domingo, 21 de enero de 2018

La lista de Beltesassar (CXCI): Spin (Giro 2002) Han Hoogerbrugge

Como todos los domingos, continúo con mi revisión de la lista de cortos animados realizada por el misterioso profesor Beltesassar. Esta vez ha llegado el turno de Spin (Giro),  corto dirigido en 2002 por el artista de vanguardia Han Hoogerbrugge.
Si me refiero a Hoogerbrugge como artista de vanguardia es porque su obra se sitúa en esas zonas limítrofes que separan las diferentes artes visuales. Se trata de espacios aún por cartografiar y que reciben nombres tan dispares e insatisfactorios como vídeo-arte o arte digital. En ellos, los artistas intentan encontrar lo que en sus artes de partida es inalcanzable o se encuentra oculto por espesas capas de convenciones y sobreentendidos. No se trata de una postura nueva, propia de la disolución de la modernidad y las muchos mestizajes propiciados por el posmodernismo, sino que pertenece a los propios orígenes de la vanguardia. Ése es el caso, por ejemplo, de Oskar Fischinger, quien en los años veinte utilizó la animación para plasmar los postulados de la abstracción que estaban vedados a la pintura. Tal es el caso también, aunque mucho más reciente, de William Kentridge, cuyo arte habita en la encrucijada entre teatro, pintura y animación, formas que utiliza de manera eminentemente política, como recuerdo y denuncia permanente de los muchos horrores del siglo pasado.

De esa manera, Spin es al mismo tiempo un corto de animación y no lo es. Lo es, en la medida que incluye secciones animadas en forma de bucle sin fin; no lo es, en tanto requiere la intervención del espectador para continuar y salir de esos callejones sin salida. El corto podría quedar así eternamente prisionero de si mismo, suspendido en un movimiento perpetuo inconcluso, o insertarse como segmento en una cadena aún mayor, puesto que la última interacción nos vuelve a colocar al mismo tiempo al principio. Bucles dentro de bucles dentro de bucles que no se limitan a mera broma o floritura tecnológica, sino que también incluyen su vertiente de critica social. Ocurre que cada uno de esos bucles sin término ilustran uno de nuestros pozos sociales cotidianos, sean estos el entretenimiento superficial basado en la repetición continua de los mismos estereotipos, la adoración de músicas que nos prometen rebelión, pero solo confirman el sistema, o la búsqueda del más sobre más sobre más en nuestro medios de transporte privados.

Repetición tras repetición que conforman nuestros días y que los tornan indistinguibles los unos de los otros, a pesar de nuestras protestas y anuncios de variedad y aventura, de tornar cada día en un nuevo desafío, del cual habrán de depararse, con toda seguridad, recompensas sin cuento. Así lo proclamamos, pero nunca es así, pues lo único que encontramos al final del camino es tedio y hastío, fracaso y amargura. Spin constituiría así una constatación de los muchos engaños y mentiras con los que nos protegemos, pero cabe una pregunta: ¿Sirve para algo esta denuncia? Cuestión que se extiende a todo el arte actual, tan preocupado por abandonar cualquier búsqueda tendiente a representar una belleza en la que no se cree, mientras prima un afán por el mensaje político, siempre con propósito de reforma, cuando no revolución.

Lo cierto que este arte del concepto no es visto por el gran público, mientras que el poco que tiene repercusión enseguida es olvidado. Incluso el que no se olvida y pasa a formar parte de una suerte de canon pudorosamente desprovisto de ese nombre, queda emasculado de cualquier posibilidad de repercusión por sus propio hermetismo simbólico, agravado por las muchas capas de exégesis erudita con que se le envuelve y, no menos importante ni menos decisivo, por devenir prisionero de un museo. Esos lugares donde, ya saben, la gente vaga sin rumbo, casi obligada, sin tener muy claro cuál es la finalidad de contemplar esos objetos ni por qué deberían gustarle.

Y como prueba basta que reparen que no he incluido capturas de este corto, ni el habitual enlace a una plataforma de "streaming". El formato, sfw, en el que está mi copia no permite que mis reproductores obtengan imágenes de ellos, mientras que mis búsquedas no han conseguido encontrar un enlace a ese corto.

