martes, 17 de octubre de 2017

El fin de la civilización

Ahora, transcurridos veinte años desde la publicación de la obra de Drew, e incluso después de un debate ininterrumpido y un flujo constante de publicaciones especializadas sobre el tema, seguimos sin haber alcanzado un consenso general sobre qué provocó la destrucción o el abandono de cada uno de los grandes centros de las civilizaciones que desaparecieron con el crepúsculo de la Edad del Bronce. El problema puede resumirse, de modo conciso, en el siguiente esquema:

Observaciones Principales
  1. Tenemos una serie de civilizaciones distintas que florecieron entre los siglos XV y XIII a.C, en el Egeo y el Mediterráneo oriental, desde los micénicos y minoicos hasta los hititas, egipcios, babilonios, asirios, cananeos y chipriotas. Eran grupos independientes, pero interactuaban de forma sistemática unos con otros, sobre todo a través de redes de las rutas comerciales internacionales
  2. Está claro que muchas ciudades quedaron destruidas y que las civilizaciones y la vida de la Edad de Bronce tardía, según sus habitantes la conocieron en el Egeo, el Mediterráneo oriental, Egipto y el Oriente Próximo, se terminaron hacia 1777 a.C. o poco después.
  3. No se han presentado pruebas rotundas sobre quién o qué provocó ese desastre, que terminó con el desmoronamiento de estas civilizaciones y el fin de la Edad de Bronce tardía
Eric H. Cline, 1777 a.C el año en que la civilización se derrumbó

Mi pasión por la historia se debe, en buena medida, a mi lectura, allá en mi juventud, del Atlas Histórico Mundial de Hilgeman y Kinder. Es una obra que necesita un revisión urgente, puesto que no recoge lo mucho que hemos aprendido sobre el pasado en las más de cinco décadas desde su concepción. Por ejemplo, con el desciframiento de la escritura maya. Sin embargo, continua siendo una fuente insustituible de datos, casi la única obra actual con la que es posible hacerse una idea coherente de la historia universal.

Algo que me fascinó, cuando me asomé por primera vez a ese libro, fue el toparme con momentos de tránsito entre épocas que para mí eran desconocidos. En la escuela sólo me habían enseñado los más obvios: la caída del Imperio Romano, el Renacimiento, la Revolución Francesa. De lo que nadie me había hablado, por ejemplo, es de la importancia del siglo XI en la historia europea. Ése fue un momento en que se constituyeron gran parte de los estados que ahora vemos reflejados en el mapa. En el que además, Europa comenzó a verse como una unidad e intentó, por primera vez, proyectarse fuera de sus fronteras, en la locura sin fruto que fueron las cruzadas.

Luego estaba la crisis del 1200 a.C. Otro tiempo en que la faz del mundo se cambió por completo y que es el objeto del libro de Cline que les estoy comentando. Para que se hagan una idea, hacia 1250 a.C en Oriente Medio existían dos potencias hegemónicas: El Imperio Hitita, o Hatti como lo llamaban sus habitantes, y el Imperio Nuevo Egipcio. Ambos se habían enzarzado en una lucha sin cuartel por el dominio del Levante Mediterráneo, las actuales Siria, El Líbano e Israel. Una guerra que había terminado en tablas y había llevado al primer tratado conocido de reparto del mundo en zonas de influencias: El llamado tratado de Kadesh, de 1260 a.C.

sábado, 14 de octubre de 2017

Historias del pasado

Ajuar Romano de Cristal de Roca © MAN

Una de las grand exposiciones de este año, por lo que muestra y por lo que no muestra, es la llamada El poder del pasado, recién abierta en el Museo Arqueológico Nacional, MAN en abreviatura. Su atractivo, en primer lugar, está en los propios objetos expuestos, algunos auténticas piezas únicas, como el canto rodado de la cueva de Abauntz sobre el que se grabó, a finales del paleolítico, el que podría ser el primer mapa de la historia. Además, excepto algunas piezas del propio MAN, la mayoría de los objetos nunca se han mostrado juntos, sino que se guardan repartidos por muchos de los museos de arqueología de la geografía española, habiendo sido prestados para la ocasión. Sí, incluso por esa autonomía tan de moda en estos últimos días.

