lunes, 27 de junio de 2016

Los laberintos de la ciencia (y IV)

According to the designer science involves making predictions. Many philosophers share this opinion: neopositivists speak the most about it. They also claim that philosophy of science is, broadly speaking, a theory of science, and that they know how science creates and verifies or invalidate every new theory. A theory is a generalisation of observed facts. We can predict future states on their basis. When these predictions begin to come true, and when they also begin to foresee the existence of phenomena unknown so far, the theory will be considered true. As a general rule, this is the case, yet in reality matters are more complicated. The previously mentioned philosophers behave like an elderly lady who is working as an agony aunt at a newspaper. It is not that her advice is useless. Not at all. It can actually be very sensible - but it cannot be applied. The elderly lady has much life experience, and she advises the girl, on the basis of "erotic statistics", to dump the reckless boy. The philosopher knows the history of science and advises the physicists to give up on their theory because this theory is "betraying" them, since it is unable to predict many phenomena. It is  not difficult to give such sensible advice. The girl believes that she will manage to change the boy for the better; the physicists think the same about their theory. In any case, the girl can have several boys he likes, it is the same with the physicist.

Stanislaw Lem, Summa Technologiae

Según el diseñador, la ciencia supone hacer predicciones. Muchos filósofos comparten esta opinión, los neopositivistas son sus mayores proponentes. También señalan que la filosofía de la ciencia es, de manera general, una teoría de la ciencia, y que conocen como la ciencia crea, verifica e invalidad toda teoría nueva. Una teoría es una generalización de hechos observados. Podemos predecir estados futuros basándonos en ella. Cuando esas predicciones comienzan a hacerse ciertas y cuando comenzamos a predecir fenómenos aún no observados, la teoría debe ser considerada cierta. Como regla general, es así, pero la realidad es más complicada. Los filósofos mencionados se comportan como una señora ya de edad que tiene un consultorio sentimental en la radio. No es que su consejo sea inútil. Al contrario. Puede ser muy razonable, pero no puede ser aplicado. La dama de edad tiene mucha experiencia y aconseja a la joven, basándose en "estadísticas eróticas", que deje a ese joven irresponsable. El filósofo conoce la historia de la ciencia y aconseja al físico que abandone esa teoría porque le está "engañando", puesto que no predice muchos fenómenos. No es dificil dar ese tipo de buenos consejos. La joven piensa que podrá cambiar ese chico a mejor, el físico piensa lo mismo de su teoría. En cualquier caso, la joven puede tener varios chicos que le gusten, al igual que el físico con su teorías.

En la entrada anterior, Lem había llegado a la conclusión de que necesitábamos, sí o sí, utilizar ayudantes cibernéticos, si queríamos evitar el estallido de la "bomba de megabytes" y un parón definitivo en el avance científico, Sin embargo, la máquina que se describía como primer ensayono pasaba de ser un mero regulador, un termostato sujetado a estrictas normas. Era antialgorítmica e imprevisible, pero su programación estaba orientada a un fin muy determinado del cual no queríamos que se desviase, dados los peligros a los que su funcionamiento desbocado podía conducirnos.

En realidad, las cajas negras postuladas por Lem no eran otra cosa que una solución temporal. Se limitaban a ser sirvientes electrónicos que, como las máquinas de vapor de la revolución industrial, nos liberaban de los trabajos más penosos, permitiéndonos dedicarnos a tareas intelectualmente más profundas. Sin embargo, no resolvían el problema de fondo, el crecimiento exponencial de una ciencia para cuyo cultivo pronto no quedarían mentes humanas disponibles. Lo que se necesitaba, en realidad, era una máquina pensante, mejor dicho, una máquina que produjese teorías científicas de manera industrial. No sólo esto, sino que pudiese a su vez comprobarlas, descartando aquellas que no correspondiesen a los fenómenos observables, a la vez que seleccionaba las más prometedoras de entre las supervivientes.

