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sábado, 4 de diciembre de 2021

La última y la primera humanidad, Olaf Stapledon

En ese momento, según avanzaba su conocimiento científico, descubrieron que hubo un tiempo, antes de la formación de las estrellas, cuando no había existido un lugar en el cosmos en donde la mente inteligente pudiese arraigar. Y que habría de llegar una época en que la consciencia habría de ser erradicada del universo. Las especies humanas tempranas no habían tenido necesidad de preocuparse por el destino final de la inteligencia, pero para los longevos seres humanos de la quinta humanidad ese destino, aunque distante, no parecía estar situado al cabo de la eternidad. Esa perspectiva les angustiaba. Habían sido educados para vivir por el género humano, no por el individuo particular, y ahora la existencia de la especie resultaba ser un breve instante entre el vacío eterno del pasado y el vacío eterno del futuro. Nada en su naturaleza les resultaba más admirable que el progreso orgánico de la mente humana, de manera que el convencimiento de ésta habría de cesar en breve les llenaba, a los más débiles entre ellos, de horror e indignación. Pero con el tiempo, la Quinta Humanidad, al igual que durante la Segunda, vino a sospechar que en esta brevedad del desarrollo de la mente existía una cierta belleza, más difícil de apreciar que la normal, pero también más exquisita.

La Ultima y La Primera Humanidad, Olaf Stapledon

Llegué a esta novela de ciencia ficción, escrita en los años 30 del pasado siglo, de modo inesperado. Lo que me llevó a leerla -con esa ilusión que se supone a las obras definitivas- fue la visión de una película: Last and First Men (los últimos y los primeros hombres), primera y última película dirigida por el malogrado compositor Johann Johansson. Como ya les conté, ese film me fascinó y me lo vi varias veces, casi en bucle, en los días que siguieron a su primer visionado. Su historia tenía especial resonancia para mí, puesto que contaba cómo los humanos de dentro de miles de millones de años intentaban ponerse en contacto con nosotros, con vistas a trasmitirnos un mensaje cuyo contenido no llegaba jamás a revelarse, así como la forma utilizada para ilustrar esa comunicación frustrada. Esto se plasmaba utilizando tomas obsesivas de los antiguos monumentos comunistas de la antigua Yugoeslavia, devenidos objetos fuera del tiempo y la historia, restos de una civilización que tanto podría provenir de un pasado remoto o de un  futuro impredecible. Todo ello acompañado con la magnífica banda sonora de Johansson, tan etérea e irreal como lo que contaba y fotografiaba.

Pueden hacerse una idea de la ilusión con que esperaba embarcarme en el libro de Stapledon. Tanta que deje de lado otras lecturas esenciales y me sumergí en ella tan pronto como tuve la novela en mis manos... para llevarme una decepción inmensa, de las que hacía tiempo no sentía. ¿Su principal problema? Haberle ocurrido lo peor que puede sucederle a una novela de ciencia-ficción: quedarse anticuada. Se nota demasiado que es un producto de su tiempo, que el autor, a pesar de sus enormes ambiciones -narrar el futuro de la humanidad, incluyendo su desaparición postrera -no consiguió romper las limitaciones de su época, ni mucho menos elevarse sobre ellas para abrir camino hacia ese terreno de las posibilidades imposibles que constituye el de la mejor ciencia-ficción.

martes, 12 de octubre de 2021

Las trampas de la tecnología, Stanislaw Lem

Y es así, por tanto, porque en el transcurso de los cuarenta años que, que como escritor, he ocupado con mis aspiraciones futurológicas, he llegado a convencerme de que lo que yo había preparado con un claro optimismo unilateral, la historia lo ha condimentado con una desmedida crueldad, de manera que si, por así decirlo, el progreso hubiera debido ser la semilla de una existencia mejor, en realidad ha originado nuevos infortunios, cuyo propio desarrollo ha alimentado.

Stanislaw Lem, Las trampas de la tecnología

Si me siguen, ya sabrán de mi admiración por Stanislaw Lem. Aunque asociado con la ciencia-ficción, género del que constituye una cumbre indiscutible, se trata de un escritor polifacético cuya obra escapa de sus estrechos márgenes. No es ya que muchas de sus mejoras obras de ciencia-ficción pertenezcan, con todos los honores, al género humorístico -gran parte de las andanzas de Egon Tichy-, sino que otras se trasladan a un género de largo recorrido, con sus inicios en la antigüedad grecorromana, pero muy olvidado en el siglo XX: la literatura satítirico-fantástica, de manos de los dos robot-ingenieros Turi y Clapaucio. Al final de su vida, además, se aventuró en los terrenos de la experimentación - o, como poco, la vanguardia - con los prólogos a libros inexistentes que componen su amplia Biblioteca del Siglo XXI.