Sin embargo, el propósito de la muestra no es anticuario, sino construir una historia de la arqueología en nuestro país. La muestra se estructura así en cuatro partes, que abarcan los 150 años, más o menos, que componen su historia. Una primera fase que podríamos llamar romántica, en la que una serie de pioneros, como Schulten, los Siret o Sanz de Sautuola, básicamente se limitaban a remover piedras y recuperar objetos llamativos. Como mucho se realizaban  esquemas de lo descubierto y de su lugar de hallazgo, y eso sólo cuando su formación previa así les había enseñado, caso de los ingenieros Siret. Una segunda etapa, la de Alfonso XII y la República, inauguraría la entrada de la arqueología científica, tal y como estaba empezando a ser postulada y sistematizada en la Europa coetánea. En ella que brillarían los primeros expertos y especialistas de la arqueología hispana, caso de Bosch Gimpera, además de las primeras síntesis generales.  

Llegaría luego, con el Franquismo, lo que podríamos llamar la arqueología institucional, en la que el estado crearía y mantendría organismos para la investigación y preservación del pasado, o transformaría por completo los existentes, caso del propio MAN,  que en muchos casos se mantienen en esa forma incluso hoy en día. Por último, tendríamos la arqueología de la democracia, periodo en la que se produciría una descentralización de la actividad arqueológica, trasladada a las diferentes comunidades, además de una privatización de sus actividades, a cargo de empresas cuyo negocio son  las muchas excavaciones de urgencia que precisa el desarrollo urbano y de comunicaciónes.

Sin embargo, y a falta de leer el catálogo, me da la impresión que esta muestra no va más allá de esta mera catalogación. Y no es por descuido o desinterés, ya que de vez en cuando, en los rótulos que sirven de introducción a la diferentes secciones, se cuelan comentarios que buscan hacer balance de las diferentes etapas. Juzgarlas incluso, como ya veremos.

jueves, 12 de octubre de 2017

Los límites del conocimiento

El teorema de Gödel aparece como proposición VI de un artículo suyo "Sobre proposiciones formalmente indecibles en los Principia Mathematica y sistemas análogos, I" (1931), y dice así
A cada clase k w-consistente y recursiva de formulae corresponden signos de clase r recursivos, de tal modo que ni v Gen r ni Neg (v Gen r) pertenecen a Flg (k) (donde v es la variante  libre de r)
En realidad el artículo se redactó en alemán, y quizás el lector siente que sigue estando en alemán. He aquí, pues, una paráfrasis en español más normal:
Toda formulación axiomática de teoría de los números incluye proposiciones indecibles.
Tal es la perla.

Douglas R. Höfstadter, Gödel, Escher, Bach, Un eterno y grácil bucle.

De la reciente exposición dedicada a Escher en el palacio de Lliria, me llevé un tesoro inesperado. No es una reproducción de uno de los grabados de ese artista, tampoco el catálogo de la muestra, sino un libro de 800 páginas, el arriba citado, que trata de matemáticas. Y además en su versión dura, pretendiendo que el lector tenga la inteligencia suficiente para seguir sus demostraciones y razonamientos. Un reto que ya por sí es exigente, pero al que se une otra demanda casi imposible de satisfacer en el remolino que es nuestra época: tiempo para entender, pensar y resolver problemas que no son triviales. En cuya dificultad estriba, precisamente, su encanto.

