lunes, 21 de marzo de 2016

Leyendo a Tucídides (y III)

Porque si ellos han actuado correctamente al rebelarse, vosotros no deberíais ejercer el imperio. Y si, aún sin tener derecho, pretendéis ejercerlo a pesar de todo, es menester que los castiguéis, en vuestro propio interés en incluso contra la equidad, o, en caso contrario, debéis renunciar al imperio y hacer el papel de hombres honestos lejos de todo peligro. Determinaos a sancionarlos con la misma pena y a no mostraros, una vez que habéis escapado de sus intrigas, menos capaces de reacción que quienes las han tramado; reflexionad sobre lo que ellos verosímilmente hubieran hecho si os hubieran vencido, tanto más cuanto que fueron ellos los primeros en cometer injusticia. En la mayoría de los casos , quienes hacen mal a alguien sin ningún motivo prosiguen en su acción hasta aniquilarlo, recelando del peligro que supone la supervivencia del enemigo; porque quien ha sido víctima de una ofensa sin justificación, si logra escapar, es más peligroso que un enemigo en pie de igualdad.

Discurso de Cleón en el libro III de la Historia de la guerra del Peloponeso, de Tucídides

Lo cierto es que en las ciudades la pena de muerte está establecida para muchos delitos, incluso no iguales a éste, sino de menor gravedad; y, sin embargo, impulsados por la esperanza, los hombres se arriesgan, y nunca nadie ha tomado la senda del peligro con la idea de que se condenaba a no triunfar en su proyecto . ¿Qué ciudad al rebelarse ha intentado la empresa con recursos bélicos a su parecer inferiores, bien propios, bien procurados por la alianza con otras ciudades? La naturaleza ha dispuesto que todo el mundo, tanto a nivel particular como público, cometa errores, y no hay ley capaz de impedirlo, puesto que los hombres ya han recorrido toda la escala de penas agravándolas progresivamente, por ver si sufrían menos daños de parte de los malhechores. Y es probable que en los tiempos antiguos las penas establecidas para los delitos más graves fueran más suaves, pero al seguir habiendo transgresiones, con el tiempo, la mayor parte de las penas acabaron en la de muerte; y aún con ellas las transgresiones continúan. Hay que encontrar, por tanto, algún motivo de miedo más terrible que éste, o admitir que éste, al menos, no supone ningún obstáculo

Discurso de Diodoto en el libro III de la Historia de la guerra del Peloponeso, de Tucídides

Les decía en entradas anteriores queTucidides puede ser considerado tanto como el primer historiador como el primer reportero de la cultura occidental. Es el iniciador de la auténtica disciplina histórica, en mayor medida que Herodoto, porque Tucidides intenta analizar los hechos en busca de sus verdaderas causas, siempre demasiado humanas y muy poco nobles, al mismo tiempo que construye una teoría completa del devenir histórico y de las leyes que lo rigen. Su obra es también el origen del periodismo, puesto que fue testigo de parte los hechos que narra y cuando no,  así nos lo dice, busca transmitir el testimonio de aquellos que presenciaron los acontecimientos. Compone así unas narraciones cuya verosimilitud se ve aumentadas por la inclusión de pequeños detalles, justo aquéllos que sólo los participantes pudieron haber percibido, dotándolas de una cercanía y proximidad rara incluso hoy en día.

En ese contexto, Tucidides incluye uno de los rasgos más problemáticos de su obra: los discursos. La idea del historiador, que luego sería copiada por todos los escritores grecorromanos que le siguieron, es interrumpir el curso de los acontecimientos para incluir una explicación, en forma de debate, sobre las decisiones que llevaron o propiciaron una acción. A nuestros ojos, sin embargo, estos discursos tienen un claro carácter antihistórico, al asemejarse demasiado a una novelización de los hechos, tras la que normalmente se oculta una clara intencionalidad política por parte del historiador, cuando no se reduce a una dramatización que poco tiene que ver con lo que allí se dijo o trato.


Es cierto, como se ha señalado muchas veces, que es casi imposible que varios años tras haberse pronunciado un discurso, alguien pudiese recordar las palabras exactas, mucho más en un tiempo en que la cultura era prácticamente oral y no se habían desarrollado técnicas de registro taquigráfico. Por otra parte, también se ha señalado la profunda similitud que existe entre los discursos de Tucidides y la tragedia griega contemporánea, la de Esquilo, Sófocles y Eurípides, así como su consonancia con las técnicas de la sofística, la oratoria y la filosofía, disciplinas que nacen en ese mismo periodo histórico. Está claro que el historiador ha sometido estos discursos a una fuerte elaboración literaria, fuera cual fuera el material de partida, donde incluso se filtran ideas, posibilidades, sucesos y conclusiones que no eran evidentes en el momento en que se pronunció el discurso, pero que ya eran patentes cuando Tucídides le dio la forma final en su historia. 

