martes, 22 de enero de 2019

Intentando darle un sentido

La represión, la ausencia de cauces de representación popular y de libertades causaron la aparición y desarrollo de una oposición radical al sistema zarista dispuesta a derribarlo. Esta oposición estaba compuesta fundamentalmente por intelectuales, las elites educadas, lo que en Rusia se llamó Inteligentsia, estudiantes, escritores, profesionales liberales y una especie de subcultura al margen de la Rusia oficial, que intentaba explotar cualquier muestra de descontento popular para llegar al poder.  Fueron ellos quienes establecieron una tradición de ideas, propaganda y agitación revolucionarias, antes de que, con el cambio de siglo, todo eso se plasmara en la creación de diferentes partidos socialistas que dominaron después el escenario político en 1917.
Esa profunda grieta entre una sociedad en cambio y la autocracia, comenzada ya algunas décadas antes, con manifestaciones violentas desde arriba y desde abajo, generó un enorme potencial para el desarrollo del conflicto. La quiebra del sistema zarista no llegó, sin embargo, por la subversión, sino por un acontecimiento externo: la rivalidad imperial que Rusia mantenía con Alemania y Austria-Hungría.
¿Hubiera podido evitar Rusia la revolución, de no haberse producido la Primera Guerra Mundial? Es una cuestión imposibles de responder. Lo que sabemos es que la guerra actuó de catalizadora, empeoró las cosas y añadió problemas insalvables.

Julián Casanova, La venganza de los siervos, Rusia 1917

Hace dos años, en ocasión del centenario de la Revolución Rusa, se publicaron multitud de libros sobre ese acontecimiento. En el mercado hispanoparlante, se recibió con especiales elogios el libro que cito arriba. Lo escribió Julián Casanova, afamado historiador cuya especialidad es el periodo de la Segunda República, la Guerra Civil y el Franquismo. Con esas credenciales, pueden imaginarse que esperaba su lectura con expectación, así que en cuanto se publicó una edición en tapa blanda, me hice con ella de inmediato. Sin embargo, me he llevado una decepción. Mayor de la que debiera, dada la calidad de libro, pero decepción, al fin y al cabo.

El principal problema es la intencionalidad declarada del libro. Casanova no pretende realizar un análisis personal de la Revolución, sino ofrecer una síntesis, orientada al público español, de lo publicado en otras lenguas sobre ese acontecimiento. Un resumen que, además, es demasiado apretado, apenas 175 páginas, de las cuales las 25 finales son una repetición de las ideas apuntadas anteriormente. Mi mala impresión viene, precisamente, de esa sección de conclusiones, puesto que en vez de aportar ideas nuevas, es un mero copiar y pegar de otras secciones del libro, como si el autor no supiera hacer otra cosa que resumir. En esta ocasión, su propia obra.


sábado, 19 de enero de 2019

En busca de Bergman (X): En lektion i kärlek (Una lección de amor, 1954)

















En lektion i kärlek (Una lección de amor, 1954) es un mirlo blanco dentro de la producción de Bergman. Se trata, ni más de ni menos, de una comedia, lo que parece fuera de lugar en una obra, como la suya, de clara voluntad trascendente, en busca de soluciones a los problemas de la existencia humana, aunque éstos sean abrumadores y aquéllas, elusivas e inasibles. De igual forma, dada la profundidad y la exasperación dramática de los films de Bergman, que algunos dirían impostación y pretenciosidad, se podría pensar que la vis cómica es del todo ajena a Bergman, de manera que esta película no pasaría de una cadena de chistes mal encadenados, sin ritmo ni gracia. Un patinazo en la obra de un director por naturaleza más afín al drama.