Supongo que a nadie le sorprende que matemáticas y Escher vayan de la mano. La casi totalidad de los grabados de Escher, al menos los que han pasado a formar parte de la memoria colectiva, ilustran conceptos y problemas matemáticos. Son estos últimos, los matemáticos, lo que mejor pueden explicar y apreciar una obra artística que es eminentemente cerebral, abstracta y fría, pero que aún así atrae y fascina. Por ilustrar mundos imposibles, se podría aventurar. Tampoco debe resultar extraño que a Escher se añada Bach, gigante de la música occidental. Un músico cuyas composiciones son complejos ejercicios de arquitectura sonora - Bernstein hablaba de mecano -, en donde el ensamblaje, los retos técnicos, la perfección abstracta, parecen ser su única motivación; abocando así a un goce, de nuevo, meramente cerebral. En apariencia, porque todo oyente medianamente formado sabe, por experiencia, lo embriagadora y gozosa que resulta la audición de casi cualquier pieza de Bach. En ocasiones, con efectos rayanos al éxtasis, sea espiritual o corpóreo, artificial o natural.

El punto discordante en esta comparación a tres términos sería Gödel, pero simplemente por desconocimiento. Este matemático es, de nuevo, un gigante de esa disciplina el siglo XX. Y lo es, casi en exclusiva, por el teorema enunciado en la cita que abre esta entrada. Una proposición en apariencia ilegible e incompresible, que cuando se intenta transcribir parece obvia, inocente, inofensiva. En realidad fue un terremoto que derrumbó las seguridades del pensamiento científico y nos adentró en un mundo nuevo, casi en una metafísica renovada. Como ocurrió con la relatividad y la cuántica coetáneas

¿Y eso por qué?

martes, 10 de octubre de 2017

Tiempo, vejez y muerte



Desde hace tiempo vengo diciendo que son más interesantes las exposiciones de fotografía de la Mapfre que sus hermanas mayores dedicadas a la pintura. Es una opinión personal, por  supuesto, y se debe en gran parte a que la política de exposiciones de la Mapfre me está permitiendo conocer en detalle la historia de la fotografía. Una oportunidad que un casi completo ignorante de ese arte, como es quien les escribe, no puede por menos que agradecer. Sentida y sinceramente.

La última muestra fotográfica, abierta hace apenas unos pocos días, está dedicada al fotógrafo norteamericano Nicholas Nixon. Este artista, tal y como se nos muestra en la exposición, tuvo una evolución inusual, con un giro temático sorprendente. Hay fotógrafos se decantan desde el inicio por un género y tema determinado, sea el paisaje o el retrato, sea el fotoperiodismo o la fotografía más de estudio, sea el clasicismo o la experimentación. Nixon, sin embargo, comenzó tomando vistas de paisajes urbanos desprovistos de la presencia humana, casi al estilo de un Stephen Shore o Lewis Baltz, pero pronto se trasladó al mundo del retrato. Con armas y bagajes, se podría decir.

sábado, 7 de octubre de 2017

De vuelta en la España negra


La exposición Zuloaga en el París de la Belle Epoque, que se acaba de abrir en la Fundación Mapfre, sólo tiene un defecto. En mi opinión, si se quitasen unos pocos de los cuadros de Zuloaga, fácilmente se  podría hacerla por otra que se titulase: Arte en el Paris de 1900.  Más que un ilustración de la obra del pintor vasco,  artista enamorado de Castilla, como tantos periféricos de la generación 98, lo que se nos muestra es un corte transversal del arte en Francia justo antes de que se produjera el estallido de la vanguardias, con Fauvismo y Cubismo a la vuelta de la esquina. Un momento en que las convulsiones estéticas de la década de 1880, puntillismo, simbolismos varios, y tantos otros heraldos de la modernidad, se habían aquietado y acomodado un tanto; mientras que los tres grandes pintira que ahora recordamos como imprescindibles, Gaugin, van Gogh y Cezanne, no pasaban de ser considerados como excéntrico, loco y misántropo, respectivamente.

