martes, 11 de septiembre de 2007

Across the wide world (y 2)

Hace siete años, en el 2000, antes de que entrásemos en este nuevo periodo de locura e incertidumbre al que nadie es capaz de ver el final, estuve viajando por Uzbekistán.

Por supuesto, en aquel entonces, nadie era podía imaginarse que el mundo se dividiría de nuevo en facciones irreconciliables, y que, aunque no lo quisiéramos, habríamos de separar a los seres humanos en amigos y enemigos, según nos lo dictasen religiones, ideologías e intereses.

De hecho, en aquel tiempo era posible soñar que el mundo era uno, y que no había diferencias entre los hombres... aunque eso fuera tan falso en aquel entonces como lo es ahora.

Así no es de extrañar que en la noche que pasamos en Urgench, justo al lado del Mar de Aral, al ver desde las ventanas del hotel que, al otro lado del río, se celebraba una fiesta popular, ninguno se preguntase si habría algún peligro en bajar, cruzar a la otra orilla y curiosear un poco, a ver como era el ambiente.

No ocurrió nada, por supuesto. Los habitantes del lugar estaban demasiado ocupados por disfrutar de su fiesta, casi idéntica, en aquel antiguo país comunista, a cualquiera de las europeas, como para reparar en unos cuantos extranjeros, que, en ese instante, no se comportaban como turistas, puesto que habían dejado cámaras, guías, bolsos, en el hotel, y se limitaban a vagar entre la gente, con mirada distraida, cansados del trajín del día.

Así que, cansado, somnolientos, acabamos sentándonos bajo unos pórticos, sin ganas de hablar entre nosotros, para al poco perderse cada uno en sus propios pensamientos.

Aún la veo.

Era una niña muy joven, nueve diez años, y se puso a bailar sola, despreocupada de quienes pudieran estar observándolas, ensimismada en su baile, ausente de todo lo que no fuera ese físico, tan simple y tan reconfortante, que consiste en sumergirse en la música, dejarse llevar por ella, sincronizar cada movimiento del cuerpo con su ritmo

Parecía feliz. Absorta en ese placer, no podía imaginarse mayor felicidad. Esa felicidad que parece eterna, sin principio ni fin, pero que es sólo un breve momento de la existencia, desaparecido antes de poder darse cuenta, antes de poder saborearlo por entero.

Por supuesto, a pesar de mi fascinación, yo no podía menos de pensar en la diferencia de nuestros destinos, en el inmenso e injusto abismo que nos separaba. A pesar de no ser de la elite, más bien uno de tanto, mis escasos recursos me habían permitido cruzar medio mundo hasta llegar a esa ciudad y en cuantos días estaría de vuelta en casa, rodeado de todas mis comodidades, calefacción, comida hasta hartarme, todo tipo de distracciones con las que aliviar el vacío interior creado por mi propio bienestar.

Ella continuaría viviendo allí. Seguramente moriría, mucho más joven que yo, en el mismo lugar en el que había nacido, sin conocer la mayoría de las comodidades que yo daba por supuestas, es más que exigía como si fueran derechos básicos e inalienables.

Su vida no sería fácil. Uzbekistan es un país que se enfrenta a una catástrofe ecológica inconcebible para nosotros. Ubicada en medio de desiertos inmensos, el agua del Sir Daria y el Amur Daria ha sido desviada para la agricultura, sólo que esa agricultura no está destinada a alimentar a la población, sino para cultivos de exportación, como el algodón, el arroz y la caña de azúcar, que requieren inmensas cantidades de agua y no menos inmensas cantidades de fertilizantes, pesticidas y defoliantes, con la terrible consecuencia de contaminar esa misma tierra y ese mismo agua que son el sostén económico de Uzbekistán, envenenando de rebote al pueblo que lo habita y hurtándole sus medios de subsistencia.

Una situación para la que no hay marcha atrás.

Se podría pensar en abandonar esos cultivos, gestionar mejor el agua, limpiar las aguas y las tierras. Pero para unas tareas el estado no tiene dinero, ni recursos suficientes, y para las otras, la población ha crecido tanto que su propia existencia, paradoja de las paradojas, depende de aquello mismo que le mata lentamente.

Por supuesto, podríamos, desde nuestra postura de occidentales, concienciados ecológicamente, acusar a regímenes extintos, como el de la antigua URSS, de la locura medioambiental del país, o fustigar la inercia de los habitantes actuales, que no quieren darse cuenta del problema y no se preocupan en resolverlo.

Pero quizás deberíamos pensarlo, si nuestro respeto ecológico, aquí en occidente, no se debe a que estamos exportando todo aquello que contamine, cultivos, minería, industria, al tercer mundo, en una nueva encarnación perversa del colonialismo y del imperialismo de antaño.

En resumidas, si yo, el visitante curioso y despreocupado, no soy tan responsable como políticos y grandes corporaciones, nuestro chivos expiatorios habituales, del triste destino que espera a la niña que veía bailar hace siete años.