miércoles, 5 de septiembre de 2007

The location of the soul

... la he colocado en el buche de un gorrión; a este lo metí en una cajita, la cajita en un cajón, el cajón en el interior de siete cajas y las cajas debajo de una losa de mármol, junto al océano de esta región, pues está lejos del país de los hombres y ninguno de ellos puede llegar hasta él...


La una y mil noches, noche 770

Había anunciado el lunes que ésa sería la última entrada que dedicase a la una y mil noches.

Me equivoqué.

Según publiqué la entrada descubrí esta otra, cuyo borrador había sido guardado el 25 de mayo, hace más de tres meses, y, como suele ocurrir en estos casos, no me acordaba ya de porque guardé ese texto y sobre todo de lo que quería contar/reflejar/divagar con él.

Bueno, en realidad, sí sé porque lo guardé. Porque era bello. En el sentido de tomar una idea, esa constante en muchas narraciones de las mil y una noches, y en general de la mitología universal, del hombre que conoce el destino y pretende inutilmente protegerse contra él, huyendo a un lugar inaccesible donde nadie pueda escontrarle, mucho menos sus asesinos, destruyendo aquel objeto, aquella persona que producirá su caida, escondiendo celosamente de todo y de todos, con cualquier medio a su alcance, el punto débil que le rendirá inerme ante sus verdugos.

Un arquetipo que busca demostrar la futilidad de las acciones humanas, cuando se trata de oponerse al destino, y que para aumentar el efecto, la resonancia entre los oyentes utiliza, como en este caso, la exageración, multiplicando las defensas, los obstaculos, las trampas, las pistas falsas, los enigmas, hasta convencernos de que ningún ser humano, nunca, habrá de llegar hasta el objeto protegido ni podrá apoderarse de él.

Por supuesto, siempre ocurre que esas previsiones, esas precauciones, esos planes largamente meditados y no menos magistralmente ejecutados acaban por fallar y el destino predicho se cumple inevitablemente. Porque esa misma seguridad, ese sentimiento de haber vencido a lo que ha sido escrito, se convierte en orgullo y soberbia, en jactancia suicidad que hace abandonar finalmente toda precaución, y muchas veces termina con que es la propia víctima quien revela su debilidad, como encontrarla y como aprovecharla, a sus propios ejecutores.

Así ocurre esta historia, puesto que el genio, el Djinn, que tan celosamente guarda su propio corazón de los enemigos, acabará revelando ese secreto, a nosotros, los lectores, y la mujer que había raptado, hecho prisionera y finalmente terminado locamente enamorado de ella, sin saber que ella jamás le había perdonado la violencia primera y que sólo esperaba la llegada de alguien, de otro hombre, con el que, una vez puesta en práctica su venganza, poder abandonar aquellos lugares alejados del resto de la humanidad donde había sido recluida.

Con lo que al final, él mismo habrá sido el responsable de su propia caída y nadie más.