Mostrando entradas con la etiqueta estalinismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta estalinismo. Mostrar todas las entradas

domingo, 13 de junio de 2021

Sólo una matanza sin sentido (yV)

Es como una respiración queda, un bisbiseo, un susurro leve. Una rama cruje. La hoja de un abedul cae dando vueltas. Un gran pájaro vuela entre las copas. Una ardilla trepa por el trono de un pino. Y de repente «oigo» la mirada de los centinelas enemigos, que están ahí delante, a doscientos metros. laquo;Oigo» que me miran. Contengo la respiración. A nuestra derecha se oye un grito prolongado, un grito convulso, doloroso, un grito prolongado que parece una carcajada. Es casi una carcajada, dura, sardónica. Parece el grito de una ardilla. Y en seguida una ráfaga de metralleta interrumpe la carcajada. Las balas nos pasan silbando por encima de la cabeza. (Alguien camina por la nieve, ahí delate: Se oyen ramas que crujen, una respiración jadeante). Después se oye el silencio

Curzio Malaparte. El Volga nace en Europa

Ya les he relatado, en entradas anteriores, la extraña evolución política de Curzio Malaparte. De fascista de primera hora, participante en la Marcha sobre Roma que llevó a Mussolini al poder, a simpatizante comunista durante la postguerra del segundo conflicto mundial: sin olvidar, entre medias, un largo periodo de opositor al régimen fascista italiano, con continuos destierros y temporadas en prisión. Si no acabó siendo enviado a un campo de concentración -o directamente ejecutado- fue gracias a sus contactos en las elites italianas -que velaron por destinarle a lugares donde no sus accione no molestara demasiado- junto con su suerte en encontrarse en lado apropiado en el momento oportuno -como cuando la rendición italiana de 1943 le pilló en Nápoles, a punto de ser ocupada por los aliados y no en los territorios de la infame República Social Italiana-.

Entre esas casualidades afortunadas se cuenta su destino al frente ruso, como corresponsal de guerra, al comienzo de la operación Barbarroja, en junio de 1941. Lejos de Italia, reducido su contacto con la patria a las crónicas que enviaba, sus posibles roces con las autoridades quedaban muy reducidos. A pesar de encontrarse en zona de combate, su seguridad personal parecía hallarse garantizada. Aun así, en septiembre de 1941, las autoridades militares alemanas solicitaron que se le apartase del frente de Ucrania, descontentos con el tono de sus reportajes. Su nuevo destino fue una región secundaria en el transcurso del conflicto: Finlandia, donde las operaciones habían quedado estancadas a los pocos meses de guerra. Tanto por voluntad de los propios finlandeses -interesados sólo en recuperar los territorios perdidos en la guerra de invierno de 1940- como la incapacidad alemana para superar la resistencia soviética en un territorio, Laponia, donde el clima y el paisaje eran enemigos tan peligrosos como el oponente.

El Volga nace en Europa es una recopilación de los artículos que Malaparte escribió desde Ucrania y Finlandia. Como pueden imaginar, tienen una relación directa con lo que relató en Kaputt. Tanto porque esa novela fue escrita -en secreto y con grandes precauciones- en paralelo a los artículos, como por constituir una elaboración -sin censuras ni circunloquios- de lo que en ellos se narraba. Se esperaría un Kaputt en borrador, con su misma sinceridad descarnada, lo que justificaría el veto de las autoridades alemanas a la actividad periodística de Malaparte. Sin embargo, comparados con la novela, parecen bastante comedidos, cuando no timoratos. Una lectura superficial no descubre motivo alguno que justifique la ira de los militares nazis, ni el destierro de Malaparte a un lugar perdido como la Laponia finlandesa. ¿Qué había ocurrido en realidad?

sábado, 20 de marzo de 2021

Sólo una matanza sin sentido (I)

 -Yo ya he perdido la costumbre de actuar -respondí-. Soy italiano. Después de veinte años de esclavitud, los italianos ya no sabemos actuar, ya no sabemos asumir responsabilidades. Como al resto de italianos, a mí también me han roto el espinazo. En estos veinte años hemos dedicado todas nuestras energías a sobrevivir. Ya no servimos para nada. Sólo sabemos aplaudir. ¿Quieren que vaya a aplaudir ante el general Von Schobert y el coronel Luppo? Si quieren, puedo ir hasta Bucarest para aplaudir al mariscal Antonescu, al Perro Rojo, si eso les va a ayudar. Más no puedo hacer. ¿O es que quieren que me sacrifique por Ustedes inútilmente? ¿Quieren que me sacrifique en plena plaza Unirii para defender a los judíos de Iasi? Si pudiera, me habría sacrificado en una plaza de Italia para defender a los italianos, Ni nos atrevemos a actuar, ni sabemos cómo hacerlo, ésa es la verdad -concluí girando la cabeza para ocultar el rubor de mi rostro.

Curzio Malaparte, Kaputt

El nombre de Malaparte pertenece, de siempre, a mis referencias literarias, a pesar de no haber leído, hasta ahora, ninguna de sus novelas. En mis primeras lecturas sobre la Segunda Guerra Mundial, una historia del conflicto con claro enfoque italiano, su nombre aparecía una y otra vez, siempre con las mejores referencias. No ha sido hasta el 2020 cuando al fin me he atrevido con  su obra, al leer en un suplemento cultural que se iba a publicar una nueva traducción de su novela Kaputt, partiendo base la versión más o menos definitiva, restaurada y corregida, del texto. La experiencia no ha podido ser mejor: ha sido otro de mis descubrimientos deslumbrantes del año pasado, con los que he podido sobrevivir a la locura de la pandemia. El impacto ha sido de tal magnitud que empecé a comprarme libros de Malaparte, en especial aquéllas inspiradas por otra locura, esta vez humana: la Segunda Guerra Mundial y el holocausto.

