martes, 29 de marzo de 2016

Clasicismos necesarios



















Esta temporada invernal de anime puede ser de las que peor sabor de boca me han dejado. Una tras otra he ido abandonando la mayoría de series de anime que había empezado - las hay que ni siquiera llegué a intentarlo - hasta quedarme con unas pocas, de las que algunas las he terminado por el mero saber como quedaban las cosas. No es que no haya habido obras notables, puesto que quedan en la memoria la magnífica Shouwa Genroku Rakugo Shinjuu, la hilarante segunda parte de Osomatsu-San, de la que ya les hablaré, y la notable Boku dake ga Inai Machi (La ciudad en la que sólo yo no estoy), más conocida por su nombre inglés, Erased (Borrado).

Lo curioso de esta serie es que aunque no me perdía un episodio y éstos se me pasaban volando - signo de la atención con la que la veía-, al final me quedaba pensando en qué era lo que lo hacía tan buena. Evidentemente, parte de la razón estaba en la mediocridad de la temporada, pero esto no bastaba para justificar el interés - casi ilusión- con que la esperaba cada semana. Había algo más, pero no llegaba a determinarlo, porque el caso es que la serie no destacaba por la calidad de su animación - en el mundo de los ordenadores, ésta es casi obligada en cuanto se tiene un presupuesto holgado -, la vitalidad de la misma o su gusto por la experimentación.

El misterio empezó a desvelarse cuando leí los primeros volúmenes del manga de Sanbe Kei, titulado aquí como Desaparecido, en el que se basa el anime. En mi caso, y salvo contadas excepciones, no me suelen gustar los mangas que dan origen a los animes, que en general encuentro han sido superados por su versión animada. Sin embargo, en esta ocasión Desaparecido resistía muy bien la comparación con Erased, e incluso llegaban a complementarse a la perfección, tanto, que la dos plasmaciones, la dibujada y la animada, podían casi considerarse como versiones de una tercera historia, en la que se habían basado ambas.

El motivo de la calidad de Erased consistía, por tanto, en que la historia contada en Desaparecido era lo bastante sólida - una clásica intriga policiaca con tenues ribetes fantásticos -,  y estaba igualmente tan bien trabada en su desarrollo que el anime la podía utilizar como cimientos firmes sobre los que construir su edificio. En otras palabras, podía confiar en un guion ya escrito al que sólo había que podar ligeramente, para realizar una adaptación en la que se daba primacía a lo visual y a lo simbólico, aunque sin perder jamás de vista el realismo impuesto por su localización en el pasado reciente, además de respetar su lógica y normas internas.

Esto último, su adscripción al realismo a pesar de los detalles fantásticos, es quizás el mayor elogio que se puede hacer a la serie: el hecho de haber establecido una serie de normas que rigen su mundo de ficción e intentar en todo momento ajustarse a ellas. Esto significa que no se deja tentar, por ejemplo, por el complejo moe/kawai, aunque parte de su metraje transcurra en el mundo de la infancia, sino que lo trata con una seriedad que se extiende al modo en que actúan los propios personajes infantiles, observadores de un mundo adulto que no llegan a comprender en toda su extensión y para los que ese mundo es un inmenso laberinto, lleno de escondrijos y pasadizos desconocidos para los mayores. 

Un rigor, como digo poco común en un anime reciente que parece destinado cada vez más a adolescentes y adultos descerebrados, a los que hay que sorprender con más explosiones, más sexo y más giros sorprendentes, vengan o no a cuento. No es que Boku dake ga Inai Machi no caiga de vez en cuando en recursos de Grand Guignol, como la caracterización facial del criminal al estilo del asesino de maldad insondable de los blockbusters de Hollywood, pero a pesar de esos resbalones se le agradece, y mucho, que mantenga esa coherencia externa, hasta el extremo de que el necesario Deus ex machina que permite resolver la acción haya estado presente desde el minuto 1 de la serie y no sea un recurso de última hora para salvar al autor del callejón sin salida en el que él mismo se ha metido, ni tampoco uno que se está utilizando a cada cinco minutos, sólo porque mola y hace bonito.