jueves, 27 de diciembre de 2018

Al borde del apocalipsis (y III)

Kennan sostenía que los soviéticos estaban fanáticamente convencidos de que no era posible un modus vivendi con los norteamericanos y que para preservar su propia seguridad, necesitaban «romper la armonía de nuestra sociedad, destruir nuestro modo de vida tradicional y acabar con la autoridad internacional de nuestro estado». La conducta de los rusos respondía, en opinión de Kennan, que era historiador de formación y conocía la lengua rusa, a una mentalidad de siglos. Temerosos de los extranjeros, e inseguros ante la superioridad tecnológica de Occidente, habían desarrollado una visión del mundo paranoica que les hacía creerse sitiados. En cuanto al marxismo, los dirigentes soviéticos no creían en él, sino que lo utilizaban como un pretexto `para disimular la vaciedad de lo que no era más que la última de una larga serie de tiranías rusas que habían recurrido al poder militar para reforzar «la seguridad externa de unos regímenes internamente débiles». No se podía negociar con los soviéticos, ni se debía tratar de aplacarlos. Sólo una actitud de firmeza, unida a la voluntad de usar la fuerza si era necesario, podía contener a la Unión Soviética, sensible sobre todo a la lógica de la fuerza. «Por esta razón puede retirarse -y normalmente lo hace- cuando encuentra una fuerte resistencia en algún punto»

Los errores de Kennan eran evidentes e iban a tener graves consecuencias en el futuro. Al demonizar a los dirigentes soviéticos, ha escrito Herring, Kennan «confirmaba la futilidad e incluso el peligro de más negociaciones» y preparaba el camino para una política de enfrentamiento. Este texto (el telegrama largo) venía a dar una confirmación de experto al giro político que se estaba produciendo en Washington. Aunque se trataba de un documento secreto, James Forrestal lo hizo circular por el gobierno.

Josep Fontana, Por el bien del Imperio

El segundo libro que he leído, en estos últimos meses, sobre la guerra fría es la monumental obra de Josep Fontana, si bien su marco temporal excede un tanto al de la Guerra Fría en sí. La conclusión de su relato, abierta, como era de esperar, coincide con el presente del historiador, un 2011 en el que la Gran Depresión estaba en su apogeo y surgían los primeros movimientos de protesta popular contra el neoliberalismo rampanta. Fuerzas, amorfas y acéfalas, que en aquellos tiempos eran de izquierdas, como el movimiento 15M español, los 99ers americanos o los muchos Occupy/Ocupa, que siete años más tarde parecen haber sido barridos por los vientos de la historia, substituidos por potentes formaciones de extrema derecha que proclaman su racismo, xenofobia, machismo y nacionalismo a los cuatro vientos. 

Una inesperada metamorfosis a corto plazo que remeda la otra transformación, esta vez de largo recorrido, que motivó a Fontana el realizar la narración histórica del periodo 1975-2011. Su pregunta es aterradora en su simplicidad: cómo pudo ocurrir que una Europa que acaba de aplastar al Nazismo y que, junto con los EEUU, aspiraba a unos sistemas políticos de mayor representación popular y justicia social, acabase derivando a un neoliberalismo sin ley, en donde todo, leyes, derechos, deberes, se supedita al mero beneficio empresarial. Evolución de la que la victoria mundial de los citados populismos de ultraderecha no es más que la última etapa. Demasiado similar, por otra parte, a esa Europa de los años 30 que repudiaba la democracia y prefería gobiernos autoritarios y represores.

Sin embargo, la lectura del libro me ha dejado sentimientos encontrados. Es cierto que la cantidad de datos y hechos, en su mayoría ciertos, que se pueden encontrar en el libro es abrumadora, a lo que hay que agradecer que el posicionamiento político de Fontana, cercano al comunismo, nos libre de la propaganda de los vencedores de la Guerra Fría, al tiempo que procede a su denuncia. Sin embargo, esa virtud es también su mayor defecto. Por sistema, Fontana excusa y disculpa las iniciativas tomadas por el llamado bloque comunista, que acaba por parecer menos hegemónico, belicoso y totalitario de lo que en realidad fue. Sin contar que con su fijación en los "malos" de su narración, los EEUU, otros muchos aspectos de la evolución global quedan sin explicar o simplemente se omiten. Por ejemplo, tanto la revolución Sandinista como la Iraní parecen surgir de la nada, mientras que en este último caso su deriva hacia la teocracia se silencia, al mismo tiempo que se desconecta sde lo que ha acabado siendo un problema capital en el mundo moderno: la polarización del ámbito musulmán hacia el islamismo radical.


Pero volvamos a lo bueno y hagamos como Westad, examinemos los dos momentos cruciales del desarrollo  de la Guerra Fría: su surgimiento y su conclusión. En el primer caso, Fontana también es de la opinión de que en Europa pudo haberse evitado la escisión en dos bloques enfrentados, el establecimiento de fronteras estancas y el despliegue masivo de fuerzas militares, siempre prestas para invadir el territorio contrario. Aunque esto supusiese el inicio de una serie de represalias y contrarepresalias en rápido ascenso que culminase con el estallido de una guerra termonuclear global.