Zuloaga, a pesar de que su obra artística florece precisamente en esa raya del 1900, nunca va a llegar a formar parte de las vanguardias. Se puede decir que se quedó anticuado, cultivando un realismo sereno, preciso y equilibrado del que abjurarían sus coétanos más jóvenes... y del que se había apartado la pintura francesa desde los impresionistas, fuera de pompiers y artistas del Salon. No obstante, el estilo de Zuloaga es único y original, muy lejano de las formas relamidas de los pintores que se limitaban a copiar los esplendores del clasicismo francés. Diametralmente opuesto,  a su vez, al impresionismo respetable que practicaba Sorolla y que tanto predicamento tiene en nuestra época, de contrarrevoluciones estéticas y políticas. Más cercano asímismo a Gutierrez Solana, aunque le falte la mordiente caústica que es inseparable del estilo de este otro artista, al que se puede clasificar en un expresionismo hispano.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Cuando se deja de pertenecer... (y I)

Si siguen este blog, sabrán que a principios de este año estuve a punto de fallecer. No acabo aún de hacerme a la idea, aunque de vez en cuando rememoró los acontecimientos, con la misma sensación de incredulidad de entonces. Tampoco he sacado en claro ninguna lección vital, mucho menos una revelación de esas que cambian la existencia, salvo hallarme más escéptico ante el mundo, más desanimado, desesperanzado y desapegado. Como si ya nada pudiera llenarme o satisfacerme, ni siquiera lo que creía amar con locura. Como si nada valiera el esfuerzo de intentarlo, mucho menos de realizarlo. Negros pensamientos a los que no es ajeno el que en este año haya llegado a  los cincuenta, edad en la que se tiende a hacer balance de logros y fracasos, de ganancias y pérdidas. En mi caso, poco de lo positivo, demasiado de lo negativo.

El caso es que, a medida que me recuperaba, que iba descubriendo con sorpresa que lo que veía y leía  lo interpretaba de manera distinta al antes de, empecé a concebir la idea de escribir una serie de entradas retrospectivas. Un ajuste de cuentas con lo que fui y soy, ese balance que les señalaba antes. Ya sé que hablar de uno mismo es un veneno para todo blog, pero como estas anotaciones mías han sido erráticas y nunca se han especializado en un tema concreto, poco importa que vuelva a dar un quiebro. Al fin y al cabo, nunca he conseguido granjearme un público, de manera que tengo la impresión de hablar en una habitación vacía. A solas y sin nadie, confesándome mis propios pensamientos, como si no los conociera ya.

Me disperso. La idea de esta serie surgió de la lectura de este artículo en la revista hyperbole, publicación en la que he encontrado - y disfrutado - auténticas joyas. En él, se señalaba que la música clásica ya no nos sirve, porque no nos acompaña. Mejor dicho, el modo en que escuchamos la música clásica, sea en la sala de conciertos o en el salón de conciertos, es siempre a solas, aislados e inermes, sin capacidad de reacción, mucho menos de repulsa, ante lo que el compositor - o sus interpretes - quieran contarnos, casi imponernos. Por el contrario, la experiencia moderna de la música es comunitaria. Se va con otros amigos a un concierto o a bailar, de manera que la música no pasa de ser un mero catalizador. De la vida y el gozo.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Comienzos y finales

La imagen que surgía de todo esto era violenta y lúgubre. En los propios cronistas y en la elaboración de sus materiales por el romanticismo del siglo XIX resalta, ante todo, el aspecto lúgubre y terrorífico de la última Edad Media; la crueldad sangrienta, la soberbia vocinglera, la codicia, la pasión, la sed de venganza y la miseria. La exagerada y vana pompa multicolor de las famosas solemnidades y fiestas de corte, con su resplandor de alegorías desgastadas por el uso y de insoportable lujo, son las que ponen en el cuadro los tonos más luminosos. 
¿Y ahora? Hoy irradian para nosotros  sobre la imagen de aquella época la elevada y maravillosa gravedad y la profunda paz de los van Eyck y de Menling; aquel mundo de hace medio milenio parécenos lleno de un luminoso brillo de alegría sencilla, de un tesoro de sosegada ternura. El cuadro violento y sombrío se ha transformado en un cuadro apacible y sereno. Y todas las manifestaciones de la vida de aquel periodo que aún conocemos directamente, además de las artes plásticas, son una expresión de belleza y de tranquila sabiduría: la música de Dufy y de sus compañeros, la palabra de Ruusbroeck y de Tomás Kempis. Incluso allí donde aún repercuten directamente la crueldad y la miseria de la época, en la historia de Juana de Arco y en la poesía de François Villon, sólo elevación y emoción emanan, sin embargo, de las figuras.
¿En qué descansa, pues, esta profunda diferencia entre las imágenes de la época, aquélla que se refleja en el arte y aquella otra que nos forjamos por medio de la historia y la literatura?

