sábado, 16 de junio de 2018

Músicas olvidadas, lenguas desaparecidas




En el Caixaforum madrileño se acaba de inaugurar una exposición que es de las esenciales de este año. Al menos para mí, ya que aúna dos de mis pasiones: la arqueología y la música. Su nombre es Músicas en la Antigüedad y tiene como objeto la reconstrucción, en la medida que los restos que nos han llegado y sus interpretación arqueológica nos lo permite, de la práctica musical en las cuatro culturas que dominaron el mundo mediterráneo durante la Edad Antigua: Mesopotamia, Egipto, Grecia y Roma. Una tarea ardua y difícil, que se construye sobre un doble silencio, el de la aparente ausencia de partituras que nos permitan interpretar y escuchar la música de esas civilizaciones, unido al hecho de que en muchos casos no sabemos como se pronunciaban esas lenguas. Ignorancia que puede sorprender en el caso del Latín y el Griego, centrales en la cultura de la Europa de la Edad Moderna, pero lo cierto es que la investigación reciente ha demostrado cuál lejos está la pronunciación real de la heredada, vía la iglesia en el caso del Latín, de su uso moderno en el caso del griego.

Ese silencio incómodo contrasta con el estado de nuestro conocimiento en otros ámbitos de esas culturas. De Grecia y Roma es tan extenso y profundo, que puede caerse fácilmente en el espejismo de pensar que nos es posible recrear sus modos de pensar, sentirnos como auténticos griegos y romanos. Nuestro saber sobre Egipto y Mesopotamia es mucho más fragmentario, pero aún así hemos recuperado lo suficiente de su arte y literatura, de sus sistemas de creencias y modos de gobierno, que podemos llegar a sentirnos próximos a ellos, aunque, de nuevo, esto sólo sea una ilusión. No nos damos cuenta de que nos falta un elemento esencial,  sin el que toda cultura humana se ve mutilada: la interpretación y el disfrute de la música. Más importante aún si se tiene en cuenta que, en el pasado, la interpretación musical estaba a cargo de toda la sociedad por entero, ya fuera por su participación en los ritos religiosos o en los cantos de las fiestas comunales. Por poner un ejemplo de la pérdida que supone este silencio musical, sólo hay que pensar en cómo cambiaría nuestra percepción de la cristiandad medieval si su música se hubiese perdido. Si no contásemos con las partituras que nos permiten gozar del Gregoriano, la Polifonía, las canciones de los trovadores, o la larga tradición de canción profana. 

lunes, 11 de junio de 2018

Los bajos fondos


Se acaba de abrir, en las salas de la fundación MAPFRE madrileña, una amplia muestra dedicada al fotógrafo Brassaï. De origen húngaro, su vida y obra transcurrieron casi por entero en París, ciudad de cuya vida fue un agudo cronista. No de cualquier aspecto, sin embargo. Brassaï ha quedado en la memoria como el fotógrafo de un París nocturno habitado por delincuentes y prostitutas, de una vida restringida a encuentros pasajeros en garitos sórdidos y locales de alterne. Una universo oculto, el de los bajos fondos, al que no solemos mirar y que el fotógrafo habría captado en toda su naturalidad y espontaneidad. Sin embellecerla ni distorsionarla, como un reportero gráfico o un etnólogo.

Sin embargo, hay pruebas de que gran parte de las fotografías de Brassaï no son producto de la causalidad afortunada, de ese ahora o nunca afortunado tan característico del fotoperiodismo. El propio hecho de su inclinación por captar la noche le obligaba a exposiciones de larga duración, en las que la inmovilidad de lo retratado era esencial. Todo tenía que estar medido y preparado, en aras de evitar la irrupción de elementos pasajeros, como viandantes o coches, que emborronarían la toma. Por otra parte, si se mira con atención, en sus fotos de tugurios, billares y prostíbulos es evidente una  clara complicidad entre el fotógrafo y los retratados. Los personajes de sus fotos aparecen ellas tal y como quisieran ser vistos, algo evidente en sus retratos del mundo del hampa, o al menos producto de una negociación con el fotográfo. Entre lo que éste quisiera ver y lo que sus modelos están dispuestos a figurar por él-

miércoles, 30 de mayo de 2018

Combates por el pasado (II)

La limpieza de España

La enérgica política de Cisneros, ayudada por los Reyes Católicos, se llevó hasta el fin. La limpieza fue completa. A la ley contra los judíos siguieron más tarde otras echando, si no se convertían, a los moros que fingiéndose cristianos o no, vivían entre los cristianos. Así se logró esa fuerte unidad interna de fe y alma, sin la cual la unidad externa de las tierras y el gobierno hubiera sido difícil e insegura.

