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martes, 17 de junio de 2014

Forged Travels

Cette maxime, repartit la reine, provient de votre religion, amoindrie para les doctrines ombrageuses de vos prêtres. Ils ne vont à rien a moins qu'à tout immobiliser, qu'à tenir la société dans les langes et l'indépendence humaine en tutelle. Dieu a-t-il labouré et semé les champs? Dieu a-t-il fondé des villes, édifié des palais? A-t-il placé à notre portée le fer, l'or, le cuivre et tous ces métaux qui étincellent à travers le temple de Soliman? Non. Il a transmis à ses créatures le génie, l'activité, il sourit à nos efforts et, dans nos créations bornées, il reconnaît le rayon de son âme, dont il a éclairé la nôtre. En le croyant jaloux, vous limitez sa toute-puissance, vous déifiez vos facultés, et vous matérialisez les siennes. Ô roi! les préjugés de votre culte entraveront un jour le progrès des sciences, l'élan du génie, et quand les hommes seront rapetisses, ils rapetisseront Dieu à leur taille, et finiront par le nier.

Gerard de Nerval, Voyage en Orient.

Esa máxima, respondió la reína, proviene de vuestra religión, disminuida por la doctrinas sombrías de vuestros sacerdotes. No ven otra que cosa que inmovilizar todo, que a retener la sociedad en sus ligaduras, la independencia humana en tutela. Dios ha labrado y sembrado los campos? Dios ha fundado ciudades, edificado palacios? Ha puesto a nuestro alcance el hierro, el oro, el cobre y todos esos metales que brillan en el interior del templo de Salomón? No. El ha trasmitido el genio y la actividad a sus criaturas, sonríe a nuestros esfuerzos y, en nuestras creaciones limitadas, reconoce la luz de su alma, con la que ha iluminado la nuestra. Si le pensamos celoso, limitamos su omnipotencia, divinizamos nuestras facultades, banalizamos las suyas. O rey! Los prejuicios de vuestra religión acarrearan un día el progreso de las ciencias, el impulso del genio y cuando los hombres sean hechos pequeños, reducirán a Dios a su tamaño y terminarán por negarlo.

Debo a las exposiciones del MNCARS algunos de mis descubrimientos literarios tardíos... y curiosamente, otros, como Robert Walser o Bruno Schulz se los debo a la animación, algo de lo que debería hablar algún día. A Raymond Roussel lo encontré en una exposición dedicada en exclusiva a él, mientras que supe de Gerard de Nerval en otra muestra reciente, en la que se exploraban diferentes visiones artísticas sobre la memoria biográfica. En este último caso, dos factores principales fueron los que me movieron a hacerme con alguna obra de ese escritor romántico. En primer lugar su obsesión por recrear y reforjar su contexto histórico, obsesión que le llevó a imaginarse descendiente de Napoleón I, a lo que se une, en segundo lugar, el lento proceso de disociación mental que le llevó a rechazar su imagen fotografiada/dibujada, como si ésta perteneciera a otra persona desconocida.

Lo primero que conseguí de Nerval, y que ahora estoy leyendo, es su Voyage en Orient, aparente registro de sus andanzas por Egipto, Palestina, El Líbano y Turquía en la década de 1840. Mi decisión se debió, en parte, por mi afición a la literatura de viajes, de la cual este libro es uno de sus mejores muestras... y como de habitual tengo que explicar esto último, no sea que alguien se lleve a engaño. Cuando pensamos en literatura de viaje, normalmente pensamos en la guía, el libro escrito para que nosotros desde nuestras casas planeemos nuestras futuras vacaciones, o en lo que los anglosajones llaman el travelogue, la lista de sitios que hay que ver, convenientemente rellenada y marcada por el viajero. La mejor literatura de viajes, por el contrario, es la que se aparta de estos dos tópicos, bien porque la lejanía en el tiempo hace imposible reencontrar en la actualidad lo narrado, tornándolo así lo escrito en documento histórico, bien porque el viaje es en realidad un viaje interior del narrador, en el que lo importante son sus peripecias y aventuras, y no tanto ese factor turístico, repetible y compartible de las guías de viajes.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Looking without seeing


Jeme (its name in Coptic; Memnonia and variants in Greek) was a settlement in the territory of Ermont (Greek Hermonthis, Arabic Armant) situated in what is often called Wetern Thebes, over the Nile from the core of the ancient city of Thebes (al-Uqsur/Luxor). It lay between the desert hills, where the Valley of the Kings and Queens are, and the Nile, on the edge of the cultivable area, in and around of Medinet habu, the mortuary temple of Ramses III. It was excavated by the university of Chicago in the years around 1930 as part of the clearance of the temple, but, predictable, the early medieval housing of Jeme was not published,. except for interims and a (very valuable) housing plan, and some of the documents found there. This could in principle provide us with the best chance for any linkage between a rich document collection and a settlement site in our period, and some beginnings have been made.... But without further publications, of texts and site notebooks, or further excavation of the surviving remains of Jeme outside the temple, this linkage will not be realized. Even the published documents for the settlement, over a thousand, are in a estate of confusion, appearing as they do in well over twenty separate publications, and substantially more remain unpublished.

Chris Wickham, Framing the early Middle Ages.

Finalmente he conseguido terminar este libro enciclopédico. Fascinante, pero al mismo tiempo agotador, ya que en vez de dedicarse a la historieta histórica o a la especulación desencadenada, intenta enmarcar, como su título dice, el periodo entre 400 y 800 en el ámbito europeo/mediterraneo, resaltando las diferencias y similitudes entre sus diferentes regiones, basándose en la poca información economica y social que las fuentes escritas y los hallazgos arqueológicos nos permiten vislumbrar. La magnitud de este libro es tan grande que cualquier comentario mío, un breve apunte sobre una mínima parte de su contenido, no podría hacerle justicia en absoluto, aparte de señalar la importancia de esta obra. Sin embargo, no quería dejarlo pasar sin hacer un comentario basado en la foto y en el texto que he incluido al principio.

La cuestión es que la mayoría de los turistas que viajan a Egipto lo hacen sólo interesados en los restos del Egipto faraónico, sin prestar atención ninguna al presente musulman o a las gentes que habitan el valle del nilo, que no pasan de ser extras en un decorado exótico (se podría hablar largo y tendido de esta supervivencia contemporánea del colonialismo). Esta fijación con un tiempo y una cultura llega a tal extremo que incluso ciertos monumentos faraónicos quedan fuera del circuito habitual, como es el caso de Abydos, Dendera o el Templo funerario de Ramses III en Medinet Habu, aunque tengan una importancia trascendental para cualquiera que sepa un poco del pasado egipcio.

Esta ceguera selectiva no sólo se aplica al turista normal, sino que afecta también al estudioso, sea historiador o arqueólogo. Como debería ser sabido, esa obsesión por desenterrar los restos del Egipto faraónico (y no cualquier resto sino los de la élite, expresados los edificios ceremoniales y oficiales) provocaba que lo que perteneciese a épocas posteriores (por ejemplo, musulman, cristiano o romano) fuera directamente eliminado, para que sólo se conservase lo realmente egipcio, llegando a extremo de que muchas veces ni siquiera se guardaba constancia escrita de los hallazgos pertenecientes a esa época, que no se consideraban dignos de ser conservados por pertenecer a un periodo de decadencia y disuloción frente al ideal de un Egipto eterno y siempre igual a sí mismo, que sólo existía en la mente de esos estudiosos.

Como pueden imaginar, esos destrozos en nombre de una ciencia equivocada han sido catastróficos, especialmente cuando en los últimos decenios se ha intentado construir una historia (y una arqueología) que no sólo se base en la elite, sino que dé una imagen equilibrada de la estructura social de esas civilizaciones antiguas. Una arqueología, en definitiva, para la que conceptualmente son iguales las pirámides de los faraones que las chozas de los campesinos, o incluso más importante éstas últimas, al representar a la mayoría de la población.

Volviendo al tema. la foto con que se inicia la entrada la tome hace ya más de una década en Medinet habu, el templo funerario de Ramses III famoso por la representación de las batallas con los pueblos del mar, esas invasiones/rebeliones que hacia 1200 dieron al traste con los imperios del bronce final en el mediterráneo oriental. La foto, en sí, no tiene ningún interés artístico, pero refleja mi inquietud y mi azoramiento, al encontrarme con un inmenso espacio vacío entre el templo propiamente dicho y las murallas que delimitaban su reciento, cuyos restos pueden observarse al fondo.

Claramente ahí faltaba algo. Algo que yo atribuí a las típcias instalaciones templarias que eran necesarias en unos recintos que no actuaban sólo como centros de culto, sino como núcleos económicos donde se almacenaban y administraban las cosechas de los campos circundantes. Ha sido sólo al leer el libro de Wickham cuando he comprendido la auténtica razón de ese vacío, ya que en el interior del recinto del templo, entre los siglos VI y VIII, creció una auténtica ciudad copta, cuyos restos fueron eliminados en la limpieza del recinto del templo en los años 30 y cuyos hallazgos, como señala el autor inglés siguen aún sin publicar.