Johan Huizinga. El otoño de la edad media

Al igual que el libro de Norman Cohn, In search of the Millenium, que ya les comenté en entradas anteriores, El otoño de la edad Media, de Johan Huizinga, se ha convertido en un clásico de la investigación histórica. Ambos se siguen leyendo y siguen siendo buenas introducciones a los temas y periodos históricos que tocan. Todo ello, a pesar de las décadas transcurridas desde su publicación, de los muchos cambios en la metodológía y filosofía de la historia, o de las ingentes cantidades de datos nuevos que han sido descubiertos desde los años 30 y 50, fechas de concepción de las obras respectivas.

De hecho, desde el punto de vista de un lector del sur de Europa, sea la península ibérica, sea la itálica, el mayor defecto de ambas es su restricción geográfica. En su análisis de los movimientos milenaristas europeos durante la Baja Edad Media, Cohn se circunscribe a los valles del Rin y del Danubio, con alguna excursión a regiones vecinas, como la Bohemia husita o la Inglaterra de Wat Tyler y Wycliff. Huizinga es aún más restrictivo, puesto que su estudio se centra en las tierras al oeste del Rin y el norte del Loira. En concreto, a lo que constituyó el malogrado Condado/Ducado de Borgoña, estado situado a lo largo del curso del Rin, junto con el norte del estado francés, presa de las convulsiones de la Guerra de los Cien Años.

martes, 26 de septiembre de 2017

Guerra eterna

Ein normaler Marschtag konnte folgendermaßen aussehen: in der Dunkelheit, eine Stunde vor der Morgendämmerung, schlugen die Trommler des Fußvolk Vergatterung - Sammlung und Aufstellung -, während die Trompeter der Reiterei boute-selle bliesen. Oft ging zu diesem Zeitpunkt im Lager bereits sehr lebhaft zu. Das Stallpersonal war auf und striegelte und tränkte der Pferde und sammelte das übriggebliebene Futter ein. In der Stunde bis Tagesanbruch sollte sich der Rest der Mannschaften ankleiden, die Zelte abbrechen, alles Zubehör auf die Trosswagen laden und schließlich seinen Platz im Glied einnehmen. Bei Sonnenaufgang begann der Marsch. An der Spitze gingen Führer und eine Patrouille, dicht gefolgt von einem Brückenmeister mit Handlangern und Zimmerleuten; sie sollten alle Hindernisse aus dem Weg räumen und die Fahrwege und Brücken ausbessern oder sogar, wenn dies nötig wäre, neu anlegen... Dann folgte ein größer Teil der kämpfenden Verbände in dichten Marschkolonnen: die Glieder der Reiterei, mit der verschiedenen farbenfrohen Standarten der Schwadronen geschmückt; die dichte Reihe der Bataillonen des Fußvolkes, gekrönt von einem klappernden Wald von langen, schwankenden Piken und schaukelnden Musketen. Gleichzeitig wurden Patrouille nach den Seiten geschickt. Sie sollten auf den Flanken des vorrückenden Heeren teils an Sicherung gegen feindliche Überfälle, teils um die eigenen Soldaten zu hindern, sich aus dem Staub zu machen oder auf eigene kleiner Plünderungszüge zu gehen. Danach folgte der Teil der Armee, der transporttechnisch die größte Probleme bereitete, nämlich der Tross. Die Überwachung des Trosses oblag einem Generalwagenmeister, der an der Spitze ging und jeden handgreiflich zurechtwiesen, der gegen die vorgegeben Zufolge verstieß oder weglaufen versuchte. 