Cine invisible, en verdad

jueves, 18 de enero de 2018

Cuando se deja de pertenecer... (y IV)

A medida que pasa el tiempo, más inútil me parece esta serie de entradas.

Recordarán que la comencé a modo de reflexión sobre mi vida, tras casi perderla hace un año. Era un intento de reconciliar lo que soy con lo que quise ser y hacer, de anotar mi decadencia y mi extravío, la manera en que iba perdiendo sentido incluso lo que más amo y estimo. Mi esperanza era encontrar luz, un camino, un medio que me permitiese salir del callejón sin salida en el que yo mismo me he introducido, pero ese afán era claramente vano, incluso presuntuoso. Se necesitaba algo más, un cambio profundo y definitivo, junto con las fuerzas para perseguirlo y perseverar. Algo que no me iba a ser conferido por un casual y pasajero roce con la muerte.

Así que esta será la última meditación en esa línea y volveremos a lo que es habitual en este blog, las divagaciones superficiales con poco fundamento sobre temas artísticos, cinematográficos, literarios e históricos. Una inclinación que, no se lo oculto, aparte del mero hecho de llevar un diario público de impresiones y encuentros,  tenía un punto de soberbia: la de convertirse en un blog de referencia o al menos un lugar admirado y frecuentado. No ha sido así por razones obvias, la más importante la falta de substancia. Mejor dicho de datos que realmente amplíen lo ya archisabido, carencia que no se puede suplir con entusiasmo ni una expresión retorcida y alambicada. 

Sin embargo, antes de cerrar esta serie, sí quería acercarme a un punto que tiene particular importancia en la historia de este blog y la de mis gustos personales: la desaparición casi completa de las entradas dedicadas al anime, antaño casi semanales, siempre colmadas de elogios y admiración.

sábado, 13 de enero de 2018

Hasta la última gota de sangre (y III)

Ein Verwundeter
tastet sich kriechend vorwärts

Fluch, Kaiser, dir! Ich spüre deine Hand,
an ihr ist Gift und Nacht und Vaterland!
Sie riecht nach Pest und allem Untergang.
Dein Blick ist Galgen und dein Bart der Strang!
Dein Lachen Lüge und dein Hochmut Haß,
dein Zorn ist deiner Kleinheit Übermaß,
der alle Grenze, alles Maß verrückt,
um groß zu sein, wenn er die Welt zerstückt.
Vom Rhein erschüttert ward sie bis zum Ganges
durch einen Heldenspieler zweiten Ranges!
Der alten Weit warst du doch kein Erhalter,
gabst du ihr Plunder aus dem Mittelalter.
Verödet wurde ihre Phantasie
von einem ritterlichen Weltkommis!
Nahmst ihr das Blut aus ihren besten Adern
mit deinen Meer- und Luft- und Wortgeschwadern.
Nie würde sie aus Dreck und Feuer geboren!
Mit deinem Gott hast du die Schlacht verloren
Die offenbarte Welt, so aufgemacht,
von deinem Wahn um ihren Sinn gebracht,
so zugemacht, ist sie nur Fertigware,
mit der der Teufel zu der Hölle fahre!
Von Gottes Zorn und nicht von seinen Gnaden,
regierst du sie zu Rauch und Schwefelschwaden.
Rüstzeug des Herrn! Wir werden ihn erst preisen,
wirft er dich endlich zu dem alten Eisen!
Komm her und sieh, wie sich ein Stern gebiert,
wenn man die Zeit mit Munition regiert!
Laß deinen Kanzler, deine Diplomaten
durch dieses Meer von Blut und Tränen waten!
Fluch, Kaiser, dir und Fluch auch deiner Brut,
hinreichend Blut, ertränk sie in der Flut!
Ich sterbe, einer deutschen Mutter Sohn.
Doch Zeug' ich gegen dich vor Gottes Thron
 Er stirbt
Un Herido (avanza arrastrándose a tientas):

