martes, 28 de junio de 2016

Los laberintos de la ciencia (y V)

The same can be said about phantomats. The principal weakness of all efforts focused on discovering the true state of events lies in the fact that a person who has doubts as to the nonreality of the world in which he lives must act on his own. It is because any act of turning to other people for help is, or rather can actually be, an act of feeding the machine with strategically suitable information. If this is indeed a vision, by letting our old friend in on the secret about the issues concerning existencial uncertainty, we pass on additional information to the machine - which is going to exploit to enhance our belief in the reality of our experience. This is why the person undergoing the experience cannot trust anyone but himself  - which severely narrows down his options. He acts defensively to an extent, as he is surrounded by all sides. This also means that a phantomatic world is world of total solitude. There cannot be more than one person in it at any one time, just as it is impossible for two real persons to find themselves in the same dream.

Stanislav Lem, Summa Technologiae

Lo mismo puede decirse de los fantómatas. La principal debilidad de cualquier esfuerzo encaminado a descubrir el autentico estado de las cosas se halla en que una persona que tenga dudas sobre la irrealidad del mundo en el que vive debe actuar por sí solo. Simplemente porque el mero acto de volverse a otras personas para pedir ayuda es, o puede realmente ser, un acto de alimentar la máquina con información estratégicamente apropiada. Si es una visión, hacer partícipe a un viejo amigo del secreto de tus cuestiones sobre la incertidumbre existencial, suministra información adicional a la máquina - que la utilizará para aumentar nuestra creencia en la realidad de esa experiencia. Por ello, la persona sometida a esta experiencia no puede confiar en otra persona que no sea él mismo - lo que limita drásticamente sus opciones. Debe actuar a la defensiva en cierta medida. porque está rodeado en todas direcciones. Esto significa que un mundo fantomático es un mundo de soledad completa. No puede haber más de una persona en él en cada ocasión, al igual que es imposible que dos personas reales se hallen en el mismo sueño.

En la entrada anterior, buscando un medio de encontrar la máquina científica perfecta, Lem había acunado el término de imitología, o ciencia de replicar la realidad de forma artificial mediante modelos matemáticos. Este modo podía parecer ciencia ficción en los años sesenta, cuando se escribió Summa Technologiae, pero ahora la simulación por ordenador es una de las herramientas fundamentales del trabajo científico - y no científico -. Lem, no obstante, no se queda ahí, sino que da un paso más adelante. Una vez remedada la realidad, nos dice, es sólo cuestión que procedamos a conectar estos mundos fantasmales a nuestros órganos de los sentidos para disfrutar de ellos. Incluso de  proceder a la estimulación directa de nuestros centros cerebrales para conseguir una impresión mayor de realidad, indistinguible incluso de ésta.

Habría nacido así la fantasmología, o como la llamamos ahora, la realidad virtual. Es una pena que Summa Techologia no se tradujese antes al inglés - la primera, la que estoy leyendo, es de este siglo, y en español ni siquiera se ha intentado - porque los nombres propuestos por Lem son más ciéntificos a la antigua usanza, además de más sugerentes y hermosos, que aquellos con los que nos hemos quedado. El escritor polaco, sin embargo, no se queda en proponer nombres y apuntar posibilidades, sino que acierta plenamente en los usos que podríamos dar a esta fantasmología/realidad virtual. En primer lugar, su uso como técnica de entrenamiento y aprendizaje, permitiendo repetir una y otra vez situaciones peligrosas que podrían llevar a la muerte de sus participantes, en caso de realizarse en condiciones reales.

Sin embargo, más importante aún y mucho más ambiguo e inquietante es el otro uso, el de la creación de mundos para nuestro entretenimiento y diversión. La posibilidad de crear cualquier mundo parametrizable y modelable, nos permite vivir en cualquier época, experimentar las aventuras que hemos leído en los libros y visto en las películas. Incluso nos ofrece la posibilidad de construir otros paisajes e historias nuevos que jamás fueron antes soñadas y que, como vemos todos los días en las producciones recientes de Holywood, han acabado por contaminar y colonizar las otras artes mayores narrativas. Llegaríamos aquí a un problema acuciante, que muchas veces habrán visto discutido en la Internet: si esta fantasmología/realidad virtual puede llegar a ser un arte.

La respuesta de Lem es negativa. No porque la fantasmología no sea capaz de recrear cualquier mundo con absoluta perfección, si se lo propone, sino simplemente porque no es capaz de cambiarnos a nosotros. Al ser una técnica que exige una relación constante con el sujeto que la utilice, respondiendo en tiempo real a las acciones y decisiones de éste, sólo hay una cosa que no permite hacer: transformarnos en Napoleón, si eligiésemos encarnarlo en los mundos virtuales. La fantasmología no puede hacernos más inteligentes, más hábiles o más astutos, de manera que la ilusión siempre será imperfecta, tanto más cuanto más lejano esté nuestro objetivo de nuestra naturaleza. En la cadena de transmisión fallaríamos nosotros, a menos que el programa hiciese trampa a nuestro favor.

