miércoles, 29 de junio de 2016

Los laberintos de la ciencia (y VI)

Imagine that our designer now wants to turn its world into a habitat for intelligent beings. What would present the greatest difficulty here? Preventing them from dying right away? No, this condition is taken for granted. His main difficulty lies in ensuring that the creatures for whom the Universe will serve as a habitat do not find about its "artificiality". One is right to be concerned that the very suspicion that may be something else beyond"everything" would immediately encourage them to seek exit from this "everything". Considering themselves prisoners of the latter, they would storm their surroundings, looking for a way out - out of pure curiosity, if nothing else. Just preventing them from finding the exit would amount to offering them knowledge about their imprisonment, while simultaneously taking away the keys. We must not therefore cover or barricade the exit. We must make its existence impossible to guess. Otherwise, the inhabitants will start feeling like prisoners, even if that "prison" was actually to be the size of the whole Galaxy.

Stanislaw Lem, Summa Technologiae

Imaginemos que nuestro diseñador quiere ahora convertir su mundo en un habitat para seres inteligentes. ¿Cuál sería la mayor dificultad que se le presentaría? ¿Impedir que se murieran inmediatamente? No, esta condición se da por sentada. Su mayor problema es asegurar que las criaturas para las que el universo sirve hábitat no descubre su "artificialidad". Se tendría razón al suponer que la mera sospecha de que existe algo más allá del "todo", le impulsaría a buscar la salida de ese "todo". Al considerarse sus prisioneros, asaltarían su alrededores buscando una salida - aunque sólo fuera por curiosidad. Sólo impedir que encontraran la salida les haría conscientes de su encierro, mientras que al mismo tiempo les arrebataría las llaves. Por tanto, no hay que esconder ni bloquear la salida. Hay que conseguir que su existencia sea imposible de adivinar. De otro modo, sus habitantes comenzarían a sentirse como prisioneros, incluso si su "prisión" fuera del tamaño de la Galaxia.

En la entrada anterior, Lem nos invitaba a un largo rodeo por los campos de la imitología y la fantasmología, la realidad virtual en lenguaje moderno. Tras este análisis, sin embargo, hay que volver a la pregunta principal del libro: como construir la máquina-factoría productora de teorías científicas que nos permita superar el límite impuesto por la bomba de megabytes.

Sabíamos ya bastantes cosas de ese artefacto imaginario, pero necesario si queríamos continuar el proceso científico. Su funcionamiento debía ser antialgorítmico, de manera que pudiéramos incluir en él la inducción - y la flexibilidad -  necesaria para postular nuevas teorías. Asímismo, necesariamente debía ser una caja negra cuyo funcionamiento, una vez montada, quedase oculto a nosotros, que nosc limitaríamos a introducir los datos del problema, esperando luego a que saliesen por sí solos los productos correctos, esas nuevos sistemas científicos. Lo que no sabemos aún es qué tipo de componentes debemos colocar dentro de esa caja negra o cómo podemos verificar los resultados de una manera rápida y segura. Especialmente si nos enfrentáramos a teorías similares a la de cuerdas, radical y explicatoria del todo material, pero imposible de probar con experimentos.

La idea de Lem es reclutar a la evolución para esta tarea. No se trataría tanto de una factoría de teorías, donde produciríamos leyes y sistemas de acuerdo con un plan, sino de una granja de ideas, en donde haríamos crecer - y cruzarse - las mejores, para volver a cultivarlas en espera de mejores frutos. Se tendría así un sistema realimentado, cuya entrada serían teorías científicas al igual que su salida, donde sería esencial la existencia  de un filtro que simulase la selección natural, eligiendo las más aptas. Éstas serían aquéllas que mejor se adaptasen a los hechos naturales, de forma que tras una serie finita de iteraciones, o mejor dicho, de generaciones, pudiésemos seleccionar un pequeño conjunto de favoritas que resultasen indistinguibles entre sí, tanto por precisión como por sencillez.

Como toda teoría científica, nuestros ganadores podrían ser aplicables a otros campos del conocimiento o realizar predicciones de fenómenos inicialmente no contempladas en el planteamiento inicial. Se podrían transplantar así a otras granjas de teorías, en donde serían refinadas y mejoradas, quizás hasta aproximarse a la tan anhelada teoría del todo. Pero aún así, alcanzada esta perfición, éste sólo sería el primer paso. Con todo este trabajo, aún de auténtica ciencia ficción, apenas habríamos construido un replicador del trabajo científico, sólo habríamos instruido a nuestra máquina para llegar al nivel de uno de nuestros científicos de élite.