Sin embargo, habría que recordar que el género cómico, aunque implica la risa, no la exige de forma necesaria. Hay una actitud burlona, cierto, pero en el sentido de contemplar pasiones y defectos humanos con desapego y alejamiento. Como si esos conflictos y contrariedades en realidad no mereciesen tanto la pena, y fuera mejor tomárselos a broma, sin necesidad de dejarse la piel en ellos. En ese sentido, En lektion i kärlek cumple a la perfección, puesto que el análisis descarnado de las relaciones matrimoniales, central en su obra, se contempla aquí desde fuera, desde una distancia protectora, con la sorna de alguien a quien no le afectase y sólo reparase en el ridículo de esas soledades a dos. Mirada que, por cierto, ya había aparecido en uno de los episodios de otra obra anterior, Kvinnors väntan (Tres mujeres, 1952)

Con ello, Bergman habría cumplido con el expediente, pero el caso es que la película tiene gracia. Mucha gracia. Bergman se las arregla para reírse de sí mismo, del matrimonio, las infidelidades y las relaciones familiares, e incluso se nos muestra jugetón y revoltoso, pícaro y chispeante. Algo sorprendente en él, comparado con su manera habitual, y que se contagia al reparto de la película, tan  dispuestos a entrar en ese mismo juego y a divertirse como el propio director. Un elenco actoral, que no se olvide, ya era de habituales en las películas de Bergman, donde se puede reconocer a la protagonista de Sommaren med Monika (Un verano con Mónica, 1953), a otra de la ya citada Kvinnors väntan  y al futuro protagonista de Nattvardsgästerna (Los comulgantes, 1962)

Tono ligero, distanciamiento cómico de los conflictos, en los que se destaca su ridiculez, además de instinto por el chiste y el juego. Eso es lo que distingue a esta cinta, pero no implica que Bergman se olvide de quien es, muy al contrario. Entre las muchas bromas hay algunas veras, que volverán a surgir una y otra vez en su producción posterior.  Verdades siguen siendo bastante pertinentes, a pesar del tiempo transcurrido, lo que dice muy poco a favor de nuestro tiempo, que hace ya tiempo debería haber superado esos combates ideológicos y no parecer a punto de retroceder varios siglos. Perlas que, además, se refieren a la condición femenina y siempre desde un punto de vista progresista. Incluso feminista.

Porque, y es algo que deberíamos meditar, Bergman es uno de tantos directores de esa época en los que la mujer es central. No como objeto de deseo masculino  espejo pasivo donde se reflejan los conflictos de los hombres, sino como sujeto protagonista, activo, con voz y voluntad propia.  Un ser humano con sus propios ideales y apetencias, incluidos los sexuales, que busca hacer realidad sin doblegarse ante las presiones externas y los obstáculos sociales. Así, como se puede comprobar en la secuencia que abre esta entrada, la protagonista se revela contra esa moral masculina que idealiza a la mujer como objeto de pureza, privándola de su sexualidad, para someterla al capricho de la del hombre, quien puede ejercerla sin rendir cuentas a nadie. Aún más, jaleado y aplaudido por la sociedad, puesto que se considera etapa necesaria para alcanzar su plenitud.

Incluso aún más sorprendente es el caso de la hija del matrimonio, a quien le gustaría hacer las cosas que hacen los chicos y que se revuelve contra la imposición de comportarse como una señorita. Hasta el extremo de pedir a su padre, ginecólogo profesional, si podría operarse para cambiar de sexo. Audacia increíble para la época, los años cincuenta, por mucho que aparezca disfrazado de broma y de travesura juvenil.

Ahí queda eso.

martes, 8 de enero de 2019

Al borde del apocalipsis (y V)

El programa (de rescate de los bancos americanos) escandalizó a muchos por el descaro con que se ayudaba a las empresas. Un grupo de más de doscientos economistas universitarios criticaron que se diese ese subsidio a los inversores a costa de los contribuyentes y Stiglitz lo calificó como «el gran atraco norteamericano» producto «del soborno y la corrupción«. Bernanke lo defiende como necesario para evitar el desplome; pero no deja de reconocer que algunos directivos de Wall Street debieron ir a la cárcel, «porque todo lo que falló o que era ilegal lo había hecho un individuo, no una entidad abstracta».

No se debe olvidar, por otra parte, que los mismos políticos que aprobaron el rescate de los bancos se negaron a votar un plan para extender los beneficios del subsidio de paro a ochocientos mil norteamericanos sin trabajo. Era un hecho que reflejaba la gran diferencia entre esta sociedad insolidaria y la Norteamérica del New Deal, donde Roosevelt se había preocupado más por las víctimas de la Gran Depresión que por los bancos.