Peter Englund, Verwüstung (Asolación)

Un día de marcha normal podía ser como sigue: todavía a oscuras, una hora antes de amanecer, tocaban diana los tambores de la infantería - a formar y a pasar lista - mientras las trompetas de la caballería llamaban a ensillar. El campamento se llenaba de animación desde ese instante. Los mozos de cuadra cepillaban y abrevaban los caballos y recogían el pienso que sobrase. En la hora antes de la salida del sol, el resto del ejército se vestía, desmontaba las tienes, cargaban el equipo en los carromatos y, finalmente, ocupaban su puesto en la formación. Una vez amanecido, comenzaba la marcha. En la vanguardia marchaban los guías y una patrulla, que era seguida por el comandante de ingenieros, con carpinteros y ayudantes; su misión era retirar cualquier obstáculo del camino, mejorar puentes y caminos, incluso construirlos, si era necesario... Luego seguía el grueso de las fuerzas de combate en formación cerrada: las unidades de caballería, ornadas con los estandartes coloridos de los distintos escuadrones; las densas filas de los batallones de infantería, coronados por un tintineante bosque de largas picas temblorosas y mosquetes balanceándose. Al mismo tiempo, se enviaban patrullas a los flancos. Debían proteger al ejército en avance de asaltos enemigos, pero en parte también debían impedir deserciones o que los soldados se embarcasen en sus propias expediciones de saqueo. Tras ellos, seguía la sección del ejército que mayores problemas logísticos suponía: la impedimenta. La supervisión de la impedimenta recaía en un general de transporte, que marchaba a la cabeza y que indicaba con señas a todos, si debían arremeter contra lo que pudiera suceder o tentar la huida.

Al comentarles el libro de Geoffrey Parker sobre la supuesta crisis global del siglo XVII, ya  les había señalado que, en Europa, ese siglo está caracterizado y determinado por una guerra desmedida y sin precedentes: la de los Treinta Años. Para mí, de adolescente, fue una sorpresa conocer las peripecias de aquel conflicto. Desde España y en el contexto de la historia del Imperio Español, esa guerra caía un poco a trasmano, un transfondo sangriento de la guerra eterna contra los holandeses y su continuación contra Francia. Apenas unas notas a pie de página, entre las que se nombraba la ocupación del Palatinado en los años 20, antes de que venciese la tregua de doce años con las Provincias Unidas; la victoria casi decisiva de Nördlingen en la década de los 30, que tantas esperanzas trajo y para  bien poco sirvió; por último, las derrotas aniquiladoras de Rocroi y Lens, punto final de la hegemonía española en Europa.

Sin embargo, la guerra de los Treinta Años fue mucho más que un mera digresión en la historia del Imperio Español. Ese conflicto inauguró lo que iba a ser una constante en la historia del continente, al menos hasta 1945: las guerras generales. Lo que comenzó como una rebelión en las tierras patrimoniales de los Habsburgo, Bohemia y Austria, continuación de los conflictos religiosos del XVI, involucró a casi todas las potencias Europeas. En su desarrollo, se mutó el motivo del conflicto por completo, puesto que de su desenlace no dependía ya el reparto entre las diferentes confesiones, sino la jerarquía de poder e influencia entre los nuevos estados modernos. De hecho, los únicos estados que no se vieron arrastrados por este torbellino fueron aquellos en los que estallaron guerras civiles internas, caso de Inglaterra, o se vieron distraídos por guerras externas, caso de la Unión Polaco-Lituana, aquejada por las rebeliones cosacas en la actual Ucrania y la expansión Rusa en Bielorrusa.

sábado, 16 de septiembre de 2017

¿El punto de inflexión?

¿Does the seventeenth century evidence support this analysis? Certainly the major revolts almost broke out in a period of unparalleled climatic adversity, notably when a "blocked climate" produced either prolonged precipitation and cool weather or prolonged drought (1618-23, 1629-32, 1639-43, 1647-1650, 1657-8). Some areas suffered for longer: both Scotland (1637-49) and Java (1643-71) suffered the longest droughts in their recorded history. The century also saw a run of "landmark winters", including some of the coldest months on record, and two years "without a summer" (1628 and 1675); and an unequalled series of extreme climatic events - the freezing of the Bosporus (1620) and Baltic (1658); the drying up of China's Grand Canal (1641); the maximum advance of the Alpine glaciers in  1642-4. In 1641 the river Nile at Cairo fell to the lowest level ever recorded, while Scandinavia experienced its coldest winter ever recorded. These various climatic aberrations accompanied a major episode of global cooling that lasted at least two generation: something without parallel in the past 12,000 years. The famines caused by this change in the global climate caused what we would today be called a humanitarian crisis in which millions of people starved to death.