Malaparte es uno de esos escritores que no se pueden entender disociados de su biografía -en realidad obra y vida no se pueden separar en ningún caso, algún día les contaré mi opinión-. Sus dos obras mayores, Kaputt y La piel, se pretenden diarios novelados de las experiencias del escritor durante la Segunda Guerra Mundial. De hecho, Kaputt es una extensión/releboración de las crónicas periodísticas que el escritor enviaba desde el frente: Ucrania en el verano de 1941, Finlandia en el invierno de 1942-43, recopiladas luego en El Volga nace en Europa. Sin embargo, esta imbricación literatura-vivencias no se detiene ahí: para entender lo que nos cuenta Malaparte en esa novela, así como su rabia, radicalidad e hipérbole, es crucial entender la evolución política del escritor.

martes, 9 de febrero de 2021

El infierno en la tierra (IV)

Las debilidades -bien conocidas- de la red de carreteras, la sobrecarga, la indisciplina generalizada, las destrucciones soviéticas tuvieron más efecto que las inclemencias del tiempo . Por otra parte, no se puede negar que ellas han agravado la situación, en especial en los vados y las zonas pantanosas. La acción acumulada de todos los factores provocó un embotellamiento gigantesco en todas las rutas de un área del tamaño del Benelux, que multiplicó por tres, cinco o diez el tiempo necesario para los desplazamientos. El general Heinrici escribió a su mujer que un camión necesitaba, en el mejor de los casos, «treinta y seis horas para recorrer treinta y cinco horas. A veces se escucha eso no es posible. Y, sin embargo, hay que hacerlo, aunque sea lentamente »... El barro tiene poco que ver con esa situación de penuria. A partir del diez-doce de octubre, la Wehrmacht pierde poco a poco sus principales bazas: la potencia de fuego, la colaboración entre armas y la movilidad. Los Junker 52 arrojan lo que pueden sobre las puntas de lanza motorizadas, pero la mala visibilidad disminuye el número de vuelos. Se necesitan 220m3 de gasolina para que una división panzer avance sesenta kilómetros, lo que requiere cien trimotores, es decir, la mitad de la flota disponible. Las provisiones no llegan ya. Hay que vivir del país, forrajear como en tiempos Napoleón... y condenar a muerte a las familias campesinas, desprovistas de todo.

Jean Lopez/Lasha Otkhemezuri. Barbarrosa, 1941, La guerra absoluta.

En la entrada anterior, les había indicado como los ejércitos nazis habían detenido su avance en agosto de 1941, tras los fulgurantes éxitos iniciales.  El alto mando soviético, equivocando su análisis de la situación, había creído que sus esfuerzos por detener a las divisiones acorazadas alemanas habían tenido éxito. Sin embargo, en realidad se trataba de una pausa táctica, para descansar y reorganizar las tropas con vistas a un segundo salto, que se pensaba ya definitivo. Éste habría de realizarse en dos etapas: la primera, en septiembre, un ataque hacia el sur para embolsar a las tropas soviéticas en torno a Kiev, abriendo así las puertas de Ucrania; la segunda, en octubre, un ataque frontal en dirección a Moscú, tras cuya captura terminaría la guerra, probablemente antes de Noviembre.

Los dos ataques fueron un desastre para las tropas soviéticas peor que las derrotas de julio, En Kiev, los alemanes capturaron unos seiscientos mil prisioneros; la misma cantidad que, un mes más tarde, en la doble bolsa de Viasma-Briansk. A finales de octubre ya no quedaban tropas de importancia entre los alemanes y Moscú, donde cundió el pánico. Ante la huida precipitada de miles de funcionarios del partido, la ciudad permaneció varios días en un caos prerrevolucionario, hasta que las autoridades soviéticas consiguieron recuperar el orden. Contra todo pronóstico, el ejército nazi no había continuado su avance, que sólo sería retomado a mediados de noviembre. ¿Por qué?

sábado, 6 de febrero de 2021

El infierno en la tierra (y III)

 El 29 de junio, muy agitado, - nos dice Zukov- Stalin «se dirigió dos veces al comisariado popular de la defensa y a la Stavka del alto mando. las dos veces, su reacción ante la situación de la dirección estratégica fue violenta». El futuro mariscal no precisa que el Vojd le había agredido verbalmente, reprochándole ser «impotente» y &ñlquo; de no representar a nadie ni mandar en nada». Como de costumbre, Stalin buscaba un responsable de un desastre que no quería asumir. Lo encontró en la persona del comandante del Frente del Oeste, Dimitri Pavlov. De pasada, liquidaba así una antigua cuenta con el hombre que se había atrevido a criticar las purgas de 1937, durante las reuniones mantenidas tras la guerra de Finlandia. Quizás, en ensañándose con Pavlov, uno de los cinco generales más capaces del Ejército Rojo, enviaba una mensaje de advertencia a los cuadros militares de mayor rango y más condecorados.

Jean Lopez/Lasha Otkhemezuri. Barbarrosa, 1941, La guerra absoluta.

miércoles, 3 de febrero de 2021

El infierno en la tierra (y II)

Lo más sorprendente de este ramillete de predicciones falsas es que parte de premisas a menudo ciertas. Sí, la oficialidad del Ejército Rojo es, en 1941, inferior a su adversario, pero puede aprender, y deprisa. Sí, la economía soviética es frágil y mal dirigida, pero sabe producir de modo masivo, improvisar, movilizarse en medio del caos que ella misma genera. Sí, los campesinos serán renuentes, a diferencia de 1812, a la hora de tomar las armas contra el invasor y más bien buscaran un acomodo; al menos mientras esperen ser tratados mejor por Hitler que por Stalin. Sí, a pesar del delirio racial y antibolchevique del Estado Mayor alemán, es patente el fracaso de los servicios de información y el análisis estratégico de Hitler,que pensaba que la Unión Soviética era una presa a merced del Tercer Reich. Habría que haber utilizado en su contra sus debilidades internas, como lo había hecho la Alemania de Guillermo II en 1917, utilizando la carta de Lenin. Pero no quiere ni oír la utilización del resentimiento nacional y social de ucranianos y báliticos, Esas fuerzas sólo las utilizará, durante las semanas siguientes a la invasión, para atizar los progroms y reclutar una policía nativa. En lo que se refiera a las « viejas tierras soviéticas», es decir, « la antigua Moscovia», ni se plante buscar apoyos allí. Dos días antes de la ruptura de hostilidades, Rosenberg, encargado desde el 20 de Abril de « la cuestión del espación de la Europa del este» martillea a su pequeño estado mayor: «no libramos u ahora una cruzada contra el Bolchevismo con el fin de salvar a los pobres rusos de ese bolchevismo, sino para desarrollar una política mundial alemana y dotar de seguridad el Reich»

Jean López, Lasha Otkhemezuri. Barbarroja; 1941, la guerra absoluta.