La posibilidad de una reforma que regulase los mercados financieros hubo de desestimarse ante la feroz resistencia de los grandes bancos. Los directivos interrogados por la Financial Crisis Inquiry Commission sostenían que la crisis había sido un acontecimiento imprevisible, como un huracán o un terremoto, y que no tenía sentido pretender evitarlo con regulaciones. Deseaban seguir como hasta entonces y, para conseguirlo, invertían grandes sumas para influir en los políticos y en la opinión pública.

Josep Fontana, El siglo de la Revolución.

En entradas anteriores, ya les había señalado los principales defectos de una obra esencial, para entender la guerra fría, como es Por el el bien del imperio, del  Josep Fontana. De forma muy breve, el posicionamiento ideológico de este historiador, próximo al comunismo, le llevaba a disculpar de manera sistemática las acciones del antiguo bloque del este. Para él, el auténtico cáncer del mundo moderno son los EE.UU, en lo que tiene gran parte de razón, pero en cuya denuncia cometía graves errores de óptica. En concreto, dejar de lado los desarrollos históricos donde la superpotencia no era causa y motor relevante. Por ejemplo, los cambios socioeconómicos que llevaron a la quiebra del imperio soviético o las múltiples vías, fuera del apoyo estadounidense a los Muyahaidines afganos, que han hecho del islamismo la ideología casi dominante en los países de religión islámica.

En el caso de El siglo de la Revolución, estas carencias se ven empeoradas. No porque Fontana cargue las tintas en la maldad de los EE.UU, que lo hace, sino por falta de espacio para analizar en profundidad los hechos narrados. En Por el bien del imperio, se destinaban unas mil páginas para narrar el periodo 1945-2011; en esta otra obra, en comparación, sólo se cuenta con seiscientas cincuenta, un tercio menos, para describir el periodo 1914-2018, un tercio más largo. Es inevitable, por tanto, que ciertos hechos que se narraban in extenso en la primera obra, ahora queden reducidos a un apretado resumen. La coherencia y la unidad de la obra se ven así dañados, mientras que la historia de ciertas regiones periféricas, como por desgracia sigue siéndo África, se tornan un galimatías inextricable.

jueves, 3 de enero de 2019

Al borde del apocalipsis (y IV)

«El año 1988 - escribe Chernyaev - reveló que las reformas del mercado que se habían iniciado eran inadecuadas (e imposibles en esencia en la URSS). Las innovaciones iniciadas por Gobachov y el abandono de la economía de planificación estatal empeoraron abruptamente la situación económica y, a la vez, el clima psicológico del país». En estas circunstancias «el pluralismo de la opinión» adoptado por la intellligentsia y por los miembros del aparato, les permitió aprovechar la insatisfacción general con la política del perstroika y con el liderazgo de Gorbachov, y transformar la crítica de la «deformación del socialismo» y de la «desviación de Lenin» en una «condena total del marxismo-leninismo como ideología y teoría, y en el rechazo en general de un régimen socialista«. No iban a encontrar resistencia alguna por arriba, ya que, como afirmaba Chernyaev a comienzos de 1990 «M.S. [Gorbachov] no cree en ninguna ideología»

Josep Fontana, Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945.

Sólo por su extensión y detalle, la historia de la Guerra Fría escrita por Josep Fontana es esencial a la hora de entender lo que supuso ese conflicto y sus múltiples ramificaciones. No obstante, como ya les comenté en una entrada anterior, no se halla exenta de defectos. El principal es que el posicionamiento político de este historiador, de claras simpatías comunistas, le lleva a exculpar, por sistema, las acciones realizadas por el bloque soviético, salvo, claro está, la paranoia asesina estalinista. Por ejemplo, a la hora de narrar el derrumbamiento de los sistemas comunistas en el este de Europa, insinúa que no fueron revoluciones populares, sino movimientos dirigidos desde arriba por las élites comunistas, que buscaban perpetuarse en el poder. Con éxito en muchos casos, como ocurrió, de forma paradójica, en la sangrienta rebelión que acabó con la dictadura de Ceaucescu en Rumanía.

jueves, 27 de diciembre de 2018

Al borde del apocalipsis (y III)

