tiene poco que ver con esa situación de penuria. A partir del diez-doce de octubre, la Wehrmacht pierde poco a poco sus principales bazas: la potencia de fuego, la colaboración entre armas y la movilidad. Los Junker 52 arrojan lo que pueden sobre las puntas de lanza motorizadas, pero la mala visibilidad disminuye el número de vuelos. Se necesitan 220m3 de gasolina para que una división panzer avance sesenta kilómetros, lo que requiere cien trimotores, es decir, la mitad de la flota disponible. Las provisiones no llegan ya. Hay que vivir del país, forrajear como en tiempos Napoleón... y condenar a muerte a las familias campesinas, desprovistas de todo.

Jean Lopez/Lasha Otkhemezuri. Barbarrosa, 1941, La guerra absoluta.

En la entrada anterior, les había indicado como los ejércitos nazis habían detenido su avance en agosto de 1941, tras los fulgurantes éxitos iniciales.  El alto mando soviético, equivocando su análisis de la situación, había creído que sus esfuerzos por detener a las divisiones acorazadas alemanas habían tenido éxito. Sin embargo, en realidad se trataba de una pausa táctica, para descansar y reorganizar las tropas con vistas a un segundo salto, que se pensaba ya definitivo. Éste habría de realizarse en dos etapas: la primera, en septiembre, un ataque hacia el sur para embolsar a las tropas soviéticas en torno a Kiev, abriendo así las puertas de Ucrania; la segunda, en octubre, un ataque frontal en dirección a Moscú, tras cuya captura terminaría la guerra, probablemente antes de Noviembre.

Los dos ataques fueron un desastre para las tropas soviéticas peor que las derrotas de julio, En Kiev, los alemanes capturaron unos seiscientos mil prisioneros; la misma cantidad que, un mes más tarde, en la doble bolsa de Viasma-Briansk. A finales de octubre ya no quedaban tropas de importancia entre los alemanes y Moscú, donde cundió el pánico. Ante la huida precipitada de miles de funcionarios del partido, la ciudad permaneció varios días en un caos prerrevolucionario, hasta que las autoridades soviéticas consiguieron recuperar el orden. Contra todo pronóstico, el ejército nazi no había continuado su avance, que sólo sería retomado a mediados de noviembre. ¿Por qué?

sábado, 6 de febrero de 2021

El infierno en la tierra (y III)

 El 29 de junio, muy agitado, - nos dice Zukov- Stalin &laquo;se dirigió dos veces al comisariado popular de la defensa y a la Stavka del alto mando. las dos veces, su reacción ante la situación de la dirección estratégica fue violenta&raquo;. El futuro mariscal no precisa que el Vojd le había agredido verbalmente, reprochándole ser &laquo;impotente&raquo; y &ñlquo; de no representar a nadie ni mandar en nada&raquo;. Como de costumbre, Stalin buscaba un responsable de un desastre que no quería asumir. Lo encontró en la persona del comandante del Frente del Oeste, Dimitri Pavlov. De pasada, liquidaba así una antigua cuenta con el hombre que se había atrevido a criticar las purgas de 1937, durante las reuniones mantenidas tras la guerra de Finlandia. Quizás, en ensañándose con Pavlov, uno de los cinco generales más capaces del Ejército Rojo, enviaba una mensaje de advertencia a los cuadros militares de mayor rango y más condecorados.

Jean Lopez/Lasha Otkhemezuri. Barbarrosa, 1941, La guerra absoluta.

miércoles, 3 de febrero de 2021

El infierno en la tierra (y II)