¡Maldito emperador! Ahora siento tu mano
que me trae el veneno, con la noche y la patria,
que difunde su hedor a peste y a ocaso.
¡Tus ojos son la horca y es la soga tu barba!
Es mentira tu risa y es odio tu arrogancia,
tu rabia es el exceso de tu insignificancia,
que todas las fronteras y medidas desplaza
y que para crecer al mundo despedaza,
¡un mundo sacudido de Occidente a Oriente
por un mal jugador que se las da de héroe!
Del viejo mundo nunca fuiste el conservador,
de trastos medievales fuiste sólo el dador.
¡Toda imaginación del mundo desgastaste,
caballero que actúa con mente de viajante!
Tu chupaste su sangre, la mejor que tenía
con tus huestes del aire, mar y palabrería
¡No hace nunca el mundo del fuego y lo podrido!
¡Y junto con tu Dios la batalla has perdido!
El mundo revelado, así puesto a la venta
que tu locura ha hecho que pierdas la chaveta,
no es más que mercancía, así empaquetado.
¡Y ojalá que al infierno se lo lleve el diablo!
Con la ira de Dios y no con su clemencia,
tu gobierno convierte al mundo en una hoguera.
¡Coraza del Señor! A él sólo alabaremos
cuando por fin te arroje entre los trastos viejos
¡Ahora ven y mira como luce una estrella
cuando el tiempo es regido por balas y escopetas!
¡Y haz que tus diplomáticos, ministros, cancilleres
en este mar de sangre y llanto chapoteen!
¡Maldito emperador, tú y toda tu camada!
¡Con la sangre que sobra bastará para extirparla!
Me muero, de una madre alemana soy hijo,
¡Pero voy a acusarte ante el trono divino!

Muere
 Karl Kraus, Los últimos días de la humanidad, traducción de Adan Kovacsics

Le comentaba, en entradas anteriores, de la profunda, indignada y asqueada repulsa de Karl Kraus ante la Guerra Mundial. En su denuncia, no figuran únicamente los horrores de la guerra, las matanzas, el hambre, las miserias y la pobreza, sino las muchas mentiras que han llevado a ennoblecer y justificar lo que no es más que oficio despiadado de matadero. La responsabilidad del horror no recae, o al menos no recae exclusivamente, en que quienes toman las decisiones políticas o dan las órdenes militares, sino en la caterva de intelectuales, científicos, sábios, escritores y periodistas transformados en propagandistas exaltados del sacrificio y la resistencia a ultranza, cuyas consecuencias en muchos casos, no van siquiera a rozarles, sino que les van a acarrear pingues beneficios.  En algunos casos, ni siquiera con esa justificación, porque los habrá que no actuaran así por llenarse los bolsillos, ni cubrirse de honores, sino a los que moverá el mero idealismo que predican. Bobos entre los bobos, cuyos servicios desinteresados no recibirán otra recompensa que la risa, el desprecio o la indiferencia. O una palmadita en la espalda, que viene a ser lo mismo


miércoles, 3 de enero de 2018

Belleza, sensibilidad, arrebato

The only reason I learnt to love Bout's picture is that a student of mine name Rasa once copied it. She set out her easel right in front of the painting, and despite the distracting crowds she kept coming back, week after week, slowly perfecting her copy. She helped me to see the picture in minute detail. 
We studied the uneven textures of the Madonna's middle-aged skin, the faint shine of her unpolished nails, and even we looked at the dirt lodged beneath them. We discussed the mistakes Bouts made in the length of three fingers (at first they were not long enough, so he stretched them a little, making a row of double fingertips). Rasa visited the museum once or twice a week for fiteen weeks, and at the end of that time we both had a sense that we knew the figure in the painting. Toward the beginning, Rasa's copy was a blurred version of the original, with a brilliant gold leaf underground. As the weeks went, she gave the skin color and depth, and clothed the naked head in its heavy, bluish cape and starched white veils. Toward the end she painted the little wrinkles on the back of the Madonna's hand and around her eyes, and put the tiny folds to her clothing. She glazed the gold leaf with soot-colored pigment to simulate the effects of five centuries of tarnish. And finally, as the last touch - the essential moment, when the picture came to life - she painted in the tears. They are round, full tears, carefully measured out, each one lit by a little reflection from a small window.