La fantasmología quedaría reducida así a mero entretenimiento sin profundidad ni transcendencia, escapismo de altísimo nivel, pero escapismo al fin y al cano. Un fenómeno más que habitual en nuestro presente, donde amplios sectores de la población tienen más apego a sus mundos virtuales que a la realidad cotidiana, hasta el extremo de descuidarla. Algo de lo que, no se extrañen. yo mismo he sido  víctima.

Hasta aquí la relación con el presente, porque Lem, como es habitual va aún un poco más lejos, lo que explica lo chocante que puede parecer el texto que abre esta entrada.

El mundo de la fantasmología según Lem lo  describe parece un mundo de absoluta soledad. Sin embargo, en nuestro presente estamos aconstumbrados a juegos sociales, los massive multiplayer, donde gran parte de la gracia es colaborar con otras personas reales a las que sólo conocemos y conoceremos por sus disfraces virtuales. Lem parece haberse equivocado completamente, pero esta contradicción aparente tiene una solución fácil. A pesar de la creciente realidad de estos mundos, seguimos siendo capaces de distinguirlos de la realidad real. Están apartados de nosotros por una barrera infranqueable, aislados en nuestras pantallas, accesibles sólo a través de teclados y pantallas. Incluso cuando nos adentramos en ellos con gafas y guantes de realidad virtual, un manotazo torpe puede recordarnos de forma dolorosa que a nuestro alrededor sigue presente un mundo cuyo realidad no podemos abolir.

A lo que Lem se refiere es a una fantasmología que asegure una inmersión perfecta, donde no quede posibilidad ni método para determinar si estamos soñando o despiertos, como podría ser echar a andar hasta golpearse con un mueble invisible a nuestros sentidos virtuales. Aún así,  continuaría habiendo aún maneras ingeniosas de distinguir la realidad virtual de la real, como intentar hacer ejercicio hasta extenuarnos y descubrir que somos incansables, pero si se aplicase la fantasmología interna, la que estimula directamente nuestro cerebro, hasta esos recursos se revelarían inútiles. Llegaríamos incluso a ser incapaces de determinar qué presencias humanas han sido creados por el sistema (los NPCs, non player characters) y cuales son jugadores humanos. Podríamos estar rodeados por los disfraces virtuales de nuestros congéneres y ser incapaz de reconocerlos como tales- Ser, por tanto, incapaces de confiar en ellos, cayendo en ese solipsismo existencia del que hablaba Lem.

Queda otra discusión más. La imitología y la fantasmología son, serán, capaces de reproducir a la perfección la realidad, pero el inverso también es cierto. Si nos los propusiéramos, podríamos leer la información en la que consiste un ser humano, almacenarla, transmitirla a cualquier distancia y reconstruirla en otro ligar, incluso tantas veces como se nos antojara. Esta posibilidad, según la ciencia ficción y la cultura popular, abriría las puertas a la teletransportación de Star Trek o la descarga de la conciencia de Ghost in the Shell o Battlestar Galactica. Sin embargo, Lem nos advierte, estas posibilidades fascinantes son completamente imposibles.

La demostración de este imposible se realiza con un serie de experimentos mentales que sería largo relatar aquí y que es mejor leer en la magnífica versión del escritor polaco. Todos ellos, en realidad, se resumen en punto fundamental, que nos pongamos como nos pongamos, estamos partiendo de un ser humano original que habría que destruir, eliminar, asesinar, en el caso de teletransportarlo o descargarlo. Las supuestas virtudes mágicas de esas técnicas futuras se desmoronan en cuanto suponemos un mal funcionamiento de la máquina, que lleva a que el original y la copia existan de manera simultánea. En otras palabras, fuimos nos sometió al proceso con la promesa de que surgiríamos al otro extremo del mecanismo, teletransportados o descaragados, pero en realidad continuamos en el mismo lugar, sólo que ahora pretenden asesinarnos para que la copia no tenga competidores.

Evidentemente, todos nos negaríamos a ser procesados así, lo que implica que estos métodos no son una transferencia sino una copia, con todas las virtudes y defectos de la misma. No obstante, como siempre, Lem no se detiene aquí, sino que sigue avanzando, porque estas capacidades de replica puede llevar a situaciones en que la multiplicidad de las copias lleve a la imposibilidad de distinguir el original. Incluso a que esa misma cuestión llegue a ser irrelevante y tengamos que admitir que esa multitud indistinguible es el mismo individuo en varias personas.

Todas distintas, pero merecedoras del mismo respeto y derechos. Entre ellos, el de la vida.