 En la entrada anterior, les señalaba como el ataque aleman del 22 de junio de 1941 contra la URSS, la operación Barbarroja, había sorprendido al Ejército Rojo en el peor momento, en medio de una reorganización y redespliegue, sin encontrarse además en estado de alerta frente a una guerra que la jerarquía sabía que era inevitable.  La responsabilidad, en último término, por esa imprevisión recae sobre Stalin quien, en su obsesión por no provocar a Hitler, evitó cualquier medida preventiva que pudiera servir de casus bellí al enemigo. Sin embargo, si la operación Barbarroja fue una catástrofe para la URSS, a la larga se tornaría un desastre irremediable para el Tercer Reich. En tal medida, que hay estudiosos que consideran que Hitler perdió la guerra en ese momento: al lanzar la  invasión de la Unión Soviética.

¿Por qué? En primer lugar, hay que tener en cuenta que, para Hitler la destrucción de la URSS fue siempre el objetivo final de la guerra. Así se señalaba en el Mein Kampf, ya en los años 20, y a él volvería una y otra vez, como la obsesión que era, en todos los instantes de su carrera. De hecho, puede decirse que el pacto de no agresión germanorruso fue producto del azar, así como que el periodo 1939-1941 fue una distracción indeseada. En realidad, si la URSS y Alemania firmaron ese pacto, unas semanas antes del estallido del conflicto, fue por dos factores externos que no entraban en los cálculos de ninguno: la testarudez de Polonia y la indolencia de Francia e Inglaterra. 

sábado, 30 de enero de 2021

El infierno en la tierra

Para concluir, el Ejército Rojo, dados sus planes de movilización y de operación, concentró un máximo de tanques y de aviones a menos de 300 kilómetros de su frontera occidental -al alcance del enemigo-, sin tener los soldados y los oficiales necesarios para conducirlos al combate en las cifras previstas. Además, hizo depender su despliegue de dos hipótesis irreales: el enemigo concedería un respiro para completar la movilización o bien se podrá movilizar de modo clandestino. Aunque, de hecho, será incapaz de librar una defensa estratégica al igual que una ofensiva estratégica, quedándose a mitad de camino. Debido a esa concentración en la vanguardia, en especial de la aviación, y de que la línea Molotov quedó incompleta.no consiguió otra cosa que exponerse a un golpe violento al abrigo de la sorpresa. Tampoco estaba preparado para responder al ataque con el contraataque, dada la impotencia de las fuerzas mecanizadas y de su incapacidad logística a la hora de avanzar fuera de sus fronteras. Más adelante veremos como la creación de una segunda concentración estratégica de cinco ejércitos tampoco permitió influir sobre la ofensiva o la defensa. Demasiados lejos de  primera linea, desprovistas de transporte adaptado, esas fuerzas no podían acudir en ayuda de los defensores en dificultades o, al contrario, de atacantes que tuvieran éxitos iniciales. Ésta decisiones desastrosas no son obra de Stalin, sino de los diferentes comandantes supremos del Ejército Rojo, de Tukachevski a Timoshenko y Zukov.

Jean Lopez y Lasha Othmezuri. Barbarroja: 1941, la guerra absoluta.

Ya les he comentado, en ocasiones anteriores, el grato descubrimiento que me han supuesto los libros de Jean Lopez, sobre la Segunda Guerra Mundial. Lopez pertenece a un grupo de historiadores del conflicto quienes, en los últimos veinte años, ha reevaluado la interpretación y las conclusiones normalmenete aceptadas, permitiendo así eliminar multitud de mitos. En especial, los generados por la propaganda bélica de uno de las bandos, que luego se mantuvieron en las décadas sucesivas, al servir como excusa de pifias y atrocidades. Por ejemplo, la imagen del ejército alemán como una maquinaria perfecta, preparada de antemano para llevar a cabo la Blitzkrieg -la guerra relámpago- fue muy útil para exculpar al ejército francés de su derrota cataclísmica en 1940. Ante un enemigo tan poderoso, poco se podía hacer o intentar. Sin embargo, las investigaciones recientes han demostrado que la Blitzkrieg de mayo de 1940 ocurrió un poco a contrapelo. La superioridad técnica aliada podía haberla parado en seco, si sólo sus mandos no hubieran quedado presos en la mentalidad de 1940: batallas prolongadas de desgaste, en las que convenía no arriesgarse y había que ahorrar material para más adelante.

En Barbarroja, Jean Lopez, junto con Lasha Othmezuri, nos narra el primer año, 1941, de la Operación Barbarroja, así como los prolegómenos que llevaron a la invasión Nazi del territorio de la URSS. Son 850 páginas de letra apretada en la que se llega un nivel de detalle que roza la obsesión. Por ello, me limitaré a señalar algunos detalles, ya que una comentario exhaustivo es casi imposible. Hay que señalar, antes que nada, que la operación Barbarroja es para mí uno de los tres hechos determinantes de la Segunda Guerra Mundial. Los otros dos son el ataque contra Pearl Harbour y el holocausto, que convirtieron, respectivamente, la guerra europea en mundial, mientra que el otro nos embarcó en la era del genocidio La operación Barbarroja, por su parte, transformó un conflicto "clásico", donde aún había ciertas restricciones morales a la conducción de las operaciones, en una guerra total ideológica, cuya  prioridad era el exterminio total del contrario, en el frente y en la retaguardia.

martes, 8 de enero de 2019

Al borde del apocalipsis (y V)

El programa (de rescate de los bancos americanos) escandalizó a muchos por el descaro con que se ayudaba a las empresas. Un grupo de más de doscientos economistas universitarios criticaron que se diese ese subsidio a los inversores a costa de los contribuyentes y Stiglitz lo calificó como «el gran atraco norteamericano» producto «del soborno y la corrupción«. Bernanke lo defiende como necesario para evitar el desplome; pero no deja de reconocer que algunos directivos de Wall Street debieron ir a la cárcel, «porque todo lo que falló o que era ilegal lo había hecho un individuo, no una entidad abstracta».

No se debe olvidar, por otra parte, que los mismos políticos que aprobaron el rescate de los bancos se negaron a votar un plan para extender los beneficios del subsidio de paro a ochocientos mil norteamericanos sin trabajo. Era un hecho que reflejaba la gran diferencia entre esta sociedad insolidaria y la Norteamérica del New Deal, donde Roosevelt se había preocupado más por las víctimas de la Gran Depresión que por los bancos.