Dura y agria fue la tarea. A esta distancia casi nos entristece el rigor que hubo que emplear. Pero pensemos que de no haber hecho aquello, España hubiera sido el extremo Occidente de Europa, lo que son los Balcanes en el extremo Oriente, un conjunto de razas y pueblos mezclados y desunidos, hormiguero de toda clase de gentes y semillero de toda clase de conflictos.

El que quiera persuadirse de ello, que vaya a aquellos países y viva unos días en aquellas ciudades, que son como hoteles, donde viven sin entenderse hombres de todas las razas, lenguas y religiones - moros, turcos, rusos, griegos, judíos -, que no podrán nunca unirse para nada grande. Si no se hubiera hecho en España una enérgica limpieza, eso hubiera sido ella, que ha sido, en el extremo contrario de Europa, tierra, como aquéllas, de paso continuo, de invasiones y conquistas... El que después de ver aquello y pensar esto, vuelva aquí y vea esta España unida, europea y civilizada, tendrá que acabar bendiciendo la obra de los Reyes Católicos y del cardenal Cisneros.

José María Pemán. La historia de España contada con Sencillez.

Durante mucho tiempo, he guardado un odio inextinguible hacia esta obra. Mejor dicho, cuando la leí de niño, me la creí por entero, como si fuera otro relato de aventuras más, sólo que esta vez cierto y fidedigno.  Fue luego, cuando comencé a estudiar e interesarme por la historia, cuando descubrí las muchas mentiras y manipulaciones que contiene. Todas al servicio de una ideología opresora, retrógrada y racista, el Franquismo, que nos llevó a la mayor catástrofe del siglo XX: el asesinato de la Segunda República, la Guerra Civil y la larga represión que le siguió, en forma de interminable dictadura. Tanta tirria le cogí al libro, que acabé tirando a la basura la versión que poseía. Ha sido sólo ahora cuando he vuelto a hacerme con otra copia. Me interesaba el libro como artefacto histórico, reliquia del pasado, cuya importancia era de servir de ventana a la mentalidad de aquel tiempo.
 
Lo que esperaba encontrar era una versión crítica, repleta de notas y comentarios, donde se señalasen las muchas tergiversaciones, silencios interesados incluidos, que Pemán realiza con nuestra historia. Todo ello, por supuesto, en aras de un bien superior, la exaltación del régimen de Franco, en cuya loa, sin nombrar al general, llega a extremos de adulación rastrera. Orientado así, hubiera sido un interesante ejercicio de historia de la historia, obligando al lector a enfrentarse con un pasado incómodo, cuyas secuelas siguen afectando nuestro presente. En forma de versión paralela con ribetes de cuento de hadas que sigue siendo creída a pies juntillas por grandes sectores de nuestra población, quienes a sabiendas - y no voy a decir nombres ni partidos - siguen divulgando la propaganda franquista. En vez de ello, me he encontrado un libro que reproduce el texto sin quitar ni añadir una coma, como si siguiera siendo perfectamente válido y necesario, cierto y verídico, sin errores ni inexactitudes. Incluso conteniendo un prologo entusiasta de un miembro de la Academia de la Historia, quien lo considera "especialmente rico en sus valores morales" y que subscribe, sin despeinarse, todo lo que en él figura. Disculpable en sus pequeños errores, por la pasión y arrebato con la que está escrito. 
 
 Así le va a esa institución.

martes, 29 de mayo de 2018

En busca de nuevos caminos

Relieve óptico cinético de Eusebio Sempere

Ya sabrán lo mucho que agradezco al MNCARS su dedicación, excepcional dentro de las grandes instituciones expositivas madrileñas, a la hora de trazar la historia del arte contemporáneo posterior a la Segunda Guerra Mundial. No sólo me ha servido para completar mi conocimiento sobre ese periodo, tan desconocido en general para el aficionado medio, tan bombardeado con impresionistas y grandes figuras de las vanguardias históricas, si no que ha servido además para aclarar mis ideas, disolver algunos prejuicios y ocasionarme algunos enamoramientos estéticos. A su labor sólo puedo ponerle un reproche: su tendencia a ser demasiados exhaustivos. Tanto por embutir de obras cada cada exposición, como en por acumular de varias de gran interés en el mismo periodo de tiempo.  Así ha ocurrido ahora, cuando hay tres exposiciones abiertas y dos más en camino, de manera que tendré que aumentar mi frecuencia de visitas y repartir mis comentarios en varias entradas. Sería injusto contar varias en un sólo comentario, al no poder dedicarles espacio suficiente.

