Cette maxime, repartit la reine, provient de votre religion, amoindrie para les doctrines ombrageuses de vos prêtres. Ils ne vont à rien a moins qu'à tout immobiliser, qu'à tenir la société dans les langes et l'indépendence humaine en tutelle. Dieu a-t-il labouré et semé les champs? Dieu a-t-il fondé des villes, édifié des palais? A-t-il placé à notre portée le fer, l'or, le cuivre et tous ces métaux qui étincellent à travers le temple de Soliman? Non. Il a transmis à ses créatures le génie, l'activité, il sourit à nos efforts et, dans nos créations bornées, il reconnaît le rayon de son âme, dont il a éclairé la nôtre. En le croyant jaloux, vous limitez sa toute-puissance, vous déifiez vos facultés, et vous matérialisez les siennes. Ô roi! les préjugés de votre culte entraveront un jour le progrès des sciences, l'élan du génie, et quand les hommes seront rapetisses, ils rapetisseront Dieu à leur taille, et finiront par le nier.
Gerard de Nerval, Voyage en Orient.
Esa máxima, respondió la reína, proviene de vuestra religión, disminuida por la doctrinas sombrías de vuestros sacerdotes. No ven otra que cosa que inmovilizar todo, que a retener la sociedad en sus ligaduras, la independencia humana en tutela. Dios ha labrado y sembrado los campos? Dios ha fundado ciudades, edificado palacios? Ha puesto a nuestro alcance el hierro, el oro, el cobre y todos esos metales que brillan en el interior del templo de Salomón? No. El ha trasmitido el genio y la actividad a sus criaturas, sonríe a nuestros esfuerzos y, en nuestras creaciones limitadas, reconoce la luz de su alma, con la que ha iluminado la nuestra. Si le pensamos celoso, limitamos su omnipotencia, divinizamos nuestras facultades, banalizamos las suyas. O rey! Los prejuicios de vuestra religión acarrearan un día el progreso de las ciencias, el impulso del genio y cuando los hombres sean hechos pequeños, reducirán a Dios a su tamaño y terminarán por negarlo.
Debo a las exposiciones del MNCARS algunos de mis descubrimientos literarios tardíos... y curiosamente, otros, como Robert Walser o Bruno Schulz se los debo a la animación, algo de lo que debería hablar algún día. A Raymond Roussel lo encontré en una exposición dedicada en exclusiva a él, mientras que supe de Gerard de Nerval en otra muestra reciente, en la que se exploraban diferentes visiones artísticas sobre la memoria biográfica. En este último caso, dos factores principales fueron los que me movieron a hacerme con alguna obra de ese escritor romántico. En primer lugar su obsesión por recrear y reforjar su contexto histórico, obsesión que le llevó a imaginarse descendiente de Napoleón I, a lo que se une, en segundo lugar, el lento proceso de disociación mental que le llevó a rechazar su imagen fotografiada/dibujada, como si ésta perteneciera a otra persona desconocida.
Lo primero que conseguí de Nerval, y que ahora estoy leyendo, es su Voyage en Orient, aparente registro de sus andanzas por Egipto, Palestina, El Líbano y Turquía en la década de 1840. Mi decisión se debió, en parte, por mi afición a la literatura de viajes, de la cual este libro es uno de sus mejores muestras... y como de habitual tengo que explicar esto último, no sea que alguien se lleve a engaño. Cuando pensamos en literatura de viaje, normalmente pensamos en la guía, el libro escrito para que nosotros desde nuestras casas planeemos nuestras futuras vacaciones, o en lo que los anglosajones llaman el travelogue, la lista de sitios que hay que ver, convenientemente rellenada y marcada por el viajero. La mejor literatura de viajes, por el contrario, es la que se aparta de estos dos tópicos, bien porque la lejanía en el tiempo hace imposible reencontrar en la actualidad lo narrado, tornándolo así lo escrito en documento histórico, bien porque el viaje es en realidad un viaje interior del narrador, en el que lo importante son sus peripecias y aventuras, y no tanto ese factor turístico, repetible y compartible de las guías de viajes.
Gerard de Nerval, Voyage en Orient.
Esa máxima, respondió la reína, proviene de vuestra religión, disminuida por la doctrinas sombrías de vuestros sacerdotes. No ven otra que cosa que inmovilizar todo, que a retener la sociedad en sus ligaduras, la independencia humana en tutela. Dios ha labrado y sembrado los campos? Dios ha fundado ciudades, edificado palacios? Ha puesto a nuestro alcance el hierro, el oro, el cobre y todos esos metales que brillan en el interior del templo de Salomón? No. El ha trasmitido el genio y la actividad a sus criaturas, sonríe a nuestros esfuerzos y, en nuestras creaciones limitadas, reconoce la luz de su alma, con la que ha iluminado la nuestra. Si le pensamos celoso, limitamos su omnipotencia, divinizamos nuestras facultades, banalizamos las suyas. O rey! Los prejuicios de vuestra religión acarrearan un día el progreso de las ciencias, el impulso del genio y cuando los hombres sean hechos pequeños, reducirán a Dios a su tamaño y terminarán por negarlo.
Debo a las exposiciones del MNCARS algunos de mis descubrimientos literarios tardíos... y curiosamente, otros, como Robert Walser o Bruno Schulz se los debo a la animación, algo de lo que debería hablar algún día. A Raymond Roussel lo encontré en una exposición dedicada en exclusiva a él, mientras que supe de Gerard de Nerval en otra muestra reciente, en la que se exploraban diferentes visiones artísticas sobre la memoria biográfica. En este último caso, dos factores principales fueron los que me movieron a hacerme con alguna obra de ese escritor romántico. En primer lugar su obsesión por recrear y reforjar su contexto histórico, obsesión que le llevó a imaginarse descendiente de Napoleón I, a lo que se une, en segundo lugar, el lento proceso de disociación mental que le llevó a rechazar su imagen fotografiada/dibujada, como si ésta perteneciera a otra persona desconocida.
Lo primero que conseguí de Nerval, y que ahora estoy leyendo, es su Voyage en Orient, aparente registro de sus andanzas por Egipto, Palestina, El Líbano y Turquía en la década de 1840. Mi decisión se debió, en parte, por mi afición a la literatura de viajes, de la cual este libro es uno de sus mejores muestras... y como de habitual tengo que explicar esto último, no sea que alguien se lleve a engaño. Cuando pensamos en literatura de viaje, normalmente pensamos en la guía, el libro escrito para que nosotros desde nuestras casas planeemos nuestras futuras vacaciones, o en lo que los anglosajones llaman el travelogue, la lista de sitios que hay que ver, convenientemente rellenada y marcada por el viajero. La mejor literatura de viajes, por el contrario, es la que se aparta de estos dos tópicos, bien porque la lejanía en el tiempo hace imposible reencontrar en la actualidad lo narrado, tornándolo así lo escrito en documento histórico, bien porque el viaje es en realidad un viaje interior del narrador, en el que lo importante son sus peripecias y aventuras, y no tanto ese factor turístico, repetible y compartible de las guías de viajes.