Geoffrey Parker, Global Crisis

¿Permiten las pruebas del siglo XVII corroborar este análisis? Con seguridad las revueltas principales casi siempre ocurren en periodos clímaticos adversos sin precedentes, especialmente cuando un "clima bloqueado" bien produce precipitaciones prolongadas y frío o una sequía persistente (1618-23, 1629-32, 1639-43, 1647-1650, 1657-8). Algunas zonas sufrieron incluso más: tanto Escocia (1637-49) como Java (1643-71) experimentaron las seguías más largas que se han registrado. El siglo también presenció una cadena de "inviernos clave", incluyendo algunos de los meses más fríos regustrados y dos años "sin verano" (1628 y 1675), además de una serie sin igual de sucesos climáticos extremos: la congelación de las aguas del Bósforo (1620) y del Báltico (1658), el secado del Gran Canal Chino (1641) o el avance máximo de los glaciares alpinos (1642-44). En 1641 el nivel del río Nilo a su paso por Cairo cayó por debajo de los niveles antes registrados, mientras que la península escandinavia sufrío su peor invierno registrado. Estas diferentes aberraciones climáticas acompañaron un episodio principal de enfriamento global que duró al menos dos generaciones: algo sin paralelos en los últimos 12.000 años. Las hambrunas causadas por este cambio en el clima global causaron lo que hoy llamaríamos una crisis humanitaria, en la que millones de personas murieron de hambre.

Geoffrey Parker es uno de los grandes historiadores mundiales del periodo que antes se llamaba como Edad Moderna, siglos XVI al XVIII, y ahora se prefiere denominar Premodernidad. Es también uno de los proponentes de una "Great Divergence" temprana, dentro del debate sobre el auge y dominio de Europa durante el siglo XIX y XX. Frente a la postura tardía, que lo retrasa a finales del XVIII e incluso a comienzos del XIX, para Parker este giro en la historia mundial tuvo lugar a mediados del siglo XVII. Una postura a la que yo también me adhiero.


Global Crisis, con el subtítulo War, Climate Change and Catastrophe in Seventeenth Century (Guerra, cambio climático y catástrofe en el siglo XVII) es una análisis extenso, 700 páginas de texto, profundo y complejo de ese siglo crucial. Lo primero que llama la atención de este siglo es que, comparado con los que le preceden y suceden, es especialmente belicoso. No por el número de guerras, sino por su extensión y mortandad, que no vuelven a ser igualados, salvo excepciones, hasta el no menos sangriento siglo XX. Encuadrando el siglo, se tienen los 30 años de la guerra del mismo nombre, 1618-1648, que dejaron asolado y despoblado el espacio del Sacro Imperio Romano Germánico; mientras que en la segunda parte del siglo, de 1640 a 1680 tiene lugar la caída de la dinastía Ming en China y su substitución por la dinastía Quing.


jueves, 14 de septiembre de 2017

La ruptura (I)