James Elkin, Pictures & tears

El único motivo que me llevó a aprender a amar esa pintura de Bouts fue que un estudiante mío, de nombre Rasa, la copió una vez. Ella dispuso su caballete justo frente a la pintura y, a pesar de la distracción producida por las multitudes, continuó volviendo allí, semana tras semana, perfeccionando lentamente su copia. Ella me ayudó a ver esa pintura hasta en sus detalles más diminutos.
Estudiamos las texturas desiguales de la piel madura de la Madonna, el brillo difuso de sus uñas sin pintar e incluso miramos a la suciedad atrapada bajo ellas. Comentamos los errores que Bouts cometió en la longitud de tres dedos (al principio no eran lo bastante largos, así que los estiró un poco, creando una doble hilera de yemas). Rasa visitaba el museo una o dos veces por semana, en un periodo de quince, y al final tuvimos la impresión de conocer la figura en la pintura. Al comienzo, la copia de Rasa era una versión borrosa del original, sobre  un fondo brillante de pan de oro. Según avanzaban las semanas, le aplicó el color y la profundidad de la piel, y vistió la cabeza desnuda con la gruesa toca azulada y los velos blancos almidonados. Al final, pinto las pequeñas arrugas en las manos de la Madona y en sus ojos, junto con los diminutos pliegues de sus ropaje. Y finalmente, como último toque - el momento de la verdad, cuando la pintura cobraba vida - pintó las lágrimas. Son redondas, completas, cuidadosamente medidas, cada uno iluminada por el pequeño reflejo de un ventanuco.

En las últimas semanas del 2017 he estado leyendo un libro que me ha impresionado profundamente, el Cuadros y lágrimas (Pictures & Tears) del historiador de arte James Elkins. El problema que plantea es muy sencillo: ¿Por qué la pintura ya no nos emociona? ¿Por qué, al contrario que la música, la literatura o el cine, no consideramos que llorar ante un cuadro sea una una respuesta válida, aunque quizás extremada? ¿Por qué el goce del arte, tal y como nos inculcan los historiadores y se nos imparte en los museos, se reduce a aprender datos áridos sobre el contexto en el que esa obra se ha creado? Frente a este distanciamiento forzoso de la obra de arte, el libro de Elkins busca resaltar el fenómeno contrario, el testimonio de aquellas personas de nuestro tiempo que se han sentido arrebatadas por una pintura, hasta el extremo de romper a llorar. Como si esa obra fuera una persona real y pudiese afectarnos en nuestras vidas... o conmovernos con su destino.

Como pueden imaginarse, esa reacción es considerada habitualmente como casi un signo seguro de desequilibrio mental. Tanto es así, que el propio Elkins tuvo problemas para reunir esos testimonios e incluso algunos de sus confidentes pidieron no ser identificados. Otros, sin embargo, lo tomaron como un deber, como un modo de oposición, de rebelión, frente a un sentir común que les parecía equivocado. En mi caso, no me atrevo a llegar a ese extremo, sería bastante pretencioso, pero sí les puedo decir que me he emocionado hasta llegar a las lágrimas en varias ocasiones. De hecho, gran parte del atractivo de este libro reside en que me ha hecho recordar algunos momentos que tenía ya muy olvidados, además de desear volver a mi "inocencia" y "entrega" juvenil, o al menos desprenderme de la coraza de ironía e indiferencia que me ha ido creciendo con los años. Impidiéndome alcanzar lo que yo soñaba debía ser la percepción del arte: un relámpago, una sacudida, el sentirse inerme, desnudo, ante la belleza. Absoluta e inexplicable.

martes, 2 de enero de 2018

La estupidez al poder (y II)

So much for a highly representative set of  'great captains'. The list is not exhaustive. Indeed, of all the commanders who exemplify the principle that 'Competence is the free exercise of dexterity and intelligence in the completion of tasks unimpaired by infantile inferiority', none do so better than Field-Marshall Earl Alexander of Tunis. The product of a happy childhood, free from the curb of oppressive parents, he was a compassionate, versatile, sweet-natured, courageous and temperate commander. He was the perfect social leader and a highly competent supreme commander.

And there were Guderian, General Sir Richard O'Connor and Field Marschal Auchinleck, and on the other side of the world their psychological counterparts - the Japanese admiral Yamamoto, victor of Pearl Harbour, another unconventional, non-authoritarian, deep-thinking and humane warrior whose reputation as a trouble-maker in high circles rivalled that of Montgomery, and Douglas Mac Arthur, who, with all his faults and, to some people, obnoxious megalomaniac flamboyance, remains a great, albeit grandiose, impossibly autocratic, yet non-authoritarian military commander.