Una auténtica catástrofe, como digo, ya que el relativamente corto periodo de ocupación del yacimiento, apenas dos siglos, lo convertiría en algo así como una Pompeya egipcia, un lugar que conserva como en una capsula temporal, el modo de vida de un momento histórico concreto y determinado, sin las intrusiones y distorsiones de los periodos anteriores y posteriores. Esta impresión se ve aumentada porque lo poco que conocemos, el mapa del yacimiento, con la distribución en edificios y habitaciones, junto con los documentos encontrados allí (desgraciadamente sin indicar donde se encontró qué documento) es una auténtica ventana abierta al modo de vida de ese periodo histórico, con multitud de contratos, cartas e incluso denuncias entre los habitantes de la ciudad, que nos revelan por ejemplo, como existía la constumbre de arrendar habitaciones en las casas o incluso parte de esas mismas habitaciones, o un inesperado protagonismo de la mujer en esas transiciones comerciales, además de describir con precisión muy poco frecuente, la estructura social de ese asentamiento, en qué manos estaba el poder, y los conflictos entre las diferentes partes, casi como si se tratase de un pueblo de ahora mismo, que pudiésemos visitar y asistir a sus reuniones.

Un inmenso hallazgo, por tanto, mucho más importante que famosísimas tumbas faraónicas que sólo nos han legado quincallería, pero que permanece completamente olvidad, excepto para el experto en el periodo, y como ven sin estudiar organizar y publicar, debido a esa ceguera selectiva frente a los periodos que no son importantes y que se traduce en auténtica desidia, casi criminal, en este caso, porque cada año que pasa sin publicar los hallazgos y, más importante, continuar los trabajos de excavación, aumenta el riesgo de que se pierdan para siempre y de que esa ventana abierta a lo que sentían y pensaban nuestros antepasados se cierre definitivamente.

martes, 13 de septiembre de 2011

Wanderings

La Deposición, Caravaggio.

Lo único bueno que han traído las JMJ a Madrid, al museo del Prado, en concreto, ha sido este cuadro prodigioso de un artista no menos prodigioso: Caravaggio.

Pero vayamos por partes.

Como sabrán mis escasos lectores, hace ya mucho que perdí la fe en ese catolicismo en el que me crié y que era uno de los signos de identidad de una España defensora de la fe. De ahí sea bastante escéptico que todas estas demostraciones de piedad pública, de procesiones a visitas del Papa, especialmente cuando como en esta ocasión, toman la apariencia de victoria de la ecclesia militans, ocupando una ciudad entera con huestes de sus fieles, les guste a los demas o no, como sí aún siguieran considerándose Unam et Sanctam al estilo del papa Bonifacio VII, cuando vivimos en una sociedad donde la libertad religiosa es un hecho incontrovertible y ninguna confesión puede ni debe arrogarse el derecho de ser la única válida y posible.

Aclarado esto,  volvamos a Caravaggio. Mi primer contacto en persona con uno de sus cuadros (y recuerden, no se ha visto una obra de arte hasta que no la tienen) fue con ocasión de mi primer viaje romano, en el año 1994, cuando aun estaba en la veintena, ya saben, cuando aún se tiene ilusión y pasión. Recién llegado a Roma, sin pararme a comer, me lancé a pasear, y acabé en la piazza del Popolo, en la iglesia de Santa María, donde me tope con este cuadro (la foto no le hace justicia) dorado por la luz del atardecer que se filtraba desde lo alto de la bóveda.


Caravaggio, La conversión de Pablo

La impresión fue casi eléctrica, de esas de quedarte pegado, sin poder moverte, incapaz de hacer otra cosa que no fuera contemplar ese cuadro, hasta grabar en tu memoria cada detalle, cada tonalidad, cada pincelada, como si de ello dependiera tu vida entera.

No sería la primera vez que me sucediera en ese viaje. Ya saben, cosas de juventud, cuando se cuenta con fuerza.

En ese viaje visité también las pinacotecas vaticanas y tuve la oportunidad de ver el cuadro que ha viajado a Madrid. Se pueden imaginar que estaba deseando verlo, pero tuve que esperar a que se marcharan las hordas y desciéndese la tasa de turistas, para poder acercarme a él, como si me estuviera esperando a mí sólo, sin que mis meditaciones fueran turbadas por la charla insulsa de los guías y los rebaños que pastorean.

Así que allí me presente el pasado jueves, a media tarde, cuando el Prado no está muy transitado y, efectivamente, aparte de algún curioso no había nadie más... La ocasión perfecta, sólo que esta vez, era yo el que no estaba preparado, el que no podía meterse en el cuadro, ni volver a sentir aquello que experimento la vez que lo vio en Roma, y, como resultado, se sentía frustrado, inundado por cierto sentimiento de rabía, como si algo se hubiera estropeado en su interior, eso que le permitía gozar de ese tipo de belleza.

Ya que estaba en el Prado, decidí darme una vuelta, por ver como iba quedando restructurada la colección tras la reforma de ampliación, y especialmente ése nuevo montaje de la galería principal. Sala tras sala, fui encontrándome con viejos conocidos, los cuadros que recordaba de mis primeras visitas, con 16 y 17 años, cuando apenas sabía nada de pintura, excepto tres o cuatro nombres, los más famosos, y tuve que aprenderlo todo simplemente mirando... Un recorrido familiar, donde sin embargo, no me encontraba a gusto, puesto que esos viejos conocidos se habían transformado en auténticos desconocidos, en personas que ya no me interesaban, que no tenían nada que decirme, y a las cuales no les dedicaba más que unos pocos segundos de aburrimiento, antes de pasar al siguiente cuadro.

Afortunadamente, a medida que me adentraba en el Prado, mis preocupaciones exteriores se iban difuminando, poco a poco empezaba a dejarme cautivar por lo que veía, me fijaba en este o aquel detalle, y descubría pequeñas joyas, cuadros y autores desconocidos o que no conocía en mi juventud, cuando la ignorancia nos hace despreciar todo y alabar sólo aquello que reconocemos. Poco a poco, iba recuperando  lo que era, lo que había sido, lo que siempre me había distinguido, de forma que cuando emboqué la galería central, donde han reunido ahora Tizianos, Tintoretos, Veroneses, Caraccis, Renis y tantos y tantos otros, apenas podía despegarme de un cuadro para pasar al otro.

Tenía que irme, no obstante, y ver de nuevo antes de partir el Caravaggio por el que había venido. Ahora sí podía disfrutarlo y cuando lo contemplé ahora, pude reconocer aquel ultrarealismo del itialiano que convierte a sus criaturas en auténticos seres vivos, que parece a punto de descender del cuadro y que, en la disposición de ánimo adecuada, duele, como duele toda belleza extrema.

Sólo que esta vez el paso estaba copado por el típico grupo turista al que su guía embute con datos, creyendo que con eso se imaginarán que aprecian realmente la pintura...


martes, 1 de diciembre de 2009

Comparisons (y II)


Quizás, para el lector que llegue por causalidad a este blog perdido en la Internet, mis juicios sobre el Museo del Prado en una entrada anterior le parezcan precipitados en injustos, reflejo perfecto de ese vicio tan nuestro consistente en despreciar lo propio y ensalzar lo ajeno.

No hay motivo de temor. Desde muy joven, debería tener yo dieciséis años, el Museo del Prado fue uno de mis lugares favoritos, mi primera y completa exposición a lo que era el arte de la pintura. Unas visitas de una mañana completa para visitar apenas una pequeña fracción del museo, puesto que a cada cuadro le dedicaba un tiempo infinito, para apropiármelo y hacerlo completamente mío, para que no se me despintara, nunca mejor dicho, en toda mi existencia.

Esas hazañas que se hacen cuando uno es joven, cuando las fuerzas son inagotables y la ilusión inquebrantable, y que cuando uno es viejo es incapaz de repetir, en una mezcla de falta de fe adquirida y decadencia inevitable, que se intenta disimular con excusas que a nadie convencen y menos a quien las aduce.

Por ello, por el amor, por los recuerdos que despierta en mí ese museo madrileño, entrelazado por siempre a mi biografía, no puedo cerrar los ojos a sus defectos. El primero es que su colección podría ser la primera del mundo, si no fuera porque Felipe IV vendió la parte de la colección que trataba de temas mitológicos a Carlos II de Inglaterra, por no considerarlo apropiados para la devoción y la fe que debían ser los signos de su corte y su reinado, perdiéndose así un buen montón de Tizianos y Veroneses, entre otros muchos, que acabaron recalando en otras colecciones europeas, como fue el caso de la National Gallery, donde pueden admirarse un buen puñado de nuestros cuadros, y en mejor estado de conservación que los del Prado.

Y es aquí donde entra el segundo problema del Prado, el hecho de que durante el siglo XIX fuimos una potencia de cuarto orden en el concierto Europeo, un país en constante revolución y conflicto, lo que llevó, obviamente, a que el arte ocupase el último lugar en nuestras prioridades. Una situación social y política que continuaría en el siglo XX y que llevó entre otras cosas a que no contemos en este país con una buena colección propia de arte contemporáneo, como bien demuestró la llegada de la Thyssen a Madrid, mostrando bien a las claras cuantos huecos y ausencias existían en nuestros museos.

Un desinterés por el arte y su conservación que como tantos vicios nuestros, ha llegado casi intacto hasta el presente, de forma que la exhibición de esos objetos se enfoca demasiadas veces como algo destinado al visitante externo, al turista, y no como algo que forme parte integral de nuestra herencia y de lo que realmente somos. Una intención de mercader que aparece en los lugares más insospechados, en el aire de inmenso almacén de pinturas y estatuas que tiene el Prado, siempre en remodelación constante, para atraer a los clientes con novedades inexistentes, sin poner el acento en lo esencial, en lo que se custodia.