Lo más sorprendente de este ramillete de predicciones falsas es que parte de premisas a menudo ciertas. Sí, la oficialidad del Ejército Rojo es, en 1941, inferior a su adversario, pero puede aprender, y deprisa. Sí, la economía soviética es frágil y mal dirigida, pero sabe producir de modo masivo, improvisar, movilizarse en medio del caos que ella misma genera. Sí, los campesinos serán renuentes, a diferencia de 1812, a la hora de tomar las armas contra el invasor y más bien buscaran un acomodo; al menos mientras esperen ser tratados mejor por Hitler que por Stalin. Sí, a pesar del delirio racial y antibolchevique del Estado Mayor alemán, es patente el fracaso de los servicios de información y el análisis estratégico de Hitler,que pensaba que la Unión Soviética era una presa a merced del Tercer Reich. Habría que haber utilizado en su contra sus debilidades internas, como lo había hecho la Alemania de Guillermo II en 1917, utilizando la carta de Lenin. Pero no quiere ni oír la utilización del resentimiento nacional y social de ucranianos y báliticos, Esas fuerzas sólo las utilizará, durante las semanas siguientes a la invasión, para atizar los progroms y reclutar una policía nativa. En lo que se refiera a las &laquo; viejas tierras soviéticas&raquo;, es decir, &laquo; la antigua Moscovia&raquo;, ni se plante buscar apoyos allí. Dos días antes de la ruptura de hostilidades, Rosenberg, encargado desde el 20 de Abril de &laquo; la cuestión del espación de la Europa del este&raquo; martillea a su pequeño estado mayor: &laquo;no libramos u ahora una cruzada contra el Bolchevismo con el fin de salvar a los pobres rusos de ese bolchevismo, sino para desarrollar una política mundial alemana y dotar de seguridad el Reich&raquo;

Jean López, Lasha Otkhemezuri. Barbarroja; 1941, la guerra absoluta.

 En la entrada anterior, les señalaba como el ataque aleman del 22 de junio de 1941 contra la URSS, la operación Barbarroja, había sorprendido al Ejército Rojo en el peor momento, en medio de una reorganización y redespliegue, sin encontrarse además en estado de alerta frente a una guerra que la jerarquía sabía que era inevitable.  La responsabilidad, en último término, por esa imprevisión recae sobre Stalin quien, en su obsesión por no provocar a Hitler, evitó cualquier medida preventiva que pudiera servir de casus bellí al enemigo. Sin embargo, si la operación Barbarroja fue una catástrofe para la URSS, a la larga se tornaría un desastre irremediable para el Tercer Reich. En tal medida, que hay estudiosos que consideran que Hitler perdió la guerra en ese momento: al lanzar la  invasión de la Unión Soviética.

¿Por qué? En primer lugar, hay que tener en cuenta que, para Hitler la destrucción de la URSS fue siempre el objetivo final de la guerra. Así se señalaba en el Mein Kampf, ya en los años 20, y a él volvería una y otra vez, como la obsesión que era, en todos los instantes de su carrera. De hecho, puede decirse que el pacto de no agresión germanorruso fue producto del azar, así como que el periodo 1939-1941 fue una distracción indeseada. En realidad, si la URSS y Alemania firmaron ese pacto, unas semanas antes del estallido del conflicto, fue por dos factores externos que no entraban en los cálculos de ninguno: la testarudez de Polonia y la indolencia de Francia e Inglaterra. 

sábado, 26 de diciembre de 2020

Las ocasiones perdidas

On 23 September 1927, one of the greatest of the silent-era German films, Berlin, Symphony of the City, premiered in Berlin. Directed by Walter Ruthman, the film, through a montage of images, captures the speed and disorientation, and, at the same time, the regimentation and order, of the Weimar city. It opens with a train approaching Berlin, and the film viewer feels as if he or she is sitting on it, peering out the window as the rural landscape melts into the outskirts of the city and, finally, into the density of buildings that defines the metropolis.Slowly the city comes awake, and Ruttman tracks the parallel movements of people, animals, and machines as the day unfolds. Workers, businessmen, schoolchildren, female office workers, males machine operators- the full diversity of urban life is depicted in the film. The movement of life are matched by the engines of industry that start up slowly, reach their rapid pace, and slow down again for lunch. But who is directing whom? Are the machines running human life, or are humans running the machine? It is not totally clear, but the film conveys more than a hint of the condition of alienation, of lives that have now lost their autonomy and free will. At the same time, Ruttrman's directions plays on the wonder and beauty of industrial production. The regular rhythm of a machine's pistons is juxtaposed with repeating architectural forms, much as Moholy-Nagy's shot from the radio tower depicts the grid patterns of the structure. Berlin, Symphony of the City, was not much acclaimed or viewed in its day. Today we can see it as an artistic masterpiece, a celebration of the modern metropolis, with its pace and density and diversity, which, at least at some points, evinces its own kind of beauty -and a worrisome meditation on the power of the machine.