La primera que voy a comentarles es la monográfica de Eusebio Sempere, artista cuya obra se mueve en el escurridizo campo de la abstracción, el arte cinético e incluso el Op Art, a cuyo fundador, Victor Vasarely, estará dedicada una próxima exposición en la Thyssen. Sin embargo, sería más correcto encuadrar a Sempere en lo que fue una reevaluación completa de los fines, supuestos y técnicas de la abstracción, que buscaba, por diferentes vías y medios, romper el impasse en que esta corriente parecía haberse sumido en los años de postguerra. El origen de este bloqueo tiene lugar en los años 20, cuando la Bauhaus sistematizó de manera pedagógica la vanguardia, permitiendo que se pudiera enseñar y transmitir. Vulgarización que tuvo sus sombras, como mostraría el rígido geometrismo en el que desembocó la obra de maestros como Kandinski, casi en contradicción con la exuberancia y efervescencia de su obra anterior a la primera guerra Mundial. O la rigurosa exploración de un único tema compositivo, como los cuadros de color de Josef Albers. Y estos aún eran grandes maestros, grandes incluso cuando se restringían y limitaban, porque en otros artistas de segunda fila, como Max Bill y tantos y tantos otros, la abstracción devino artificio de regla y compás. Más dibujo técnico que experimentación y búsqueda artística.

martes, 22 de mayo de 2018

Combates por el pasado (I)

En el siglo XVI no existían los vídeos pornos, aspecto que lamentaban día a día las buenas gentes del siglo XVI (se la tenían que cascar de memoria). En substitución, muchos nobles contaban con amplias colecciones de cuadros eróticos que enmascaraban con una temática mitológica. Uno de esos ávidos coleccionistas fue el propio Felipe II, que durante su gira por Europa conoció a Tiziano, quien le pareció ideal para encargarse de esas pinturas. Así, Tiziano se convirtió en su proveedor oficial de pornografía.
Algún ágil historiador ha encontrado un sospechoso parecido entre la amante del rey, Isabel de Osorio, y las mujeres desnudas que aparecen en los impúdicos cuadros que el italiano pintó: Danae recibiendo una lluvia de oro (cuidado con lo que estáis pensando), Venus y Adonis, etc. En este último, hay incluso quien ha señalado cierto parecido entre Adonis y Felipe.
Tan necesitado estaba el rey de motivación para el trabajo de embarazar a su tía que, durante su estancia en Inglaterra, impaciente, llegó a escribir una carta a un colaborador: Los otros cuadros que (Tiziano) me hace, le dad prisa que los acabe.

Ad Absurdum, Historia absurda de España

Esta entrada tenía que haber sido una continuación de la larga serie anterior, la titulada "Bajo la sombra del posmodernismo". El propósito original era hablar de historia en un tiempo en que, bajo la embestida de ese movimiento filosófico, la disciplina histórica había perdido mucho de la seguridad y certeza de antaño. En concreto, el afán por dilucidar la verdad de lo que ocurrió  - si es que eso es posible, que lo dudo, vista la historia reciente - para quedarse en mero comentario de texto, valido sólo en tanto que se comparta el punto de vista del estudioso y, aún más importante y crucial, sin puntos de referencia que permitan dictaminar quien tiene razón.