Kennan sostenía que los soviéticos estaban fanáticamente convencidos de que no era posible un modus vivendi con los norteamericanos y que para preservar su propia seguridad, necesitaban «romper la armonía de nuestra sociedad, destruir nuestro modo de vida tradicional y acabar con la autoridad internacional de nuestro estado». La conducta de los rusos respondía, en opinión de Kennan, que era historiador de formación y conocía la lengua rusa, a una mentalidad de siglos. Temerosos de los extranjeros, e inseguros ante la superioridad tecnológica de Occidente, habían desarrollado una visión del mundo paranoica que les hacía creerse sitiados. En cuanto al marxismo, los dirigentes soviéticos no creían en él, sino que lo utilizaban como un pretexto `para disimular la vaciedad de lo que no era más que la última de una larga serie de tiranías rusas que habían recurrido al poder militar para reforzar «la seguridad externa de unos regímenes internamente débiles». No se podía negociar con los soviéticos, ni se debía tratar de aplacarlos. Sólo una actitud de firmeza, unida a la voluntad de usar la fuerza si era necesario, podía contener a la Unión Soviética, sensible sobre todo a la lógica de la fuerza. «Por esta razón puede retirarse -y normalmente lo hace- cuando encuentra una fuerte resistencia en algún punto»

Los errores de Kennan eran evidentes e iban a tener graves consecuencias en el futuro. Al demonizar a los dirigentes soviéticos, ha escrito Herring, Kennan «confirmaba la futilidad e incluso el peligro de más negociaciones» y preparaba el camino para una política de enfrentamiento. Este texto (el telegrama largo) venía a dar una confirmación de experto al giro político que se estaba produciendo en Washington. Aunque se trataba de un documento secreto, James Forrestal lo hizo circular por el gobierno.

Josep Fontana, Por el bien del Imperio

El segundo libro que he leído, en estos últimos meses, sobre la guerra fría es la monumental obra de Josep Fontana, si bien su marco temporal excede un tanto al de la Guerra Fría en sí. La conclusión de su relato, abierta, como era de esperar, coincide con el presente del historiador, un 2011 en el que la Gran Depresión estaba en su apogeo y surgían los primeros movimientos de protesta popular contra el neoliberalismo rampanta. Fuerzas, amorfas y acéfalas, que en aquellos tiempos eran de izquierdas, como el movimiento 15M español, los 99ers americanos o los muchos Occupy/Ocupa, que siete años más tarde parecen haber sido barridos por los vientos de la historia, substituidos por potentes formaciones de extrema derecha que proclaman su racismo, xenofobia, machismo y nacionalismo a los cuatro vientos. 

Una inesperada metamorfosis a corto plazo que remeda la otra transformación, esta vez de largo recorrido, que motivó a Fontana el realizar la narración histórica del periodo 1975-2011. Su pregunta es aterradora en su simplicidad: cómo pudo ocurrir que una Europa que acaba de aplastar al Nazismo y que, junto con los EEUU, aspiraba a unos sistemas políticos de mayor representación popular y justicia social, acabase derivando a un neoliberalismo sin ley, en donde todo, leyes, derechos, deberes, se supedita al mero beneficio empresarial. Evolución de la que la victoria mundial de los citados populismos de ultraderecha no es más que la última etapa. Demasiado similar, por otra parte, a esa Europa de los años 30 que repudiaba la democracia y prefería gobiernos autoritarios y represores.

Sin embargo, la lectura del libro me ha dejado sentimientos encontrados. Es cierto que la cantidad de datos y hechos, en su mayoría ciertos, que se pueden encontrar en el libro es abrumadora, a lo que hay que agradecer que el posicionamiento político de Fontana, cercano al comunismo, nos libre de la propaganda de los vencedores de la Guerra Fría, al tiempo que procede a su denuncia. Sin embargo, esa virtud es también su mayor defecto. Por sistema, Fontana excusa y disculpa las iniciativas tomadas por el llamado bloque comunista, que acaba por parecer menos hegemónico, belicoso y totalitario de lo que en realidad fue. Sin contar que con su fijación en los "malos" de su narración, los EEUU, otros muchos aspectos de la evolución global quedan sin explicar o simplemente se omiten. Por ejemplo, tanto la revolución Sandinista como la Iraní parecen surgir de la nada, mientras que en este último caso su deriva hacia la teocracia se silencia, al mismo tiempo que se desconecta sde lo que ha acabado siendo un problema capital en el mundo moderno: la polarización del ámbito musulmán hacia el islamismo radical.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Los muchos caminos/las pocas vías