El rango de temas que aborda la obra de Lem no se detiene ahí. Uno de los hilos conductores de su ciencia ficción no es tanto la anticipación científica -descubrir qué cacharros y cachivaches nos deparará el futuro- sino la crítica de la ciencia y la tecnología, poniendo de relieve sus limitaciones y carencias. Se podría decir que Lem es un filósofo de la ciencia y ese espíritu es el que anima una obra capital de su producción: el largo ensayo Summa Technologiae. Se trata de un largo e intrincado análisis sobre las posibilidades futuras del progreso científico -que ya les he comentado in extenso en muchas entradas-, pero, de nuevo, no centrado tanto en describir las innovaciones tecnológicas, sino en analizar si podremos prescindir de ellas, qué problemas acarrearán y sí nos conducirán a nuevos atolladeros, puede que sin salida. 

Es una pena que este libro de los años sesenta no alcanzará la difusión que merecía en occidente. Publicado tras el telón de acero, no llegó a ser leído fuera de él hasta los años 90, cuando muchas de sus especulaciones comenzaban a tornarse realidad -y ahora son experiencia cotidiana, casi banal-. Si el curso de los eventos hubiera sido otro, ahora podríamos estar hablando de fantomática y fantasmología, en vez de realidades virtuales o aumentadas. Pueden imaginarse, por tanto, con qué ilusión emprendí la lectura de Las trampas de la tecnología, recopilación  de ensayos escritos por Lem a finales de los 80 y principios de los 90, que conformaban una suerte de continuación a esa Summa Tecbnologiae, actualizándola y completándola. Pues bien, ha sido una pequeña decepción.

domingo, 12 de septiembre de 2021

Regreso a Entia: Stanislaw Lem

Precisamente entonces se desencadenó una guerra mundial, cuya característica más notable estriba en que hasta ahora sigue siendo un secreto de estado. Recibe diferentes nombres, Criptobellum o Mirobellum entre ellos, y las fuentes de Losania revelan lo mínimo cuando se investiga sobre el oponente en esa guerra secreta. En particular, no existe explicación alguna de por qué el enemigo se desvaneció por completo tras dos o tres décadas de conflicto, como si nunca hubiera existido. Ni siquiera se ha trasmitido el nombre que el estado enemigo se daba a si mismo. Para los losanienses era conocido como Clivia Nigra, para los kurdlandeses, Caledonia. Su territorio era tan extenso como el Losania y se encontraba en las antípodas, en la cercanía del polo, sobre el continente de Zetlandia. No ha quedado de él otra cosa que un desierto cubierto de glaciares, cien metros de hielos eternos sobre un suelo helado. El gobierno de Losania ha impuesto una cuarentena indefinida sobre la región asolada, que  prohíbe el acceso a Zetlandia de toda expedición científica o militar. En todo caso, según las informaciones recibidas. Nuestros losanistas han propuesto diferentes hipótesis sobre el tema, de las que no se deduce una conclusión clara.

Regreso a Entia, Stanislaw Lem.

Retorno a Entia (o traducido con literalidad, Inspección sobre el terreno) es una obra tardía, de los años ochenta del siglo XX, de Stanislav Lem. Por aquel entonces, este escritor de ciencia ficción se hallaba enfrascado en la llamada biblioteca del siglo XXI, una serie de escritos experimentales consistentes en prefacios a libros inexistentes. Ese formato que le permitía una gran libertad creativa, al poder abordar, en extensiones cortas, temas que sería complicado convertir en ficciones. Como consecuencia, su obra estrictamente de ciencia ficción -y la de especulación científica- decayó un tanto. Aún llego publicó obras magníficas como Fiasco,  pero otras, como Paz en la tierra, no pasan de una compilación mal trabada de cuentos aislados. Retorno a Entia se resiente un tanto de esa misma falta de unidad, pero a pesar de eso creo que pertenece a sus mejores obras.

Su protagonista es Ijon Tichy, personaje recurrente en la vertiente humorística de la producción de Lem -aunque a veces se nos hiele la sonrisa con sus desventuras-. En Retorno a Entia, Tichy traba contacto con un organismo oficial suizo, a cargo de preparar las futuras relaciones diplomáticas de la tierra con civilizaciones extraterrestres. Con ese objetivo, esa institución ha recopilado toda la información existente otros planetas -por ejemplo, la contenida en los relatos del propio Tichy, e incluso ha desarrollado un ordenador capaz de realizar predicciones de sucesos venideros, una de las cuales traerá consecuencias desconcertantes a Tichy: los dos estados que se reparten el planeta Entia exigen que el astronauta se retracte de sus informes sobre el planeta, sin relación alguna con la realidad. Intentando descubrir la razón de esa indignación, Tichy pide acceso a la información que custodia el instituto suizo, a cuyo examen se dedica buena parte del libro. Al final, no le queda otro remedio que viajar a la propia Entia, de ahí la Inspección sobre el terreno a la que hace referencia el título original.

