martes, 8 de marzo de 2016

Bajo la sombra del postmodernismo (XXIII)

Al mismo tiempo, sus interpretaciones (las de los libros de texto de los años 80 y 90) de la crisis del siglo XX divergían sutilmente, reflejando la erosión de la memoria social hegemónica que había facilitado la transición. Los libros de texto progresistas achacaban ahora el comienzo de la guerra a la conspiración militar en vez de al fracaso de la República, y aprovechaban recientes investigaciones de archivo para rescatar del olvido a las víctimas de la guerra y el franquismo. Aportaban cálculos de la cantidad de gente ejecutada, encarcelada y purgada por el régimen franquista, resucitaban la memoria de las guerrillas y del gobierno republicano en el exilio y juzgaban la autarquía económica teniendo en cuenta su desigual impacto sobre los españoles. Al hablar de la época del desarrollismo, recordaron las persistentes desigualdades económicas y sociales, la reemergencia de la "sociedad civil" y la fuerza creciente de la oposición democrática. Por el contrario, los libros de texto más conservadores se aferraron al mito según el cual la guerra era una tragedia colectiva, en la que ambos bandos eran igualmente culpables, y atribuían al "Estado franquista" el mérito de haber conseguido la estabilidad política y la modernización económica y social que posibilitaron la exitosa transición a la democracia. En cualquier caso, en términos generales sólo había ligeras diferencias de tono y enfoque, y lo que subyacía era una interpretación consensuada que relegaba a la Dictadura a una fase anterior de la vida nacional, superada ya por dos décadas de democracia constitucional.

José Álvarez Junco, Gregorio de la Fuente, Carolyn Boyd y Edward Baker. Las historias de España. Tomo XII de la Historia de España Fontana/Villares

Con este tomo acabo mi lectura en paralelo de las dos historias de España con las que llevo dándoles la lata este último año: la inglesa dirigida por John Lynch y la española de Fontana/Villares. Termino por ahora, ya que de esta última aún queda el tomo dedicado a la transición que no hace más que retrasarse, así que no escribiré todavía unas conclusiones generales de ambas. Sí les diré que la Fontana/Villares tiene para mí dos defectos principales que se convierten en uno: centrarse en el sujeto España estricto que lleva a desequilibrar su narración en beneficio de la historia contemporánea.

Ninguna de estas dos decisiones metodológicas es especialmente grave, puesto que, en realidad, España como actor histórico no comienza a ser hasta la segunda mitad del siglo XVI; mientras que la historia reciente, los siglos XIX y XX, es la más importante desde un punto de vista actual, por su obvia influencia y repercusión en los conflictos del presente. Sin embargo, me parece que se ha perdido una oportunidad de realizar una historia de la península Ibérica en la que se rompa con el tono localista, para poner en relación entre sí, por el contrario, los diferentes pueblos que la habitaron y conquistaron, además de considerar las muchas influencias externas, de Europa y África, que influyeron en su formación. Algo que se deja de lado en la mayoría de las narraciones - curiosamente, no en la de Lynch - y sin lo cual es inexplicable la historia de este país... o lo que queda de él.

No obstante, el peor defecto es que la historia Fontana/Villares fue escrita en un momento muy preciso, el previo a la crisis económica que arrasó el mundo en 2009, coincidente la quiebras del sistema de la segunda restauración en España, que aún no se sabe si está tocado de muerte o podrá reformarse y sobrevivir. Ese haber sido compuesta antes de la catástrofe lleva a que en ocasiones adopte un excesivo tono triunfalista, como si España se hubiera liberado y para siempre al fin de las maldiciones y fantasmas del pasado, mientras que en los últimos años éstos han vuelto a resurgir con todo su poder, llegando incluso a poner en cuestión las conquistas de una democracia que se creía fuerte, segura y permanente.

Donde más se notaba ese tono de victoria sin fundamentos, de elogios vanos, era en el tomo anterior, que en en gran parte de su contenido oscilaba entre lo intragable y la amargura retrospectiva. Sí hubiera sido la conclusión de la obra, mi impresión de ella habría sido aún más negativa, pero por suerte el autentico cierre es el tomo XII que les comento ahora, un ejercicio de metahistoria donde se utiliza lo mejor y más provechoso de la revolución postmodernista, aplicado en narrar una historia de como se ha narrado la historia de España a lo largo de los siglos.

Ese lo mejor del postmodernismo consiste en dejar de un lado sus pulsiones destructivas, el demostrar que la historia no es más que literatura y por tanto irrelevante, para aplicar la herramientas de análisis de texto a las obras históricas, intentado averiguar las intenciones, errores y virtudes de cada una de ellas. Cada historia de España pasada se revela así como intento por promover una ideología presente, un ideal nacional que se quiere convertir en realidad probada científicamente, pero que, voluntaria o involuntariamente, se sustenta en mitos y fantasías, queridos o indeseados.

