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martes, 24 de marzo de 2015

La polilla y el orín

A todo esto nos dicen que desaparecerán juntos el cristianismo y la civilización occidental o grecorromana y que vendrá por el camino de Rusia y del bolchevismo una civilización, o como quiera llamársela, una civilización asiática, oriental, de raíces budistas, una civilización comunista. Porque el cristianismo es el individualismo radical. Y, sin embargo, el verdadero padre del sentimiento nihilista ruso es Dostoyevski, un cristiano desengañado, un cristiano en agonía.

Miguel de Unamuno, La agonía del critianismo.

Leía este Unamuno recientemente, un ensayo que se me escapó siendo joven, y mi primera constatación fue lo diferente que soy en la actualidad de mi versión adolescente, la de allá por los primeros años ochenta del siglo XX. Digamos que mientras que ahora mi posición religiosa es la de un ateo al que los problemas de la trascendencia han dejado de preocupar, que no de interesar, en aquel entonces aún me debatía entre las opciones de la fe - cristiana, dada mi educación - y las del agnostiscimo. En ese contexto, no es de extrañar que los textos de Unamuno, con su ardiente prosa inspirada en Kierkegaard, resonaran con especial fuerza en mi interior.

La agonía del cristianismo se puede considerar como un producto tardío de la resolución de una crisis religiosa, la experimentada por Unamuno en su juventud, que en su caso se decantó a favor del cristianismo, aunque no completa ni declaradamente ortodoxo. Sin embargo, el concepto de crisis religiosa es bastante engañoso. Solemos pensar en un tiempo de tensión y lucha, de agonía en el sentido que utiliza Unamuno, que ocupa un breve periodo vital, para resolverse de forma dramática y repentina. No fue ése mi caso, en el que debería hablarse más bien de lento deslizar, de paulatina erosión de las concepciones y convicciones recibidas, hasta que un día, sin drama alguno, el problema original se desvaneció por sí mismo, llevándose consigo todas sus dudas, preocupaciones y contradicciones.