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lunes, 22 de noviembre de 2021

Japón, Una historia de amor y guerra. Exposición en el Centro Centro

 

Vista del monte Fuji, Hokusai
 

Se lo adelanto: el Centro Centro madrileño no suele figurar entre mis espacios expositivos habituales. No porque no traiga grandes exposiciones -las ha habido excelentes- sino porque no lo he insertado en mis rondas de periódicas de comprobación. Así que no es de extrañar que se me escapen sus muestras, como ha estado a punto de ocurrir con Japón, Una historia de amor y guerra. Amplia exposición que recorre la evolución de la cultura japonesa desde el periodo de los reínos guerreros -en el siglo XVI- a las primeras décadas del siglo XX.

El Japón -más que la  India y mucho más que China- se ha convertido en la niña bonita de la cultura occidental, que desde el siglo XIX ha ido enamorándose a intervalos regulares de ese país, ya sea con el Ukiyo-e en tiempo de los impresionistas, con la tecnología en los cincuenta y sesenta, o con el anime en estas últimas décadas. Como es de imaginar, tampoco han escaseado las exposiciones dedicadas a su arte y cultura. Así, en la década de los 90 del pasado siglo se pudo disfrutar de tres: la inmensa dedicada al periodo Momoyama, de finales del siglo XVI, con su arte híbrido influido por los modos de los europeos, recién llegados a esas latitudes; la muy completa dedicada al periodo Edo, del siglo XVII al XIX, un tiempo que para los europeos se confunde con el Japón "ideal", al igual que para ellos nosotros seguimos siendo la revolución industrial del XIX; y la muy condensada dedicada a los fondos japoneses de la biblioteca nacional, en donde brillaban un par de grabados del pintor Hiroshige, casi páginas de manga.  Sin olvidar la muy reciente que rescataba del olvido una excepción histórica, la embajada que Date Masamune envío a Felipe III, a comienzos del XVII, para solicitar la ayuda del rey hispano contra el recién instaurado shogunato Tokugawa. Y tantas y tantas otras que su  sola enumaración terminaría por ser astragante


sábado, 5 de diciembre de 2020

Más allá de nuestro terruño (II)

We may assume that it was the growing popularity of the Noqtavis, and their anti-jurist and even anti-state ideas, which turned the Shah against them. The Noqtavis were persecuted under Tamasp, but it was Abbas's millennial anxieties that persuaded him to eradicate the agnostic heretics. Following his astrologer's advice, and under the pretext of avoiding the ominous celestial conjunction in March 1592, corresponding to the year 1000 of the Hijra calendar, he temporarily abdicated, placing a Noqtavi dervish in his stead. This no doubt was a symbolic move, perhaps mimicking a Nowruz ritual of carnival king (mir-e nowruzi), which in effect aimed to bring about the Noqtavi promise of a new era. In a few days, however, once the supposed ominous millennial conjunction was over, the Shah promptly ordered the execution of the deceived dervish king. In a concerted move, he subsequently went about destroying the community leaders, on charges of heresy and treason. They had been accused of preparing a revolutionary overthrow of the Safavid State, and even of collaborating with foreign powers. Their correspondence with Abol-Fazl' Allami (d.1602), the cellebrated minister to Emperor Akbar (r. 1556-1605), the Mughal ruler of India, reportedly proved the existence of a network of a plot.

Abbas Amanaty, Iran, a modern history

Se puede suponer que lo que puso al Shah en contra de los Noqtavis fue su creciente popularidad, así como sus ideas contrariaras al orden jurídico, incluso contra el estado. Los Noqtavis fueron perseguidos bajo Tamasp, pero fueron los temores de Abbas frente al fin de los tiempos los que le persuadieron a eliminar a esos heréticos agnósticos. Siguiendo el consejo de su astrólogo y bajo el disfraz de intentar evitar la ominosa conjunción planetaria de marzo de 1592, coincidente con el año 1000 tras la Hejira, Abbas abdico de manera temporal en un derviche Noqtavi. Sin duda, ésto fue un acto simbólico, quizás replicando el ritual Norwiz del rey de las fiestas (mir-e nowruzi), que de hecho apuntaba a propiciar la profecía Noqtavi de una neuva era. Tras unos días, cuando la supuesta conjunción del milenio había pasado, el Shah ordenó la ejecución sumaria del rey derviche. En un movimiento coordinado, procedió a eliminar los líderes comunitarios, bajo los cargos de herejía y traición. Se les acusaba de preparar una revolución para derribar el estado safavida e incluso de colusión con potencias extranjeras. Su correspondencia con Abol-Fazl' Allami (muerto en 1602), el famoso ministro del emperador Akbar (reinó de 1556 a 1605), gobernante mogol de la India, se alegó como prueba de la existencia de una conjura.