Eric D. Weitz. Weimar Germany, Promise and Tragedy

El 23 de septiembre de 1927, se estrenó en Berlín uno de los mejores films alemanes del periodo mudo: Berlín, sinfonía de una gran ciudad. Dirigido por Walter Ruthman, la película usa el montaje para reflejar la velocidad y desorientación de una ciudad de la república de Weimatr, al tiempo que su orden y regimentalización. Se abre con un tren acercándose a Berlin, de manera que el espectador se siente como si estuviera en él, contemplando por la ventana como el paisaje rural se transforma en las afueras de la ciudad y, al fin, en la densa aglomeración de edificios que define una metrópolis. Poco a poco, la ciudad despierta y Ruttman compara los movimientos paralelos de la gente, los animales y las máquinas a medida que el día avanza. Trabajadores, hombres de negocios, escolares, oficinistas femeninas, operarios masculinos: toda la diversidad de la vida urbana se recoge en el film. Los movimientos de la vida tienen su correspondencia en los de las máquinas industriales que comienzan pausadamente, alcanzan su régimen de trabajo y vuelven a ralentizarse a la hora de comer. Pero, ¿quién gobierna a quién? ¿Dirigen los hombres a las máquinas o las máquinas a lo hombres? No está del todo claro, pero el film va más allá de insinuar las condiciones de alienación de unas vidas que han perdido su autonomía y libre albedrío. Al mismo tiempo, Ruttman coquetea con la maravilla y la belleza de la producción industrial. El ritmo mecánico de los pistones de una máquina se yuxtapone con la repetición de formas arquitectónicas, al igual que la fotografía de Moholy-Nagy de una antena de radiodifusión revela la trama geométrica de su estructura. Berlín, sinfonía de una gran ciudad, no fue muy celebrada, ni siquiera vista, en su época. Hoy se puede considerar como una obra maestra, un homenaje a la metrópolis moderna, con su cadencia, densidad y diversidad, que, al menos en ocasiones, crea su propia belleza -así como una meditación preocupada sobre el poder de la máquina.

Un error muy común -incluso entre los aficionados a la historia de ese periodo- es estudiar la República de Weimar sólo en función de lo que vendría después: el Nazismo. Limitarse a ello supone hacerle un feo a un periodo que inauguró el primer periodo democrático pleno en la historia alemana, comparable a la Segunda República española en ese sentido. Un modelo, para lo bueno y para la malo, para las refundaciones que tendrían lugar tras la caída de los regímenes fascistas. Además, Weimar supone el cénit de la cultura alemana, tanto en los aspectos científicos y filosóficos, como en los literarios y artísticos. La primacía de Alemania dentro de Europa, que había comenzado a despuntar a finales del siglo XVIII  y se consolidó en el siglo XIX, era indiscutible en las primeras décadas del siglo XX, a pesar de la derrota del proyecto expansivo guillermino en la Primera Guerra Mundial. Si se quería estar a la última en los años 20, había que hablar alemán.

jueves, 24 de diciembre de 2020

Más allá de nuestro terruño (IV)

The forces that brought the National Movement to a bitter end, however, were more complex. Above all, the political volatility of the postwar era and the presence of many players created an environment of perpetual turmoil. The combination of an insecure monarch with memories of his father's downfall, a royal court susceptible to intrigue, a reinvigorated officer corps in search of power and privilege, an old elite clinging to its privileges, corrupt deputies of the Majles, the comings and goings of impermanent governments,  the presence of a well-organised and ideological Tudeh Party, and extremist Islamic tendencies -all them made designing any workable consensus highly formidable, if not impossible. Before Mosaddeq both Quram and Razmara had failed to master the treacherous political terrain. The widening political chasm aside, the forces at play in any particular moment could forge odd and opportunistic alliances while other were willing to change course or even to act as foreign proxies, a situation that called into question the loyalties of many politicians of the period.