Zao Wou-Ki

Varias veces les he recalcado que el gran defecto de las exposiciones del MNCARS es su exhaustividad, que llega a ser abrumadora. Para demostrar fehacientemente y sin fisuras la tesis propuesta se recurre a todo tipo de ejemplos, acumulados de manera insistente, incluso reiterativa. En sí, esto no es una mala táctica, ya que permite estudiar en profundidad a un artista, en las monográficas, o realizar comparaciones insospechadas, en las colectivas, tanto de manera sincrónica como secuencial. El problema viene cuando coinciden tres o cuatro exposiciones de primera categoría, como es el caso, y el aficionado se queda sin tiempo para exprimirlas. Es decir, encuentra que no dispone de cuatro o más horas libres, para verlas con la atención que se merecen.

Es lo que me he ocurrido, hoy mismo, con la exposición enciclopédica París Pese a Todo: Artistas extranjeros, 1944-1969. Tras haber recorrido, con tranquilidad y detenimiento, las tres muestras de la tercera planta, dedicadas a Camnitzer, Ghirri y Tanning, para cuando he llegado a la primera planta apenas me quedaba ya tiempo para otra cosa que una visita superficial y apresurada. Tanto peor, porque la importancia y pretensiones de esta exposición son considerables. Ni más ni menos, narrar la evolución del arte en París, mediante las obras de los artistas extranjeros que allí confluyeron, desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la conclusión de la década prodigiosa de 1960. O en otras palabras, recorrer los multiples y multiformes informalismos;  la evolución de la abstracción, ya sin sus fundadores; las muchas variantes del Art Brut, el feísmo, el desengaño y desconfianza artística y filosófico de postguerra; para terminar con los idealismos políticos renovados de 1960 y la irrupción del arte pop, ya fuera ésta para bien o para mal.

domingo, 23 de diciembre de 2018

Al borde del apocalipsis (y II)

The moves away from dictatorship and toward more accountable forms of government in many parts of the world at the end of the Cold War were much helped by invigorated  international debates on rights and norms. Many of these debates questioned the strong and in some places almost overwhelming role of the state in Cold War politics. The Cold War had helped states to expand their power over people and communities everywhere. Even in the United States, where so many ideological positions privileged individual freedoms and rights, the practice have been toward and enlargement of the capacity of the federal government. The argument, everywhere, had been won by the combined needs of military preparedness and social improvement. The former was to fend off enemy expansion. The latter was to organise society better and to present it as the model of the future. But in the 1980 these forms of thinking were coming under pressure both in the East and West. In the Soviet Union, Gorbachev began to reconsider the established belief that mere state power was the solution to all the problems. In the United States and Britain neoliberals challenged the very foundations that postwar interventionism was built on: that capitalism functioned better if it was regulated by governments. While before state seemed to be the answer (or at least part of it), now, for some, it was the mother of all ills.

Odd Arne Westad, The Cold War: A World History


El alejamiento, en muchas partes del mundo, de formas de gobierno dictatoriales en favor formas sujetas a escrutinio al final de la Guerra Fría fue promovido por un renovado debate internacional sobre derechos y deberes. Muchos de esos debates ponían en cuestión el poderoso papel del estado en la política de la Guerra Fría, abrumador en ocasiones. La Guerra Fría había permitido en todas partes que los estados expandieran su poder sobre la población y la comunidad. Incluso en los Estados Unidos, donde se privilegiaba ideológicamente los derechos y libertades individuales, en la práctica se había promovido la ampliación de los poderes del estado federal. La discusión, aquí y a allá, había sido ganada por una doble necesidad combinada: la preparación militar y la mejora social. Aquélla debía mantener a raya la expansión enemiga. Ésta tenía que mejorar la organización social y mostrarla como modelo futuro. Pero en 1980 estos modos de pensamientos estaban siendo puestos a prueba tanto en el Este como en el Oeste. En la Unión Soviética, Gorbachev comenzó a cuestionarse la creencia heredada según la que el estado era la solución a todos los problemas. En los Estados Unidos y Gran Bretaña, los neoliberales impugnaron los fundamentos que los que se basaba el intervencionismo estatal de la postguerra: que el capitalismo marchaba mejor si estaba regulado por el gobierno. Mientras que antes el estado parecía ser la solución (o al menos parte de ella), ahora, para algunos, era la fuente de todos los males.