Selon toute probabilité, la plupart des fidèles  de cette religion tiennent pour une aberration monstrueuse la caution que prétendent trouver dans l'Islam ceux qui commettent des attentats meurtriers, prennent des otages, les soumettent a la torture et les assassinent. Et sans doute est-il préférable d'éviter tell formule hâtive qui tendrait à faire de tout "islamique" un terroriste en puissance: il serait d'une égale absurdité de suspecter en chaque catholique un Torquemada ou en chaque juif un rabbin Kahane. Plus encore, en pratiquant l'amalgame et l'insinuation, on risque fort de souder dans un réflexe hostile et solidaire les rangs de population qui se sentent soudain l'objet d'un soupçon inique e difus.
Pourtant, ce serait fait preuve de l'aveuglement des compagnons de route de nier un fait: la multiplication des actes terroristes et de prises d'otages s'inscrit dans une stratégie  antioccidentale efficace mis au point par certains états du Moyen Orient, et nomme par les spécialistes le "conflit a baisse intensité". Dans cette perspective, l'usage du vocabulaire islamique, et notamment de l'injonction du jihad, dans son sens le plus belliqueux de "guerre sainte contre les ennemies de Dieu", constitue un précieux auxiliaire pour recruter une mouvance de sympathisantes et d'exécutants au sein d'une jeunesse sinistrée qui considère qu'elle n'a pas plus rien a perdre et qui voit, à tort ou à raison, dans l'Occident haï e opulent la cause de tous ses maux. On se fourvoierait à sous-estimer l'impact de pareilles mots d'ordre.

Gilles Kepel, Les banlieues de l'Islam

Con toda probabilidad, la mayor parte de los fieles de esta religión consideran una aberración monstruosa la pretensión de encontrar en el Islam a aquellos que cometen atentados mortíferos, tomar rehenes, los someten a tortura y les asesinan. Y sin duda es preferible evitar la formula apresurada que haría de todo islamista un terrorista en potencia: sería igual de absurdo suponer en todo católico un Torquemada o en caja judío un rabino Kahane. Aún más, al utilizar esa yuxtaposición e insinuación, nos arriesgamos a desperar un reflejo solidario hostil entre los grupos de población que se sienten repentinamente objeto de una sospecha inicua y difusa.
Sin embargo, sería mostrarse ciego, como los compañeros de viaje, si se negase un hecho: la multiplicación de actos terroristas y de toma de rehenes se inserta en una eficaz estrategia antioccidental practicada por ciertos estados de Oriente Próximo y llamada por los especialistas "conflicto de baja intensidad". Desde esta perspectiva, el uso del vocabulario islámico y especialmente de la jihad, en sus sentido más belicoso de "guerra santa contra los enemigos de Dios", constituye un auxiliar precioso en el reclutamiento de simpatizantes y ejecutores en el seno de una juventud fracasada que considera que no tiene nada más que perder y que ve, de manera correcta o equivocada, que la causa de todos sus males es el Occidente odiado y opulento. Se equivocaría quien subestimase el impacto de semejantes consigna.

Acaba de terminar este libro de Gilles Kepel cuando sucedieron los atentados de Barcelona. Preferí retrasar la escritura hasta que todo se hubiera normalizado - al ritmo que va la actualidad patria, no ha tardado mucho - pero también porque estos hechos luctuosos ya no me afectan como los hicieron los del 11-S o los del 11M. Pareciera que la violencia, en forma de atentado sangriento, aquí o en otra parte del mundo, se ha convertido en parte cotidiana de nuestras vidas. Cada muerte, cada grieta en la convivencia, tiene así cada vez menos valor. Es simplemente otro más en la lista, un paso más en un conflicto que, a mi entender, están ganando los radicales: las formas extremas de religión que pretenden eliminar las conquistas de los estados laocos.

Resulta curioso, leyendo el párrafo de Kepel, lo apropiado que resulta su conclusión al tiempo presente. Pero no es un artículo de actualidad. Se trata de un libro publicado en 1987 que intentaba analizar y explicar las causas de un fenómeno nuevo, la aparición del Islam como un fenómeno político en Francia en los años 80, al socaire de la Revolución Islámica en Irán. Puede sorprender esa fecha temprana. Para nosotros, el Islam, como fuerza política y revolucionaria, no se tuvo en cuenta hasta el shock que supusieron los atentados del 11-S en Nueva York. De repente, descubrimos que minorías implantadas en nuestra sociedad tenían - y exigían - necesidades para las que nuestra sociedad no tenía cabida o que no habían sido consideradas en su construcción. Un problema de construcción social que no habría tenido tanta repercusión sino fuera, precisamente, por esa deriva violenta cuya expresión es el terrorismo islámico.