jueves, 3 de marzo de 2016

Leyendo a Tucidides (I)

Nuestra petición será para vosotros, si nos hacéis caso, una hermosa oportunidad por muchas razones. En primer lugar, porque procuraréis vuestra ayuda a un pueblo que es víctima de la injusticia y no perjudica a otros; después, porque, al acoger a gentes cuyos mayores intereses están en peligro, prestaréis un servicio que os hará acreedores de un testimonio de gratitud que siempre será recordado de la mejor manera; y finalmente, porque poseemos una flota superior a todas, excepto a la vuestra.

Discurso de los Corcireos a los atenienses.

En estas condiciones, se escudan en la hermosa apariencia de esta política de no alineamiento no para evitar su participación en las injusticias de otros, sino con la intención de cometer ellos solos sus propias injusticias y de actuar con violencia en los casos en que son los más fuertes, de sacar ventaja cuando pasan desapercibidos y de no avergonzarse si alguna vez se hacen con alguna ganancia

Discurso de los Corintios a los atenienses

Tucidides, Historia de la guerra del Peloponeso

Todo lector tiene sus escritores favoritos. Aquéllos que le fascinaron en un momento de su vida y le siguen acompañando durante el resto... aunque esta compañía puede ser muy relativa, tenue y frágil. Entre mis escogidos están, como podía esperarse dada mi edad, Tolstoi y Dostoiewski, pero hace mucho tiempo que no los leo, casi desde la adolescencia, de forma que puede que al visitarlos me lleve una gran decepción. No por ellos, sino por lo mucho que he cambiado y me he traicionado. Otros escritores, como Musil, como Proust, Vallejo, Dickinson o Whitman, siguen ahí, como parte de mi presente, sin que nada haya podido erosionar su preeminencia, la urgencia con que me apelan, la necesidad con que me arrastran.

Tal es el caso de Tucidides y su Historia de la guerra del Peloponeso.

Puede resultar extraño que hable de actualidad, de fascinación, de enamoramiento, al referirme a un escritor de hace 2400 años. Alguien que tiene un puesto ganado en el panteón de la cultura occidental, pero que por eso mismo debería haber quedado reducido a estatua de mármol olvidada, de ésas que sabemos que están ahí desde siempre, pero a las que apenas dedicamos alguna mirada distraída. Sin embargo, cuando lo leí en mi juventud, acabando la universidad, inmediatamente se convirtió en una de mis obras favoritas, esencial en la construcción y formación de mi pensamiento.

De lo que fui y continuo siendo, a pesar de tantos años, tantos cambios y decepciones

En aquel entonces, y en algunas lecturas posteriores, su relato de la Guerra del Peloponeso - ese conflicto que enfrento a la Atenas y Esparta de finales del siglo V y llevó a la caída de la primera - me parecía casi una verdad revelada. Era evidente para mi yo juvenil, que lo que contaba Tucídides había ocurrido así, de la manera que él lo relataba y no de otra diferente. Que su narración era sincera y objetiva, la de alguien que a pesar de ser coetáneo a los hechos, estaba ya fuera de rencillas y enemistades pasajeras, por muy enconadas que éstas hubieran sido, limitándose por tanto a registrar lo sucedido con exactitud de notario e igual desapasionamiento.

Sé ahora que la neutralidad de Tucidides no es tal. Muchos años de visitarle, de leer sobre él y su obra, me han hecho aprender que él también tenía simpatías, filias y adhesiones. Personalidades atenienses como la de Temístocles, Pericles, o el espartano Brasidas adquieren características de héroes casi prescientes, personalidades bajo cuya guía el país que gobernaban no podía ir a peor, mientras que cuando faltaban, se les neutralizaba, o simplemente se les hacía caso omiso, era cuando se producía la decadencia. 

Asímismo, la posición de Tucidides es la de un Ateniense orgulloso de serlo, alguien que admira la grandeza a la que ascendió su patria, aunque ésta fuera acompañada de un imperio opresor hacia las otras ciudades de la liga Délica, convertidas de socios en vasallos. Un político y militar activo en la sociedad de su época, por último, que lo único que lamenta es que la irrefrenable ambición del estado ateniense les llevase a abarcar más de lo que sus recursos permitían, propiciando una caída y una derrota que en inicio no eran inevitables.

Por otra parte, tenemos el problema de las fuentes de Tucidides, su acceso a los testimonios de los testigos presenciales, o la medida en que el historiador las reutiliza, reforma y embellece. Esto es especialmente notable en su constumbre de incluir discursos, auténticas piezas de oratoria con fuertes similitudes al teatro clásico coetáneo, para ilustrar situaciones críticas de su relato junto con las ideas en conflicto. Obviamente, pasado un tiempo nadie puede recordar exactamente lo que se dijo en una asamblea, sin contar que Tucídides no pudo estar presente en las celebradas en territorio enemigo, en Esparta, Corinto o Sicilia, así que éstas secciones son en gran medida creación suya. Tanto más cuanto en algunas es evidente que el escritor sabe cual iba a ser el final de la guerra y su transcurso, algo que no podían saber los oradores en aquel instante.

Sin embargo, estas verdades inconvenientes no afectan al juicio final de la obra de Tucidides. No se puede rechazarlo en pleno, como si fuera una falsificación, un panfleto interesado, aunque hay estudiosos que sí lo han hecho. Y no se puede hacer porque Tucídides es mucho más que un simple historiador, se trata de un magnífico escritor, con una rara capacidad de síntesis - lejos de él el decorar o romantizar las situaciones que narra  - pero capaz de una expresividad tal en sus sucintos informes que le convierten en el primer periodista de la historia de la humanidad.

Un escritor que, no lo olvidemos, es asímismo el primer historiador de pleno derecho. No sólo porque abandone toda pretensión de atribuir los hechos históricos a las divinidades, la necesidad o la justicia, sino porque es el primer filósofo de la historia. Una mente que observa su transcurso con el necesario desengaño y desapego como para no dejarse engañar, para descubrir la mentira, el interés subyacente bajo las bellas palabras y las mejores intenciones. 

La cruda necesidad política que lleva a aprobar cualquier acto que nos favorezca, por muy injustas, crueles y contrarias a toda ley que su aplicación y sus consecuencias sean.

Para explicar por qué rompieron he expuesto en primer lugar las razones de esta ruptura y las diferencias que la ocasionaron, a fin de que nunca nadie se pregunte por qué se produjo entre los griegos una guerra tan importante. La causa más verdadera, aunque la que menos se manifiesta en las declaraciones, pienso que la constituye el hecho de que los atenienses al hacerse poderosos e inspirar miedo a los lacedemonios les obligaron a luchar.