Abbas Amanat, Iran, a modern history

Las fuerzas que contribuyeron al final abrupto del Movimiento Nacional (el liderado por Mosaddeq) eran, sin embargo, más complejas. Por encima de todo, la inestabilidad política de la postguerra y la conjucción de muchos actores políticos crearon un ambiente de constante desorden. La combinación de un monarca inseguro, con el recuerdo de la caída de su padre; una corte real proclive a las intrigas; un cuerpo de oficiales reforzado, en busca de poder y privilegios; una antigua elite aferrada a sus privilegios; los diputados corruptos del Majles (parlamento iraní); el ascenso y caída de gobiernos efímeros; la presencia del Partido Tudeh (comunista), bien organizado y adoctrinado; tendencias radicales islámicas... todo ello convertía en casi irrealizable la tarea de crear un consenso que funcionase. Antes de Mossafeq, tanto Quram como Razmara habían fracasado a la hora de controlar un escenario político traicionero. Dejando a un lado los abismos políticos, las fuerzas en liza en cada momento podían forzar alianzas extrañas y oportunistas, mientras otras estaban dispuesta a cambiar de dirección o incluso a actuar como intermediarios del extranjero, una sitación que ponía en tela de juicio la lealtad de muchos políticos de la época.

En la entrada anterior les había comentado la importancia capital de las revoluciones de 1905 a 1911 en los imperios Ruso y Otomano, Irán, México y China. No sólo son movimientos de cambio político extraeuropeos -con la excepción de Rusia- que desplazan el foco histórico de las potencias coloniales al Tercer Mundo, sino que tienen como objetivo el establecer regímenes democráticos -en ocasiones incluso de izquierda radical- que permitan a sus países ponerse a la altura los países europeas. Se trataba así de conseguir el mismo resultado que el Japón Meiji que, en un tiempo record, consiguió salvar un atraso técnico que se remontaba a los inicios de la Revolución Industrial en el siglo XVIII, además de constituirse como potencia regional. Sin embargo, Japón fue una excepción. Otros países, como Egipto o Madagascar, habían intentado seguir la misma ruta en el XIX, para acabar siendo anexionadas a uno u otro imperio colonial.

En el caso de las revoluciones de la primera década del XIX no se producirá esa conversión en colonia -las potencias coloniales, a pesar de estar en su cénit, estaban ya al límite de su potencial humano y económico-, pero todas se saldarían en un fracaso. Los parlamentos surgidos de ellas, u otros fenómenos más avanzados, como los primeros Soviets Rusos, se revelarían frágiles y efímeros. Casi en seguida se convertirían en sede de poderes autoritarios de nuevo cuño, incluso totalitarios precedidos o seguidos por largas y cruentas guerras civiles que dejarían a esos países extenuados, prestos para ser repartidos entre las potencias coloniales, si éstas no hubieran quedado agotadas por el estallido de la Primera Guerra Mundial. Unos procesos de cambio político de muy amplio rango, que seguirían vigentes hasta el fin del siglo XX -en ocasiones hasta el XXI- y en los que, por primera vez, la religión no jugaba ningún papel. Incluso se la consideraba como una antigualla en proceso de extinción, en claro constante con su vuelta al primer plano político desde 1980 en adelante.

martes, 22 de diciembre de 2020

Mas allá de nuestro terruño (y III)

The two most prominent leaders of the Tabriz resistance -Saltar Khan and Baqer Khan, who later were elevated to the status of national heroes- were luti leaders, as were many of their fellow fighters. They were associated with the Shaykhi wards of Amirkhin and Khayabam, respectively , both of which played a pivotal role in the success of the Tabriz resistance. It was primarily the two leaders' sectarian rivalry with lutis of the opposite league that shaped the conflict and ensured its resilience. But contrary to earlier instances of urban strife, the two leaders were operating largely as free agents. The gave the resistance a popular character somewhat distinct from the politics of the elites that had so far characterized the Constitutional Revolution. Over the course of the fighting in 1908 and 1909, neighbourhood loyalties transcended their immediate surroundings to include Tabriz and clearly set "supporters of the constitution"  (mashruteh-khalam) against the royalist camp, who invariably labelled them "supporters of the tyranny" (mostabeddin)

