sábado, 12 de marzo de 2016

La mitad del mundo

Amalia Avia
Si recuerdan mi entrada del sábado pasado, clamaba entonces contra algunas instituciones que sólo piensan en términos de realistas e impresionistas, medio seguro de atraer multitudes y hacer caja. Se pueden imaginar, por tanto,que no estaba yo muy bien dispuesto a disfrutar de la muestra Los Realistas de Madrid, abierta en la Thyssen, institución famosa por su tendencia a descafeinar y desnatar todo ismo que caiga en sus manos.

Pues bien, les debo decir que me he llevado una agradable sorpresa.

La cuestión es que al hablar de estos (hiper)realistas españoles de la segunda mitad del siglo XX es difícil escapar a la impresión de que todo se reduce a mostrar de nuevo las obras de Antonio Lopez, pintor muy querido del público debido al equívoco general que imagina sus obras como fotos en óleo, de ahí lo del hiperrealismo.  Sin embargo, el propio López se niega a que se le encasille en esa categoría, y tiene buena razón, puesto que su realismo extremo se basa en muchas simplificaciones y artimañas que poco tienen que ver con la reproducción milimétrica de la realidad, como hubieran hecho los primitivos flamencos.

La exposición, por tanto, corría el riesgo de reducirse a un nuevo montaje de su obra pictórica, con breves incursiones en su escultura, y aún más breves en las creaciones de sus compañeros de ese llamado realismo madrileño. No sólo no es así, sino que por el contrario, la exposición se las arregla para encontrar un equilibrio en la presentación de las obras de ese grupo de artistas, tan parecidos y tan distintos, e incluso para convertirse en una decidida reivindicación de la figura de la mitad de sus componentes: las pintoras que acabaron convirtiéndose en mujeres de los hombres del grupo y cuya obra es tan interesante como la de sus maridos... y en ocasiones incluso más.

Un caso claro de esa importancia, y también de lo falsa que es esa etiqueta de hiperrealistas es el de Amalia Avia. Aparentemente, la obra de esa pintora parece reducirse a escenas urbanas representadas con el primor de un miniaturista. Cuadros, por tanto, valiosos únicamente por la horas que se han echado en ellos y porque caerían en esa categoría de foto pintada tan del gusto del público en general. Sin embargo, una visión más atenta descubre, como ocurre tambiñen con Antonio López, que ese realismo extremo es producto de una fantasmagoría, de un modo en el que las imprecisiones y el abocetamiento son esenciales para construir esa ilusión de pintura paseable.

A esto hay que unir algo incluso mucho más importante. Aunque estos cuadros son reproducciones de escenas contemporáneas, de lugares existentes en el tiempo de su concepción, están teñidos de una profunda melancolía. Repletos de un pesimismo sereno, casi resignación, que las convierte en memento mortis, en vanitas urbanas. Escenas de un presente tangible que pronto se convertirá en pasado irrecuperable, visión que si cerramos los ojos se habrá desvanecido al volver a abrirlos.

Isabel Quintanilla
No menos interesantes son las otras dos pintoras presentes en la muestra, Isabel Quintanilla y María Moreno - Nota: aunque en la separata de la muestra se nombra también a Esperanza Parada, no se me ha quedado grabado ningún cuadro suyo -. De las tres, Quintanilla es la más cercana a la idea popular del hiperralismo. Sin embargo, su realismo se halla más cercano al ilusionismo, al trampantojo propio del barroco, de forma que un examen atento revela como esta pintora modifica las leyes de la perspectiva y la iluminación para conseguir ese realismo más real que la realidad. En otras palabras, como en pintura, al contrario que en la fotografía, es necesario mentir para ser más fiel al tema representado.

No obstante, este realismo no es un mero ejercicio de virtuosismo, sino que en el se infiltra otro tipo de melancolía. En las pinturas de Quintanilla siempre falta la figura humana. Sabemos que en sus cuadros se representan espacios habitados, en muchos casos lugares de trabajo donde alguien pasó y pasará la mayor parte de su vida, pero que en cierta manera se asemejan en celdas donde se malgasta la vida. Una impresión reforzada porque esta pintora vacía más de lo necesario el espacio pictórico, nos aleja así del ausente representado por sus útiles de trabajo, hace aún más presente su (sospechada) soledad y aislamiento.

Por último, María Moreno es la menos hiperrealista de todo el grupo. Los temas de sus obras, bodegones, patios privados, calles vacías, parecen ser observados a través de un filtro que difuminase los objetos, desmaterializándose. De nuevo, la realidad se torna provisional, efímera y fugitiva, frágil y condenada a la extinción, de manera que la serenidad permanente de sus cuadros se ve contradicha, negada, incluso refutada, en otra expresión de la melancolía común que une a estas tres pintoras, aunque cada una la exprese de forma única y personal.

Maria Moreno