Lo que se necesitaría ahora es dejar trabajar a nuestra máquina en libertad, automatizar el propio filtro evolutivo que regula el bucle de realimentación. Dar un salto de fe y confiar en la certeza de las teorías que produjera, que puede ser que en muchos casos no puedan ser comprobadas con experimentos. Por supuesto, no se puede aventurar ni predecir lo que podría salir de ahí, ni si llegaría a funcionar o  si nos sería útil de alguna manera. Sin embargo, si lo hiciese, las posibilidades serían inagotables, incluyendo en ellas la utilización de las leyes de la naturaleza para modificar esas propias leyes naturales.

O la construcción de mundos artificiales completamente autónomos e independientes del nuestro.

Nos hallamos ya en el terreno de la ciencia ficción pura, aunque hace rato que hemos cruzado esa frontera. Sin embargo, supongamos que tenemos nuestra granja científica funcionando a pleno rendimiento, que sus productos son realmente válidos y útiles, que podemos forzar la naturaleza a crear mundos nuevos artificiales que sólo dependan de nuestro antojo y no de las leyes conocidas en el mundo natural. ¿Por qué habíamos de crearlos?

Por curiosidad y por juego, podríamos decir. En demasiadas ocasiones, ése y no otro ha sido el motor tras de los avances científicos, aunque luego haya habido que buscarles una utilidad y un beneficio. Incluso ramas como las matemáticas se basan en explorar todas las posibilidades lógicas de sus sistemas simbólicos, sin importarles que alguien, alguna vez, pueda utilizarlas para algo. Es más, sin que su validez dependa no ya de la utilidad presente o futura, sino meramente del ajuste con una realidad de la que no se preocupan.

Ésta podría ser la utilidad de esa "ingeniería cosmogónica". Apurar todas las posibilidades, creando, aunque fuera en simulador material, todas las posibilidades posibles de universo, sin que sus leyes internas tuvieran que corresponder a las del nuestro. Incluso se podrían crear mundos con  más allá artificiales, en donde sus habitantes accediesen a cualquiera de los paraísos y vidas futuras inventados por la humanidad, tras su muerte programada por nosotros, sus creadores. Una posibilidad que nos permitiría decidir de una vez, por todas, cual de esas teologías postuladas e indemostrables resultaría ser la mejor desde un punto de vista moral. Es decir, cual de ellas ofrece, al final de su recorrido, el mayor y mejor bien obtenible.

Lem se detiene aquí. Incluso retrocede, aquejado de un vértigo metafísico. Quizás nos hemos dejado llevar por el entusiasmo, propuesto lo que no debía haber sido pronunciado. Puede, pero esto no quiere decir que debamos dejar de seguir especulando. Sabemos que existe la posibilidad de crear universos artificiales, cada uno con sus propias leyes y normas. De la misma manera, como reto, podríamos construir habitantes sintéticos dotados de inteligencia que buscasen comprender su universo utilizando la ciencia. Una tarea en donde la mayor dificultad, como indica Lem, no es la creación de esos seres pensantes, sino impedir que descubran el truco llegado a un cierto nivel científico.

Como bien indica Lem, esto impone que jamás deberíamos comunicarnos con nuestras creaciones y que además habría que diseñar ese universo de manera que no se pudieran alcanzar ni vislumbrar sus límites. Por ejemplo, incluyendo una condición que introdujese energías infinitas para superar ciertas condiciones. Algo similar a lo que ocurre en  nuestro universo, donde la velocidad de la luz es un límite infranqueable e intuimos que tanto el tiempo como el espacio están cuantizados, aunque jamás podamos medir ese paso mínimo entre un lugar u otro, entre un instante y el siguiente.

La existencia de esos límites arbitrarios en nuestro universo podría llevarnos a sospechar la artificialidad de nuestro universo, más aún si se considera el silencio absoluto, metafísico y cósmico en el que parecemos haber sido abandonados. Sin embargo, esas mismas pruebas sirven también, paradójicamente, para demostrar que nosotros somos los primeros de la cadena. Los auténticos primi moventes que darían lugar a una cadena casi infinita de mundos contenidos los unos en los otros, al menos hasta alcanzar la longitud de Plank que cuantiza el espacio.

Y quizás en alguno de ellos, en un punto desconocido e inalcanzable de esa cadena recursiva se crease el paraíso perfecto.