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sábado, 29 de febrero de 2020

Lo que nos negamos a ver


Antes de pasar a comentar la nueva exposición del CaixaForum madrileno, de nombre Vampiros, la evolución del mito, me veo obligado a dar un capón a los organizadores. Si de lo que se trataba es de rastrear como ese icono contemporáneo ha sido plasmado en la literatura, la pintura y, en especial, el cine, es imperdonable olvidarse de un hito de la animación como fue Vampiros en la Habana (1987), de Juan Padrón. Vale que esta muestra provenga de una institución francesa, la Cinemathèque Française, lo que explica cierto sesgo temático y geográfico, pero eso no es disculpa para que no se haya pensado en adaptarla a las particularidades de otros públicos. En concreto, a las referencias que un espectador de habla hispana pudiera tener.

Volviendo ya a la propia exposición. Mientras la visitaba me di cuenta que de todos los mitos contemporáneos, el del vampiro es el único que sigue de actualidad o al menos se sigue cultivando con asiduidad. Otros muchos, centrales en nuestra cultura hasta ayer mismo, están ya bastante apolillados. El del Don Juan/Casanova, con Carmen como su opuesto en genero, es de poca entidad en una sociedad que ha visto ya de todo en materia sexual e incluso comienza a virar hacia un puritanismo producto del hastío. Asímismo, presencias ubícuas en otros tiempos, como la del vaquero/pistolero del Salvaje Oeste, se han desvanecido por completo del imaginario colectivo, sino es en forma de evocación nostálgica o irónica.

martes, 18 de junio de 2019

Arte y vida


De ordinario, suelo evitar hablar de la vida de los artistas al referirme a su obra. No porque crea que no tienen relación e influencia la una sobre la otra, la otra sobre la una. Tampoco por la seducción de esa falsa idea que nos habla de sublimación, de huida, como si el artista accediese a nuevos mundos, ajenos y contrarios a su experiencia vital, intentando huir de las frustraciones y limitaciones cotidianas. Es más bien porque esa disociación me permite proyectar mis propias obsesiones, temores y errores  sobre la obra que contemplo, como si fuera un lienzo en blanco. Apropiándomela, cierto, por muy derogatorio que haya devenido ese término, pero que es el único modo que conozco de hacerla mía, de sentirla como parte de mí mismo. De ahí, quizás, mi fascinación por la abstracción, ejemplo máximo de arte que se amordaza a sí mismo, prefiriendo ser lo que el espectador quiera o desee.

Sin embargo, hay veces que ese esfuerzo de separación es imposible. La obra de un artista es su vida, surgió en respuesta a ella, fue conformada por entero por fracasos y decepciones. Ocultar la biografía es amputar la obra, hurtarle su auténtico significado e impulso, traicionar al artista, de manera sutil y amable, casi compasiva, pero no menos cruel y despiadada. Ese el caso de David Wojnarowicz, de quien se puede visitar una amplia muestra en el Reina Sofia, subtitulada La historia me quita el sueño. Una exposición que es tanto encuentro con un artista de raigambre pop y expresionista como un recorrido por la bohemia/marginalidad del Nueva York de los años setenta y ochenta. A través de los ojos de un homosexual y toxicómano, asiduo de ambientes sórdidos, evitados por la gente normal, que acabaría muriendo de la nueva peste finisecular: el SIDA. Esa enfermedad que para el conservadurismo renacido de la América de Reagan era castigo divino infligido sobre pecadores, díscolos, disidentes y contestatarios.

sábado, 16 de agosto de 2014

No References

Fashion Plate, Richard Hamilton
Les he comentado ya mis muchos reparos a la exposición Mitos del Pop del Museo Thyssen. Tendría muchos menos si no fuera porque algo más al sur, en el MNCARS, se puede visitar una muestra monográfica dedicad a Richard Hamilton, que consituye su opuesto metodológico y que la derrota en todos los campos. De forma incomprensible, los organizadores de ambas instituciones han querido hermanarlas, una estrategia que, en mi opinión, no hace más que resaltar los defectos de una al comprobar las virtudes de la otra.

Debo decirles también que a pesar de las habituales dosis de ironía que dirijo al MNCARS (Sofidú, museo de arte contemporáneo sin colección de arte contemporáneo), esta exposición no es ninguna excepción en su trayectoria. Desde la apertura de su sede de Atocha, tras la mudanza del MEAC, este museo se ha caracterizado por organizar exposiciones de altísimo nivel, que pueden llegar a abrumar al visitante por su carácter enciclopédico. Es más, desde hace varios años, el MNCARS parece embarcado en una más que necesaria labor pedagógica: la de dar a conocer los muchos paisajes, remansos y vericuetos del arte post-1945, enfrentado así a unas vangüardias históricas convertidas en clásicos modernos/destino obligado de turistas.

martes, 12 de agosto de 2014

Anything goes

Pauline Boty. It's a man world I/II
Cada día me defraudan más las exposiciones que organiza el Museo Thyssen. Las razones son variadas, externas e internas, inevitables unas, consentidas las otras.

La principal razón externa tiene su origen en la crisis bancaria. La caída de la antigua Caja Madrid, ahora Bankia, seguida el cierre de su fundación cultural, ha puesto fin a las megaexposiciones conjuntas que la ambas instituciones organizaban en sus sedes. El amplio espacio expositivo de la Fundación Cajamadrid, reaprovechado de lo que fue un edificio/caja fuerte, permitía explorar/agotar el tema propuesto, y, en más de una ocasión, se convertía en la parte más interesante de la exposición, convirtiendo a lo mostrado en la Thyssen en mera introducción preparatoria.

Por desgracia, no creo que esos días vuelvan ya, como tantas otras cosas. No obstante, lo que se ha perdido en extensión, podría haberse ganado en intensidad. La Thyssen podría haberse propuesto exposiciones mínimas, en las que se intentase ilustrar un tema con unas pocas obras escogidas. No ha sido así, ya que esa institución ha elegido un camino que le lleva a postularse como gran supermercado del arte, parque temático de la cultura, con todas las connotaciones que esto conlleva, negativas en su mayoría.