Les hablaba, en una entrada anterior, del acenso y consolidación del poder Safavida en Irán durante el siglo XVI, bajo su fundador Ismail y su sucesor Abbas. De nuevo, no me cansaré de apuntar el error que cometemos los españoles en contemplar la historia universal a través de las anteojeras de nuestra gloria imperial: en los siglos XVI y XVII se constituyeron otros cuatro imperios universales euroasiáticos, tan poderosos o más que el nuestro. De hecho, la presencia hispano-portuguesa en el Océano Indico y el Pacífico se limitó a zonas marginales -las Filipinas -o plazas comerciales aisladas. Estados como el Japón Tokugawa o la China Ming fueron capaces de imponer férreos sistemas aduaneros y censores que nos vetaron el acceso a esos países. 

Ni España, ni Portugal, ni ninguna otra potencia europea posterior fueron consiguieron obrar a su antojo en la zona - al menos hasta la segunda mitad del XVIII-, sino que tuvieron que bailar al son que les imponían los poderes asiáticos, Éstos nos contemplaban con condescendencia, considerándonos, en el mejor de los casos, como curiosidad exótica, y en el peor, como bárbaros y salvajes. En realidad, el factor decisivo a la hora de fundar y consolidar la presencia comercial Europea en Oriente en el XVI y XVIII no fue nuestra supuesta superioridad militar y tecnológica, sino el hecho de que estos imperios asiáticos eran terrestres, sin mucho interés en mantener una supremacía marítima. Si se lo hubieran propuesto, nos habrían eliminado de un papirotazo, como ocurrió con la plaza portuguesa de Ormuz, tomada por los Savafidas sin mucho esfuerzo a principios del siglo XVII.

jueves, 8 de diciembre de 2016

El gozne (VIII)

Die Ausnahme davon ist die Revolution in Mexico, die das Jahrzehnt zwischen 1910 und 1920 ausfüllte, es bedürfte aber noch der ganze zwanziger Jahre, um ihre Folgen einigermaßen einzudämmen. Die mexikanische Revolution wurde schnell zu einem Bürgerkrieg, der mehrere unterschiedliche Phasen durchlief und dem jeder achte Mexikaner zum Opfer fiel: ein fürchterlicher Tiefpunkt in der Geschichte der Revolutionen, nur noch dem Taiping Aufstand in Ostchina vergleichbar. Die mexikanische Revolution war eine "große" Revolution nach französischen Modell. Sie besaß eine breite soziale Basis, war im Kern ein Bauernaufstand, aber doch viel mehr als das. Sie beseitige ein Ancien Regime, hier nicht eine absolute Monarchie, sondern eine mit der Zeit versteinerte Oligarchenherrschaft, und ersetzte sie durch ein "modernes" Einparteienystem, das bis vor wenigen Jahren bestand.

Jürgen Osterhammel, Die Verwandlung der Welt

La excepción es la Revolución Mexicana, que llena el decenio de 1910 a 1920 y necesito aún la década completa de los veinte, para contener de algún modo sus consecuencias. La Revolución Mexicana devino pronto una guerra civil, que atravesó diferentes fases y que costó la vida a uno de cada ocho mejicanos: un aterrador abismo en la historia de las revoluciones que sólo es comparable al levantamiento Taiping en la China oriental. La Revolución Mexicana fue una "gran" revolución al estilo francés. Consiguió una amplia base social, fue en su centro un levantamiento campesino, pero no obstante, mucho más que eso. Se deshizo de un "Antiguo Régimen", en este caso no una Monarquía Absoluta, sino un sistema oligárquico petrificado con el tiempo, y lo reemplazo con un Sistema de Partido Único "moderno", que se mantuvo hasta hace pocos años

La "excepción mexicana" de la que habla Osterhammel se refiere a que esta revolución americana coincide temporalmente con otras cuatro euroasiáticas: la Rusa de 1905, la Iraní de 1905, la Turca de 1908  y la China de 1911. Normalmente estas cuatro revoluciones (y la quinta mejicana) no se suelen unir ni estudiar en un sólo bloque, como sí ocurre con los movimientos de 1820, 1830 y 1848. Peor aún, normalmente su estudio suele dejarse a un lado, como sucesos periféricos, en una narración obsesionada con el estallido de la Primera Guerra Mundial en Europa. Sin embargo, aunque desconectadas entre sí y normalmente fracasadas en sus objetivos, incluso cuando triunfaron, para Osterhammel vienen a demostrar uno de los muchos cambios que experimento el siglo XIX: en este caso una translación temprana de los centros de cambio político, de Europa al "tercer mundo", como luego ocurriría de forma general en el mundo de la Guerra Fría.