En la entrada anterior, les comentaba las muchas dudas que comienza a haber sobre la versión oficial del comienzo de la guerra fría. Según ella, tras la desidia de Roosevelt y su manifiesta indulgencia hacía Stalin, Truman había tenido que adoptar una política de intransigencia hacía la URSS, única manera de evitar que el totalitarismo soviético se hiciera con el continente europeo, tal y como ya había ocurrido en el Este de Europa. Sin embargo, lo que se comienza a pensar ahora es que salvo países muy concretos, caso de Polonia, Stalin hubiera estado dispuesto a neutralizar gran parte del continente a cambio de disponer de tiempo para reconstruir la URSS. De hecho, y para sustentar esa tesis, la toma del poder definitiva en países como Checoslovaquia  sucede no en 1945, sino en 1948, y como respuesta a los primeros desaires de los aliados occidentales.

No se puede aventurar qué hubiera ocurrido en el contienente si los EE.UU hubiera adoptado una postura más negociadora y hubieran jugado las bazas que tenían para obtener concesiones de Stalin. Lo que sí sabemos es que la Guerra Fría cristalizó en Europa, en 1948, para mantener dividido el continente durante cuarenta años. Durante ese periodo, ambos bandos se observarían, intranquilos, desde su lado de una frontera militarizada en un grado impensable. Dispuestos a invadir al contrario, o detener su ofensiva, utilizando todo su poder militar, sin descartar el uso de armas nucleares. Es más, incluyendo ese arma definitiva en sus planes, desde su uso meramente táctico, hasta el ataque masivo que debía arrasar por entero los países enemigos.

Esa militarización extrema, unida a la certeza de que cualquier conflicto en Europa derivaría en guerra nuclear total, congeló la frontera entre ambos bloques y el propio desarrollo de la Guerra Fría. La única solución para obtener la victoria, se creía, era trasladar las operaciones militares a otros países, los de tercer mundo y las excolonias europeas, donde la guerra entre EEUU y la URSS se libraría por intermediarios, sin arriesgarse a desencadenar la Tercera Guerra Mundial. El objetivo de ambas partes era robar al enemigo el mayor número de fichas sobre el tablero, de manera que éste se derrumbase sobre sí mismo, incapaz de mantener una supremacía planetaria. El resultado fue un inmenso sufrimiento humano, cuyas secuelas aún permanecen, con el añadido perverso de que además fue completamente inútil. Al final, la Guerra Fría se decidió en Europa, en las mismas regiones del Este del continente donde se había iniciado.

sábado, 22 de diciembre de 2018

El orden del mundo

Arte del periodo de Amarna, Segunda mitad del siglo XIV a.C.





En el Caixaforum madrileño lleva abierta ya desde hace unos meses una extensa exposición dedicada a la figura del Faráon en el Antiguo Egipto. O mejor dicho, una exposición que intenta ilustrar la vida y las creencias de esa civilización mediante la figura de sus gobernantes.

Ese enfoque, como ocurre con otras culturas en las que la que la arqueología es vital para su conomimiento, se debe a las propias limitaciones y lagunas de la disciplina. Gran parte de lo que  ha llegado hasta nuestros días gira por necesidad alrededor de la figura del Faraón, en forma de pirámides, tumbas y templos funerarios. Construcciones pensadas para la eternidad, un futuro remoto en donde ellas conservarían tanto la existencia ultraterrena del Faraón como el recuerdo de sus glorias. Incluso cuando nos adentramos en entornos más privados, menos oficiales, la sombra del faraón sigue gravitando sobre ñps hallazgos. Las tumbas son ahora de funcionarios y sacerdotes al servició del gobernante, e incluso un yacimiento único, como el poblado de artesanos de Deir-el-Medina, tenía como misión la construcción y decoración de las sepulturas de la élite, los únicos con recursos necesarios para crearse moradas para el más allá.