La posibilidad de una reforma que regulase los mercados financieros hubo de desestimarse ante la feroz resistencia de los grandes bancos. Los directivos interrogados por la Financial Crisis Inquiry Commission sostenían que la crisis había sido un acontecimiento imprevisible, como un huracán o un terremoto, y que no tenía sentido pretender evitarlo con regulaciones. Deseaban seguir como hasta entonces y, para conseguirlo, invertían grandes sumas para influir en los políticos y en la opinión pública.

Josep Fontana, El siglo de la Revolución.

En entradas anteriores, ya les había señalado los principales defectos de una obra esencial, para entender la guerra fría, como es Por el el bien del imperio, del  Josep Fontana. De forma muy breve, el posicionamiento ideológico de este historiador, próximo al comunismo, le llevaba a disculpar de manera sistemática las acciones del antiguo bloque del este. Para él, el auténtico cáncer del mundo moderno son los EE.UU, en lo que tiene gran parte de razón, pero en cuya denuncia cometía graves errores de óptica. En concreto, dejar de lado los desarrollos históricos donde la superpotencia no era causa y motor relevante. Por ejemplo, los cambios socioeconómicos que llevaron a la quiebra del imperio soviético o las múltiples vías, fuera del apoyo estadounidense a los Muyahaidines afganos, que han hecho del islamismo la ideología casi dominante en los países de religión islámica.

En el caso de El siglo de la Revolución, estas carencias se ven empeoradas. No porque Fontana cargue las tintas en la maldad de los EE.UU, que lo hace, sino por falta de espacio para analizar en profundidad los hechos narrados. En Por el bien del imperio, se destinaban unas mil páginas para narrar el periodo 1945-2011; en esta otra obra, en comparación, sólo se cuenta con seiscientas cincuenta, un tercio menos, para describir el periodo 1914-2018, un tercio más largo. Es inevitable, por tanto, que ciertos hechos que se narraban in extenso en la primera obra, ahora queden reducidos a un apretado resumen. La coherencia y la unidad de la obra se ven así dañados, mientras que la historia de ciertas regiones periféricas, como por desgracia sigue siéndo África, se tornan un galimatías inextricable.

jueves, 27 de diciembre de 2018

Al borde del apocalipsis (y III)

Kennan sostenía que los soviéticos estaban fanáticamente convencidos de que no era posible un modus vivendi con los norteamericanos y que para preservar su propia seguridad, necesitaban «romper la armonía de nuestra sociedad, destruir nuestro modo de vida tradicional y acabar con la autoridad internacional de nuestro estado». La conducta de los rusos respondía, en opinión de Kennan, que era historiador de formación y conocía la lengua rusa, a una mentalidad de siglos. Temerosos de los extranjeros, e inseguros ante la superioridad tecnológica de Occidente, habían desarrollado una visión del mundo paranoica que les hacía creerse sitiados. En cuanto al marxismo, los dirigentes soviéticos no creían en él, sino que lo utilizaban como un pretexto `para disimular la vaciedad de lo que no era más que la última de una larga serie de tiranías rusas que habían recurrido al poder militar para reforzar «la seguridad externa de unos regímenes internamente débiles». No se podía negociar con los soviéticos, ni se debía tratar de aplacarlos. Sólo una actitud de firmeza, unida a la voluntad de usar la fuerza si era necesario, podía contener a la Unión Soviética, sensible sobre todo a la lógica de la fuerza. «Por esta razón puede retirarse -y normalmente lo hace- cuando encuentra una fuerte resistencia en algún punto»

Los errores de Kennan eran evidentes e iban a tener graves consecuencias en el futuro. Al demonizar a los dirigentes soviéticos, ha escrito Herring, Kennan «confirmaba la futilidad e incluso el peligro de más negociaciones» y preparaba el camino para una política de enfrentamiento. Este texto (el telegrama largo) venía a dar una confirmación de experto al giro político que se estaba produciendo en Washington. Aunque se trataba de un documento secreto, James Forrestal lo hizo circular por el gobierno.

Josep Fontana, Por el bien del Imperio

El segundo libro que he leído, en estos últimos meses, sobre la guerra fría es la monumental obra de Josep Fontana, si bien su marco temporal excede un tanto al de la Guerra Fría en sí. La conclusión de su relato, abierta, como era de esperar, coincide con el presente del historiador, un 2011 en el que la Gran Depresión estaba en su apogeo y surgían los primeros movimientos de protesta popular contra el neoliberalismo rampanta. Fuerzas, amorfas y acéfalas, que en aquellos tiempos eran de izquierdas, como el movimiento 15M español, los 99ers americanos o los muchos Occupy/Ocupa, que siete años más tarde parecen haber sido barridos por los vientos de la historia, substituidos por potentes formaciones de extrema derecha que proclaman su racismo, xenofobia, machismo y nacionalismo a los cuatro vientos. 

Una inesperada metamorfosis a corto plazo que remeda la otra transformación, esta vez de largo recorrido, que motivó a Fontana el realizar la narración histórica del periodo 1975-2011. Su pregunta es aterradora en su simplicidad: cómo pudo ocurrir que una Europa que acaba de aplastar al Nazismo y que, junto con los EEUU, aspiraba a unos sistemas políticos de mayor representación popular y justicia social, acabase derivando a un neoliberalismo sin ley, en donde todo, leyes, derechos, deberes, se supedita al mero beneficio empresarial. Evolución de la que la victoria mundial de los citados populismos de ultraderecha no es más que la última etapa. Demasiado similar, por otra parte, a esa Europa de los años 30 que repudiaba la democracia y prefería gobiernos autoritarios y represores.

Sin embargo, la lectura del libro me ha dejado sentimientos encontrados. Es cierto que la cantidad de datos y hechos, en su mayoría ciertos, que se pueden encontrar en el libro es abrumadora, a lo que hay que agradecer que el posicionamiento político de Fontana, cercano al comunismo, nos libre de la propaganda de los vencedores de la Guerra Fría, al tiempo que procede a su denuncia. Sin embargo, esa virtud es también su mayor defecto. Por sistema, Fontana excusa y disculpa las iniciativas tomadas por el llamado bloque comunista, que acaba por parecer menos hegemónico, belicoso y totalitario de lo que en realidad fue. Sin contar que con su fijación en los "malos" de su narración, los EEUU, otros muchos aspectos de la evolución global quedan sin explicar o simplemente se omiten. Por ejemplo, tanto la revolución Sandinista como la Iraní parecen surgir de la nada, mientras que en este último caso su deriva hacia la teocracia se silencia, al mismo tiempo que se desconecta sde lo que ha acabado siendo un problema capital en el mundo moderno: la polarización del ámbito musulmán hacia el islamismo radical.

