miércoles, 2 de marzo de 2016

El duende del teatro





















Studio Deen es una productora que se ha granjeado una inmerecida mala fama entre los aficionados. Entre sus creaciones pasadas se hallan obras tan notables como los OVAS de Rurouni Kenshin (2000), la multiserie Maria-Sama ga miteru (2004-2009), Zipang (2004) o la casi olvidada Simoun (2006). Sí es cierto, no obstante, que en los últimos tiempos parecía estar atravesando un desierto creativo y que sus producciones no tenían el pulido hiperrealista de estudios como A-1, P.A o Kyoani, tan del gusto del público, pero que en demasiadas ocasiones no es otra cosa que un envoltorio reluciente para ocultar la nada más absoluta.

Debido a esto, Deen había pasado a ocupar un segundo plano en la percepción de los aficionados, incluso entre aquellos que conocíamos de sus glorias pasadas. Nada hacía prever, por tanto, que fueran a descolgarse con un producto notable, y sin embargo así ha ocurrido, porque Shouwa Genroku Rakugo Shinjuu (2016) se ha convertido en una de las grandes sorpresas de la temporada. Una serie que, si nada tuerce su desarrollo, lleva camino de convertirse en imprescindible, una de las pocas que merecen un puesto de honor permanente en el panteón del anime.

Ya estoy exagerando, pensarán. Se trata de otro de mis enamoramientos repentinos, que luego descubro completamente equivocados, y de los que no me retracto. Puede. Pero lo cierto es que se trata de una de las escasísimas series de anime que son realmente distintas. De ésas que se apartan de los tópicos - la ciencia ficción, el relato escolar, la magia -, además de evitar las trampas para otakus que se han hecho inevitables hasta en las series de prestigio y que, como ya sabrán, astragan toda la producción reciente de esa nacionalidad. Porque se trata de una serie con personajes adultos, que persigue intencionadamente el realismo a ultranza, lo que tiene un atractivo innegable para los que crecimos leyendo pilas de novelas decimonónicas. Ésas que intentaban reflejar la realidad, en toda su extensión, en toda su miseria.

Aún así, a pesar de ese realismo en la representación de los conflictos, de la descripción minuciosa de de las dificultades y penalidades de los protagonistas a la hora de hacerse un lugar en la vida, o de la delicadeza y naturalidad con que se representan los dolorosos laberintos del amor, ésos que nosotros mismos nos creamos y donde buscamos encerrrarnos; a pesar de todo eso, digo, quizás no hubiera bastado. Le hubiera faltado cierto brillo, cierto ímpetu, justo el que le concediese la irracionalidad suficiente para superar lo que no deja de ser un mecano bien construido y trabado. Admirable, pero agotado en su propia perfección de ingeniera.

Ese factor X no es otro que el teatro. Porque Shouwa Genroku Rakugo Shinjuu traza, en un larguísimo flashback, la historia de dos actores que intentan continuar una de esas tradiciones dramáticas tan propias de la cultura japonesa: el Rakugo o representación de un sólo actor, que se limita a narrar una historia, representando el mismo a todos los personajes sin moverse del sitio. Un genero teatral que podría parecer local, particular, intransmisible a otras culturas y por ello mismo aburrido e imposible de disfrutar fuera del Japón, sino se está en el ajo y se conoce el chiste.

Es aquí, en esa transmisión a priori destinada al fracaso, donde se produce el milagro de Shouwa Genroku Rakugo Shinjuu. La historia de estos dos actores es también la historia de sus representaciones, que la serie no tiene miedo en representar en toda su extensión y naturalidad. El espectador de la serie, por tanto, deviene un espectador teatral, alguien sentado en la obscuridad de la platea, mientras que la cámara de la serie remeda ese mismo punto de vista, replica y transmite las experiencias y sensaciones que se experimentarían al contemplar esa representación. 

El resultado, impredecible, inesperado, arrebatador, es que aprendemos a ver y a oír. Que esa forma extraña e incompresible de actuación, se vuelve transparente y próxima. Que incluso llegamos a distinguir cuando se realiza bien, cuando mal.

Nosotros, los que antes éramos unos ignorantes.