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| Amalia Avia |
Si recuerdan mi entrada del sábado pasado, clamaba entonces contra algunas instituciones que sólo piensan en términos de realistas e impresionistas, medio seguro de atraer multitudes y hacer caja. Se pueden imaginar, por tanto,que no estaba yo muy bien dispuesto a disfrutar de la muestra Los Realistas de Madrid, abierta en la Thyssen, institución famosa por su tendencia a descafeinar y desnatar todo ismo que caiga en sus manos.
Pues bien, les debo decir que me he llevado una agradable sorpresa.
La cuestión es que al hablar de estos (hiper)realistas españoles de la segunda mitad del siglo XX es difícil escapar a la impresión de que todo se reduce a mostrar de nuevo las obras de Antonio Lopez, pintor muy querido del público debido al equívoco general que imagina sus obras como fotos en óleo, de ahí lo del hiperrealismo. Sin embargo, el propio López se niega a que se le encasille en esa categoría, y tiene buena razón, puesto que su realismo extremo se basa en muchas simplificaciones y artimañas que poco tienen que ver con la reproducción milimétrica de la realidad, como hubieran hecho los primitivos flamencos.
La exposición, por tanto, corría el riesgo de reducirse a un nuevo montaje de su obra pictórica, con breves incursiones en su escultura, y aún más breves en las creaciones de sus compañeros de ese llamado realismo madrileño. No sólo no es así, sino que por el contrario, la exposición se las arregla para encontrar un equilibrio en la presentación de las obras de ese grupo de artistas, tan parecidos y tan distintos, e incluso para convertirse en una decidida reivindicación de la figura de la mitad de sus componentes: las pintoras que acabaron convirtiéndose en mujeres de los hombres del grupo y cuya obra es tan interesante como la de sus maridos... y en ocasiones incluso más.