Norman Dixon, On the Psychology of Military Incompetence

Con esto sobra para formar un conjunto representativo de 'grandes capitanes'. La lista no es exhaustiva. De hecho, de todos los comandantes que sirven de ejemplo del principio que reza, "la competencia es el uso libre de la destreza y la inteligencia para completar tareas que no se vean obstaculizadas por una inferioridad infantil", ninguno es mejor que el Mariscal Alexander, duque de Tunez. Producto de una niñez feliz, libre de las trabas de unos padres opresivos, era un comandante compasivo, flexible, de naturaleza dulce, valiente y moderada. Era el líder social perfecto y un comandante supremo de gran competencia. 

Y luego estaban Guderian, el general Sir Richard O'Connor y el Mariscal Auchinleck, y en el otro extremo del mundo sus contrapartidas psicológicas - el almirante japonés Yamamoto, vencedor en Pearl Harbpur, otro guerrero poco convencional, falto de autoritarismos, perspicaz y humano, cuya reputación como alborotador entre los altos mandos rivalizaba con la de Montgomery, y Douglas Mac Arthur, quien, a pesar de todos sus defectos y, para ciertas personas, molesto despliegue de megalomanía, continua siendo un gran comandante antiautoritario, a pesar de su grandilocuencia autocrática.

En una entrada anterior , les comentaba un par de libros que detallaban multitud de patinazos militares, desde los simplemente ridículo hasta los catastrófico. Este último aspecto es el que hace más llamativos los errores militares, puesto que de ellos se derivan miles de muertos, incluso cientos de miles, cuando no crisis políticas y revoluciones internas en los países beligerantes. Consecuencias espectaculares que es muy difícil se produzcan el caso de errores en otras profesiones, excepto, claro está, si se dedica uno a la construcción y mantenimiento de centrales nucleares.

Sin embargo, aún en éste último punto, la metedura de pata catastrófica es y continúa siendo la excepción, mientras que en el caso de la profesión militar parece ser la norma. Da la impresión que en la carrera militar y en su ejercicio hay algo que favorece la ineptitud y la acumulación de incompetentes, sin que el grado de desarrollo de una sociedad venga a corregirlo, sino más bien a agravarlo. Ocurre que en los estados modernos, el ejercicio de las armas es una carrera más, peor pagada y sin especial reconocimiento social, de manera que las mentes más brillantes, o más ambiciosas, prefieren elegir otras profesiones. En la política, el comercio, las ciencias o las artes.

Sin embargo, dejando aparte este descrédito del ejército en el mundo moderno, queda abierta la cuestión. ¿Por qué  parece que haya más ineptos en la carrera militar? Peor aún ¿Por qué no parecen existir mecanismos para identificarlos y arrinconarlos o  al menos para disminuir las consecuencias de sus acciones? Esto es lo que Dixon intenta dilucidar en su libro, que ha gozado de una reciente fama, a pesar de haber sido publicado en los años setenta. Síntoma, por otra parte, de que mucho no hemos mejorado.

martes, 26 de diciembre de 2017

La exposición

Sabrán que no me suelo callar cuando una exposición no me gusta o no me convence su tesis. Asímismo, tampoco eludo prorrumpir en elogios cuando la ocasión lo merece. Sin embargo, en el caso de la exposición Auschwitz, no hace mucho, no muy lejos, recientemente abierta en las salas de exposición del Canal madrileño, me veo en la imposibilidad de seguir mis propias reglas. El impacto emocional que ha producido en mí ha sido abrumador. Tanto, que a medida que avanzaba por sus salas sus defectos iban borrándose, así como mis reparos metodológicos. La enormidad de lo ocurrido en ese campo de exterminio, la progresión implacable e irremediable en la que, vitrina tras vitrina, se va describiendo la lógica del extermino, se sobreponían a cualquier intento por apartarme intelectualmente, por conseguir el necesario distanciamiento crítico que permitiese juzgarlo con frialdad y con desapego.

Pero me adelanto. Vayamos por partes.