martes, 4 de septiembre de 2018

Futuros imperfectos

¿Pero qué pasa con el original? Si sale de la cabina en la cual hemos realizado el inventario de sus átomos, es evidente que no ha partido a ningún lugar, sino que se ha quedado donde estuvo hasta el momento. Fuera de eso, aun si millones de sus copias han comenzado su existencia en los aparatos receptores, eso en nada cambia la situación del Smith original: si no le decimos nada, se irá a su casa sin tener la más mínima idea de lo que realmente ha ocurrido. Entonces resulta que hay que destruir el "original", enseguida después del "inventario atómico". Puestos en la situación del Señor Smith, con facilidad advertiremos que las perspectivas de su viaje telegráfico no son para nada color de rosa. En realidad, parecería que morirá en la cabina, asesinado una vez y para siempre , en tanto que de los receptores saldrán individuos idealmente parecidos a él , pero no él mismo. Porque es así: entre casa estado del hombre y su estado anterior hay un estricto vínculo causal. En el momento T1 vivencio el gusto dulce, porque en el momento T2 me han puesto sobre la lengua un terrón de azúcar. Entre el señor Smith y su retrato atómico también hay un vínculo causal: el retrato es tal y cual, dado que hemos actuado sobre el cuerpo de Smith así y asá, y gracias a esa acción se ha llegado a un envío informativo completo sobre la constitución del señor Smith. De igual modo, existe un vínculo informativo y casual entre el retrato atómico y las "copias" que salen de los receptores, dado que han sido construidas tal como lo indicaban las indicaciones del "retrato". ¿Pero qué relaciones acaecen entre la totalidad de esas transformaciones (Smith como organismo vivo, Smith como información enviada y los múltiples Smith copiados acorde con esa información) y la muerte del señor Smith, que provocamos apenas terminado el retrato atómico?

Stanislaw Lem, Summa Technologiae

Hace ya dos años, les comenté con profusión este extenso ensayo filosófico-tecnológico de Stanislaw Lem en una serie de entradas de este blog, de título Los laberintos de la ciencia (aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, y aquí).  Leí este libro en traducción inglesa y en su momento me fascinó hasta la obsesión, como demuestra mi prolijidad analítica o el hecho de que lo releyera entero apenas terminado. Lo he vuelto a revisar ahora en traducción española, variante argentina, y no me ha despertado el entusiasmo de antaño. En varias ocasiones me sentí fuera del libro, lejano y desapegado.

No es un problema del ensayo de Lem, al que haya descubierto ahora como vacuo y baldío, ni mucho menos de la traducción, modélica y escrupulosa. Se trata más bien de una cuestión de tempo. El hecho de leer en una lengua, el inglés, que no es la mía materna, me forzaba a bajar el ritmo, a prestar más atención a lo contado, pudiendo así digerirlo y asimilarlo. Leer en castellano, por el contrario, me lleva a correr más de lo debido, por lo que, sin pretenderlo, me salto pasajes, los visitó descuidado. Se me escapan, desapercibidas, las ideas que Lem intenta resaltar y con ellas las conclusiones en las que Lem quiere que reparemos.

Porque hay algo innegable: Summa Technologiae es un libro importantísimo. O lo hubiera sido si se hubiera publicado en Occidente en los años sesenta. En él, Lem intenta atisbar en las posibilidades que el futuro tecnológico podría traernos, tanto en sus aspectos positivos como en los negativos. Y no se trata de un ejercicio de futurología al uso, de ésos que, llegado el futuro que pretenden adivinar, sólo sirven como burla y diversión de los contemporáneos, regocijados al comprobar lo equivocados que estaban sus anticipados. No, lo que Lem cuenta es tan relevante y pertinente que mucho forma parte ya de nuestro presente, desde hace apenas unas décadas. incluso años.Tanto más sorprendente su pensamos en la cisura cultural que, en los veinte años que median entre 1990 y 2010, han creado la internet y los móviles.