En este olvido hay bastante de eurocentrismo, presente y pasado. Normalmente se suele considerar el siglo XIX, de 1815 a 1914, como un siglo pacifico en la historia, sin guerras generales, punteado y sobresaltado por pasajeros intervalos revolucionarios, los citados movimientos de 1820, 30 y 48, o pequeñas guerras de "ajuste", la de Crimea del 50 o las nacionalistas de la década de los sesenta que culminan en la Francoprusiana. Sin embargo, esta concepción de un siglo tranquilo y estable es falsa incluso referida a Europa. Baste recordar los 75 años de inestabilidad y guerras civiles que afectaron a España de 1808 a 1875, o el infame polvorín de los Balcanes, donde las guerras de disolución del Imperio Otomano, se mezclaron con limpiezas étnicas y ajustes de cuentas entre los nuevos estados nacionales... que sólo se cerrarían con las guerras sin cuartel de 1991 a 1999, en Bosnia, Croacia y Kosovo.

sábado, 5 de julio de 2014

Across the wide world


En el panorama expositivo madrileño, hay algunas instituciones que suelen pasar desapercibidas en medio del griterío de las majors. Una de ellas es La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que no suele prodigarse mucho, pero que cuando lo hace, suele acertar en lo que propone, o al menos no busca engañar y desorientar al público para que acuda masivamente a sus salas.

En esta ocasión, en su edificio han coincidido dos exposiciones que aparentemente no pueden estar más lejanas. La primera está dedicada a la escuela de estampa Japonesa que conocemos como Ukiyo-e, arte popular donde los haya, mientras la segunda se centra en el fotográfo español Ortiz Echagüe, una personalidad que supongo casi desconocida para el gran público, pero que para mí ha sido uno de los grandes descubrimientos de este año. De hecho, creo que lo voy a añadir a la lista de mis exposiciones favoritas en lo que llevamos de año, junto con Pontormo, Albers y una cuarta que ya les comentaré.

sábado, 1 de marzo de 2014

History is not a thematic park


Vaya por delante que el descubrimiento del ejército de terracota que custodiaba la tumba del emperador Zheng, considerado como el primer auténtico emperador del Imperio Chino, es uno de los grandes descubrimientos arqueológicos del siglo XX, siglo en el cual abundan los descubrimientos espectaculares y trascendentales.  Sin embargo, la exposición "Terracotta Army" (así, en inglés, para empezar) en el Centro Cultural de la Villa, deja mucho que desear en materia expositiva y casi podría calificarse de ocasión completamente perdida para divulgar un perido histórico casi completamente desconocido para la población de Occidente,

Para explicar el porqué de mi opinión es necesaria una breve introducción histórica. El reinado del emperador Zheng -o Qin Shi Huan, si lo prefieren - es extremadamente corto, de apenas unos diez años, y su importancia e influencia completamente desproporcionada a su longitud temporal. Esto se debe a que en realidad es un nexo de unión entre un periodo formativo en la civilización china, la era de los reinos guerreros, y un periodo posterior de consolidación y desarrollo de las estructuras y paradigmas que iban a regir la historia de China hasta 1911, fecha del derrocamiento del último emperador, e incluso mucho más allá, en tiempos de Mao y del comunismo.

sábado, 7 de septiembre de 2013

The other version



Mi experiencia de la oferta expositiva en Madrid es que existen unas pocas exposiciones - aquellas organizadas por los grandes - que reciben una amplia difusión en los medios y que por esa misma publicidad se convierten en la "exposición del año". A la sombra de estos eventos masivos surgen aquí y allá otras mucho menores  - tanto en número de piezas y ambiciones - que suelen pasar desapercibidas para el gran público, sin recibir la mirada de los medios, incluso los que presumen de avanzados y cultos.

Por supuesto, lo anterior no quiere decir que sean peores ni menores. Más bien lo contrario.

Una exposición más que interesante que casi se me pasa se halla abierta hasta finales de este mes en uno de esos museos soñolientos de Madrid, el de Artes Decorativas, que corre el peligro de verse cerrado - ya lo ha estado en sus dos tercios este verano - en uno de los recortes neoliberales a los que tanto nos hemos aficionado. La muestra de la que hablo es la que recibe el nombre de Lacas Namban, Huellas de Japón en España y su importancia estriba  no tanto en sus piezas - importantes y hermosas - sino en servir de recordatorio de uno de los momentos cruciales de la historia universal el largo periodo de finales del siglo XV a principios del XVII en que una civilización - la occidental - se las arregló para conectar, aunque fuera de forma imperfecta, a todas las demás. El resultado fue la creación de un único espacio para la humanidad en el que aún seguimos viviendo, en las que los sucesos ocurridos en una de ellas afectaban a todas las demás.

Estamos, por otra parte, aconstumbrados a que la crónica de esa conexión - realizada por las armas, la conquista y el genocidio en más de una caso - se realice con una perspectiva Eurocéntrica, en la que los occidentales somos los héroes mientras que los "otros", en el mejor de los casos, no son sino espectadores pasivos. La importancia del arte Namban japonés es que permite vernos/ver este proceso desde el otro lado, cambio de perspectiva perfectamente simbolizado en que Namban no significa otra cosa que "bárbaros del sur", apelativo que expresa perfectamente los que las civilizaciones refinadas y sofisticadas del extermo oriente - Hindúes, chinos y japoneses - sintieron ante nuestra llegada.