viernes, 21 de diciembre de 2018

Al borde del apocalipsis (y I)

Stalin hoped that his alliance with the United States and Britain would last for several years after the war ended. His country was a disaster in 1945. The physical destruction was immense, as were the human losses. He feared the consequences for its own party if people were forced to live in misery even after the war was over. But Stalin was never quite sure what peace really meant, or whether his and communism's international opponents were willing to let him rest. There was no opposition to his dictatorship in the Soviet Union, and Stalin had a hard time imagining any opposition coming out of the new regions the Red Army had conquered. These countries might not be ripe for Communism yet, he thought, but they could be guided toward it by his authority and the example of the Soviet state. The British and Americans would extend their form of capitalism into the heart of Europe. Stalin would, at least over time, attempt to do the same with his system. It was both and ideological and strategic imperative. "This war" Stalin told his Yugoeslav Communist admirers in April 1945, "is not as in the past; whoever occupies a territory also imposes on it its own political system. Everyone imposes his own system as far as his army can reach. It cannot be otherwise"

Odd Arne Westad: The Cold War, A World History

Stalin esperaba que su alianza con los EE.UU. y Gran Bretaña durase varios años tras el fin de la guerra. En 1945, su país estaba en un estado desastroso. La destrucción física era inmensa, al igual que las pérdidas humanas. Temía a las consecuencias para el partido si se obligaba a la población a vivir en la pobreza más allá del fin de la guerra. Pero Stalin nunca estaba seguro de cuál sería el significado de la paz ni si los oponentes internacionales del comunismo le darían un respiro. No había oposición a su dictadura en la Unión Soviética y a Stalin le era difícil imaginar una oposición proveniente de las nuevas regiones conquistadas por el ejército rojo. Esos países podrían no estar maduros para el Comunismo, pero podían ser guiados hacia él mediante su autoridad y el ejemplo del estado soviético. Británicos y Americanos iban a extender su modalidad de capitalismo hasta el corazón de Europa y Stalin haría lo propio con su sistema político, al menos con el tiempo. Era un imperativo ideológico y estratégico. «Esta guerra» comunicó Stalin a sus admiradores yugoeslavos en abril de 1954 «no es como las pasadas, quien ocupe un territorio también impondrá allí su sistema político. Todos lo impondrán hasta donde alcancen sus ejércitos. No puede ser de otro modo.»

El periodo que llamamos la Guerra fría, de 1945 a 1991, o de 1948 a 1989, según se mire, tiene un interés especial para mí. En gran medida, por razones biográficas, ya que mi periodo formativo, el de mi adolescencia y primera juventud, coincidió con su recrudecimiento final en la década de los 80. Fue tan fuerte la impresión que me produjo vivir al borde del exterminio nuclear que, en gran medida, aún contemplo y juzgo la actualidad política con la mentalidad de antaño. Grave error, como pueden suponerse.

No debe sorprenderles que casi desde el momento en que cayó la URSS comenzase a leer libros sobre ese periodo, para intentar entender lo que había vivido. Las primeras obras que consulté, me doy cuenta ahora, tenían pesados lastres que las hacen casi inservibles, más allá de mera referencia de su transcurso temporal. El problema no estriba en su natural precipitación o que se pusiese el acento en temas quizá secundarios, como los complejos sistemas de armas y de alerta temprana que regían el equilibrio del terror, sino en su dependencia de la propaganda de los vencedores. Aquélla que decía que Truman y Churchill tuvieron los arrestos de plantarle la cara a Stalin, al contrario que el débil de Roosevelt, para impedir que el totalitarismo comunista se adueñase de Europa entera. O la otra que erigía a Thatcher, Reagan y Juan Pablo II en trío de duros cowboys que por si solos se las arreglaron para derribar el odioso sistema soviético  y traer la democracia a una Europa sojuzgada.

Pero... ¿realmente fue así? Mejor dicho, ¿fue inevitable la Guerra Fría? ¿Tuvo que acabar como acabó?

martes, 14 de agosto de 2018

Luchando por el cambio

There is no consensus among social scientists about the conditions under which radical flanks either harm or help a social movement. In our estimation, however, many successful non violent campaigns have succeeded because they systematically eroded or removed entirely the regime's sources of power, including the support of economic and military elites, which may have hesitated to support the opposition if they have suspected that the campaign would turn violent. The more a regime's supporters believe  a campaign may become violent, or that their interests will be gutted if the status quo is changed, the more likely that those supporters and potential participants may perceive the conflict to be a zero-sum game. As a response, regime supporters are likely to unite to counter the perceived threat, while potential participants may eschew participations for the reasons just identified. A unified adversary is more harder to defeat for any type of campaign. In conflicts perceived as zero-sum games, it is difficult for erstwhile regime supporters to modify and adapt their ideologies and interests according to shifts in power. Instead, they will fight tooth and nail to keep their grip of power, relying on brutal force if necessary. There is less room for negotiation, compromise, and power sharing when regime members fear that even small losses of power will translate into rolling heads. On the other hand, our central point is that campaigns that divide the adversary from its key pillars of support are in a better position to succeed. Non-violent campaigns have a strategic advantage in this regard.

Erica Chenoweth, Maria J. Stephan. Why Civil Resistance works

No hay un acuerdo entre los científicos sociales sobre en qué condiciones la aparición de frentes radicales pueden favorecer o perjudicar un movimiento social. En nuestro análisis, sin embargo, muchas campañas no violentas que han tenido éxito lo han hecho porque erosionaron sistemáticamente las fuentes de poder del régimen o las eliminaron por completo, incluyendo el apoyo de las élites militares y económicas, que podrían haber dudado en apoyar a la oposición si la campaña se hubiese vuelto violenta. Cuanto más creen los partidarios de un régimen que una campaña se tornará violenta, es tanto más probable que estos partidarios y los participantes en la campaña la conciban como un juego de suma cero. Como respuesta, es probable que los partidarios del régimen se unan para contrarrestar la amenaza percibida, mientras que participantes en potencia pueden rehuirla por las razones ya apuntadas. Un adversario unido es más difícil de derrotar para cualquier tipo de campaña. En conflictos concebidos como juegos de suma cero, es difícil que los partidarios anteriores del régimen modifiquen y adapten sus ideologías de acuerdo con los cambios de poder. Por el contrario, lucharan con uñas y dientes para mantenerse en él, recurriendo al uso de la fuerza si es necesario. Queda menos espacio para la negociación, el compromiso y la compartición del poder cuando los miembros del régimen temen que haya depuraciones incluso con pequeñas cesiones. Por otra parte, nuestro argumento central es que las campañas que separan al adversario de sus fuentes fundamentales de poder están mejor situadas para ganar. Las campañas no violentas tiene la ventaja estratégica a este respecto.