Hasta aquí todo perfecto, puesto que podríamos pensar en mejorar las cajas negras reguladoras, ya antialgorítmicas e inductivas, para realizar esa labor. Sólo hay un problema, que seguimos sin saber qué cosa es la ciencia y por tanto no podemos instruir a una máquina para que nos reemplace en esta tarea de conocer mediante la inducción


De hecho, si están al tanto de la evolución de la ciencia sabrán que el problema de la demarcación del conocimiento ciéntifico sigue siendo la cuestión por antonomasia dentro de la filosofía de la ciencia. Dentro de el, puede señalarse otros dos problemas, la validez del método científico - hasta que punto es un artilugio conveniente que sólo sirve para crear aproximaciones a un mundo incognoscible o realmente puede reproducir de forma fiel el tejido del mundo material - además de las condiciones y procedimientos para asegurar la validez de los descubrimientos obtenidos mediante su uso. Dudas que incluso se han incrementado en las últimas décadas, tanto por la influencia devastadora del postmodernismo como por la propia evolución del pensamiento ciéntifico, que empieza a encontrar muros a su progreso. 

Desde el punto de vista postmoderno un ataque a la ciencia era previsible, ya que para esta corriente filosófica la realidad es incognoscible, si es que siquiera existe, por lo que toda forma de conocimiento se deduce a ejercicio literario, siempre contaminado por el marco ideológico de la sociedad que lo produce. Lo que resulta sorprendente es que desde dentro de la misma ciencia hayan surgido voces que proponen exenciones al rigor del método ciéntifico, que se supondría inválido para probar ciertos marcos teóricos, verdaderos en sí y por sí, dado su propio rigor matemático, sin precisar de pruebas externas ni de comparación con la realidad perceptible. Tal es el caso de la teoría de cuerdas, un pretendido marco teórico que permitiría explicar (casi) todo, pero que es imposible de probar verdadero o demostrar falso, ya que los experimentos propuestos están fuera de nuestras posibilidades técnicas... y seguramente lo estarán para siempre.

Sin llegar a estos extremos, Lem señala una realidad incómoda que todo ciéntifico y todo ingeniero experimenta en su trabajo cotidiano. Lo que se enseña en las universidades y lo que realmente conocemos son mundos completamente opuesto. Por un lado sistemas luminosos que se muestran completos y coherentes, sustentados por multitud de pruebas empíricas que aseguran su validez y certeza. Por otro, un amplio conjunto de teorías en continua disputa y en perenne reelaboración, puesto que ninguna de ellas cubre completamente la realidad observable. En cierta manera, científicos e ingenieros son como artesanos que dispusiesen de una caja de herramientas, de la cual sacasen la más apropiada a la tarea y al objeto presente. Sin poder prescindir de ninguna, sin considerar unas mejores que la otras. Sólo distintas, según de lo que haya que hacer.

Dicho así, parece que hemos llegado al mismo callejón sin salida, sólo que por otros caminos, pero en realidad puede que hayamos encontrado la salida. Porque toda teoría científica no es la realidad, sino una imitiación de la realidad. De ahí que pueda haber múltiples y que sean tanto mejores cuanto más se adapten sus resultados a los de la propia naturaleza. Es más, en las propias teorías físicas, por su propia naturaleza simplificadora están inscritas las claves para explicar otros fenómenos aún desconocidos, lo que abre aún otra posibilidad aún más asombrosa e incluso aterradora: que una teoría de todo sea un puerta hacia mundo increados - e increables - por la propia naturaleza, que serían invocados de la nada por la tecnología futuro.

Esta nueva ciencia sería la pantocreatología, pero antes de llegar a ella - y ser capaces de producir nuestros propios mundos anaturales - deberíamos recorrer el camino de otra ciencia distinta: la imitología. Ser capaces de crear esas cajas negras inductivas capaces de predecir y calcular los fenómenos naturales con la mayor precisión, pero al mismo tiempo con la mayor simplicidad teórica. Tanto que incluso el concepto de teoría, de ley y de algoritmo llegarían a disolverse - recordemos que las cajas negras no obedecían a ningún algoritmo ,- de manera que la propia caja negra y su funcionamiento fuera la propia encarnación de la teoría. Inexplicable e intransmitible si no es por medio de su propia existencia y replicación.

De esa manera, cuando esta máquina científica perfecta empezase a producir resultados y predicciones inesperado y ausentes en la naturaleza no tendríamos otro remedio que creer en ella. Se habría vuelto pantocreática.