Mitos de este tipo ha habidos muchos, como bien desgrana este tomo XII. La antigüedad antediluviana de la raza española - o de sus replicas locales y nacionalistas -, emparentada así desde el inicio con los fundadores de la humanidad, la civilización y la cultura. La idea, relacionada con ésta, de una España eterna, preexistente a cualquiera de sus cristalizaciones políticas, cuyos pobladores estaban imbuidos de un carácter distintivo e inmutable. Unas raíces y unas esencias irrenunciables que exigían de forma inapelable que cualquier sistema político y social presente tuviese como objetivo la recreación de esas maneras pasadas, además de la promoción de esos rasgos esenciales, fueran estos religiosidad lindante en lo fanático, militarismo imperial contra todo y contra todos, o orgullo y vanidad casi suicida, incapaz de aceptar y reconocer nada fuera de él, ni siquiera lo conveniente y necesario.

Referencia constante, por tanto, a un pasado glorioso y perfecto, que había que reconstruir en el futuro y que podía adoptar las más variadas formas, según la época que los considerase y las ideas políticas de quien escribiese esa historia. España prerromana, libre e igualitaria, guerrera e indomable, la de Viriato y Numancia, admirada tanto por los liberales del XIX como por los fascismos del XX. El reino ideal de los visigodos, cristiano y unificado, modelo de tantos nacionalismos centralistas, de catolicismos ultramontanos y de monarquías continuamente restauradas. Su refundación mítica en Pelayo, Covadonga y el Reino de Asturias, inicio de una reconquista que nunca fue, por demasiado larga, y modelo, de nuevo, de centralistas y de toda reacción patria que buscaba forjar una nueva España renovada. Frente a él, sólo un poco posterior, el modelo de las cortes medievales, falso ejemplo de libertad y de descentralización, sueño por tanto equivocado de los liberales del siglo XIX y de los nacionalismos periféricos.

No eran los únicos mitos, pues los hay mucho más recientes. El edén y arcadia de la España unificada de los reyes católicos, cuya fragilidad, temporalidad y personalismo siempre se intentaba ocultar. El sueño del Imperio Universal, en Europa y América, ya en forma de la monarquía alemana de Carlos V o de la Hispana de Felipe II, que siempre desembocaba en pesadilla, derrota, atraso y desprecio de la ciencia y la cultura. El falso reformismo de los Borbones, siempre limitado por los privilegios de sus clases dominantes, que nunca vacilaban en abortar los cambios que pudiesen afectar su supremacía. El levantamiento contra Napoleón, admirado tanto por liberales del XIX como por conservadores del siglo XX, esfinge cuyo enigma podía responderse de formas contrapuestas, tanto desde las posiciones reformistas y progresistas, como desde las más retrógradas y reaccionarias.

O los últimos mitos, los más recientes, aquellos por los que aún seguimos combatiendo, aunque sea sólo desde el papel y las tribunas. El de una Segunda República, a la vez víctima y culpable, según quien la mire. El de un tardofranquismo que, según opinión general de la derecha, en ese tiempo expío sus pecados necesarios y sentó las bases de una España moderna, europea y democrática. Para concluir con el mito de todos los mitos, el de una transición ejemplar, modelo de todos los países que salían de una dictadura, y donde al fin se habían resuelto, para siempre, los conflictos y disensiones del pasado, aquéllos que condujeron a tantas guerras, que acarrearon tantos derramamientos de sangre. Un sistema ante el que sólo se extendía un futuro esplendoroso, colmado de glorias, constelado de triunfos.

Si no fuera por que las fuerzas e impulsos destructivos del pasado sólo estaban adormecidos. Sólo esperaban al momento preciso para levantar su cabeza y arrojarnos de nuevo al torbellino, al maelströn del cual no hay salida posible.

Porque la historia, desgraciadamente, no se puede detener.

Para los historiadores profesionales, el debate no era sólo sobre la definición de la nación, sino también sobre el papel de la historia en la socialización de los jóvenes. ¿Era la historia una forma de memoria social destinada a transmitir identidades colectivas, o una disciplina científica cuya integridad era incompatible con la instrumentalización política? Para el historiado José Álvarez Junco, el ataque de Aguirre a la LOGSE no tenía nada que ver con la historia; en  realidad, era una lucha por "el control de los mitos en los que se funda la legitimidad de nuestras instituciones". Sin estar necesariamente en desacuerdo con esta afirmación, otros señalaron la importancia del mito y la memoria para reforzar la cohesión social. En opinión del jurista Javier Pérez Royo, incluso las democracias necesitan "una adhesión activa de los individuos a las ficciones en que su convivencia descansa". No bastaba con rechazar el mito de la "España eterna" o denunciar la simplificación que supone de una realidad histórica compleja; hacía falta un nuevo mito dominante, mejor adaptado a una sociedad democrática y pluralista. Según Pérez Royo, el problema no era la instrumentalización de la historia per se, sino el ataque de Aguirre al mito fundacional - el compromiso "entre dos interpretaciones de la historia de España" - negociado durante la transición.