La cuestión, por tanto, es saber, en que medida la versión de Tucidides difiere de lo que se dijo en su momento, si es que ese entonces llegó a tener lugar en la realidad. En contra de una fidelidad relativa está la frecuencia con que Tucidides olvida decirnos quién pronunció el discurso - como en el caso del famosísmo diálogo de los Atenienses y los Melios, casi un certamen entre coros trágicos - o lo pone en boca de un personaje que jamás volverá a aparecer en la narración, cuando en otras ocasiones no tiene reparos en incluir largas listas de personajes irrelevantes, sólo porque fueron los encargados de tal o cual expedición. Sin embargo, en su haber se halla que todos sus discursos se pronunciaron de forma pública, en asambleas, ante consejos o frente a los ejércitos que se preparaban a entrar en combate. Este detalle implica que hubo testigos contemporáneos de lo que realmente ocurrió y se dijo, personas que podrían poner de manifiesto las diferencias de la versión de Tucidides con las palabras que se pronunciaron, lo que explica el cuidado que pone el autor en explicar su método, basado en partir de las ideas generales del discurso original para dotarlas de de una forma literaria más eficaz. 

Ese cuidado por justificar su método, señalando la razón de las posibles discrepancias entre lo ocurrido y lo escrito, para salir así al paso de posibles acusaciones, está completamente ausente de otros historiadores latinos, que no tienen reparos en registrar palabras pronunciadas en ambientes privados, entre unos pocos de confianza, que muy bien se cuidarían de repetirlas furra de allí. Tal es el caso de Dion Casio, que nos lleva a la alcoba de Augusto y Livia, para que esta última nos obsequie con una apología del sistema del principado augusteo, norma y ley del Imperio Romano en sus dos primeros siglos de existencia. No obstante, esta derivación muy posterior nos permite descubrir la razón auténtica por la que Tucidides recurre a los discursos en su relato. No es por razones dramáticas, aunque esto también pese, sino como medio de expresar las diferencias ideológicas del momento, las posturas enfrentadas a la hora de tomar una decisión, las consecuencias que se derivarían de elegir una o la otra.

En sus mejores momentos, estos discursos muestran a Tucidides como un agudo y profundo filósofo de la historia, cuyas lecciones siguen siendo de aplicación y provecho en nuestros tiempos, a pesar de los milenios transcurridos. Uno de esos instantes determinates es la agria polémica que enfrenta a Cleón, demagogo Ateniense, y a Diodoto, personaje casi desconocido, por el destino que deben correr los rebeldes derrotados de la isla de Lesbos, del cual he incluido algún fragmento en la introducción. El problema básico es muy simple: Atenas, a pesar de su democracia, había construido un imperio marítimo en el Egeo que exigía la subordinación y la obediencia de las ciudades que lo componían. Por ello mismo, cualquier acto de rebeldía era intolerable, puesto que aceptar y tolerar grados de libertad y autonomía en él, especialmente los conseguidos por la fuerza, suponía aceptar su disolución inminente, al mostrar la debilidad de los Atenienses.

Lo que quedaba, por tanto, es decidir cual iba a ser el castigo de los rebeldes. Si bien se debía hacer un escarmiento con todos ellos, sin distinguir entre los cabecillas y la masa que los siguió, de manera que la crueldad desmedida, ciega y arbitraria sirviese de advertencia a posibles elementos díscolos en otras ciudades; o si bien se debía mostrar un cierto grado de clemencia, perdonar a quien no fueran responsables directos, sabiendo que no era imposible prevenir estos actos de rebelión aplicando una mayor represión, puesto que eran inevitables dada la misma estructura tiránica del dominio ateniense y sólo se conseguiría agravarlos. El objetivo de una política clemente era ofrecer una vía de escape a la mayoría de la población, la mayoría silenciosa, que se verían menos inclinados a seguir a estos cabecillas hasta la muerte, puesto que su castigo sería el mismo, hicieran lo que hicieran, les apoyaran o les abandonaran

Combate entre halcones y palomas en la cumbre del Imperio, tan parecido a los que tienen lugar hoy en día. Entre los que creen que se soluciona todo con el fácil Nuke them all, y los que quieren mantener un mínimo de legalidad y de humanidad en las relaciones internacionales. Tensión que más tarde o más temprano acaba por resolverse en favor de los halcones, como veremos pasó con el Imperio Ateniense, y que cuando se resuelve de esa manera es a su vez presagio de la caída de todo imperio, por muy poderoso que se crea.