Hace unos años visité Auschwitz, allá por el 2013. Por mucho que haya uno leído sobre ese lugar, por muchas fotos que se hayan visto, por muchos testimonios que se hayan escuchado, la visión directa destruye todo lo que uno creía saber y conocer. De mi estado de confusión y azoramiento espiritual puede servir de testigo un detalle nimio. Es uno de los pocos lugares que no he fotografiado. El otro fue Palmira y esto sólo ya avanzada mi visita, cuando me di cuenta que mi cámara era incapaz de reflejar los sentimientos que ese lugar me inspiraba. En Auschwitz, la razón de mi retraimiento fue muy otra. Sentía que no podía profanar ese lugar con un gesto tan vulgar y banal como el de tomar una fotografía. Los muertos, todos los muertos, pesaban sobre mí, hasta el extremo que caí en una especie de atonía espiritual, que intenté paliar hablando convulsivamente con mi acompañante, un profesor polaco con el que colaboraba en un proyecto europeo.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Hasta la última gota de sangre (y II)


Nur weil man etwas Sonne braucht,
haben wir die Welt in Nacht getaucht.
Mit Gift und Gasen, Dunst und Dämpfen
woll'n bis zum jüngsten Tag wir kämpfen.
Denn bis wir Gottes Donner hören,
muß unsrer uns Ersatz gewähren.
Drum überall und auf jeden Fall
braust unser Ruf wie Donnerhall.
Ist das nicht praktisch von dem Deutschen?

Schon brennt die Erde lichterloh
dank unserm Fenriswolff-Büro.
Solang es andere Völker gibt,
ist leider unsres nicht beliebt.
Wo man nichts auf die Waffe setzt,
wird unsre Leistung unterschätzt.
Die Welt will weniger Krawall,
und unsrer braust wie Donnerhall.
So hört man überall den Deutschen!

Nach’m Krieg wird noch mehr Arbeet sein
und noch mehr Krieg und noch mehr Pein.
Wie freue ich mich heut’ schon drauf,
die Liebe höret nimmer auf.
Ach, wenn nur schon der Friede war’,
damit ich seiner müde war’!
Es gilt die Technik auszubaun.
Zum U-Boot haben wir Vertraun.
Den Fortschritt liebt nun ‘mal der Deutsche!

Wir woll'n die Wehrpflicht dann verschärfen,
die Kleinen lehren Flammen werfen.
Wir woll'n indes auch für die Alten
die Kriegsdienstleistung beibehalten.
Was wir gelernt, nicht zu verlernen,
laßt uns vermehren die Kasernen.
Die Welt vom Frieden zu befrein,
steht fest und treu die Wacht am Rhein
Aus der Geschichte lernt der Deutsche!

Und wenn die Welt voll Teufel war’,
und wenn sie endlich menschenleer,
wenn’s endlich mal verrichtet ist
und jeder Feind vernichtet ist,
und wenn die Zukunft ungetrübt,
weil es dann nur noch Preußen gibt —
nee, darauf fall'n wir nicht herein!
Fest steht und treu die Wacht am Rhein!
Und weiter kriegt und siegt der Deutsche!
Porque bajo el sol buscamos un sitio,
el mundo en noche hemos sumergido.
Con humo y vapor, gases y venenos,
incluso hasta el Juicio Final lucharemos.
Y mientras el trueno de Dios no estalle,
será nuestro trueno quien lo reemplace.
En cualquier lugar, sea como sea,
nuestro grito suena como cuando truena.
¿Acaso no es práctico el alemán?

Ha estallado en llamas ya oda la tierra
a causa del lobo Wolff y de su agencia.
Y así mientras haya otros pueblos también
al nuestro no hay nadie que lo quiera bien.
Cuando nadie apuesta por las armas
ya nuestros esfuerzos no causan alarmas.
El mundo no quiere jaleo ni líos,
por eso gritamos como poseídos.
¡Así se hace respetar el alemán!

Después de la guerra habrá más faena,
y mucha más guerra y mucha más pena.
Y ya de antemano hoy quiero alegrarme,
El amor jamás volverá a acabarse.
¡Ay, si me llegara por fin la paz,
para así de ella podernos cansar!
Tenemos la técnica para mejorar,
en el submarino hay que confiar.
¡Progreso es lo que ama el alemán!

