jueves, 13 de septiembre de 2007

Cheating the ear

Por una casualidad de mis compras musicales, me encuentro estas últimas semanas escuchando, casi en bucle, la Selva Morale e Spirituale (Siglo XVII) de Monteverdi , una Selección de Misas (siglo XVI) de Pier Luigi de Palestrina y el Requiem (Siglo XV) de Ockeghem.

Un auténtico empacho de Polifonía medieval y Renacentista, más la mezcla/compendio de antigüedad y modernidad que es característica de Monteverdi, algo inusitado en estos tiempos de combate artístico y estético entre viejos y jóvenes.

Pero hay algo más sorprendente, un pequeño detalle que nos resultaría repelente, digno de acabar con la carrera de cualquier artista que se atreviera a repetirlo en nuestros tiempos. El caso es que en la magnífica edición de la Selva que estoy escuchando, grabada en una abadía románica de Francia, dos piezas, el Iste Confessor Secondo y el Ut Queam Laxis comparten la misma música, idéntica hasta la última nota, de manera que ambas piezas dura unos exactos tres minutos, once segundos.

Un efecto multiplicado, porque los compiladores de la edición las han hecho coincidir en el mismo disco, el último, justo una a continuación de la otra.

Si juzgásemos con los criterios de ahora, como digo, nuestra opinión del artista se vería inmediatamente disminuida. No se trata de otra cosa que de un autoplagio. El último recurso de un artista que ha perdido su talento y que trata de reutilizar material antiguo, para continuar comiendo de su profesión. Algo muy triste y muy lamentable, pero que si se es riguroso hay que denunciar con toda dureza.

¿Seguro?

Como he dicho ambas piezas tienen la misma música, idéntica. No se ha cambiado ni una sola nota, ni siquiera el ritmo. Lo único que ha variado es la letra a la que se aplica. Algo que para , cualquiera que entienda un poco de composición, o simplemente de música, es en sí una proeza. Cuando se compone bien, música y palabra llegan a fundirse en un bloque, como si ambas creaciones independientes parecieran necesitarse obligatoriamente. Basta variar una sola nota, variar una sola palabra, para que el edificio se desmorone y aquello se convierta en el mayor de los ridículos.

De ahí el genio de Monteverdi, el haber conseguido componer una música que es aplicable a textos completamente dispares, y que, en ambos casos, parece responder y obedecer al sentido que las palabras le dictan. Un juego culto, destinado a eruditos, muy propio del último renacimiento, teñido de Manierismo, y el primer Barroco, en el que vivió el artista italiano.

Hay algo más sin embargo. Algo que es aún más sorprendente para nuestros dogmas culturales, aquellos que representan el culmen de la evolución artística occidental y, por ende, la de la humanidad.

El caso es que estos compositores sacros, Monteverdi, Palestrina, Ockhegem, trabajan con los mismos textos. El conjunto de himnos, cánticos, preguntas y respuestas que componían el rito de la liturgia católica.

Primera paradoja. Sin quererlo tendemos a suponer que todo texto exige necesariamente una música (o que todo guión exige una forma de ser rodada). Una música en la que el texto alcanzará su perfección y convertirá al resto en meros ensayos. Sin embargo, como digo, cada uno de estos artistas musicaba a su manera, con su propio estilo particular estos mismos textos, y la mayor parte de ellos lo hacía varias veces durante su vida, de forma que es posible descubrir los cambios en su estilo y sus preferencias, así como los tics y los manierismos.

Sin embargo, es imposible decir que unos sean mejores que otros. Que la versión de Monteverdi sea superior a la de Palestrina, o esta a la de Ockeghem. O que tal versión de Monteverdi sea mejor que otra anterior o posterior del mismo artista.

Lo único que se puede decir es que son distintas. Cada una hermosa, perfecta, completa en su propio estilo y a su propia manera.

Porque algo que caracterizaba a estos artistas es que conocían de memoria esos textos, los escuchaban todos los domingos en misa, los musicaban una y otra vez, hasta saberlos de memoria, hasta que cada sílaba se convertía en parte de ellos mismos.

Lo cual les daba una libertad que nosotros no podemos soñar. Porque no tenían que preocuparse por componer un texto, ni por aprenderlo, sino que podían ocuparse únicamente de la música, tejer despreocupados sobre una trama que conocían tan bien como sus propios cuerpos.

Todo lo contrario de nuestros ideales estéticos de ahora mismo, donde hay que ser eternamente original, o al menos pretenderlo, y estar siempre reinventándose a sí mismos, persiguiendo novedades que no lo son tanto, y demostrando en todo momento que se es mejor que los que le precedieron a uno.