Abbas Amanat. Iran, a Modern history

Los líderes principales de la resistencia en Tabriz -Saltar Khan and Baqer Khan, quienes luego fueron encumbrados al rango de héroes nacionales- eran líderes luti (unidades voluntarias de policía y vigilancia dentro de un barrio), como la mayoría de sus compañeros de armas. Estaban relacionados con las barriadas Shavki de Amirkhin y Khayabam,respectivamente, que jugaron un papel principal en el éxito de la resistencia en Tabriz. De hecho, la rivalidad sectaria de ambos líderes con las lutis de la alianza rival la que conformó el conflicto y aseguró su pervivencia. Sin embargo, al contrario que anteriores ejemplos de conflicto urbano, los dos lideres actuaban, en su mayor parte, por libre. La resistencia se vio imbuida así de un carácter popular, en claro contraste con la política de las elites que hasta ese instante había caracterizado la Revolución Constitucional. Durante las luchas de 1908 y 1909, las lealtades locales superaron los límites de sus entornos cercanos para extenderse a todo Tabriz e identificarse como defensores de la constitución (mashruteh-khalam) en lucha contra el bando realista, quien les tildaba de amigos de la tiranía (mostabeddin)

En entradas anteriores, les había señalado el papel fundamental que juegan en la historia del mundo, durante los siglos XVI y XVII, una serie de imperios universales que recorren Eurasia del Atlántico al Pacífico: la Monarquía Hispana, el Imperio Otomano, el Imperio Safavida de Irán, el Imperio Mogol de la India y la China Ming. Si la consolidación de estas entidades puede establecerse, con reservas, hacia 1500, de 1650 a 1700 se verán envueltos en una crisis que va tornarlos antiguallas en vías de disoloción. Safávidas y Mongoles desaparecen como potencias dominantes en su entorno, la monarquía Hispana se ve amputada de sus posesiones Europeas, los Otomanos pierden el control del Danubio medio -Hungría-, mientras que la dinastía Ming es derribada y substituida por la Qing, de origen manchú. Un siglo más tarde, en 1800, todas estas entidades supranacionales se verían en el punto de mira de las nuevas potencias coloniales, que procedería a repartirse sus dominios o colocarlas en estado de vasallaje.

jueves, 15 de octubre de 2020

Revoluciones lejanas, pero determinantes

The head of the judiciary, Masavi-Ardebili, seems to have queried the order, asking whether it was meant to be applied only to those who had already been condemned to death or whether it was really to be applied to those who had been tried and given lesser sentences. Khomeini replied curtly, saying that it must be applied to all those who maintained their support for the MKO and ordering: "Annihilate  the enemies of Islam immediately". In Tehran, Nayyeri, Eshraqi, and Mostafa Purnohammadi (for the MOIS) set about their interrogations, and similar commissions went to work in provincial prisons. The prisoners had no inkling initially that their answers meant life or death. -they were told that the commission was preparing materials for an amnesty settlement and that the purpose was to distinguish Muslims from non-Muslims-. Those who declare themselves openly still to support the MKO were sent straight for execution. Those who responded to questioning by saying they had changed their view and recanted were asked tougher questions to test their sincerity. Would they denounce other MKO supporters, for example. Other were asked whether they would be prepared to pull on the rope to hoist up their former colleagues to hang them and, if they demurred, they were sent off for execution themselves, on the basis that they seemed still to hold their old allegiance. Very few of the MKO prisioners escaped death. In an echo of the prison massacres of the French Revolution in 1792 and other mass killing in the previous decades and centuries, Nayyeri in Tehran indicated the verdict in each case by saying 'take them to the left' (those fortunate few whose recantation was accepted were sent out of door to the right). The condemned were allowed to write a will, and they were hanged in batches of six. There was no drop, so they strangled slowly; some taking fifteen minutes to die.