jueves, 30 de agosto de 2018

Welcome to paranoia

Dejé este libro y tomé otro: Sobre el ocultamiento de los objetos del culto. La cabeza me zumbaba un poco. Además me perseguía un olor difícilmente perceptible, una insoportable emanación que, como el hollín, cubría las pilas de libracos; no era un olor claro, de moho, por ejemplo, o de polvo arenoso del papel, sino una miasma nauseabunda del enmohecimiento secular, que parecía pegotearse invisiblemente a todo. En realidad debí haberme decidido a tomar cualquier volumen y alejarme, pero seguía dando vueltas, como si de verdad buscara algo. Dejé la Deontología de la traición y un pequeño pero abultado Imitación de la nada con orejas de burro y encuadernación negra; un libro de bolsillo Cómo actualizar la transcendentalidad parada, no sé por qué en la sección de espionaje; detrás de él había una fila de gordos volúmenes con tapas petrificadas por la vejez, el papel, medio podrido, amarillo, mostraba en las primeras páginas los títulos realizados con la técnica del grabado en madera: Acerca de la fortuna de los espiadores, o El ladero de la excelencia del espionaje en tres Vols. con proemio y paralipómenos, por el mugator Jonabery O. Paupe. Entre esos tomos habían metido un pequeño impreso viejo, sin tapas, con incunables, apenas legible, Cómo suspectar tangiblemente. Había un montón de eso; apenas podía leer los títulos: Sobre el lenocinio a distancia, Sobornancia, aparato personal del spía, Teoría del voyeurismo, bosquejo con índice de literatura escoptológica y escopognóstica, la escoptofilía y la escoptomanía al servicio de los servicios de inteligencia, Machina especularis, o sea Táctica del espionaje, un atlas negro titulado Sobre la lascivia exploratoria, manuales de tacto del espionaje, y El arte de la delación, o sea, El perfecto delator, y Caídas y quemadas, álbum desplegable con figuras, Trampas y emboscadas, hasta había algo de arte: un destartalado fajo de partituras, con un título manuscrito en lila: Pequeño provocatorio para cuatro manos con antología de sonetos de Agujita.

Stanislaw Lem, Memorias encontradas en una bañera. 

Hace ya un tiempo, les había comentado esta misma novela, sólo que en traducción inglesa. Ahora la he vuelto a leer vertida al castellano, lo que me ha permitido entenderla y disfrutarla mejor, en especial los juegos mentales en los que se recrea el autor, además de ofrecerme un placer inesperado. Al estar traducida en Argentina, abundan los localismos de esa variante del castellano, lo que para un filólogo y linguista aficionado, como es mi caso, le ha permitido adentrarse en los amplios espacios americanos de la lengua común, tan desconocida en la península. Sin embargo, no le arriendo la ganancia al traductor, ya que debe haberle supuesto una tarea ímproba. No es que Lem sea un autor difícil, ni mucho menos, pero si es de sobras conocido que retorcía la lengua para burlar a la censura comunista, además de inventar expresiones y palabras nuevas para expresar lo inexistente o lo futuro. Acertijos y enigmas lingüísticos que si ya constituyen un reto para el lector nativo, para el traductor pueden pasar inadvertidos o ser, directamente, imposibles de expresar en otra lengua.

Esa condición de cajas chinas o muñecas Katiuska del lenguaje de Lem, tiene un correlato, esta vez, en la propia estructura de la novela. En primer lugar, Memorias encontradas en una bañera es la novelas más cercana a Kafka de la producción de este autor polaco. En ella se descubren las desventuras de un civil perdido en un inmenso cuartel general militar, a donde ha llegado encargado de una supuesta misión de espionaje. Nadie le explica en qué consiste, ni parecen tener muchas noticias de quién se la encomendo, así que las peripecias del protagonista se reducen a vagar de un negociado a otro, sin rumbo ni destino, dentro de un microcosmos cerrado en el que todos  sospechan de todos. De ser espías de un enemigo que acecha en el exterior y que, a pesar de todas las precauciones, parece haberse infiltrado hasta las más altas esferas del poder.

jueves, 23 de agosto de 2018

Demasiadas cosas

Cuanto más tiempo pasaba, más se complicaban las cosas. Por ejemplo, ¿se podía calificar como infidelidad conyugal la convivencia de uno con su propia esposa encarnada en una teledoble más joven? Un tal Adlai Groutzer encargó a la filial bostoniana de Gynandroids una teledoble que era la copia de su propia esposa, pero con la edad de veintiún años. En el momento de realizar ese encargo, aquella esposa tenía cincuenta y nueve años. El problema se complicó aún más teniendo en cuenta que la señora Groutzer a la edad de veintiún años todavía no era la esposa de Groutzer, sino de James Brown, del cual se había divorciado veinte años más tarde para casarse con Groutzer. El caso pasó por todas las instancias. Los tribunales tuvieron que dictaminar si se trataba de incumplimiento del deber conyugal al no querer la esposa teledirigir en el sentido más íntimo la teledoble adquirida por su marido. ¿Es posible el teleincesto, el telesadismo y el telemasoquismo? ¿Y la telepederastia? Una empresa lanzó al mercado una serie de maniquíes, fáciles de transformar en mujeres y hasta en hermafroditas utilizando las piezas de repuesto que venían en la caja. Los japoneses exportaban a los Estados Unidos y a Europa los hermafroditas a precios de dumping; su sexo se podía regular con un movimiento de mano (según la regla « derecha, izquierda, de Adán sale Eva »). Cuentan que entre los clientes de Gynandroids hubo muchas prostitutas, que ya peinaban canas, que habiendo perdido la oportunidad de ejercer su oficio personalmente, gracias a una rica experiencia podían dirigir ahora con mucho arte las teledobles.

