sábado, 26 de marzo de 2016

Paisajes Musicales Inexplorados: Parmegiani (y XXIV)




Es triste que la música clásica electrónica - o electroacústica, por utilizar la expresión correcta - haya devenido una nota al pie en la historia de la música occidental. Parte de este olvido se debe al giro que la tradición musical europea experimentó a mediados de los años setenta, cuando buscó reanudar una comunicación con el público que la experimentación de los sesenta años anteriores había llevado a que se perdiera. Por otra parte, gran parte de estos músicos electroacústicos no sólo se embarcaron en la exploración à la Cage de los territorios inexplorados que separan la música del ruido, sino que coquetearon con los músicos pop/rock cuya emergencia iba a cambiar definitivamente el mapa musical de occidente. Una metamorfosis que arrebató su primacía a la música clásica  y la redujo al rango de un estilo más entre muchos posibles.... y no el mejor, ni el mayoritario.

En ese sentido la electrónica unió a su impenetrabilidad y extrañeza el estigma de haberse aliado con el enemigo - recordemos la estima que los músicos techno de los 80 tenían por un experimentador duro como Pierre Henry -, siendo así el causante, como poco cómplice, de la decadencia y caída del otrora modo único y válido. Sin embargo, allá en los años cincuenta del silo XX, el prestigio de la música electroacústica era muy otro. Ni más ni menos, que el del único camino posible tras del dodecafonismo de los años 20 y 30, la vía rápida al futuro de la música que fascinó a todos los contemporáneos, de Stockhausen a Ligeti, de Xenakis al citado Henry, y que fue cultivada por todos ellos, con mayor o menor convicción y dedicación.


Esta fue la versión que recibí a principios de los 80 en el colegio cuando me enseñaron allí la historia de la música. Dejando a un lado que debido a la inercia de los planes de estudio esa narración terminaba en algún punto indeterminado de la década de los setenta - excluyendo a autores interesantísimos e imprescindibles - la propia sistematización necesaria de un texto escolar circunscribía y limitaba la música electroacústica a esa década de los cincuenta, fuera de la que parecía que no se había seguido cultivando ese estilo, o al menos no lo había sido con la misma intensidad, energía o acierto. El resto de la historia, tanto de la electrónica como de la música clásica, lo tuve que aprender un tanto a matacaballo, dependiendo de lo que pudiese llegar a mis oídos o lo que las obras de referencia que leí posteriormente quisieran contarme... puesto que incluso las enciclopedias esenciales, como el Burkholder, no dejan de tener sus filias y sus fobias.

Así que pueden imaginar mi sorpresa cuando gracias al canal de Youtube The Wellesz Theatre, me topé con la obra de un compositor esencial-  no sólo en la electrónica, sino en la música sin adjetivos calificativos - como Bernard Parmegiani. Tan fuerte fue el impacto que tras unas pocas audiciones ha terminado por ser uno de mis autores favoritos, uno de esos a los que debo volver una y otra vez, hasta absorberlos por completo y tornarlos cotidianos... aunque cada audición suya me deje exhausto y sin fuerzas.

Dicho así, se podría pensar que Parmegiani es un compositor difícil, un autor cuya obra propusiese enigmas sonoros que sólo unos pocos pudieran descifrar y a veces ni siquiera ellos. No es tampoco que sea un compositor fácil, en el sentido que para llegar a él, para poder disfrutarlo, son necesarias antes muchas horas de audición de música normal y luego unas cuantas más extra de audacias y experimentos. O quizás me estoy equivocando yo, que quiero confundirles a Uds, mis lectores, intentando evitar que se lleven una decepción al escucharlo, al encontrarlo irreductible, críptico y hierático,, porque lo cierto es que a mí no me supuso dificultad ninguna, cuando a priori debería haberlo hecho.

O quizás es que el genio de Parmegiani es tan grande que le coloca muy por encima de sus precursores, como Stockhausen y Henry, que apenas llegaron a intuir las auténticas posibilidades de la electrónica, mientras que en manos de este compositor francés esta forma parece haber adquirido madurez completa, llegando a ser ser tan expresiva y tan emotiva como cualquier otra música tradicional. Una madurez y una expresividad que se basan en que este músico propone auténticos mundos sonoros, universos enteros artificiales que debemos explorar por nuestros propios medios, sin guía y sin mapas, donde el oyente no sabe nunca a dónde se le va conducir, pero que al final descubre que todo lo escuchado - lo viajado - tenía una lógica y una coherencia interna, perceptible desde casi el primer momento.

Esta construcción de mundos sonoros la realiza Parmigiani recurriendo a las viejas estrategias de la música concreta, aquella que buscaba grabar sonidos del mundo exterior para luego manipularlos en el estudio y exprimir música nueva al prensarlos. La diferencia con un Henry o un Schaeffer estriba en que Parmigiani no se limita a un restringido número de sonidos reales grabados, sino que aspira a construir una auténtica geografía sonora de un momento determinado, reconocible y relacionable, que poco a poco va a perdiendo su objetividad, sus referencias, para devenir abstracto e inmaterial. Libre e incorpóreo. Ideal.

Un esfuerzo de decantación y destilación, de tránsito y metamorfosis, que no se revela nunca huero ni pretencioso, sino una especia de Summa Musicalis, una enciclopedia sonora donde resuenan, eternamente, nuestra cotidianidad, nuestra tradición, nuestra modernidad y nuestras fantasías. Un magma sonoro, en fin, en continua ebullición y transformación, nunca previsible, siempre fascinante e hipnótico, como lo es para el ojo mirar las evoluciones de una llama.

Características que tornan más inexplicable el olvido, la penumbra, en la que se ha sumido su obra.