Si he decidido concluir esa serie, tras comentar en paralelo las historias de España Fontana/Villares y la de John Lynch, además de una serie de codas y apostillas, ha sido porque estimo que su foco se ha movido a otro ámbito muy distinto que el de la verdad o la certeza de la historia. A uno mucho más político, relacionado con pretender que la historia sirva de justificación ideológica del presente, en vez del caso contrario. Es decir, que sirva para detectar las falsedades con que nos disfrazamos y protegemos. Es cierto que, si bien las cuestiones postmodernas también tienen sus ribetes políticos, no es menos evidente que sus herramientas han llegado a poder ser utilizadas indistintamente por doctrinas ideológicas completamente opuestas. Así, el escepticismo ante el saber organizado y sistematizado, característico del postmodernismo original de tendencias izquierdistas, está siendo utilizado por los muchos conservadurismos retrógrados de derechas, incluyendo religiones renacidas , para justificar su validez, dignidad y oportunidad. Para perpetuar sus patrañas y engaños


sábado, 19 de mayo de 2018

De espejos para adentro

Herbert Bayer
Fui a ver la muestra Duchamp, Magritte, Dalí, abierta en el remozado palacio de Gaviria, con cierta aprensión. Las muestras anteriores tenían mucho de anzuelo para turistas, buscando sin ningún rebozo la invocación de nombres con predicamento popular para hacer caja con la cultura. Así, la muestra inaugural se centró en un artista como Escher, de obra un tanto a trasmano de las corrientes principales del siglo XX, cuya fama popular se basa un puñado de paradojas visuales. Aunque, en justicia, haya que reconocer que las muestras de ese artista siempre han intentado indagar en la parte de su obra que va más allá de la mera ilustración de problemas matemáticos, que señala a un dibujante/grabador de gran interés y evidente destreza. La segunda muestra, que no vi, era la enésima reivindicación de Mucha, cuyo crédito se debe, me da la impresión, a ofrecer un tipo de belleza codificada y previsible, agradable y accesible, una vulgarización de la Belle Epoque alejada de los aspectos más polémicos y contestatarios de este tiempo artistico. Terreno fertil, por tanto, para una nostalgia que ni siquiera tiene, como justificación, una excusa vital.

Con esos antecedentes, me esperaba lo peor de este potpourri surrealista. Sin embargo, salí entusiasmado, lamentando no haber dedicado más tiempo y atención a las obras expuestas. La razón principal de mi cambio de opinión es que, a pesar de lo que promete, en la muestra apenas hay Dalís o Magrittes, las supuestas vedettes de la muestra, pero sí un casi todo Duchamp, del que sólo falta Le grand verre para ser completo. Esto ya me tocó en el coranzoncito, puesto que una de las primeras muestra que vi, y que contribuyeron a que mi afición  por el arte germinase, fue precisamente una integral Duchamp en la antigua sede de la Caixa. Y claro, si Duchamp es el auténtico foco de atracción esto significa que la muestra va a incluir mucho Dadá, mucho fotomontaje y collage, y muchas figuras secundarias del movimiento, pero no por ello menos interesantes. Añadase además la inclusión de un buen puñado de mujeres - sí, también las hubo en el surrealismo - como Cahun, Tanning, Carringtonm, Deren o Sage, o que la mayoría de las obras son muy poco vistas, propiedad de un museo tan lejano de nuestro ámbito como del de Tel-Aviv, y se tendrá un combinado perfecto. La mezcla justa para convertir esta muestra en una de las obligatorias del año.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Bajo la sombra del postmodernismo (XXVII)

Cuando un dictador fallece de muerte natural y longevo demuestra algo tan evidente como que sus enemigos no han contado con la fuerza suficiente para derribarle. Es decir, está en condiciones de instrumentalizar el hecho de que ellos no han conseguido el apoyo necesario, mientras que él asienta sobre una sólida base. Por más que la historia esté llena de pruebas de lo contrario, la persistencia de un dictador en su cargo les sirve para demostrar que el número de sus defensores es arrolladoramente superior al de sus adversarios. Basta que sea una dictadura para que todo fiel súbdito sea por principio, además de un leal servidor, un partidario.
La ancianidad de un dictador parece atenuar el carácter de la propia dictadura. Por un atavismo cultural, un dictador anciano es siempre una figura a la cual debe respeto incluso sus enemigos. Escuchar, por ejemplo, la opinión de hombres que sirvieron a Franco, como el embajador José María de Arielza o el ministro Joaquín Ruíz Jiménez, es sintomático. Cuando estos políticos, antes y ahora, han tenido que exponer sus consideraciones en público sobre el Generalísmo, no han evitado ejercicios de ponderación y grandes muestras de respeto. Cuando lo hacen en privado no se privan de acusarle con una severidad rayana en la caricatura.

Gregorio Morán, El precio de la Transición.