Paz en la tierra, Stanislaw Lem

Una de las novelas de Lem que me quedaba por leer es esta Paz en la tierra, la última que escribió. Sin embargo, aunque notable y con pasajes que podrían figurar entre los mejores de su producción, no me ha acabado de convencer. Incluso me ha dejado un tanto frío.

En su haber está la recuperación de uno de los personajes fetiche de Lem: Ijon Tichy. Su sola aparición ya anuncia que esta novela pertenece a la rama disparatada y humorística de la producción de este escritor. Aquélla en que pone en solfa los muchos estereotipos de la ciencia ficción, tanto llevando sus premisas a sus últimas conclusiones lógicas, normalmente contradictorias y paradójicas, como sometiéndolas a un proceso de centrifugado al máximo de revoluciones, en el que los hechos narrados se atropellan y empujan, aumentando la sensación de absurdo. El futuro, en el universo de Tichy, evoluciona a tal velocidad que nada es duradero, ni mucho menos con sentido, de manera que sus habitantes se ven desbordados por una tecnología que les convierte en antiguallas y que son incapaces de dominar. La carcajada está servida, por tanto, hasta el momento en que nos damos cuenta que ese futuro es nuestro presente, y se nos hiela la sonrisa.

martes, 21 de agosto de 2018

Lo imposible es forzosamente posible

- Supongo que ya ha estado en el jardín y ha estado detrás de los árboles, donde se cultivan fresas, ¿verdad?
- Naturalmente.
- Allí hay una mesa de madera, redonda, con el borde tachonado de clavos. ¿Se ha fijado en ella?
- Sí
- ¿Considera posible disparar desde gran altura sobre esta mesas, mediante una pipeta, las gotas de agua suficientes para que cada gota cayera sobre un clavo diferente cada vez?
- Pues... si se calculara bien, ¿Por qué no?
- ¿Y si se echara el agua sin ningún cuidado?
- Entonces no, claro
- Y sin embargo, basta que llueva durante cinco minutos para que cada clavo reciba con seguridad su gota de agua...
- Sí, pero... - Ahora ya empezaba a comprender a qué se refería.
- ¡Sí, sí, sí! Mi criterio es radical, lo reconozco. No hay ningún misterio en él. Es sobre todo la magnitud de la cantidad de sucesos lo que decide lo que es posible y lo que no. Cuanto mayor es la magnitud de la cantidad, más improbables son los sucesos que pueden desviarse.

Stanislaw Lem, La fiebre del heno

Los que sigan este blog, sabrán ya de mi profunda admiración por el escritor polaco Stanislaw Lem. Es normal adscribirlo al género de la ciencia ficción, pero en mi opinión lo trasciende, puesto que se adentró en territorios tan lejanos de este género como la sátira social, la novela experimental, el relato postmoderno y el ensayo filosófico cientifico... en ocasiones aleándolos dentro de una misma narración. No es que su escritura esté exenta de defectos, el principal la tenue consistencia de sus personajes, simples soportes para el desarrollo de sus tesis, pero como compensación tiene tres virtudes muy poco comunes: la capacidad alucinatoria de sus descripciones, capaces de hacerte sentir allí, aunque ese allí sea totalmente ajeno a nuestra experiencia terrestre; el rigor inquebrantable del desarrollo conceptual de sus tramas, que son llevadas a sus últimas consecuencias, sin dejar espacio a trampas o agujeros; y, por último, su capacidad innata para transformar tesis científicas o filosóficas en tramas literarias, en donde aquéllos presupuestos ideológicos se plasmen en acciones de sus personajes, sin que esto resulte forzado o antinatural.

 La fiebre del heno, una novela principal dentro del opus de Lem, es de nuevo un híbrido, una amalgama de diferentes géneros, entre los que se cuentan la ciencia ficción, el relato policiaco y, como no, la meditación filosófica, en este caso matemática. En esta obra, ni más ni menos, intenta ilustrar un concepto estadístico antiintuitivo que podríamos definir como ley de los grandes números o de la ineluctabilidad estadística. Se trata, en breves palabras, de que cualquier suceso al que esté asociado una probabilidad no nula habrá de ocurrir de forma obligada, por muy pequeña que esta probabilidad sea. Lo único que se necesita es tiempo, tanto como sea necesario, o número de intentos, tantos como sean precisos, y este suceso ocurrirá en un tiempo y un número de casos finito. Sin que, aún más importante, tras ella se esconda una ley determinística, obligada y obligatoria, dada unas circunstancias, sino el mero azar probabílistico.