Lo que lleva, desgraciadamente, a comparaciones bastante odiosas cuando se visitan otros museos europeos, como el Kunsthistorisches.



martes, 24 de noviembre de 2009

Comparisons (y I)


Por razones de trabajo me vi obligado a visitar Viena la semana pasada. Afortunadamente, pude reservar un par de días para ejercer de turista y, como cada vez que piso esa ciudad, la encontré como una de las ciudades Europeas más agradables para el turista (ignoro lo que será vivir allí un día sí y otro también), principalmente porque te permite pasear y relajarte en durante el paseo, asemejándose su núcleo central a un inmenso parque, trufado de monumentos, por el que no cansa deambular.

Una de las visitas obligadas es por supuesto el Kunsthistorisches Museum, con sus espléndidas colecciones grecorromanas y egipcias, junto a la no menos espectacular de pintura clásica, del XIV al XIX. Un recorrido en el que no podía dejar de pensar, para mal, en museo madrileño de El Prado.

Una comparación completamente odiosa, ya que el museo español, en mi opinión, a pesar de su importancia arquitectónica, no ha podido librarse nunca de un cierto aire de almacén de cuadros, que las múltiples reformas del edificio, los continuos movimientos y reorganizaciones de la colección, más que aliviarlo, lo acentúan, como si cada uno de sus directores inconscientemente sintiera que la propia sede es provisional y que pronto habrán de mudarse a otra, con lo que no tiene sentido asentarse.

Es cierto que hay espacios expositivos mucho peores. El propio MNCARS es un ejemplo de lo que no debe ser el museo, ya que el espacio del antiguo hospital, con sus inmensas salas blancas y su pobre iluminación, aplasta y difumina las obras allí expuestas, como si ellas mismas fueran pacientes en esa institución, un perfecto ejemplo de como espacio no equivale a museo (otro ejemplo horrible es la Fundación Gugenheim de Bilbao, la pesadilla perfecta para cualquier comisario de una exposición). El problema con El Prado es que si lo comparamos con el Kunsthistorisches, salen a relucir sus defectos, especialmente, esa tendencia nuestra a ponerlo cada dos por tres patas arriba, sin conseguir que tome un sabor propio y definido, otro del de conseguir que los visitantes se hallen perdidos a cada visita.

En el caso del Kunsthistorisches, el propio museo es una de las piezas de la colección, es decir, la decoración interior de las salas, especialmente en las secciones egipcias y grecorromanas, como se ve en la fotografía de arriba, fue creada especialmente para acompañar las piezas, de forma que cada sala es un auténtico testimonio de la época en que fue concebida, tanto como los objetos allí expuestos.

Esto por supuesto, no implica que el museo de halla conservado tal y como era en 1900, cogiendo polvo. No, lo que implica es que las intervenciones para modernizarlo, para hacerlo más accesible, cómodo y compresible al espectador moderno, al que no se le supone cargado con un bagaje cultural previo, se han hecho con exquisito cuidado, intentando no privar al museo de su sabor, de ese sentimiento de ser él también una pieza de arte y de mostrarse presente ante al visitante, pero al mismo tiempo ofreciendo el comentario, las descripciones e incluso las facilidades que se esperan de un museo de ahora mismo. (Hmm esta frase parece de guía turística).

Es un poco el caso del museo Pergamon de Berlín, cuyas colecciones, y cuya decoración, se compusieron también hacia 1900, y del que nadie ha pensado eliminar las pinturas y diagramas de las paredes, que intentan reflejar el estado de las excavaciones arqueológicas en las fechas de su descubrimiento, ya que esos diagramas, a pesar de sus errores y su incompletitud, se han convertido también en un objeto arqueológico, una pieza con la que reconstruir un pasado, el de como eran aquellos lugares cuando se descubrieron, que nos sería imposible encontrar ahora aunque viajáramos a esos mismos yacimientos.

Un sentido de la historia dentro de la historia, de hacer patente al visitante que lo que ve tiene un sentido doble, el de la pieza que contempla y el de las personas que decidieron colocarlo ahí, que a nosotros, siempre más papistas que el Papa, se nos escapa, atrapados en el maelstron del cambio y de la renovación constante, o de los descubrimientos absolutos que sólo lo son para los ignorantes.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Yazilikaya


El lunes de la semana pasada, con un dolor de cabeza insoportable, me hallaba visitando el Museo Pergamon de Berlin.

una visita que no hubiera dejado de hacer por nada del mundo, puesto que llevaba esperándo hacerla desde mi infancia, cuando la lectura del libro Die Biblische Hügel (Las colinas bíblicas de Eric Zehren) me hizo enamorarme apasionadamente de la arqueología.

Enamorarse. Apasionadamente. Arqueología. Vaya combinación de palabras, que poco tienen que ver con este tiempo post/post en el que vivimos, en el que sólo el cínismo es admitido como sentimiento válido y la desconfianza ante todo tipo de saber es la divisa que hay que mostrar... pero el caso es que en mi recuerdo, si se me permite comportarme como el abuelo cebolleta que soy, queda una noche de sábado a solas en mi casa, con apenas ¿14? años, en que me leí ese libro hasta devorarlo de una sentada, y, cuando llegue al pasaje en que se describía el descubrimiento de las tumbas reales de Ur, sentí que se me erizaba el cabello y que casi me mareaba.

Nuevamente una exageración. Y ahora otra más. Porque lo que yo sentí en ese instante, lo que para mí es la grandeza de la arqueología, lo que hace que valga la pena revolver entre los escombros y basureros, es que, por un instante, los siglos han sido anulados, el tiempo demolido, y aquellos que estaban muertos, no lo están ya, sino que se alzan ante nosotros como contemporáneos y somos capaces de comprendernos... algo nuevamente extraño y ajeno, casi anatema, a este tiempo nuestro post/post donde las diferentes culturas son opacas las unas a las otras, y jamás podrán llegar a comprenderse, mucho menos a ser comparadas.

Sin embargo, como digo, aquella noche yo fui presa de un frenesí. Acompañaba a Layard, a Botta, a Max von Openheim, todos ellos medio científicos, medio aventureros, medio ladrones, casi como Indiana Jones, la locura del asiriologo Winkler, buscando tablillas en mitada de Anatolia y descubriendo la capital del olvidado imperio Hititia, la profesionalidad de Koldewey, de Andrae, de Woolley o Flindrers Petrie. Todos ellos enamorados de su profesión, de los lugares en los que excavaban y sobre todo, regalándolos miles de años más de historia, ampliando nuestra visión del mundo, convirtiéndonos en provincianos que debían aprender de nuevo, puesto aquello que conocían ya no tenía validez.

Por ello, pasear por el museo Pergamon, por el ara que le da nombre, por el mercado de Mileto, la puerta de Babilonia, los hallazgos de Uruk, Jorsabad, Assur o Tell Halaf (aunque la segunda guerra mundial nos hiciera perder buena parte de lo allí encontrado, recordado apenas por dibujos).

O en una sala lateral, la reconstrucción de los grabados rupestres de Yazilikaya en el centro de Turquía, el santuario de los reyes hititas, donde Teshub el dios de la tempestad recibe el homenaje del resto de las divinidades.


Otro lugar mítico que espero poder visitar antes de mi muerte.

lunes, 17 de agosto de 2009

A Single Land



Once años y miles de kilómetros separan estas dos fotos. Una ha sido tomada hace unos pocos días, en el teatro romano de Segóbriga, la otra fue tomada en 1998, en el teatro romano de Bursa, en Siria.

La ciudad española era una ciudad de provincias, pobre y pequeña, dedicada a la minería, y su culmen lo alcanzó como ciudad romana crecida alrededor de un supuesto antiguo castro celtibérico; la ciudad Siria se encontraba en uno de los lugares más ricos del Imperio y ya había sido grande y poderosa antes de que apareciesen los romanos,para continuar siéndolo muchos años más tarde, pero siempre objeto de la codicia de los gobernantes, teatro donde mostrar su poder mediante las obras públicas.

Destinos y suerte completamente distintas, pero sin embargo, a pesar de ésto y de las distancias, tanto geográficas como culturales, esencialmente iguales, puesto que ambas contaban con su teatro, su anfiteatro, su circo, sus termas y sus foros, sus basílicas y templos, construidos siguiendo un mismo modelo, las mismas técnicas constructivas, variándolas únicamente en aquello que atañía al relieve y la situación de la ciudad (una abrupta colina en el caso de la española, una inmensa planicie en el caso de la Siria) haciendo que toda ciudad romana sea instantáneamente reconocible y que el visitante experto, conocedor ya de una una, sepa inmediatamente qué buscar, así como dónde y cómo.

¿Todas iguales por tanto? ¿Vista una vistas todas? Puede, pero yo ya llevo unas cuantas, y no puede uno evitar un cierto sentimiento de hallarse siempre en casa, cuando entra en uno de esos teatros, independientemente de que se esté en Jordania, en Siria, en Turquía, en Grecia, en Hungría, en Italia, en Francia o en España.

Especialmente, cuando se pertenece a esa civilización, la occidental, que hasta hace unos escasos decenios se consideraba descendiente directa de esa otra desaparecida, que llamamos grecorromana, y que, por tanto, a pesar de los siglos transcurridas, de las diferencias culturales, de las inevitables distorsiones, también se hallaba en casa, mejor dicho, en el hogar perdido, en todo lo que se refería a su antecesora...

miércoles, 8 de julio de 2009

For all the eternity


Uno de los museos más hermosos de Atenas, y también de los menos visitados, es el museo al aire libre del Cerámico.

