lunes, 3 de septiembre de 2007

No way out (y V)

Mi noche fue larga entre pesares e insomnio
Mi cuerpo ha adelgazado y mis pensamientos se han multiplicado.
Me levanté para recorrer otra vez mi morada y otra las habitaciones del harén.
Mis ojos distinguieron una persona negra que era blanca pues se ha había tapado con los cabellos.
¡Qué mujer como la luna llena cuando resplandece, como la rama de sauce a la que recubre el pudor!
De un trago me bebí la copa; después me volví y la besé en el lunar.
Se despertó temblando como una rama bajo el peso de la lluvia.
Después se levantó y me dijo: "¡Oh fiel a Dios! ¿Qué ocurre!"
Contesté: "Es un huesped que llama a vuestro barrio, que espera que le deis alojamiento hasta la llegada de la aurora"
Me replicó lleno de Alegría: "¡Señor mío! ¡Honro al huesped con la vista y el oído!"

La una y mil noches, noche 340

Ésta será la última entrada que dedico a La una y mil noches. Terminé su relectura hace ya meses (fue en abril cuando creé esta entrada) y poco a poco los detalles se van desvaneciendo. De hecho, recordaba este texto de otra manera bien distinta y me ha costado un poco adaptar el recuerdo que guardaba, el recuerdo de la impresión que me produjo, a las palabras que figuran aquí arriba. Por ello, voy a intentar ser conciso, tratando de no divagar, de no alejarme demasiado del texto que he incluido.

La primera reflexión, es que este texto aún bello, no lo sería tanto si eliminase, como yo he hecho, el contexto al que pertenece. El caso es que el cuento en el que se haya, comienza como una más de las aventuras del Califa Harum al Rashid, al que encontramos una y otra vez en la una y mil noches. Un califa aficionado a vestirse como las gentes del común, y así disfrazado, salir en mitad de la noche a vagar por las calles de Baghdad, acompañado sólo por su visir Jafar y por Masrur, el portador de la espada que administraba justicia. Unas expediciones que le servían para conocer el sentir de su pueblo, siguiendo ese arquetipo tan repetido una y otra vez del buen gobernante, que necesita conocer la verdad, mejor dicho, que necesita saber todo lo que aduladores e intrigantes le ocultan.

En esta ocasión, sin embargo, la aventura tiene lugar en el palacio, y parece reducirse a un simple encuentro erótico, ése descrito en el poema, excepto porque a la mañana siguiente, el califa manda llamar al mejor poeta de su corte y le pone a prueba. Si tan grande es su arte, dice, con sólo un verso, será capaz de reconstruir lo que ocurrió la noche anterior. Si no es capaz, amenaza, no merece el título de poeta, ni los honores conferidos, sino ser humillado ante toda la corte.

Un desafío del que el poeta sale airoso sin ningún esfuerzo. Por tres veces.

Como si el arte fuera realmente un medio de conocimiento. El único noble y posible. El que descubre lo oculto y lo muestra a los ojos de la gente, de manera que hasta los necios y los bobos son capaz de comprenderlo, recreándolo más bello y más hermoso de lo que en realidad era, incluso para aquellos que fueron testigos de esos acontecimientos.