jueves, 27 de septiembre de 2007

Civil Wars

In the resulting torrents of books, television documentaries and public events, the Spanish Civil War is refought as a war of words

Paul Preston, the Spanish Civil War

Like other commander and senior officers, Colonel Casado thought that there might be a better chance of professional army officers obtaining better terms for surrender than a regime controlled by Negrin and the communists. He was not one of those who hope to save their lives, or perhaps also their professional careers, through a last minute betrayal. But he was naive to believe that their military links and a record of anticommunism would sway Franco. The last thing Franco wanted was for anyone else to be in the position of claiming that they have saved Spain from communism.

Antony Beevor, The Battle For Spain.

En estos últimos meses he estado leyendo varias historias sobre la república y la guerra civil, en concreto, la escrita por Julian Casanova para la Historia de España editada por la editorial crítica, junto con con las que cito arriba, de Preston y Beevor.


Lo primero, lo justo que es la frase de Preston, como 70 años más tarde, la guerra civil se sigue librando, no ya en los campos de batalla, sino sobre el papel. O lo que es lo mismo, como no hay una versión común que sea popularmente aceptada por todos, excepto por algunos revisionistas, como podría ser el relato de la segunda guerra mundial, sino que se sigue narrando de acuerdo con la ideología de cada uno, casi repitiendo los términos dictados por la propaganda de cada uno. De manera que aceptar que tal matanza existió, o que tal personaje mintió, o que tal otro era el títere de tal partido, o que parte de la culpa pudiera residir en cuales, parece una rendición ante el enemigo, algo, que no puede tolerarse en una guerra a muerte, aunque sea como digo de papel.


He hablado, con toda intención, de una versión común que sea popularmente aceptada por todos. Si nos movemos al ámbito académico (y por ámbito académico no hablo de Pio Moa o César Vidal, que no pasan de ser unos avispados panfletistas), si que parece haber una cierta unidad o al menos coincidencia de criterios. Notable es la coincidencia, por ejemplo en señalar las atrocidades cometidas por el bando nacional, como resultado de una política establecida desde arriba y continuada durante toda la guerra, mientras que la restauración de las instituciones repúblicanas, tras el caos de los primeros meses, permitió que los actos descontrolados, las represalías indiscriminadas contra el bando contrario fueran desapareciendo.


Esta unicidad, sin embargo, no implica que no haya debate. Los años de lucha política, hasta hoy mismo, han provocado que mucho de lo dicho y escrito, pueda considerarse como propaganda partídista, intentando hacer caer la responsabilidad en el otro, o un intento de exculpación personal. Una maraña de la cual, como podría esperarse , sólo la investigación documental, el peinar una y otra vez los archivos, puede ofrecer una salida. En ese sentido, la apertura de los archivos de la antigua URSS ha sido crucial para desmontar ciertos mitos, por ejemplo, la famosa cuestión del oro de Moscú.


Sin embargo, como digo, quedan aún muchos puntos de debate. Un debate que muchas veces es sobre cuestiónes, por así decirlo de grado, no sobre si ocurrieron o no. Un ejemplo sería la valoración de la figura de Negrín, al que la propaganda nacional teñía de títere de los comunistas, y sobre la que aún no se puede decir la última palabra, o mejor dicho, donde cada estudioso nos revela a un Negrín distinto, desde el que retrata Preston, que intenta liberarse de los comunistas para restaurar la república del 36, al que retrata Beevor, que los utiliza para crear un régimen autoritario personal. Sin contar, por otra parte, las discrepancias sobre el auténtico poder e influencia de un partido comunista que, como todos sus homónimos de la época, seguía a rajatabla las consignas de Stalin, y buscaba fagocitar o destruir al resto de formaciones de izquierda, hasta quedar sólo él.


Pero, ligado a esto, hay otro punto, aún más doloroso, al menos para mí, y que señala muy bien el texto de Beevor. Si entre los herederos del bando nacional, hay una coincidencia en defender el alzamiento, la figura de Franco y su sistema, a pesar de las diferencias entre los diferentes corrientes, entre los herederos del bando republicano se refleja la guerra civil dentro de la guerra civil que enfrentara principalmente a anarquistas y comunistas. Un conflicito y que al final devoraría a ambos grupos y a la república, y que impidé evaluar las virtudes y vicios de ambos movimientos a menos que se quiera ser atacado por uno de ellos, como demostró la violenta reacción con que se acogiera Tierra y Libertad de Loach, claramente proanarquista y antiestalinista, y que llevó incluso a rodar Libertarias, para defender en el celuloide las tesis comunistas.


Un encastillarse en sus propias decisiones, que llevaría al absurdo de los últimos meses de la guerra, con el ejército de la república rebelándose contra el gobierno de la república. Un estado de cosas en el que nadie tenía razón, pues, al contrario de lo que pretendía Negrín, la resistencia era imposible y no llevaría más que a una matanza inútil, mientras que, al contrario de lo que pensaban Besteiro y Casado, Franco nunca toleraría un compromiso que permitiese una rendición honorable de las fuerza repúblicanas.


Una situación sin salida, donde un camino llevaría a una matanza inutil y el otro no lograría salvar a todos aquellos condenados por el espíritu de revancha de los ganadores.