No se encuentran allí los grandes monumentos públicos que han servido de modelo a la arquitectura posterior, ni los espacios donde tenía lugar la política, el comercio o la discusión filosófica, no, lo que allí se halla es algo mucho más trivial, pero al mismo tiempo más humano e importante.

El museo, del tamaño de unas pocas manzanas de casas, conserva las excavaciones de uno de los lugares más interesantes de la Atenas clásica. Por su interior cruza un lienzo de las antiguas murallas, atravesado por dos caminos y el río Eridano. Un lugar de frontera, por tanto, donde los viajeros tenían el primer contacto con la ciudad y donde podían descansar y reposar del camino, como muestra el hallazgo, justo al pasar una de las puertas, de un enorme complejo que en tiempos de Pericles no era otra cosa que un compuesto de posada, fonda y burdel.

Sólo por eso ya sería interesante, al mostrarnos otra Atenas bien distinta de la de los grandes hombres y la gran historia, la de los hombres comunes y la de los afanes cotidianos, pero además ese lugar en la murallas era un sitio mítico, ya que de el salían dos caminos el que llevaba a Eleusis, famosa por sus festivales y sus misterios (esos que darían la vida eterna a sus iniciados, no la existencia en forma de sombra del Hades), y el que servía de vía a la procesión de las Panatenáicas, la fiesta por antonomasia del calendario Ateniense.

De esa manera, a ambos lados de la puerta mayor, la que servía de camino a la procesión de las Panatenáicas, ilustrada en los frisos del Partenón, se construyeron una serie de edificios oficiales que servían para guardar los utensilios y los ornamentos utilizados por el cortejo, además de otros que sirvieran de vivienda a los encargados de su organización.

Un lugar mítico, por partida doble, por servir de ruta de salida a Eleusis, y de entrada de la procesión sagrada, pero que además, desde los primeros tiempos de Atenas se convirtió en el lugar preferido por los atenienses para ser enterrados, como demuestra la existencia de túmulos de la edad de Bronce o la pervivencia de monumentos funerarios de toda la época grecorromana, desde los tiempos obscuros del siglo VIII a.C a la gran crisis del siglo III d.C, que culminaría con la toma, saqueo e incendio de Atenas a manos de los hérulos.

Y aquí debemos hacer un inciso. Para nosotros un cementerio es un lugar del cual debe huirse, que debe permanecer escondido y que nos produce aprensión y repulsa, como si en el habitasen los mayores horrores imaginables, siempre dispuestos a atacarnos. Muy distinto era el caso de los griegos, puesto que para ellos, éste era el lugar para comunicarse con sus ancestros y para dejar un recuerdo de su memoria. De esta manera, comenzada la guerra del Peloponeso, en un espacio especialmente limpiado y allanado en medio de este cementerio (no lo olvidemos, frente a las murallas y cruzados por las dos rutas más importantes que llevaban a Atenas) pronunciaría Pericles el discurso en honor de los primeros caídos, que registrara Tucidides, en su historia, convirtiéndose, siglo tras siglo, en un cementerio oficial dedicado a cantar a los héroes y las glorias de Atenas, a todos amigos y aliados que dieron su vida por ella, como los Lacedemonios (espartanos) que vinieran a ayudarla en la guerra de los treinta años.

Pero no sólo era un cementerio oficial, con todo lo que esto supone. Aquí también se hacían enterrar los Atenienses comunes, al borde del camino, para que su tumba estuviera a la vista de los caminantes y su recuerdo no se perdiera. Una obsesión que no solo ha permitido que en el propio Cerámico haya un museo que guarde las lápidas más hermosas, sino que medio museo de Arqueología de Atenas se compone de los hallazgos del cerámico. Y es que estos atenienses que querían ser recordados hasta el final de los tiempos y que disponían del dinero suficiente, se hacían retratar como si aún estuvieran vivos, llegando incluso sus sosias de piedra a mirar intensamente a los espectadores, viandantes y visitantes, como si les invitaran a pasar un rato en sus compañía, charlando y conversando, como si aún respirasen el aire de esta tierra, tal y como la muestra la foto con la que he encabezado esta entrada.

Aunque para la mayoría lo único que estuviera a su disposición fuera una simple piedra circular, sobre la cual derramar las libaciones de agua y vino que sirvieran para alimentar a las almas siempre hambrientas del Hades.





Aunque quizás lo más impresionante sea ponerse en el lugar del viajero que llegase a Atenas, cruzando entre largas e inmensas filas de monumentos funerarios, de épocas completamente dispares, de difuntos ya olvidados, pero que aún seguían mirándole con ojos curiosos, o se entregaban a sus actividades habituales, o bien tenían junto a sí, en la muerte, a los mismos que habían amado en vida.

Porque como digo, una vez llegados a las murallas, y cruzadas las puertas, dejado atras el inmenso cementerio que se apretaba contra la ciudad, lo primero que se encontraba, a mano derecha, no era otra cosa que un burdel.

¿Carpe diem o Memento Mori?

domingo, 27 de julio de 2008

Hieroglyphs in the Sky


El año pasado, más o menos por estas fechas, comentaba de mi visita a los lugares de la Sierra de Madrid a los que mi padre me llevaba cuando niño, concretamente, al puerto de Canencia, a unos 1500 metros de altura, más o menos.

Haces unos días, el jueves de la semana que hoy acaba, he vuelto a subir hasta allí, y me he encontrado con el cercado que me cerraba el paso a los prados de mi infancia, sólo que esta vez tenía yo el ánimo más de explorador y rodeando, rodeando he descubierto que es posible llegar a los lugares de mi memoria.

Para el que no lo conozca se pueda hacer una idea, la cosa es que una vez coronado el puerto según se viene de Madrid. se atraviesa un enorme pinar, de árboles rectos y gigantescos, la carretera sigue más o menos llana durante un buen tramo antes de empezar a descender al valle del Lozoya. El final de esa mesetilla es una curva donde mi padre dejaba el coche y donde se abría, al otro lado de la carretera, la entrada a los prados, protegidos de la vista desde la carretera, por una delgada pantalla de árboles.

Los prados estaban divididos en dos, uno grande que ocupaba un colina a la que había que subir desde la carretera, y uno pequeño, al que se llegaba tras descender de esta elevación y que estaba como recogido en un pequeño fuerte natural, puesto que el bosque hacía como una estrechura, dejando únicamente un estrecho paso, para llegar a ese prado pequeño, recogido y oculto, a salvo de todas las miradas (y mi padre, aún más celoso de su intimidad, era capaz de llegar a un tercer abrigo, un miniclaro en medio del bosque, que ¡ay! no he podido localizar.

El caso es que el cercado lo único que hace es cerrar el paso al prado grande, extendiéndose desde la cortina de árboles que bordea la carretera a los arbustos que anuncian el bosque que desciende al Lozoya, pero si uno sigue la carretera y más o menos adivina el lugar donde está la entalladura del prado pequeño, puede llegar hasta él, siguiendo su lindero, puesto que esa entalladura, esa extensión del bosque que cierra la entrada del prado pequeño y lo separa del grande, no es más que un arroyo, seco en estos tiempos de verano.

Así caminando sobre las piedras, saltando sobre troncos de árboles muertos, llegué, radiante de alegría al centro mismo del prado pequeño, casi irreconocible tras tantos años transcurridos, pero el lugar amado de mi infancia nuevamente restituido.

Y ahí estaba la pared infranqueable del bosque, helechos, arbustos, pinos altísimos...

..pero tan seductora y atrayentes, que nos hacía, a mi hermana y a mí, acercarnos al lindero y soñar con perdernos en sus sombras, con explorarlos y cartografíarlos.

Porque en las alturas se vislumbraban nuevos claros, nuevos lugares secretos, nunca visitados, o al menos así lo suponíamos, pero extrañamente llenos de promesas y tesoros...



...aunque estas sólo fueran, el orgullo de llegar hasta ellos, de haberlos conquistados, de admirar el cielo azul infinito, los bosques eternos...


que nos rodeaban por todas partes, separándonos de la civilización, borrando su existencia por un breve instante...


Aún quedaba lo mejor por llegar, puesto que tras este descubrimiento, tras este llegar como digo a mis lugares de la infancia, para que su visión me abriera el arcón de los recuerdos y me embriagaran los aromas allí almacenados durante años, mezclados y decantados hasta convertirse en uno solo, descubrí que podía desandar mis pasos y llegar hasta el prado grande, pues el cercado era sólo una barrera y no lo ocupada por completo, sólo te impedía llegar, ver, intuir los tesoros que tras él se guardaban, me encontré con este enorme árbol solitario...


...del cual despegaron, en medio de un estrépito de graznidos, unos cuervos no menos gigantescos, casi venidos de alguna época de la que los hombres no tiene recuerdos.

Así de esta manera, volví a Madrid lleno de melancolía, deseando encontrar el resto de lugares de mi infancia, aunque de algunos haya olvidado hasta el nombre, aunque no la luz tamizada de sus bosques, y de otros sepa que no seré capaz de encontrar el camino, o aunque lo encuentre, habrán sido borrados por el tiempo o la mano de los hombres.

¡Pero qué más da! Si me hubiera quedado en casa, encerrado, si no hubiera decidido rodear el cercado, no habría encontrado mis dos prados.