viernes, 21 de diciembre de 2018

Al borde del apocalipsis (y I)

Stalin hoped that his alliance with the United States and Britain would last for several years after the war ended. His country was a disaster in 1945. The physical destruction was immense, as were the human losses. He feared the consequences for its own party if people were forced to live in misery even after the war was over. But Stalin was never quite sure what peace really meant, or whether his and communism's international opponents were willing to let him rest. There was no opposition to his dictatorship in the Soviet Union, and Stalin had a hard time imagining any opposition coming out of the new regions the Red Army had conquered. These countries might not be ripe for Communism yet, he thought, but they could be guided toward it by his authority and the example of the Soviet state. The British and Americans would extend their form of capitalism into the heart of Europe. Stalin would, at least over time, attempt to do the same with his system. It was both and ideological and strategic imperative. "This war" Stalin told his Yugoeslav Communist admirers in April 1945, "is not as in the past; whoever occupies a territory also imposes on it its own political system. Everyone imposes his own system as far as his army can reach. It cannot be otherwise"

Odd Arne Westad: The Cold War, A World History

Stalin esperaba que su alianza con los EE.UU. y Gran Bretaña durase varios años tras el fin de la guerra. En 1945, su país estaba en un estado desastroso. La destrucción física era inmensa, al igual que las pérdidas humanas. Temía a las consecuencias para el partido si se obligaba a la población a vivir en la pobreza más allá del fin de la guerra. Pero Stalin nunca estaba seguro de cuál sería el significado de la paz ni si los oponentes internacionales del comunismo le darían un respiro. No había oposición a su dictadura en la Unión Soviética y a Stalin le era difícil imaginar una oposición proveniente de las nuevas regiones conquistadas por el ejército rojo. Esos países podrían no estar maduros para el Comunismo, pero podían ser guiados hacia él mediante su autoridad y el ejemplo del estado soviético. Británicos y Americanos iban a extender su modalidad de capitalismo hasta el corazón de Europa y Stalin haría lo propio con su sistema político, al menos con el tiempo. Era un imperativo ideológico y estratégico. «Esta guerra» comunicó Stalin a sus admiradores yugoeslavos en abril de 1954 «no es como las pasadas, quien ocupe un territorio también impondrá allí su sistema político. Todos lo impondrán hasta donde alcancen sus ejércitos. No puede ser de otro modo.»

El periodo que llamamos la Guerra fría, de 1945 a 1991, o de 1948 a 1989, según se mire, tiene un interés especial para mí. En gran medida, por razones biográficas, ya que mi periodo formativo, el de mi adolescencia y primera juventud, coincidió con su recrudecimiento final en la década de los 80. Fue tan fuerte la impresión que me produjo vivir al borde del exterminio nuclear que, en gran medida, aún contemplo y juzgo la actualidad política con la mentalidad de antaño. Grave error, como pueden suponerse.

No debe sorprenderles que casi desde el momento en que cayó la URSS comenzase a leer libros sobre ese periodo, para intentar entender lo que había vivido. Las primeras obras que consulté, me doy cuenta ahora, tenían pesados lastres que las hacen casi inservibles, más allá de mera referencia de su transcurso temporal. El problema no estriba en su natural precipitación o que se pusiese el acento en temas quizá secundarios, como los complejos sistemas de armas y de alerta temprana que regían el equilibrio del terror, sino en su dependencia de la propaganda de los vencedores. Aquélla que decía que Truman y Churchill tuvieron los arrestos de plantarle la cara a Stalin, al contrario que el débil de Roosevelt, para impedir que el totalitarismo comunista se adueñase de Europa entera. O la otra que erigía a Thatcher, Reagan y Juan Pablo II en trío de duros cowboys que por si solos se las arreglaron para derribar el odioso sistema soviético  y traer la democracia a una Europa sojuzgada.

Pero... ¿realmente fue así? Mejor dicho, ¿fue inevitable la Guerra Fría? ¿Tuvo que acabar como acabó?