lunes, 23 de julio de 2018

Sin remedio

Ese boletín tan instructivo hubiera bastado, seguramente, para aclarar de forma científica la cuestión de los misteriosos monstruos marinos, que tantas polémicas habían suscitado. Por desgracia, se publicó, al mismo tiempo, el informe del experto holandés Van Hogenhouck, que incluyó esta salamandra gigante en la familia de los salamándridos (salamandras o tritones), bajo el nombre de Megatriton Moluccanus, e indicó su multiplicación en las islas holandesas del Sudán, Dzillo, Morotai y Ceram. También influyó la opinión del doctor Mignard, científico francés, que los clasificó como salamandras comunes y determinó su procedencia en las islas francesas de Takaroa, Rangioara y Raitarea y las nombró, sencillamente, Criptobranquios Salmandroides. Todavía citaremos el informe de W. Spence, que reconoció en ellas una nueva especie de pelágicos naturales de las islas Gilbert. Mediante este informe estaba dispuesto a obtener un nuevo ser científico, bajo el nombre: Pelagotriton Spence. El señor Spence consiguió transportar un ejemplar vivo hasta el Parque Zoológico de Londres, donde fue objeto de nuevas investigaciones que arrojaron los nombres de Pelagobatracio Hooker, Salamandrops Maritimus, Abranchus Giganteus, Amphiuma Gigas y tantos otros. Numerosos expertos aseguraban que el Pelagotriton Spence no era otra cosa que el Criptobranchius Zinckeri, y que la salamandra de Gignard no era otra que el Andrias Scheuchzeri. Hubo muchos debates sobre denominaciones y otras cuestiones puramente científicas, y finalmente ocurrió que la Historia Natural de cada país tuvo su propia salamandra, criticando con dureza las salamandras de los otros países. Por eso, en ese importante asunto de las salamandras, no se logró nunca una clara explicación científica.

Karel Capek, La guerra de las salamandras.

Capek es un autor checo del que todo lector ha oído hablar, incluso aunque no haya leído ninguno de sus libros. Su nombre ha quedado ligado a la invención del concepto de Robot, nombre acuñado en su obra teatral R.U.R de 1921, donde aparecían por primera vez máquinas inteligentes que la humanidad utilizaba para realizar las tareas más pesadas y desagradables. Por esa razón, se suele encuadrar a este autor en el ámbito de la ciencia ficción, como uno de tantos precursores que vieron las posibilidades que podría traer el progreso científico e intentaron evaluar el impacto que sus innovaciones tendrían sobre la humanidad y la estructura social.

Debo decirles que discrepo con esta clasificación. Para mí, Capek es un seguidor moderno de un genero muy antiguo, el de la sátira social con ribetes fantásticos, que se remonta a tiempos de la antigüedad romana. Su fundador sería Luciano, con su Historia Verdadera, copiada, adaptada y ampliada por Swift con su Gulliver o Voltaire con su Cándido. Incluso, ya en nuestro tiempo, se puede encontrar dentro de la obra polifacética de otro escritor anómalo, éste sí de ciencia ficción, como Stanislaw Lem, quien en su Ciberiada, supo renovar ese género casi olvidado, sin perder nada del humor y la acidez con que había sido fundado.

Es lo que ocurre con Capek y su Guerra de las Salamandras, en donde el autor checo se despacha a gusto con toda la sociedad de su tiempo, subrayando dos vicios principales: la codicia que rige todas las acciones, limitada y entorpecida sólo por las envidías y rencillas nacionales. Así, la caída final de la humanidad a manos de unas salamandras antropomorfas es preparada y facilitada por la propia estupidez humana,de la cual sólo puede librarnos un Deus ex Machina. Tanto más divertido cuando surge de una confesión de impotencia del autor. No sabe como culminar la trama, sin que ésta lleve a la pérdida y destrucción de la humanida, así que no le importa buscar un final feliz inverosímil, que le sirve además para reírse de otros colegas de ciencia ficción