¡!Adelante pues! ¡Hacia el pasado!

jueves, 24 de julio de 2008

Daydreaming







Dado que esta temporada está siendo bastante aburrida, me está dando tiempo para recuperar del baúl series que había dejado de lado en su momento, bien por no considerarlas importantes, por no disponer del slot en que encajarlas o simplemente por mera vaguería.

Una de estas series es/era Windy Tales, que ya sería importante por su estilo de dibujo, tan abocetado y casi acuarelista, distinto, por tanto, al 99% de los animes que se pueden ver. Una excepción en su momento y que no ha vuelto a repetirse, quizás porque no tuvo ninguna repercusión, ya que los que suelen ver anime no son muy amigos de la experimentación, y los que lo son no son aficionados a esas cosas de los dibujitos.

Sin embargo, esta serie no es sólo importante por el estilo de dibujo, destaca también porque a pesar de sus elementos fantásticos, la existencia de unos manipuladores de los vientos que los controlan a su voluntad, el enfoque de la serie es representar las vivencias más sencillas y cotidianas, casi banales e intrascendentes, de estas personas, niños y adultos, que han adquirido esta gente.

Unas vivencias que, por el modo en que están narradas, son mucho más mágicas y extraordinarias que las mismas artes mágicas que suponen la excusa de la serie... o mejor dicho su MacGuffin.

Un ejemplo es el ilustrado arriba, perteneciente al episodio 5, donde una de las protagonistas, retirada al botiquín del colegio por tener un poco de fiebre, sufre una alucinación y se ve trasladada a la península Malaya, como si la realidad hubiera sido abolida.

Un ensueño cuyo detonante son las palabras de uno de los profesores, supuesto viajero y aventurero, que describe con absoluta precisión y todo lujo de detalles, esos que sólo puede conocer el que realmente ha estado en un lugar y ha vivido sobre el terreno, sus andanzas por esa región, tan exóticas para los japoneses como lo puedan ser para nosotros.

Una sugestión, casi un trance, que se consigue solamente con las palabras, con el tono reposado, con, como digo, la acumulación de detalles físicos, sensoriales, el calor, la sed, los sonidos, los colores, que llevan a nuestra protagonista a despertar en un mundo nuevo y renovado, completamente imaginario, pero al mismo tiempo, completamente real.

Que tanto a ella como a mí, nos hace desear ardientemente tomar el petate y marcharnos a recorrer mundo, como los auténticos viajeros, sin destino , ni plazo, sabiendo que el auténtico viaje es el camino y que el final llega, cuando el deseo de vagabundear es substituido por el ansía del hogar.

Un deseo que para ella es completamente nuevo, la primera vez que nunca se olvida, la que abre el mundo como un plano que se despliega para desvelar sus secretos, pero que para mí es una sensación vieja y apolillada, desusada y casi olvidada, pero que me hiere en todo mi ser.

Por conectarme repentinamente con quien fui, con la persona joven que, como esa niña, soñaba con lo que el mundo habría de traerle y revelarle, con todo lo que estaba por hacer, sin estrenar... pero que ahora sabe que cualquier actividad que emprenda puede ser realizada por última vez, o se quedará para siempre guardado en los arcones de lo nunca vivido, aunque repetidamente soñado.

jueves, 25 de octubre de 2007

Across the wide world (y 4)

En ese viaje que realice hace ocho años a Uzbekistán, una de las últimas imágenes que conservo del país es la de una gigantesca estatua de estilo realista sovietico, levantada en medio del desierto, que representaba a una mujer avanzando con paso firme y decidido, mientras agitaba en uno de sus brazos el velo que acababa de ponerse.


Se llamaba algo así como, no lo recuerdo bien, la liberación de la mujer musulmana, y conmemoraba el decreto por el que se abolía esa prenda.


Han pasado muchos años ya desde ocurriera ese hecho, sucedido antes desde de que yo naciera. Han pasado también muchos años desde que cayera el comunismo, los suficientes para que esté a punto de salir al mundo, a adueñarse de él como suelen hacer todos los jóvenes, una generación para la que ese sistema es casi tan remoto como la batalla de Salamina.


Y empieza también a hacer unos cuantos años, desde que comenzó esta nueva etapa de la historia del mundo, desde que se rompiera el espejismo de esta tierra eternamente en paz, al menos sin posibilidad de un holocausto nuclear, que sucediera al terror permanente de la guerra fría.


Un periodo, este nuevo, de sobresaltos, de pesimismo creciente, donde poco a poco vemos como el mundo se va polarizando, como lentamente, el miedo a la guerra de tiempos de la guerra fría, esa guerra que ániquilaría a la humanidad, va siendo substituido por la posibilidad de la misma, pensada, al estilo de Clausevitz, como continuación de la política por otros medios, como medio de imponer la voluntad de las naciones a otras naciones o de evitar que la impongan, e incluso como único medio de supervivencia nacional, racial o religioso, mediante el exterminio de las otras naciones, las otras razas, las otras religiones.


Una situación parecida a la del equlibrio de potencias de antes de la primera guerra mundial, donde la mejor forma de negociar era hacer como los jugadores de cartas, ir subiendo la apuesta hasta llegar al órdago, y donde romper la baraja, tirar la mesa y liarse a tiros formaba parte de las reglas asumidas del juego. Es más, se suponía que debería de ocurrir inevitablemente.


Y es entonces al ver el estado del mundo, esa especie de camino de autodestrucción en el que parece que nos hemos embarcado inevitablemente, entre cambio climático, destrucción mediambiental, recursos decrecientes, fanatismo político y religioso, eliminación de toda traba moral y sentimental siempre y cuando se consigan los fines propuestos, que me hago esta pregunta.


¿Qué habrá sido de esa estatua de Uzbekistán? ¿Mantendrá su poder omnímodo el autócrata que allí gobierna y se conservará en pie? ¿O habrá tenido que ceder algo ante la reislamización de toda la región, y para evitar que su poder se tambalee habra cedido la estatua?


Y lo que es más importante. Cuando yo estuve allí era rarísimo no ver ya velos, sino simplemente pañuelos, pero no los pañuelos tradicionales, que se llevan por razones estrictamente funcionales, sino esos que se llevan apretados al cuello y a la frente, como símbolo de compromiso religioso y político. ¿Cuál será la situación ahora?


Y es curioso comprobar también como cambia la opinión política de uno a medida que avanza la historia. Porque uno, como mandaba la tradición de la izquierda, esa que buscaba la liberación de la mujer, siempre ha estado y está en contra de esos símbolos, pero al mismo tiempo, se da cuenta de que la persona que menos culpa tiene es la niña a la que obligan a vestirlo en cuanto tiene la menstruación, o la mujer anciana que ha vivido siempre con esa prenda y la considera natural, es más se sentiría desnuda si la llevara.


Porque contra los que hay que combatir son otros, aquellos que utilizan a los inocentes, a los débiles, para avanzar en sus posiciones políticas, para hacer tragar su propio fanatismo disfrazándolo de tolerancia.


¿Pero cómo hacerlo, cómo hacerlo, sin que se le marque a uno como perteneciente al bando contrario, a ese otro fanatismo, que si le dejasen a solas, tomaría las mismas acciones?


Maldita encrucijada, maldita duda, en la que uno se detiene, mientras los que no conocen de eso, siguen avanzando, "con la seguridad de un sonámbulo" que decía un conocido dictador alemán.

jueves, 4 de octubre de 2007

Accross the wide world (y 3)

Muy frecuentemente tenemos la percepción de que el Oriente es inmutable y eterno. Estaba ya antes de la ascensión de Occidente y nunca ha cambiado ni cambiara, a pesar de nuestras interferencias e intromisiones.


Una percepción que es compartida tanto por Colonialistas como por lo que yo llamo Colonialistas inversos. Dos corrientes que, aunque opuestas hasta el extremo de parecer que sólo se dedican a vociferarse la una a la otra, parten de un mismo error teórico. Considerar que hay una oposición/diferencia clara entre Oriente y Occidente. O mejor dicho que hay un único Oriente, caracterizado por una serie de rasgos únicos y comunes, que se definidos por ser los contrarios de los Occidentales.


Dos corrientes cuya única diferencia está en que unos consideran a éstos rasos distintivos como peores que los occidentales, y que por tanto deben ser substituidos por los de la auténtica civilización, mientras que los otros los consideran mejores, y por tanto, algo de lo que debiéramos aprender, cuanto antes mejor.


Posturas que me parecen equivocadas, por no decir cosas peores, pues, al examinar la historia, yo no veo una única civilización, sino muchas, en competencia constante las unas con las otras, enfrentadas todas a los mismos problemas existenciales, repitiendo una y otra vez los mismos errores, alcanzando una y otra vez las mismas cumbres. Adoptando, según sea el tiempo histórico, el papel de víctima o el de verdugo, el de opresor o el de oprimido.


O lo que es lo mismo, culturas dispares que comparten la misma naturaleza humana, esa que nos hace a todos contradicciones andantes, ángeles y demonios encerrados en un único cuerpo.


Y para demostrarlo, basta un viaje a Uzbekistan, como el que hice en el año 2000. Un país que nos parece Musulmán, y en el que el Islam está tan patente que parece haberlo sido desde el inicio de los tiempos. Un ejemplo, por tanto, de ese Oriente eterno e inmutable.


Sin embargo, en cuanto se rasca un poco se descubre que no fue así. La mayoría de los edificios esos que nos parecen haber cruzado las épocas sin haber cambiados, son relativamente recientes, construidos en los siglos XVIII y XIX, contemporáneos de esas épocas en que el progreso, encarnado en la ciencia y la técnica, estaba siendo creado en Occidente.