En ese sentido, Fontana es claro al señalar como la cisura en el gobierno norteamericano que supuso la muerte de Roosevelt y la llegada de Truman a la presidencia dio oportunidad a que los halcones se hicieran con el poder en Washington. De 1945 a 1948, las medidas tomadas siempre viraron hacia la radicalidad, conjugándose con la construcción de un enemigo, como en el telegrama largo de Kennan, con el que no se podía negociar. La lista sería larga pero algunos hitos importantes son los planes de contingencia británicos de 1945, a iniciativa de Churchill, para continuar la guerra, esta vez contra la URSS, pero abandonados ante la postración militar y económica de la propia Gran Bretaña. Por el contrario, tras el abandono del Reino Unido, los EE.UU continuaron la intervención en Grecia del lado de las fuerzas monárquicas y contra el ELAS, movimiento mayoritario de resistencia contra los Nazis.

Tampoco hay que olvidar la guerra secreta contra la posible irrupción en los gobiernos de Francia e Italia de los partidos comunistas, aupados por su papel protagonista en los movimientos partisanos,  que, en el caso peor, habrían llegado incluso a incitar el golpe de estado. O como, en varias ocasiones, fue el bando occidental quien tomó el liderazgo a la hora de dividir el continente en dos bloques enemistados, ya fuera con la formación de la OTAN, ya en 1949, ya con el reconocimiento de la RFA en las mismas fechas, lo que bloqueó tanto una reunificación temprana de ese país como la firma del tratado de paz, que tuvo que esperar al final de la Guerra Fría. Para concluir recordando que, dentro de los propios EE.UU se desató una caza de brujas despiadada,, en la que cualquier persona que hubiese tenido el más mínimo roce con fuerzas de izquierdas quedaba inhabilitado para el servicio público e incluso se enfrentaba a penas de cárcel si no colaboraba. Es decir, si no denunciaba a otros, sin importar la veracidad de esas delaciones.

No obstante, estos hechos incontestables no deberían hacernos caer en el otro extremo: el de excusar a Stalin. Es casi segura que la situación catastrófica de la URSS tras la guerra pudiera haber llevado a Stalin a hacer amplias concesiones, si sólo en el gobierno estadounidense se hubiera tenido el valor de negociar sin condiciones previas. Al fin y al cabo, un país como Finlandia, aliado de los nazis y fronterizo con la URSS, tuvo el raro privilegio de mantener su independencia sin intromisiones soviéticas, en tanto mantuviese una estricta neutralidad. Una excepción que quizás podría haberse extendido a otras regiones del continente, como una Alemania unificada o la misma Checoeslovaquia. Sin embargo, no seré yo quien se atreva a intentar leer en la mente de Stalin. Otros más capacitados que yo lo pretendieron y acabaron en el Gulag. Al menos los que no fueron fusilados al punto.

Dejémoslo bien claro: la disposición a moderarse de Stalin tenía sus límites. La reintegración de los países Bálticos, en la que se había ejecutado y deportado a buena parte de sus élites, era irreversible, así como la anexión de la parte este de Polonia o la antigua franja rumana de Besarabia,  Regiones en las que, como en el caso de Estonia, Letonia y Lituania, también se había realizado una política de eliminación física de cualquier elemento sospechoso - lo que, en la mente de Stalin podían ser hasta los comunisas más fervorosos -, especialmente mortífera en el caso polaco. País que, no se olvide, Stalin considera como coto privado. Así lo demuestra la injusta persecución de los miembros del AK, el movimiento de resistencia nacional, que pasaron de ser víctimas de los nazis a víctimas de los rusos; como la compleja política de deportaciones masivas de un país a otro, que modificaron para siempre el mapa étnico del este de Europa. Haciendo desaparecer para siempre la impronta alemana en todos los territorios al este del Oder, y la polaca, al este del Bug.

No hay que llamarse a engaño, por tanto. Es también muy posible que cualquier negociación, cualquier concesión, se considerasen, por ambas partes, como mera maniobra de dilación para restañar las heridas del conflicto y avanzar posiciones. Eran, políticos avezados, instruidos en en las artes de Maquiavelo, que sabían que, se quisiera o no, la lucha entre ambos bloques tenía que desencadenarse inevitablemente. Si sólo porque desde la URSS se confiaba en que los partidos comunistas nacionales conseguirían, tarde o temprano, alcanzar el poder en sus sociedades locales, fuera democráticamente o por la fuerza; o bieb porque desde los EE.UU. se veía como imperativo estratégico hacer retroceder el poder soviético a sus fronteras, cortando, conteniendo e invalidando la larga cadena de victorias que se iba anotando, en el este de Europa, en China y Corea, en el Tercer Mundo.

Donde se trasladarían las hostilidades y donde ambos bandos esperarían obtener la victoria decisiva.

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