Michael Axworthy,. Revolutionary Iran, A History of the Islamic Republic

 Parece que el jefe del poder judicial, Masavi-Ardebili, cuestionó la orden, preguntando si estaba concebida para sólo aquéllos que ya habían sido condenados a muerte o si debía extenderse a aquéllos ya juzgados y condenados penas menores. Jomeini respondió sucintamente, indicando que debía extenderse a todos aquéllos que aún mantuviesen su apoyo por el MKO (Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán), y ordenó: &laquo;aniquilad de inmediato a los enemigos del Islam&raquo;. En Teherán,  Nayyeri, Eshraqi, and Mostafa Purnohammadi (del MOIS, ministerio de inteligencia) se pusieron manos a la obra con los interrogatorios, al tiempo que comisiones similares se organizaban en las prisiones provinciales. En principio, los prisioneros no tenían indicación alguna de que su vida dependía de sus respuestas -se les dijo que la comisión estaba reuniendo material para un acuerdo de amnistía y que su propósito era distinguir entre musulmanes y no musulmanes-. Quienes declaraban seguir apoyando al MKO eran enviados de inmediato al patíbulo, mientras que quienes respondían señalando haber cambiado sus ideas y abjuraban eran sometidos a cuestiones más comprometedoras para evaluar su sinceridad. Por ejemplo, ¿denunciarían a otros miembros del MKO? A otros se les pedía si estarían dispuestos a sujetar la soga de la horca en la que se ejecutaría a sus antiguos compañeros. Si titubeaban, se le enviaba al patíbulo a ellos también, basándose en que parecían seguir siendo fieles a su antigua militancia. Casi ninguno de los miembros del MKO se libró de la muerte. Al igual que las masacres carcelarias de la Revolución Francesa, en 1792, o otras matanzas generales de décadas y siglos anteriores, Nayyery, en Teherán, señalaba la sentencia diciendo &laquo;llevadlo a la izquierda&raquo;. Los afortunados cuya abjuración se aceptaba salían por la puerta de la derecha. A los condenados se les permitía escribir su testamento y luego eran ahorcados en grupos de seis. La altura era la justa, así que se asfixiaban con lentitud. A algunos, morir les llegó a llevar hasta quince minutos.

Me resulta intranquilizador, casi turbador, leer historia que pertenece a mi tiempo vital. Por un lado, demuestra lo frágil que son nuestros recuerdos. Aunque sean hechos cruciales, que creemos grabados de forma indeleble en nuestra memoria, lo que en realidad nos queda no son más que unos pocos datos aislados, con frecuencia mezclados y distorsionados. En realidad, la secuencia de los acontecimientos y su imbricación han desaparecido por completo, sin olvidar que la información de partida era ya incompleta y parcial, teñida de intereses, cuando no directamente propaganda. Así, de la Revolución Islámica en Irán, objeto del libro que les comento, recordaba algunos nombres -el Shah, los presidentes Bani-Sadr o Sapur Bajtiar, Jomeini por supuesto- y algunos hechos aislados de la guerra Irán-Irak -como los ataques a los petroleros o el uso de gas mostaza en el frente-. Mi sorpresa fue mayúscula al ir leyendo este libro y descubrir que hechos decisivos se habían desvanecido por completo de mi mente, como cuando en 1980 el MKO (Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán) decapitó la cúpula de la revolución, en varios atentados gigantes simultáneos.

Asímismo, la lectura de la historia que una vez fue contemporánea me hace sentirme cada vez más viejo, próximo ya la ancianidad. Esos acontecimientos cruciales -de los setenta, de los ochenta, de los noventa-, parte de mi biografía y de mi formación como persona, no tienen ninguna relación directa con las generaciones más jóvenes, aquéllas menores de treinta años. Son ya, como se suele decir, historia antigua, anteriores a la doble cisura que supuso la caída de la URSS en 1991 y los atentados contra las torres gemelas en 2001. Y sin embargo, como ya les he indicado en otras ocasiones, el rayo en un cielo sereno que fueron esos atentados no fue tal. Esos hechos serían inconcebibles sin el impacto que supuso la Revolución Islámica en el mundo musulmán: por primera vez en el siglo XX surgía una opción política válida que no se inspiraba en occidente, a la vez antiliberal, anticapitalista y anticomunista, y cuyo fundamento era la religión. La marea del laicismo comenzaba a bajar, mientras que la de la religión cobraba nuevas fuerzas, incluso en un occidente mayoritariamente láico y escéptico.