Es un contraste realmente brutal. En nuestra Europa ultramoderna, que parece haber dejado atrás todo el pasado, haberse desprendido de él como lo hace uno de las cosas que son inútiles, no es raro encontrar edificios medievales, incluso del siglo XI, aún en uso, y meticulosamente cuidados y restaurados, o incluso, aunque ya reducidos a ruinas, los edificios de la antigüedad romana, que hasta ayer mismo se consideraban el Kanon con el que debían medirse las artes.


Nada de esto ocurre allí. De los nombres míticos, de Gengis Jan y Tamerlan, de las construcciones con que ellos y sus sucesores adornaron sus imperios, apenas queda nada, y lo que queda está reducido a escombros o desvirtuado por apresuradas restauraciones modernas, que buscan dar vida a un pasado muerto. Un olvido y una desvirtuación, que tiene un doble origen, el extraño y contradictorio olvido que sobre su pasado muestra una religión tan basada en un momento histórico, el tiempo de Mahoma y la revelación, mientras que por otra, se debe a la Dammatio Memoriae que cada conquistador de Asia Central ha aplicado sobre lo reinos y gobernantes que les han precedido.


Algo que muestra sin lugar a dudas el Minarete de Bujara, el único edificio que queda anterior al siglo XII (excepto otro que se salvó por estar cubierto por toneladas de tierra), puesto que el resto fueron mandados destruir por Gengis Jan cuando tomo, saqueó y arrasó la ciudad, exterminando a su población por supuesto. Un destino del que Bujara se recuperaría, pero al que Merv perecería.


Hay algo más, sin embargo. EL hecho de que el Islám no se asentó en un vacío histórico y humano, sino que lo hizo sobre tierras y pueblos ya existentes. Un destino, el del triunfo musulmán que no estaba prefijado, que habría de costar muchos siglos y que cambiaría el destino de esa religión... y que podría haber tomado otros derroteros completamente distinto, por ejemplo si en el 750 los ejércitos de la dinastía Tang hubieran triunfado en el río Talas.


Porque se nos olvida de que, antes de que la ruta de la seda sirviera de correa de transmisión para el Islam, de Mesopotamia a las puertas de China, ya había servido para propagar el budismo de India a China, y antes que ella, había servido de vía de entrada a los ejércitos de Alejandro y al Helenismo que propagaban.


Un sincretismo cultural que dio lugar a mezclas como que en Bactra, en el actual Afganistan ( si en otro país donde el Islam parece constituir su esencia, y los talibanes sus más altos exponentes) un rey descendiente de los conquistadores griegos, llamado Menandro, celebrase el concilio donde se produciría la división del budismo entre las ramas Mahayana (China, Mongolia, Nepal, Corea, Japón) y Teravada (Birmania, Tailandia, Camboya). O que fuera también allí donde se crease el arte grecobactrio, donde el buda se representa como un rey helénico y ese modelo, conveniente adaptado, se propagase a toda Asia.


Una situación como la que muestran la pinturas encontradas en el alto Tell en el que se haya enterrada la ciudad vieja de Samarcanda, sólo excavable parcialmente, pues gran parte de ella es un cementerio musulmán. Unas pinturas que se salvaron porque los conquistadores que siguieron a la primera ola árabe, decidieron fundar una ciudad nueva un poco más allí, y porque el musulmán que se quedó con la casa donde se encontraron, decidió que para cumplir el tabú religioso, le bastaba con picar los ojos de las figuras, y no con raspar toda la pared.


Unos frescos donde se cruzan y representan todas las leyendas, todas las culturas de Eurasia.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Forests of Stone (y 1)

Mientras pensaba en el contenido de esta entrada, me he dado cuenta de como en el enrarecido ambiente político en el que vive este país, las declaraciones más inocentes pueden interpretarse como un alineamiento en un sentido u otro.

O dicho de otra manera, qué antes de decir cualquier cosa más vale presentar credenciales y pliegos de descargo, no sea que encuentre uno admiradores que no quiere.

Porque uno es ateo, pero, a pesar de eso, paradoja de las paradojas, ama profundamente la música sacra y las catedrales medievales, especialmente las góticas, al igual que ama profundamente la música antigua y no le hace ascos a los experimentos musicales ultramodernos, Por ello piensa que lo que le falta a Madrid, para ser una ciudad de verdad, es tener una catedral en condiciones y no la neocosa donde contrae matrimonio la monarquía (y si en verdad fuéramos tan centralistas haría ya tiempo que hubiéramos desmontado alguna de provincias y nos la hubiéramos traído. Personalmente, yo me quedo con la de León, por ser la más francesa, ergo, la más elegante de todas). Sin contar con que los amplios espacios de las catedrales, actualmente vacíos de fieles, visitados sólo por los turistas, le ofrecen un refugio frente al tráfico y la locura moderna. Un espacio donde todo ese ajetreo, ese bullicio, ese ruido ensordecedor que es el signo de nuestro tiempo ha sido abolido.

¿Y a que viene esta retahíla? El caso es que hace diez años pase un mes en París, hospedado en el piso que mi hermana tenía alquilado allí, por razón de los estudios que cursaba entonces. Un tiempo que ocupe, martes y jueves de cada semana, en hacer excursiones a las ciudades de alrededor, Laon, Amiens, Beauvais, Reims, Bourges, Caen, Chartres, Rouan.

A la caza y captura de las catedrales del primer gótico, de ese periodo, entre 1150 y 1250, en que surgió ese estilo y en menos de un siglo, llegó a su perfección absoluta... o mejor dicho, al punto en que las limitaciones de la técnica y los materiales de la época, le impidieron seguir evolucionando.

Para ello, para el estudio de ese estilo y esa época, es un lugar, una base de operaciones perfecta. Antes de extenderse al resto de Europa, por repetir lo archisabido, la región conocida como L'Ile de Francia se convirtió en el laboratorio donde, por así decirlo, la vanguardia realizaba sus experimentos artísticos, con lo que, en un radio de 100/200 kilómetros de París, a escasas dos horas de tren, puede uno realizar, como digo, un estudio en profundidad del nacimiento, evolución y estancamiento de un estilo artístico, algo casi imposible en otros casos (sólo se me ocurre el ejemplo de la Roma Barroca), por la dispersión de las obras o la abundancia de centros regionales.

Una tarea aburrida, se puede pensar. Piedras y más piedras, todas iguales, repeticiones y más repeticiones del mismo patrón.

Sí y no. Algo que todo amante de las vetustas catedrales europeas sabe es que cada una de ellas tiene su propio carácter. Por alguna razón, quizás por la división en feudos y ciudades independientes del medievo, los habitantes y constructores quisieron y consiguieron que la suya fuera diferente a la de sus vecinos. Algo que en el caso de estas construcciones del primer gótico se amplía más aún, puesto que cada una de ellas era un paso adelante, un bosquejo en la construcción de una nueva forma, y la cercanía entre ellas, provocaba que los arquitectos supieran perfectamente lo que se había hecho hasta entonces, lo que no se había aún conseguido, lo que quedaba aún por hacer.

Aún que esto no fuera así. Precisamente por su tamaño, las visiones que una catedral puede ofrecernos son inagotables. Sólo verla a diferentes horas del día, como la luz cambia el color de la piedra, como esa misma luz destaca en su interior unos detalles y oculta otros, basta para que visitarlas una y otra vez... sin contar con como esa luz y por tanto, la misma catedral, varía a lo largo del año, con las estaciones y con el tiempo.

Así que, no es de extrañar que, en cuanto tengo ocasión, aproveche para visitar una de ellas.

O que me entre la necesidad de narrarlas, como haré en entradas sucesivas.

martes, 11 de septiembre de 2007

Across the wide world (y 2)

Hace siete años, en el 2000, antes de que entrásemos en este nuevo periodo de locura e incertidumbre al que nadie es capaz de ver el final, estuve viajando por Uzbekistán.

Por supuesto, en aquel entonces, nadie era podía imaginarse que el mundo se dividiría de nuevo en facciones irreconciliables, y que, aunque no lo quisiéramos, habríamos de separar a los seres humanos en amigos y enemigos, según nos lo dictasen religiones, ideologías e intereses.

De hecho, en aquel tiempo era posible soñar que el mundo era uno, y que no había diferencias entre los hombres... aunque eso fuera tan falso en aquel entonces como lo es ahora.

Así no es de extrañar que en la noche que pasamos en Urgench, justo al lado del Mar de Aral, al ver desde las ventanas del hotel que, al otro lado del río, se celebraba una fiesta popular, ninguno se preguntase si habría algún peligro en bajar, cruzar a la otra orilla y curiosear un poco, a ver como era el ambiente.

No ocurrió nada, por supuesto. Los habitantes del lugar estaban demasiado ocupados por disfrutar de su fiesta, casi idéntica, en aquel antiguo país comunista, a cualquiera de las europeas, como para reparar en unos cuantos extranjeros, que, en ese instante, no se comportaban como turistas, puesto que habían dejado cámaras, guías, bolsos, en el hotel, y se limitaban a vagar entre la gente, con mirada distraida, cansados del trajín del día.

Así que, cansado, somnolientos, acabamos sentándonos bajo unos pórticos, sin ganas de hablar entre nosotros, para al poco perderse cada uno en sus propios pensamientos.

Aún la veo.