¡Que aumente el servicio militar pedimos
y a usar lanzallamas aprendan los niños!
También a los viejos, no obstante, queremos,
prestando el servicio los conservaremos.
Y si lo aprendido queremos salvar
muchos más cuarteles hay que levantar.
Y para evitar al mundo la paz,
la Guardia del Rin sigue en su lugar.
¡De la historia aprende el alemán!

Si lleno estuviera el mundo de diablos,
y libre por fin de seres humanos,
y con el trabajo al fin acabado,
y los enemigos bien aniquilados,
y el futuro bien claro y despejado,
puesto que no habría ya más que prusianos…
¡No nos dejaríamos engañar!
¡La Guardia del Rin sigue en su lugar!
¡Y guerreando y triunfando el alemán!
 Karl Kraus, Los últimos días de la humanidad, traducción de Adan Kovacsics

Comienzo a escribir estas líneas cuando se está votando en Cataluña y seguramente lo publique cuando se ya sepan los resultados. El resultado, me temo, será irrelevante y sólo nos devolverá a la casilla de salida, a la confusión en la que las dos partes, los nacionalistas de aquí y de allí, se sentirán autorizados para continuar con sus acciones. Porque el auténtico ganador de esta selecciones, y de las anteriores y posteriores, es la propaganda. Aquélla que divide el mundo en amigos y enemigos, busca la aniquilación del contrario, o al menos su humillación completa, mientras que tacha de traidor a quien se atreve a disentir de las verdades reveladas. Peor, por tanto, que el enemigo, puesto que éste afirma la postura monolítica por la que se combate, mientras que aquél demuestra su mentira e incuria intelectual.

Más o menos como le ocurría a Karl Kraus frente a la locura de la Primera Guerra Mundial. De ahí que siga siendo tan relevante.

martes, 19 de diciembre de 2017

La estupidez al poder

Some generals have entertained such strange fancies that their sanity has been doubted, even though in lucid moments their ability to command has not. Confederate general Richard S. Ewell, a bald headed man with a beaked nose and a habit of cocking his head to one side, occasionally believed he was a bird, pecking his food and emitting strange chirping noises. His diet of wheat boiled in milk was necessitated by an ulcer, but caused his men to harbour doubts as to his mental state. The famous Prussian field marshal Leberecht von Blücher suffered from the belief that he was pregnant with an elephant, fathered on him by a French soldier. Blücher who was subject to fits of senile melancholia, also claimed that the French had heated the floor of his room so that he could only bear to stagger around on tiptoe. The luckless Wellington, escaping the attention of Erskine for a moment, reported that Blücher often told him of his fears. With Blücher incapacitated by his mental problems, the ensuing squabbles between the other German generals, notably Gneisenau and Yorck, contributed to Allied defeats by Napoleon in the campaign of 1814.

Geoffrey Regan, Great Military Blunders (Grandes meteduras de pata militares)

Algunos generales han dado pábulo a fantasias tan extrañas que se ha dudado de su cordura, incluso cuando su capacidad para el mando, en sus momentos lúcidos, no lo ha sido. El general confederado Richard S. Ewell, un hombre calvo de nariz aguileña y .a costumbre de ladear la cabeza, de vez en cuando creía ser un pájaro, picoteaba su comida y hacía como que piaba. Su alimentación de cereal hervido en leche era necesaria para su úlcera, pero llevaba a que sus hombres albergasen dudas sobre su salud mental. El famoso mariscal de campo Prusiano, Leberecht von Blücher, padecía de la creencia de estar embarazado de un elefante, hijo de un soldado francés. Blücher, aquejado por ataques de melancolía senil, afirmaba también que los franceses habían caldeado el suelo de su habitación, hasta el punto que sólo podía soportar moverse dando saltitos de puntillas. 