Gracias a la web La página definitiva descubrí este corto ensayo, pero aún interesantísimo, de las científicas políticas americanas Erica Chenoweth y Maria Stephan. En él, se plantea un problema de gran importancia en el mundo moderno: cuál es el mejor método para obrar un cambio político en condiciones de ocupación, opresión o dictadura. Con mayor precisión, si son más efectivas las insurgencias armadas y los movimientos terroristas o lo son las campañas de resistencia pacífica. Un estudio que rehuye las especulaciones sin fundamente, sino que toma como base objetiva una larga lista de movimientos, pacíficos y violentos, desde 1900 hasta hoy, analizando con medios estadísticos cuáles tuvieron éxito, cuáles no, y por qué razones. Sistematización y comparación que se complementa con cuatro análisis exhaustivos de movimientos particulares. La primera intififada palestina, a medias pacífica, a medias violenta, que acabó fracasando; la rebelión popular pacífica contra el gobierno autoritario de Marcos en Filipinas, que triunfó; la revolución islámica iraní, también pacífica y también triunfante; y por último, el fracaso del movimiento pacífico contra la dictadura Birmana, a finales de los ochenta.

Pues bien, las conclusiones de Chenoweth y Stephan son que, estadísticamente, los movimientos pacíficos tienen más posibilidades de triunfar que los violentos, por una abrumadora diferencia. Es decir, no sólo la inmensa mayoría de los cambios políticos se han debido a campañas no violentas, sino que, considerando sólo los violentos, la tasa de triunfo en ese conjunto es bastante baja. Además, cuando se comparan los regímenes sucesores de estas revoluciones, se observa que los surgidos de movimientos violentos tienden a ser dictatoriales y autoritarios, llevan aparejada a la represión sangrienta de los perdedores y dejan profundas cicatrices en las sociedades afectadas, que pueden llevar incluso a la guerra civil o la contrarrevolución pasados algunos años.

Es una tesis que yo comparto, aunque sea por razones éticas, pero la pregunta obvia es: ¿Por qué esa diferencia tan clara?

martes, 7 de noviembre de 2017

La gran matanza (y III)

This was the Hunger Plan, as formulated by 23 May 1941: during and after the war in the USSR, the Germans intended to feed German soldiers and German (and West Europeans) civilians by starving the Soviet citizens the would conquer, especially those in the big cities. Food from Ukraine would now be sent not north to to feed Russia and the rest of Soviet Union, but rather west to nourish Germany and the rest of Europe. In the German understanding, Ukraine (along with parts of Southern Russia) was a "surplus region", which produced more food than it needed, while Russia and Belarus were "deficit regions". Inhabitants of Ukranian  cities, and almost everyone in Belarus and northwestern Russia, would have to starve or flee. The cities would be destroyed, the terrain would be returned to natural forest, and about thirty million people would starve to death in the winter of 1941-1942. The hunger plan involved " the extinction of industry as well as a great part of the population in the deficit regions". These guidelines of 25 May 1941 included some of the most explicit Nazi language about intentions to kill large numbers of people. "Many tens of millions of people in these territories will became superfluous and will die or must  migrate to Siberia. Attempts to rescue the population there from death through starvation by obtaining surpluses from the black earth zone can only come at the expense of the provisioning of Europe. This prevent the possibility of Germany and Europe from resisting the blockade. With regard to this, absolute clarity must reign"

Timothy Snyder, Bloodlands, Europe between Hitler and Stalin

Éste era el Hunger Plan (Plan del Hambre), tal y como se formuló el 23 de mayo de 1941: durante y después de la guerra con la URSS, los alemanes tenían la intención de alimentar a sus soldados y a su población civil (incluyendo los europeos occidentales) haciendo morir de hambre a la población civil soviética en los territorios conquistados, especialmente la de las grandes ciudades. La producción de alimentos de Ucrania ya no sería enviada al norte de Rusia y al resto de la Unión Soviética, sino al oeste, para alimentar a Alemania y al resto de Europa. Según la concepción alemana, Ucrania era una región de excedentes, que producía más alimentos que los que necesitaba, mientras que Rusia y Bielorusia eran regions deficitarias. Los habitantes de las ciudades ucranianas y casi cualquiera en Bielorusia y la Rusia noroocidental, deberían morir de hambre o huir. Las ciudades serían destruidas, los campos reconvertidos en bosques salvajes, y cerca de treinta millones de personas morirían de hambres en el invierno de 1941-42. El "Hunger Plan" implicaba "la eliminación de la industria y de la mayor parte de la población en las regiones deficitarias". Estas directrices del 25 de mayo de 1941 incluían algunas de las expresiones nazis más explícitas sobre sus intenciones de exterminar a masas de personas. "Muchas decenas de millones de personas en estos territorios se volverán superfluos y morirán o deberán migrar a Siberia. Los intentos de salvar a estas poblaciones de la muerte por hambre, obteniendo los excedentes de la zona de tierras negras sólo pueden lograrse a expensas del suministro europeo. Esto impediría que Alemania y Europa pudieran resistir el bloqueo. A este respecto debe reinar la claridad más absoluta.

Les hablaba en la entrada anterior sobre este libro de Snyder de como, hacia 1939, la ventaja en las políticas de exterminio la llevaba el régimen estalinista. Frente a unos pocos miles de asesinados por el régimen nazi y unas pocas decenas de miles presos en el incipiente sistema de campos de concentración, el sistema soviético había asesinado a millones en el Holodomor y el Gran Terror, además de encarcelar a otros tantos en el vasto complejo de campos de trabajo del GULAG. Sin embargo, de 1939 en adelante, tras el inicio de la Segunda Guerra Mundial, el discípulo acabaría por superar a su maestro, de forma que puede decirse que ningún otro régimen asesinó a tantas personas en tan poco tiempo, unos doce millones de europeos en cinco años, diez sólo en el área geográfica estudiada por Snyder. Cifras aún más terroríficas si se tiene en cuenta que el pico de las matanzas se produjo en el espacio que media entre el verano de 1941 y el invierno de 1945, en tres años y medio escasos, o que la matanza no fue mayor debido a la derrota del nazismo, que le impidió culminar sus objetivos.