Era una niña muy joven, nueve diez años, y se puso a bailar sola, despreocupada de quienes pudieran estar observándolas, ensimismada en su baile, ausente de todo lo que no fuera ese físico, tan simple y tan reconfortante, que consiste en sumergirse en la música, dejarse llevar por ella, sincronizar cada movimiento del cuerpo con su ritmo

Parecía feliz. Absorta en ese placer, no podía imaginarse mayor felicidad. Esa felicidad que parece eterna, sin principio ni fin, pero que es sólo un breve momento de la existencia, desaparecido antes de poder darse cuenta, antes de poder saborearlo por entero.

Por supuesto, a pesar de mi fascinación, yo no podía menos de pensar en la diferencia de nuestros destinos, en el inmenso e injusto abismo que nos separaba. A pesar de no ser de la elite, más bien uno de tanto, mis escasos recursos me habían permitido cruzar medio mundo hasta llegar a esa ciudad y en cuantos días estaría de vuelta en casa, rodeado de todas mis comodidades, calefacción, comida hasta hartarme, todo tipo de distracciones con las que aliviar el vacío interior creado por mi propio bienestar.

Ella continuaría viviendo allí. Seguramente moriría, mucho más joven que yo, en el mismo lugar en el que había nacido, sin conocer la mayoría de las comodidades que yo daba por supuestas, es más que exigía como si fueran derechos básicos e inalienables.

Su vida no sería fácil. Uzbekistan es un país que se enfrenta a una catástrofe ecológica inconcebible para nosotros. Ubicada en medio de desiertos inmensos, el agua del Sir Daria y el Amur Daria ha sido desviada para la agricultura, sólo que esa agricultura no está destinada a alimentar a la población, sino para cultivos de exportación, como el algodón, el arroz y la caña de azúcar, que requieren inmensas cantidades de agua y no menos inmensas cantidades de fertilizantes, pesticidas y defoliantes, con la terrible consecuencia de contaminar esa misma tierra y ese mismo agua que son el sostén económico de Uzbekistán, envenenando de rebote al pueblo que lo habita y hurtándole sus medios de subsistencia.

Una situación para la que no hay marcha atrás.

Se podría pensar en abandonar esos cultivos, gestionar mejor el agua, limpiar las aguas y las tierras. Pero para unas tareas el estado no tiene dinero, ni recursos suficientes, y para las otras, la población ha crecido tanto que su propia existencia, paradoja de las paradojas, depende de aquello mismo que le mata lentamente.

Por supuesto, podríamos, desde nuestra postura de occidentales, concienciados ecológicamente, acusar a regímenes extintos, como el de la antigua URSS, de la locura medioambiental del país, o fustigar la inercia de los habitantes actuales, que no quieren darse cuenta del problema y no se preocupan en resolverlo.

Pero quizás deberíamos pensarlo, si nuestro respeto ecológico, aquí en occidente, no se debe a que estamos exportando todo aquello que contamine, cultivos, minería, industria, al tercer mundo, en una nueva encarnación perversa del colonialismo y del imperialismo de antaño.

En resumidas, si yo, el visitante curioso y despreocupado, no soy tan responsable como políticos y grandes corporaciones, nuestro chivos expiatorios habituales, del triste destino que espera a la niña que veía bailar hace siete años.

miércoles, 15 de agosto de 2007

Across the wide world (y 1)

Hace siete años, emprendí un viaje a Uzbekistán. Un lugar que dicho así, puede no significar nada para el lector, pero que si pronunciara el nombre de Samarcanda, debería despertar una serie de asociaciones muy precisas, la ruta de la Seda, la capital de Tamerlán, la última ciudad conquistada por Alejandro en casi los límites del mundo, el culmen en definitiva del exotismo y el refinamiento.

Es en estos viajes cuando descubre uno la inmensidad del mundo. Llegar hasta allí, lleva casi un día entero en avión, escalas incluidas. Una travesia que destroza el cuerpo y la mente, que embota ambos y los deja fuera de funcionamiento, descolocados, por la falta de sueño y el cambio ritmos horarios.

Pero ninguna de nuestras molestias actuales, no pasa de ser eso, molestias, comparada con las penalidades de los viajeros de antaño. Llevaba conmigo en ese viaje la crónica de otro viaje del siglo XV, que recorriera casi la misma ruta, de España a Constantinopla, de Constaninopla a Samarcanda, la embajada famosa de Ruy de Clavijo a Tamerlán, enviada por un rey castellano que esperaba convencer al último de los mogoles para que se aliase con él en la lucha contra el moro, al enterarse de como el guerrero de las estepas había aplastado el ejército del sultán otomano en la batalla de Angora, la actual Ankara, y se lo había llevado prisionero a Samarcanda, retrasando cincuenta años la caída del Imperio Bizantino.

Lo que más me llamaba la atención, según leía la crónica de aquel viaje, me llamaba la atención comprobar que se trataba de un asunto de vida o muerte. Los viajeros sabían que no habrían de llegar todos con vida al destino, que alguno se quedaría por el camino. No por los peligros de los hombres, no por las guerras, no por los bandidos, no por el capricho y la arbitrariedad de los gobernantes y las gentes de los países que cruzaban.

No. Simplemente porque aquel viaje habría de durar muchos meses. Meses cuyos días se reducirían a caminar y caminar, sin tregua ni descanso, puesto que un retraso podía estropear la misión, cambiar las circunstancias, invalidar su permisos y salvoconductos. Un tiempo de ejercicio continuo que acabría en el agotamiento, un agotamiento que les debilitaría, una debilidad que les haría más sensibles a las enfermedades, unas enfermedades que les llevarían a la tumba.

De esa manera, la crónica del viaje, según se adentran en Irán y luego en los desiertos inmensos que les separaban de Samarcanda, deja de prestar atención a los pueblos y a las tierras que visitan. Poco a poco, sólo queda un tema. Hoy, tal cayó enfermo. Hoy, no podía continuar la marche. Hoy, tememos que nos abandone para siempre. Una crónica que deja de ser el relato sereno y reposado que era hasta ese momento, y que poco a poco se va tiñiendo de una cierta desesperación, porque la meta está cerca, lo peor ya ha pasado, y sin embargo, todo puede acabar yéndose al traste, puesto que todos absolutamente todos están gravemente enfermos y no saben si podrán avanzar un día más, una legua más.

Todo se fue al traste finalmente. No por falta suya. El aliado al que iban a ver, el mogol dueño del mundo que tendría que ayudarles a combatir al moro, era un musulman él mismo. Alguien que había conquistado el mundo mediante la fuerza bruto, y para el que las gentes se dividían en dos clases, los que se le sometían y se convertían en sus subditos, los que se le oponían y eran exterminados. Un hombre que por tanto sólo tenía una pregunta para aquellos castellanos, si le rendirían pleiteisa o no.

Una misión que se fue al traste también por otras razones, porque Tamerlan habría de morir al poco de abandonar ellos su corte, y su imperio se descompondría tan rápido como había sido construido, casi sin dejar rastro, excepto algunas mezquitas, palacios y madrasas destartalados.

Aquellos castellanos no habían sido los únicos europeos que habían llegado a esas tierras. Antes que ellos, esos desiertos que yo sobrevolaba y que luego habría de recorrer en autobús, habían sido cruzados a pie por el ejército de Alejandro que, desde Afagnistán había llegado hasta Samarcanda. Un viaje que, nos cuentan los cronistas, Marco Rufio y Arriano, estuvo lleno de terrores difusos, de amenazas que no existían, excepto en la imaginación de los macedonios, pero que hubieran bastado para provocar el pánico, y el pánico una estámpida similar a la de los rebaños enloquecidos.

Así, los cronistas nos hablan de las voces que se oían en medio de la noche, de las formas desconocidas que rondaban el campamento, de todo los fantasmas de la obscuridad que se desvanecían en la nada cuando se reunía el valor y se marchaba a su encuentro. También nos hablan del río de aguas gélidas, el Yaxartes, el Sir Daria actual, que fluía en medio del desierto, amplísimo y sin vados, de aguas rugientes y obs curas, y en el cual muchos de los macedonios habrían de perder la vida ahogadas.

Yo también vi ese río, rodeado por la nada, enterrado en el surco que sus aguas habían excavado, inmenso y majestuoso, producto de quién sabe qué milagro, y llegué también, en cierta manera, a comprender el miedo, el terror que puede provocar el desierto, ése desierto en partícular, porque desde la ciudad, desde la carretera, no parece peligroso, tan plano es que no piensa uno que pueda extravieras, y está cubierto de vegetación, de forma que aparenta rebosar de agua.

Es una ilusión, basta adentrarse unas decenas de metros, para descubir que es una sucesión de colinas y hondonadas, desde cuyo fondo no es posible ver nada, excepto las cimas verdes de las elevaciones más cercanas, a las cuales hay que escalar si quiere vislumbrar algún punto de referencia, pero para ello hay que recorrer la arena y la tierra suelta, realizar un esfuerzo agotador, sólamente para descubrir un paisaje que es igual en todas las direcciones, donde todas ycada una de ellas son la equivocada.

Un lugar donde reína el silencio más absoluto, el que hace que te duelan los oídos y nos escuches ni tus propios gritos.

jueves, 27 de julio de 2006

El síndrome del turista....

Al terminar la narración o descripción de mis viajes por Siria, aquel lector que lo haya seguido hasta el final, se habrá dado cuenta que la figura humana no ha aparecido en el relato.

No ha sido una casualidad.