martes, 30 de enero de 2018

Los recuerdos y la imaginación

Recuerdo un libro que preparé para un inspector extraordinario y plenipotenciario. Cada página estaba coloreada con un tono distinto. Lo recuerdo presentando la primera hoja, sin duda ante los funcionarios inferiores, una página con sólo dos sellos triangulares. Los guardas de las puertas abrían los pernos a regañadientes.  Y luego, con un leve giro, mostraba la segunda hoja, en verde, ahora frente a los rígidos funcionarios. Luego, en la mesa del cuartel de guardia arrojaba la tercera y cuarta página, de un blanco deslumbrante, con el gran sello redondo, rojo sangre. Lo miraban atentamente, temblando, y saludaban mientras el hombre avanzaba hasta la puerta principal, donde estaba el Guardián General de las Puertas, que un momento antes permanecía inaccesible, metido en un uniforme bellamente adornado con gotas de oro, en ese momento empapado en sudor por el celo oficial puesto en la tarea, y el sonido de la cerradura abriéndose y mezclándose con el tintineo de las medallas sobre su pecho. Y el anciano es una imagen militar, alzando su brillante espada, honrando no a la persona que cruza el umbral sino al documento que el emisario lleva en mano. ¡Que delicia el pensamiento de ese trasiego maravilloso de los salvoconductos, esas crecientes dosis de "poder perfectamente legal"! ¡Ni las escenas de batallas de Sienkiewicz, ni ningún rugido de cañones podrían igualar jamás el murmullo de los Cupones de Poder colocados sobre la mesa gris entre los muros grises del castillo! No puedo llegar a comprender la magia oculta en el Gran Sello, pues en su centro reposa el mismísimo Signo Secreto, esto es, un "código sin clave", lo que significa que quien lo lleva tiene que ser un emisario del Innombrable.

Stanislaw Lem, El castillo alto.

Ya sabrán de mi profunda admiración por Stanislaw Lem. Le considero como uno de los grandes de la literatura del siglo XX, opinión que no está más extendida, me temo, debido a su catalogación como autor de ciencia ficción. Un genero en el que pueden encuadrarse la mayoría de sus obras, pero en el que encaja mal, dada su tendencia a sobrepasarlo y transcenderlo. De hecho, siempre fue una presencia excéntrica en ese mundo, alejado de la tendencia al travestismo que lastra la mayor parte de la ciencia-ficción occidental, a la que que criticó sin piedad. Antes incluso de la decadencia reciente del género, que poco a poco ha ido derivando en fantasía con toques tecnológicos o space-opera que recicla el género de aventuras.

Por el contrario, Lem siempre perteneció a la sección más "dura" del genero, aquélla que pretendía desarrollar los problemas morales y sociales que se suponía acarrearían los avances tecnológicos, intentando plasmarlos con lógica férrea y una coherencia no menos sólida. Las obras de Lem, por tanto, siempre pueden reescribirse como ensayos filosóficos  puros - una de sus obras más importantes, Summa Technologia, es precisamente esto -, cuya peripecias narrativas son la ilustración de esos dilemas y de las consecuencias que de ellos derivarían. De ahí, precisamente, surge el mayor defecto de la obra de Lem, la debilidad de sus personajes, meros vehículos para el desarrollo de sus tesis, pero esto se ve compensado por dos virtudes esenciales. Primero, sus dotes para inventar mundos complejos, laberínticos y aún así coherentes, cuyos detalles es capaz de describir con intensidad casi obsesiva, hasta hacerlos plausibles. Hasta conseguir, en definitiva, que podamos verlos. El segundo, ser capaz de seguir el desarrollo lógico de sus postulados hasta el propio absurdo, sin permitirse trampas ni traiciones, sino resaltando y remachando las contradicciones en ellos ocultos. 

Especialmente aquéllas que no somos capaces de ver. O no queremos.

sábado, 19 de agosto de 2017

Los límites

Resulto, sin embargo, que en nuestro caso aquel emisor desconocido había cometido un terrible faux pas, pues había enviado su misiva, un larguísimo mensaje grabado  en casi un kilómetro de cinta registradora, sin introducción, gramática, ni lexicón. Cuando me enteré de aquello, lo primero que me pasó por la cabeza fue que en realidad aquel mensaje no estaba destinado a nosotros, y habíamos dado con él por pura casualidad, tal vez sólo porque estábamos situados en la línea de transmisión entre dos civilizaciones que habían establecido ya un diálogo previo. También cabía la posibilidad de que sus destinatarios fueran todas las civilizaciones que, alcanzado un cierto "nivel de conocimiento", fueran capaces de tanto de localizar la difícilmente detectable señal como de descodificar su significado. La primera eventualidad, la de una detección fortuita, eliminaba el problema de "no haber respetado las reglas". En cambio en la segunda, el problema en cuestión adquiría una dimensión nueva y en cierta manera enriquecida: la información (según imaginaba yo) había sido protegida contra los posibles receptores "no deseados".

La voz del amo, Stanislaw Lem

En otra entrada anterior ya había compartido mis impresiones sobre esta novela de Stanislaw Lem. He podido leerla ahora en castellano, gracias a la editorial Impedimenta, y mi admiración por este escritor se ha visto reforzada. Sigue siendo, por tanto, uno de mis autores favoritos.