A pesar de los muchos defectos de su obra, tengo gran admiración por la obra de este periodista/cronista/historiador. Tiene, es cierto, una grave tendencia a dispersarse y perder el norte en su narración, analizando de manera demasiado profunda en algunos puntos mientras pasa de puntillas por otros, sin que esto sea provocado por el afán de silenciar u ocultar, sino por ese defecto, tan común a muchos escritores, que es el encontrarse sin espacio cuando apenas se ha comenzado a narrar. Por otra parte, debido a su profesión de periodista, es inevitable cierto gusto por la dramatización, la vehemencia y la polémica, que colocan sus escritos en una clara actitud combativa y confrontacional, muy propia de la lucha política izquierdista del tardofranquismo y la transición. 

Dadas estas inclinaciones sería muy fácil apartar y desdeñar sus escritos como literatura panfletaria, cuya importancia se limitaría al momento y a la llamada a la acción requerida en ese instante. Sin embargo, al menos para mí, estas carencias se ven equilibradas por una virtud esencial, necesaria en estos tiempos. Frente a los habituales coros aúlicos, los no menos corrientes cortejos de aduladores, Morán fue el primer escritor que se atrevió a poner en tela de juicio nuestra historia reciente, o al menos su interpretación común aceptada, esa versión de unos pocos hombres buenos, desinteresados y altruistas, que desde dentro y fuera del franquismo colaboraron por traernos esta democracia de la que disfrutamos. Historia que, como ya les he comentado en otras ocasiones, tiene mucho de propaganda, incluso cierto tufo a hagiografía.

Así, en El maestro en el erial, señalaba las muchas sombras de un Ortega y Gasset vuelto a la España Franquista en 1945, sin darse cuenta - o querer darse cuenta - de que ese sistema representaba todo lo contrario a las ideas que él sostenía. De forma similar, en Adolfo Suárez, Ambición y Destino, presentaba a un presidente del gobierno que no pasó de ser un mero intrigante, capaz de navegar con soltura entre los escollos del régimen franquista, incluso hasta propiciar su desmontaje, pero nulo a la hora de hacer política y poner en práctica el sistema nuevo establecido con la constitución del 78. En El cura y los mandarines, por último, sacaba a la luz el pasado obscuro e incómodo de grandes figuras e instituciones de la cultura española de la segunda mitad del siglo XX, además de poner de manifiesto los muchos olvidos injustos que se habían consentido, por una razón u otra, en ese mismo ámbito.

Pueden imaginarse entonces la ilusión y anticipación con que abordé un libro que tenía como título El precio de la transición, tan prometedor y tan relevante hoy en día, más incluso que cuando se escribió a principios de los 90. Por desgracia, ha sido una gran decepción. Lo peor que he leído de Morán, 

martes, 15 de mayo de 2018

Notas al pie

Pedro Pablo Rubens, Paisaje
En todo museo, como en un iceberg, hay una amplia parte sumergida. Las salas de exposición tienen una capacidad limitada, aún más exigua si se intenta evitar abrumar al visitante. Como consecuencia, muchas de las obras conservadas permanecen ocultas en los almacenes, invisibles para el gran público, quien se pierde no sólo parte de la producción de los artistas esenciales, sino la obra entera de muchos menores. Pinturas y esculturas que quizás, para una persona en particular en un momento determinado, podrían ser más importantes que las creaciones de los maestros consagrados. Incluso constituir ese instante de revelación que justificase la vista a un museo o una exposición.

Por esa razón, es de agradecer que El Prado organice periódicamente miniexposiciones para traer a la luz esos fondos olvidados. Ya sea para hablarnos de un artista poco conocido,  caso de Juan Fernández el Labrador, especializado en pintar racimos de uvas y del que sólo se sabe que estuvo activo en la década de los 30 del siglo XVII; o bien para explorar formas y formatos considerados menores, como podría ser la pintura de "cámara", obras de tamaño pequeño pensada para el disfrute privado, al contrario de aquélla concebida para ser expuesta en palacios e iglesias, como medio de  propaganda del poder político y religioso. Así, en estas semanas, y mientras se espera la inauguración de la muestra de Lorenzo Lotto, pueden visitarse dos exposiciones pequeñas, ambas ilustración de lo que no dejan de ser notas al pie en la historia de la pintura, pero no por ello menos interesantes.