Casi como interludio cómico de mis lecturas de Karl Kraus, he devorado estas últimas semanas dos libros de Geoffrey Regan que versan del mismo tema. Uno es Great Military Blunders y el otro Great Naval Blunders, obras que narran las muchas veces que los estamentos militares han metido la pata en combate, tanto por tierra, en el primero de ellos, como por mar, en el segundo. Dos volúmenes que podrían formar parte de una posible del antología del humor, sino fuera por que las excentricidades, despistes y patinazos que narran se saldaron con cientos, miles y decenas de miles de muertos. Incluso hasta millones en algún caso. Consecuencias mortíferas que valdrían por si solas como condena sin paliativos de la profesión militar, al desvelarla como la mayor plaga que ha sufrido la humanidad.

Viéndolo de otra manera. Parte de mi afición por la historia viene de mi gusto por la historia militar. Ya de adolescente me pasaba los veranos leyendo y releyendo una historia de la Segunda Guerra Mundial, en nueve tomos, que había ido coleccionando en fascículos, semana tras semana. Mi fascinación no se debía sólo a las batallitas plenas de heroísmo, ni a las hazañas, el sudor y la sangre. De manera inconsciente, veía que en esos combates de decenas de miles de soldados, armados con los últimos avances técnicos, se reflejaban los problemas estructurales y organizativos de las sociedades humanas. Como mantener alimentados y armados a a masas ingentes, de manera que los ejércitos no se derrumbasen sobre sí mismo por su propio peso. Como conseguir que esas inmensas maquinarias funcionasen, lo que significaba subordinar la producción industrial y agrícola de todo un país a las necesidades bélicas, ademas, de resolver los problemas del transporte y la distribución. Sin dejar de lado, por supuesto, los problemas de movilizar y utilizar esas inmensas multitudes, esas montañas de equipo bélico, para que realizasen su función de derrotar al enemigo.

Cuestiones que eran aplicables, cambiando levemente las condiciones del problema, a la organización de los estados y a las de las empresas. Tanto para lo bueno como para lo malo, ya que si parte de las enseñanzas militares eran aplicables al mundo civil, por otra parte los sistemas militares mostraban la pasmosa facilidad con que un inútil podía alcanzar la cumbre del poder, con las consecuencias desastrosas que pueden imaginarse. Servían, por tanto, de necesario escarmiento y de no menos útil aprendizaje.

sábado, 16 de diciembre de 2017

El signo de interrogación


Con el título Fortuny (1838-1874), el Museo del Prado ha abierto una amplia retrospectiva de este pintor del siglo XIX. La muestra se inscribe dentro de un continuado esfuerzo, orientado a despertar el interés por la pintura española del siglo XIX, tan olvidada y menospreciada hasta hace un par de décadas. Ese siglo, se nos decía, estuvo poblado por relamidos neoclásicos, clones los unos de los otros,  que nunca rebasaron el nivel de copistas serviles de lo que venía del norte de los Pirineos. Para empeorarlo aún más, rebosaba de astragantes pinturas de historia, de las que se compraban por metros, según fueran las medidas de la pared del ministerio a cubrir.

Como todas las etiquetas, esta visión del siglo XIX  tiene mucho de verdad, pero también es muy injusta. Dado que se abre y se cierra con dos genios absolutos de la pintura, Goya y Picasso, cualquier pintor decimonónico lo tiene muy difícil para brillar por sí solo y no acabar siendo comparado, aplastado por la gloria que fue y la que vendría. En ese sentido, esa recuperación de la pintura del siglo XIX es bienvenida, pero no lo es caer en el otro exceso: que se nos intente convencer de las virtudes de la pintura de historia, fastidiosa en su grandilocuencia, o de las maravillas de tantos y tantos pintores resabiados cargados de medallas, pero abrumados por las reglas que les inculcaron.

Sin embargo, si nos olvidamos de Goya y Picasso, si limpiamos el mineral de la ganga de tanto pintor oficial como nos trajo el XIX, es posible encontrar unas cuantas figuras interesantes. Leonardo Alenza e Eugenio Lucas, por ejemplo, crearon obras que siguen la estela del Goya final, lo actualizan con el sentimiento romántico contemporáneo, e incluso preludian el expresionismo posterior. En otro ámbito estético distinto, tendríamos a Mariano Fortuny, cuya fama se debe a su carácter de pintor malogrado, fallecido muy joven antes de que su estilo fraguase, pero con los suficientes rasgos de interés como para intuir que podría haber sido uno de los grandes. De la pintura española y la mundial.