martes, 31 de octubre de 2017

La gran matanza (y II)

In the waning weeks of 1932, facing no external security threat and no challenges from within, with no conceivable justification except to prove the inevitability of its rule, Stalin chose to kill millions in Soviet Ukraine. He shifted to a position of pure malice, where the Ukranian peasant was somehow thev aggresor and, he, Stalin, the victim. Hunger was a form of aggression, for Kaganovich in a class struggle, for Stalin in a Ukranian national struggle, against which starvation was the only defense. Stalin was determined to display his dominance over the Ukranian peasantry, and seemed even to enjoy the depths of suffering that such a posture would require. Amartya Sen has argued that starvation is "a function of entitlement  and not of food availability as such. It was not food shortages but food distribution that killed millions in Soviet Ukraine, and it was Stalin who  decided who was entitled to what".
Though collectivization was a disaster everywhere in the Soviet Union, the evidence of clearly premeditated mass murder on the scale of million is most evident in Soviet Ukraine. Collectivization had involved  the massive use of executions and deportations everywhere in the Soviete Union, and the peasants who made up the bulk of the Gulag's labor force hailed from all the Soviet republics. Famine had struck parts of Soviet Russia as well as much of Soviet Ukraine in 1932. Nevertheless, the police response to Ukraine was especial, and lethal. Seven crucial policies were applied only, or mainly, in Soviet Ukraine in late 1932 or early 1933. Each of them may seem an anodyne administrative measure, and each of them was presented as such at the time, and yet each of one had to kill.

Timothy Snyder, Bloodlands

En las semanas finales de 1932, sin enfrentarse a ninguna amenaza externa y sin  oposición interna, sin ninguna justificación concebible fuera de la de demostrar la inevitabilidad de su gobierno, Stalin escogió matar a millones de personas en la Ucrania soviética. Se desplazó hacia una posición de pura maldad, en la que el campesino ucraniano era, de algún modo, del agresor y él, Stalin, la victima. El hambre era una forma de violencia, en el contexto de la lucha de clases, para Kaganovich, en el combate nacional ucraniano, para Stalin, contra las que la hambruna era la única defensa. Stalin estaba decidido a probar su dominio sobre el campesinado ucraniano e incluso parecía disfrutar con la profundidad del sufrimiento que esa postura requeriría. No fue la carestía de comida la que mató a millones en la Ucrania Soviética, sino su distribución, y era Stalin quien decidía quién tenía derecho a qué.
Aunque la colectivización fue un desastre en toda la Unión Soviética, las pruebas claras de un exterminio premeditado en el nivel de millones de personas son más evidentes en la Ucrania Soviética. La colectivización había supuesto el uso masivo de ejecuciones y deportaciones a lo largo de la Unión Soviética y los campesinos que componían el grueso de la fuerza de trabajo del Gulag provenían de todas las repúblicas soviéticas. En 1932 Las hambrunas habían golpeado tanto a  la mayor parte de Ucrania como a otras regiones de la Unión Soviética. Sin embargo, la respuesta policial en Ucrania fue especial y mortal. Siete políticas cruciales se aplicaron sólo, o principalmente, en la Ucrania Soviética a finales de 1932 o principios de 1993. Cada una podía parecer una medida administrativa anodina y cada una fue presentada como tal entonces, pero cada una tenía el poder de matar.

Les había comenzado a contar hace unas semanas del gran reto que se propuso el historiador estadounidense Timothy Snider en Bloodlands: la inmensa matanza que se produjo en la Europa Oriental en las décadas de 1930 y 1940 a cargo de Nazis y Estalinistas, de Hitler y Stalin. La primera conclusión del libro es que ambos regímenes se influyeron el uno al otro, de forma directa e indirecta, copiándose los métodos de exterminio, reaccionando de manera asesina a las amenazas imaginadas del otro. Más polémico aún es que, en el recuento de las víctimas, el Nazismo se lleva la primacía, al haber exterminado en esa región a 10 millones de personas, frente a 4 del estalinismo, y además en menos tiempo, en el breve periodo entre el otoño de 1941 y la primavera de 1945.

Sin embargo, hasta ese instante, el lanzamiento de la operación Barbarroja contra la URSS, la "ventaja" la llevaba el estalinismo. Sus crímenes habían comenzado mucho antes y, por tanto, había dispuesto de mucho más tiempo para perfeccionar sus herramientas de exterminio, mientras que el Nazismo, por mucho que nos sorprenda, nunca llegó a superar un cierto aire de improvisación y amateurismo. Para 1932, cuando comienza el relato de Snyder, Stalin había puesto a punto una policía política, la GPU/NKVD capaz de ejercer su violencia represiva sobre una sociedad entera, al mismo tiempo que se construía el sistema de campos de trabajo que se conoce como GULAG, a donde enviar a los enemigos políticos, reales o imaginarios, para que trabajasen por el estado. El GULAG, debido a la dureza de sus condiciones, fue uno de los escenarios de la muerte en el régimen soviético, ya que se suponía que los prisioneros, en general, no debían salir de allí con vida,  independientemente de cuando terminasen sus condenas. Sin embargo, fue superado en víctimas por otros dos exterminios dirigidos por el estado: la hambruna ucraniana de 1932/1933, el llamado Holodomor, y el Gran Terror de 1937/1938, siendo en aquélla primera donde se concentran la mayor parte de los muertos estalinistas, unos tres millones de los cuatro totales.

martes, 24 de octubre de 2017

La gran matanza (y I)

Each of the dead become a number. Between them, the Nazi and Stalinist regimes murdered more than 14 million people in the bloodlands. The killing began with a political famine that Stalin directed at Soviet Ukraine, which claimed more than three million lives. It continued with Stalin's great terror of 1937 and 1938, in which some seven hundred thousand people were shot, most of them peasants or members of national minorities. The Soviets and the Germans then cooperated in the destruction of Poland and of its educated classes, killing some two hundred thousand people between 1939 and 1941. After Hitler betrayed Stalin and ordered the invasion of the Soviet Union, the Germans starved the Soviet prisoners of war and the inhabitants of Leningrad, taking the lives of more than four million people. In the occupied Soviet Union, occupied Poland and the occupied Baltic States, the Germans shot and gassed 5.4 million Jews. The Germans and Soviets provoked each other to ever greater crimes, as the partisan wars of Belarus and Warsaw, where the Germans killed about half a million civilians.

Timothy Snyder, Bloodlands.