Siempre que en un relato de viajes, se comienza a describir a los habitantes y sus constumbres, es demasiado habitual, en una sociedad como la nuestra que presume de multiculturalismo y apertura, acabe haciéndose un elogio de los primitivos, exaltando la felicididad que emana de su simpleza y naturalidad, para concluir, como era de esperar, en una crítica de este nuestro espacio cultural... dejando a un lado los posibles problemas que esa otra sociedad pueda tener y, en una perversión que se remonta a los tiempos del colonialismo y que de hecho no es más que otra forma de colonialismo enmascarado, haciendo que todas las otras culturas parezcan una única sola, opuesta a la nuestra.

Ni siquiera en esto hemos sido originales.

La primera vez que encontré este concepto, el del "sindrome del turista" fue en uno de los libros de la colección de historia Universal del Siglo XXI, concretamente el destinado a la India. Curiosamente, antes de la llegada de los musulmanes, la historia no fue cultivada por en la India ni por hinduistas ni por budistas, de forma que, muchas veces, la única ventana que tenemos hacia ese pasado, es el propio relato de los viajeros que, desde el resto de Asia, marchaban allí, a visitar los lugares santos.

Uno de ellos fue Fha Shien, procedente de China, que visitó la India en el siglo V, y nos dejó un relato detallado de los lugares que recorrió, tan detallado que sus palabras han sido confirmadas por los descubrimientos arqueólogicos.

Tan detallado y preciso en esos aspectos puramente materiales, casas, calles, ciudades, templos y esculturas, que el lector podría llegar a creer que el resto de su relato, construmbres, gobierno, política, ha sido narrado con el mismo grado de verdad. Así sería, sino fuera porque el país que se nos narra se asemeja al paraíso, un paraíso que todos los desengañados, vulgo amantes de la historia y de la arqueología, sabemos que no existe, no ha existido, ni existirá jamás.

En realidad, lo Fah Shien está haciendo es exagerar lo que ve, destacar lo bueno y ocultar lo malo, para así poder criticar a placer la situación de sau patria, divida en multitud de estados en guerra tras la caída de la dinastía Han, ocupada en parte por extranjeros, gobernada casi exclusivamente por tiranos.

No sería el último extranjero en ser hechizado por la India, antes que él, el griego Megástenes, en tiempos de Alejandro, narraba las maravillas del subcontinente, para que sus contemporáneos se hiceran mejores, y en el siglo XV, el comerciante Nikitin hacia lo propio, para criticar el autoritarismo de los Zares.

Tampoco hace falta ir más lejos, ya hemos comentado como ahora, tantos y tantos reformadores de bolsillo, espigan sus recuerdos de viaje para encontrar algo que les permita criticar sus sociedades de origen, ofreciéndo la prueba de que el estado ideal en que creen, es posible y de de hecho existe.

Pero ¿tenemos derecho a ser tan duros, tan recto y tan justos?

No, precisamente eso es lo que nos cuenta el síndrome del viajero.

El turista, en realidad, no ha vivido en el país, no ha tenido que buscarse el sustento, día tras día, allí, sólo ha permanecido un breve tiempo, antes de volver a su casa, y en ese intervalo, ha sido recinido con cordialidad, agasajado, querido, mimado,como se hace con los que se van a marchar pronto y no van a suponer ninguna carga.

No es extraño que sólo guarde buenos recuerdos.

miércoles, 26 de julio de 2006

A través de Siria (y 4)

Con demasiada frecuencia hablamos de la esencia de un país. Decimos, éste es un páís árabe, éste es un país musulman, esto es así así o asao, siempre lo ha sido, siempre lo será, no puede cambiar.

Confundimos a las ideas con las personas que las portan... sin darnos cuenta que si las personas desaparecen, las ideas se desvanecerán sin dejar rastro, que basta una conquista, un movimiento de población, una catástrofe natural, o la simple alternancia entre generaciones, para que la esencia de un país se desvaneza.

Así ocurre con Siria. Podemos hablar de país arabe, como grupo étnico, y de país musulman, como identidad cultural, pero cualquier paseo, si se está suficientement atento, nos descubrirá, para nuestras sorpresa, a personas cuyo tipo sería más propio de Rusia o de Escandinavia, y, si se escarba un pocos más, descubriremos que Siria coexisten, por llamarlo de alguna manera, ambas corrientes del Islam, alternando entre la indiferencia origullosa y el odio homicida, como el la guerra civil larvada de los años '80, y que ambos grupos se enfrentan y se oponen a las diferentes confesiones cristianas, armenios, monofisitas, ortodoxosos, que se siente orgullosos de lo que son, viven en barrios separados, no se mezclan con los otros, y casi se podría decir que los desprecian.

Y si se mira a la historia, no es menos complicado descubrir una supuesta "esencia siria", reinos sirios, egipcios, hititas, hurritas, reinos neohititas, asirios, babilonios, persas, macedonios, seleúcidas, romanos, bizantinos, árabes, cruzados.... todas esas civilizaciones han pasado por esa región, todas han dejado su huella, ciudades, esculturas, inscripciones, pinturas, todas han desaparecido una tras otras, completamente, sin que quede otra cosa que ruinas y recuerdos olvidados en libros de historia polvorientos, que nadie consulta.

¿Pensaba yo en algo de esto cuando llegué a Sergila?

No... éstas son ideas que sólo se le ocurren a uno a posteriori, cuando llega a casa e intenta ordenar los recuerdos... Allí, sólo tenía tiempo para disfrutar de lo que veía, de gozarlo al máximo en el breve tiempo que teníamos para la visita, de intentar memorizarlo hasta los más infimos detalles, para que aquello, al menos aquello, los sentimientos, el entusiasmo, el gozo, no se desvaneciese con el tiempo.
Porque Sergila es otra más de las infinitas sorpresas que se ocultan en Siria, tantas, que visitarlas y conocerlas llevaría varias vidas... porque Sergila no es sino una de las 600 aldeas conocidas como las "aldeas muertas", que ocupan el norte de Siria, y que aquí y allá, se ofrecen fugazmente al viajero que conduce por las carreteras que se extienden al norte y al oeste de Alepo, hasta la frontera turca.

No hay que pensar que se trata de un yacimiento arqueológico normal, no se tratan de ciudades de la edad del bronce, enterradas en sus Tells, como Mari, Ugarit o Tell Halaf, ni inmensas metrópolis de época grecorromana, como Apamea o Palmira, ni los castillos/ciudad de los cruzados, como Saladino, Makrab o el Krak de los caballeros.

Sergila es simplemente una aldea bizantina, ocupada del siglo VI al X, en la frontera que separaba el imperio con capital en Constantinopla y el imperio con capital primero en Damasco y luego en Bagdad y Samarra... y que había de desaparece más tarde, cuando los turcos Selyúcida reventaran la frontera bizantina y provocarán la invasión de los cruzados, bárbaros ambos, turcos y francos, en un mundo de gentes cultas y refinadas, árabes y bizantinos.

Una aldea entonces, como 600 otras, ¿qué puede tener algo así de importante? Un sitio que no tiene palacios a la gloria de sus dirigentes, ni ricas sepulturas que conserven el recuerdo de los reyes, ni iglesias o mezquitas veneradas desde generaciones, ni fortalezas orgullosas que desafíen al tiempo. ¿Qué puede tener un lugar tan humilde como ése?

Simplemente, que si hubiera gente en sus calles, si saliera humo de las casas, se pensaría que se ha vuelto a la edad media. Casas, iglesias, almacenes, villas, todo absolutamente, fue contruido en piedra volcánica durísima, casi indestructible, y se mantiene aún en pie, como si sus habitantes acabaran de marcharse, si exceptúamos el suelo de los pisos o el tejado de las casas, hecho en madera y podrido hace ya siglos.

Puede entrarse en las iglesias y ver la losa del altar y la columna que lo sustenta, los bancos donde se sentaban los fieles, las pilas donde se vertían los acéites del culto. Puede entrarse en las casas, a través pórticos fínamente labrados, de columnas esbeltas y frágiles, y descubrir allí, también los abrevaderos para las bestias, los bancos para las visitas, las escaleras que no llevan a ninguna parte, los huecos para las vigas de madera que sujetaban la planta noble, el cielo azúl de Siria, contra el cual puede imaginarse el tejado de la casa, descrito por los ángulos en piedra de sus extremos y los lugares donde reposaban los maderos que lo sostenía. Puede finalmente, descenderse a las cuevas donde almacenaban el acéite y ver las prensas donde lo obtenían y las tinajas donde lo guardaban.

Todo ya digo como sí los dueños fueran a volver en cualquier instante.

Pero, al mismo tiempo, no lejos de allí, se halla las tumbas donde reposan los dueños de aquellas plantaciones. Torres y pirámides, pequeñas y breves, pero que sólo alguien de gran riqueza podía costearse. Mausoleos en cuyo interior aún están los sarcófagos, rícamente decorados, con plantas y flores labradas en ellos, con pajáros que acuden a sus frutos, con rostros de dioses paganos aún no olvidados por aquellas gentes.

...y como digo, en ese instante, no tiene uno tiempo para hacerse preguntas, sino sólo para intentar grabar en la memoria aquello que ve, porque sabe que nunca ha visto nada igual, que quizás no volvera a verlo...

..pero las preguntas y sus posibles respuestas son futiles, inútiles, sin sentido. Al fin y al cabo, el recuerdo que quedará de nosotros es el mismo que el de los habitantes de aquellas ciudades muertas.

Ninguno. Nada.

¿Qué sentido tiene entonces buscar esencias o identidades que sólo existen en nuestras mentes?