No porque sea un autor redondo, ni mucho menos perfecto. Sus personajes suelen ser meros vehículos para sus historias y disquisiciones filosóficas, en demasiadas ocasiones reducidos a simples etiquetas. No obstante, en compensación, las descripciones de los ambientes futuros en los que se desarrollan sus novelas son realmente magistrales. De las de estar presenciando lo que se nos cuenta, aunque normalmente sea incomprensible de lo ajenos que son esos otros mundos a nuestra experiencia. Extrañeza irreductible que es la puerta de entrada a la auténtica importancia de las novelas de Lem: obras donde se transciende la ciencia- ficción. No estamos en el ámbito de la novela de aventuras, o rosa o melodramática, con un leve barniz de técnica futurista. Ni siquiera en el de la obra de divulgación-anticipación, a lo Verne, que busca adivinar lo que nos deparará el futuro y mostrarlo de manera racional, alcanzable en un futuro cercano. La obra de Lem, por el contrario, pone en tela de juicio todo lo que conocemos. Tanto, en modo menor, nuestras expectativas ante la ciencia ficción, como, en modo mayor, los fundamentos que suponemos sólidos e inmutables a la ciencia.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Abismos infranqueables

- No, espere - exclamó Noonan, sintiéndose defraudado por algún motivo -. Si no saben cosas tan simples como ésa... Bueno, al diablo con la razón. Por lo visto es un verdadero pantano. Okey, pero ¿qué pasa con la Visitación? ¿Qué piensa usted de la Visitación?
- Será un placer. Imagine un picnic.
Noonan se estremeció.
- ¿Qué dijo?
- Un picnic. Imagine un bosque, una pradera. Un coche sale de la ruta y se de él baja un grupo de gente joven, con botellas, cestos de comida, radios a transistores y máquinas fotográficas. Encienden fuego, arman carpas, ponen música. Por la mañana se marchan. Los animales, los pájaros y los insectos que los han estado observando horrorizados durante la larga noche vuelven a salir de sus escondrijos. ¿Y con qué se encuentran? Nafta y aceite derramados en el pasto. Válvulas y filtros usados, estropajos, bombitas quemadas y alguna llave inglesa que alguien olvidó. Manchas de aceite en el estanque. Y también, por supuesto, las basuras de costumbre: corazones de manzana, envolturas de caramelos, restos chamuscados de la hoguera, latas, botellas, un pañuelo, una navaja, periódicos destrozados, monedas, flores marchitas recogidas en otra pradera. 
Arkadi y Boris Strugatski, Picnic Extraterrestre

Si vienen leyéndome, sabrán de mi fascinación por el director Andréi Tarkovski y en especial por su película Stalker.  Tras mi reciente revisión de esta obra , me decidí a leer la novela original en que se basaba, al igual que mucho tiempo antes, ver el Solaris de Tarkovski me condujo al Solaris de Lem, escritor que pronto se convirtió en uno de mis favoritos. En el caso de Stalker, sin embargo, mis investigaciones literarias me han llevado al desconcierto, de manera que no sé muy bien a qué carta quedarme. Básicamente, porque entre los dos Stalker media un abismo infranqueable. Los dos Solaris, más mal que bien pertenecían al mismo mundo temático y era posible imaginar maneras y modos de conseguir que sus caminos confluyeran. Los dos Stalker, por el contrario, pertenecen a universos irreconciliables.

Stalker se basa en una novela corta, no llega a doscientas páginas, de los hermanos Arkadi y Boris Strugatski, quienes se hicieron un nombre en la ciencia ficción de las últimas de décadas de existencia de la URSS. En este relato, de nombre Picnic extraterrestre, los Strugatski fabulan uno de los temas clásicos del género, el del contacto con inteligencias extraterrestres. Sólo que con una diferencia con respecto a lo habitual, siguiendo en ello a mi muy admirado Lem, ya que este contacto se revela imposible. Los extraterrestres, o lo que fuera que fueran, pasaron por nuestro planeta fugazmente sin reparar en nosotros, ni mucho menos reconocernos como especie inteligente. El abismo técnico e intelectual era demasiado grande, similar al que nos separa a nosotros con los insectos, seres vivos cuya existencia sólo se nos hace visible cuando nos molestan y con quienes no buscamos comunicarnos, ni hacerles partícipes de nuestra tecnología.

Esa misma tecnología superior, precisamente, que ha tornado las zonas donde se posaron en páramos inhóspitos, hostiles a la presencia humana, sembrándolas de objetos abandonados de los que sólo de vez en cuando se ha podido sacar algún provecho. Sin que en ningún momento se sepa si estamos adorando basura abandonada o si realmente estamos utilizando algo de lo encontrado de la manera correcta. Enfrentados a los restos de ese picnic extraterrestre, no somos muy distintos de la nutria que se enreda y muere, atrapada por los aros de un paquete de seis latas de Coca-Cola, o del cangrejo ermitaño que utiliza la vaina de un cartucho usado como caparazón protector,