Cada uno de los muertos se convirtió en un número. Entre los dos, los regímenes nazi y soviético asesinaron más de 14 millones de personas en las "tierras sangrientas". La matanza comenzó con la hambruna por razones políticas que Stalin dirigió contra la Ucrania soviética. Continuó con el Gran Terror estalinista de 1937 y 1938, durante el que fueron ejecutados unas setecientas mil personas, la mayoría campesinos o miembros de minorías nacionales. Luego, alemanes y soviéticos cooperaron en la destrucción de Polonia y de sus clases cultas, asesinando unas doscientas mil personas entre 1939 y 1941. Tras que Hitler traicionase a Stalin y ordenase la invasión de la Unión Soviética, los alemanes dejaron morir de hambre a los prisioneros de guerra soviéticos y a los habitantes de Leningrado, acabando con las vidas de más de cuatro millones de personas. En los territorios ocupados de la Unión Soviética, en Polonia y en los estados Bálticos, los alemanes ejecutaron y gasearon 5,4 millones de judíos. Alemanes y Soviétivos se incitaron mutuamente a crímenes aún mayores, como las guerras de guerrillas en Bielorrusia y Varsovia, donde los alemanes mataron cerca de medio millón de civiles.

Ya les había comentado como me había impresionado otro libro de Snyder, su Blacklands, centrado en la historia del holocausto desencadenado por los nazis contra los judíos entre 1941 y 1945. Tanto, que su lectura me ha llevado a leer otras obras de Snyder, el Bloodlands que hoy centra esta entrada, y el manifiesto On Tyranny, de obligada lectura en los tiempos que corren. 

Sin embargo, mi admiración por Blacklands se mezclaba con una cierta decepción. En la estructura de este libro era evidente un cierto desequilibrio, puesto que se dedicaba un amplio espacio, casi un tercio del libro, a la política polaca de antes de la guerra. Un relato que era interesante y pertinente, ya que traía a la luz el difícil equilibrio que ese estado resucitado tuvo que mantener entre dos vecinos, Alemania y la URSS, con claras apetencias sobre su territorio que llevaron finalmente a Polonia a una catástrofe sin paliativos en 1939. Además, se mostraba la cambiante y contradictoria política de ese país sobre su población judía, a la que al mismo tiempo se quería ver desaparecer, mediante la emigración a Palestina, pero que al mismo tiempo se organizaba en formaciones paramilitares, tanto para obtener reconocimiento internacional en caso de guerra mundial, como para alimentar el terrorismo que buscaba fundar un estado propio en el mandato británico de Palestina.

jueves, 24 de agosto de 2017

Los limbos de la historia


Like most such people, Irena Lypszyc did not know much about her new surroundings. She was in Wysock, in Polesia, when the German invasion came. When the Jews of the town were rounded up for execution in September 1942, she ran into the swamps with her husband. It does not seem that she had ever previously spent much time out of the doors. The two of them lived on berries and mushrooms for a few days before deciding to risk making contact with the outside world. Irena decided that she would stand on the first road she found, hail the first person she saw, and ask for help.
The man approaching her had a doubled-barreled gun on his shoulder and agreed to her request without batting an eye. As she came to understand, he was a natural rebel, living from smuggling and moonshine far away from any center of power, opposing whichever political system claimed authority over him. In interwar Poland he had hidden communists; when the Soviets invaded he had sheltered Poles from deportation by the NKVD; and now that the German had come he was helping Jew. He did not really seem to see a difference between one sort of rescue and another. 
Irena told his story but did not betray his name.

Timothy Snyder, Black Earth

Como la mayoría de esa gente, Irena Lypszyc no conocía mucho de su nueva morada. Estaba en Wysock, en Polesia, cuando llegaron los alemanes. Cuando los judíos de la ciudad fueron reunidos para ser ejecutados en septiembre de 1942, huyó a los pantanos con su marido. No parece que hubiera vivido en el campo durante mucho tiempo antes. Ambos sobrevieron a base de bayas y setas durante unos días antes de atreverse a tomar contacto con el mundo exterior. Irena decidió que se plantaría en el primer camino que encontrase y abordaría al primero que pasase, para pedirñe ayuda.
El hombre que se la aproximó tenía una escopeta de dos cañones al hombro y, sin pestañear, se mostró de acuerdo con su petición. Llegó a comprender que era un rebelde de nacimiento, que vivía del contrabando y del tráfico de alcohol, lejos de cualquier centro de poder, oponiéndose a cualquier sistema político que pretendiera tener autoridad sobre él. En la Polonia de entreguerras había escondido a comunistas, cuando los soviéticos invadieron protegió a polacos contra las deportaciones de la NKVD, y ahora que estaban los alemanes ayudaba a los judíos. No parecía ver diferencia alguna entre salvar a unos u otros.
Irena narró su historia pero no quiso traicionar su nombre.

El mayor defecto de este libro de Timothy Snyder sobre el holocausto es también su mayor virtud. Este historiador se hizo famoso con otra obra anterior, Bloodlands, en la que describía el limbo mortífero en que el este de Europa - Polonia, Bielorrusia, Ucrania, los países Bálticos - cayó durante  la Segunda Guerra Mundial. Algunas de esas zonas llegaron a sufrir una triple ocupación - soviética, nazi y luego de nuevo soviética - que se saldaban con purgas, deportaciones y, en el caso nazi, con una política de exterminio sin límites. Aplicada, no se olvide, primero a los judíos y luego a los eslavos, cuya población, según los términos del Hungerplan, debía ser reducida al menos en 30 millones en la Rusia Europea.

Esta especialización de Snyder lastra un tanto el libro, cuyo objetivo resulta ser demasiado ambicioso. Se propone realizar un análisis del holocausto a escala europea, de Francia a la URSS, pero dedica su mayor atención y esfuerzo a la misma área geográfica que Bloodlands, de Polonia a los Urales, del Báltico al Mar Negro, mientras que otras regiones y casos son descritos superficialmente. Entre ellos, la colaboración asesina de la Francia de Vichy, el milagro danés, el rigor de la deportación en Holanda o la eficiencia mortífera del holocausto en Hungría, que en apenas seis meses de 1994 consiguió asesinar a la mitad de sus población judía... y estamos hablando de varios cientos de miles. Sin olvidar la contribución espontánea de los fascistas croatas, los Ustachas, o del gobierno de Antonescu en Rumanía, que limpiaron sus países de judíos sin intromisión alemana.