viernes, 21 de septiembre de 2007

Forests of Stone (y 1)

Mientras pensaba en el contenido de esta entrada, me he dado cuenta de como en el enrarecido ambiente político en el que vive este país, las declaraciones más inocentes pueden interpretarse como un alineamiento en un sentido u otro.

O dicho de otra manera, qué antes de decir cualquier cosa más vale presentar credenciales y pliegos de descargo, no sea que encuentre uno admiradores que no quiere.

Porque uno es ateo, pero, a pesar de eso, paradoja de las paradojas, ama profundamente la música sacra y las catedrales medievales, especialmente las góticas, al igual que ama profundamente la música antigua y no le hace ascos a los experimentos musicales ultramodernos, Por ello piensa que lo que le falta a Madrid, para ser una ciudad de verdad, es tener una catedral en condiciones y no la neocosa donde contrae matrimonio la monarquía (y si en verdad fuéramos tan centralistas haría ya tiempo que hubiéramos desmontado alguna de provincias y nos la hubiéramos traído. Personalmente, yo me quedo con la de León, por ser la más francesa, ergo, la más elegante de todas). Sin contar con que los amplios espacios de las catedrales, actualmente vacíos de fieles, visitados sólo por los turistas, le ofrecen un refugio frente al tráfico y la locura moderna. Un espacio donde todo ese ajetreo, ese bullicio, ese ruido ensordecedor que es el signo de nuestro tiempo ha sido abolido.

¿Y a que viene esta retahíla? El caso es que hace diez años pase un mes en París, hospedado en el piso que mi hermana tenía alquilado allí, por razón de los estudios que cursaba entonces. Un tiempo que ocupe, martes y jueves de cada semana, en hacer excursiones a las ciudades de alrededor, Laon, Amiens, Beauvais, Reims, Bourges, Caen, Chartres, Rouan.

A la caza y captura de las catedrales del primer gótico, de ese periodo, entre 1150 y 1250, en que surgió ese estilo y en menos de un siglo, llegó a su perfección absoluta... o mejor dicho, al punto en que las limitaciones de la técnica y los materiales de la época, le impidieron seguir evolucionando.

Para ello, para el estudio de ese estilo y esa época, es un lugar, una base de operaciones perfecta. Antes de extenderse al resto de Europa, por repetir lo archisabido, la región conocida como L'Ile de Francia se convirtió en el laboratorio donde, por así decirlo, la vanguardia realizaba sus experimentos artísticos, con lo que, en un radio de 100/200 kilómetros de París, a escasas dos horas de tren, puede uno realizar, como digo, un estudio en profundidad del nacimiento, evolución y estancamiento de un estilo artístico, algo casi imposible en otros casos (sólo se me ocurre el ejemplo de la Roma Barroca), por la dispersión de las obras o la abundancia de centros regionales.

Una tarea aburrida, se puede pensar. Piedras y más piedras, todas iguales, repeticiones y más repeticiones del mismo patrón.

Sí y no. Algo que todo amante de las vetustas catedrales europeas sabe es que cada una de ellas tiene su propio carácter. Por alguna razón, quizás por la división en feudos y ciudades independientes del medievo, los habitantes y constructores quisieron y consiguieron que la suya fuera diferente a la de sus vecinos. Algo que en el caso de estas construcciones del primer gótico se amplía más aún, puesto que cada una de ellas era un paso adelante, un bosquejo en la construcción de una nueva forma, y la cercanía entre ellas, provocaba que los arquitectos supieran perfectamente lo que se había hecho hasta entonces, lo que no se había aún conseguido, lo que quedaba aún por hacer.

Aún que esto no fuera así. Precisamente por su tamaño, las visiones que una catedral puede ofrecernos son inagotables. Sólo verla a diferentes horas del día, como la luz cambia el color de la piedra, como esa misma luz destaca en su interior unos detalles y oculta otros, basta para que visitarlas una y otra vez... sin contar con como esa luz y por tanto, la misma catedral, varía a lo largo del año, con las estaciones y con el tiempo.

Así que, no es de extrañar que, en cuanto tengo ocasión, aproveche para visitar una de ellas.

O que me entre la necesidad de narrarlas, como haré en entradas sucesivas.