martes, 14 de junio de 2016

Los laberintos de la ciencia (y I)

Who caused whom? Does technology causes us, or we cause it? Does it lead us wherever it wishes, even to perdition, or can we make it bend before our pursuit? But what drives this pursuit if not technical thought? Is is always the same, or is the "humanity-technology" relationship itself historically variable? If the latter is the case, then where is this unknown quantity heading? Who will gain the upper hand, a strategic space for civilisation maneuvers: humanity, which is freely choosing from the widely available arsenal of technological means, or maybe technology, which, through automation, will succesfully conclude the process of removing humans from its territory? Are there any thinkable technologies that are imposible to actualize,  now and in the future? What would determine that possibility - the structure of the world or our own limitations? Is there another potential direction in which our civilisation could develop, other than a technical one? Is our trayectory in the Universe typical? Is it norm - or an aberration?

Stanislaw Lem, Summa Technologiae

¿Quién produce a quien? ¿Somos la causa de la tecnología o es ella la nuestra? ¿Nos conduce a donde quiere, incluso a la perdición, o podemos hacer que se incline ante nuestros afanes? ¿Pero qué guía esa búsqueda si no es el pensamiento técnico? ¿Es siempre igual, o la relación humanidad-tecnología es en si misma variable en la historia? Si esto último es cierto ¿A dónde conduce esta variable desconocida? ¿Quién quedará ganador, en el ámbito de los cambios de la civilización: la humanidad, que elige libremente del arsenal de medios tecnológicos ampliamente a su disposición, o quizás la tecnología, que, mediante la automatización, concluirá con éxito el proceso de eliminar a los humanos de su territorio? ¿Hay alguna tecnología que sea imposible convertir en realidad, ahora y en el futuro? ¿Que decide esta posibilidad - la estructura del mundo o nuestras limitaciones? ¿Hay otra dirección potencial hacia la que pueda desarrollarse nuestra civilización, aparte de las técnicas? ¿Es nuestra trayectoria en el universo típica? ¿Somos la norma - o una aberración?

Si siguen este blog, sabrán que el verano pasado me reencontré con la obra de Stanislaw Lem y me la leí casi entera, excepto aquello que no había sido traducido ni al castellano ni al inglés. De todo lo que me compré me quedo un libro en el tintero, Summa Technologiae, un intento por parte de este escritor de ciencia ficción de predecir qué avances tecnológicos podría depararnos el futuro en las décadas posteriores a 1964, año de publicación de la primera edición.

Las etiquetas que he puesto, ciencia-ficción, predecir, futuro, avances tecnológicos, son engañosas. Si han leído a Lem, sabrán que es una excepción en el panorama de la ciencia-ficción. No es ya que sea un exponente magnífico de la rama "hard" de este genero, sino que cada libro suyo es una exploración de problemas científicos y filosóficos que giran alrededor de unos pocos temas trascendentales: las limitaciones del conocimiento humano, la imposibilidad del contacto con inteligencias ajenas, un sano escepticismo hacia el concepto de un progreso indefinido, exponencial y benéfico.

Con estos antecedentes, no extraño que Summa Tecnología no sea una predicción futurística al uso, un catálogo de posibles nuevas tecnologías cuya tosquedad e ingenuidad sólo despiertan hilaridad al cabo de unos años, sino un sesudo análisis sobre las posibilidades del avance científico, los obstáculos que pudieran hallarse en su camino y los posibles callejones sin salida a los que podríamos confluir. Sin remedio y sin siquiera darnos cuenta, hasta que fueran irremediables.
Este ensayo filosófico, pues de eso se trata, se configura por tanto como una larga lista de preguntas, muchas de ellas sin solución visible, pero en cuya formuación análisis se obtienen importantes revelaciones sobre el modo en que actúa nuestra mente. En concreto, sobre la manera en que influye y es influida por las propias tecnologías que ella misma ha creado. Una relación que, como puede verse en las líneas que abren esta entrada, no está en absoluto clara, ni en sus términos, ni en sus resultados, ni en su relación futura.

El problema básico para Lem es que los humanos hemos creado esa herramienta que llamamos tecnología para modificar y controlar el mundo, pero esta nueva entidad del orden natural universal ha alcanzado una entidad y una independencia que supera a sus creadores. No obstante, este resultado no es un hecho nuevo en la historia de la humanidad, ni tiene su origen en la explosión de ciencias y técnicas que caracteriza a la civilización occidental desde el siglo XVII. Como Len señala con agudeza, en el Neolítico la tecnología adquirió por primera vez una existencia independiente con respecto a sus creadores, de manera que todos esos cambios revolucionarios e irreversibles que transformaron a cazadores-recolectores en agricultores no fueron percibidos por su usuarios. No hubo en esa metamorfosis cultural un descubrimiento genial, una singularidad tecnológica, sino una lentísima evolución, durante la que cada generación creía estar usando tradiciones ancestrales, mientras que la tecnología evolucionaba a un ritmo distinto, mucho más lento, disociado e independiente del lapso vital de sus creadores.

La diferencia entre la revolución industrial y el neolítico es solamente de grado. En estos últimos siglos se ha producido una aceleración que ha permitido que ambos ritmos temporales, el tecnológico y el vital, se sincronicen. Nosotros somos capaces de constatar los cambios en la tecnología, de darnos cuenta que lo válido y lo aprendido unos pocos decenios atrás ha sido invalidado por esos avances científicos y técnicos. Sin embargo, como señala Lem, de nuevo agudamente, esto no significa que seamos distintos, mejores o más inteligentes que nuestros antepasados. Nuestros deseos y apetencias, lo que le pedimos a la tecnología sigue siendo lo mismo que podrían imaginar los egipcios: comida, sexo, poder y fama. Lo único que ha cambiado es el ritmo de innovación tecnológico que ha superado el de reemplazo de las generaciones y el de nuestra asimilación de ellas mismas.

De ahí surge el dilema que Lem apunta al principio del libro. Si seguimos deseando lo mismo y el ritmo de aparición de nuevos inventos supera al de nuestra comprensión, ¿hasta que punto las dominamos? ¿En qué medida las encauzamos hacia nuestros propósitos, hacia la resolución de nuestros problemas y la conservación de nuestra sociedades y nuestra especie? ¿En que medida hemos devenido meros instrumentos del desarrollo, preservación y evolución de esa misma tecnología, que se perpetua y reproduce a través de nosotros?

Una fuerza, la del desarrollo tecnológico que en la concepción de Lem presenta coincidencias inquietantes con otra fuerza creadora: la evolución. Ambas utilizan lo existente para construir sus criaturas, sin que ellas mismas lleguen a ser conscientes de ellos. Ambas actuan independientemente de ellas, sin importarles si sobreviven o no, porque siempre hallarán recambio y sustento que las mantenga en marchas. Ambas, además, son ciegas y amorales, sin tener un fin definido al que dirigirse o encaminarse, porque intentan todos y eligen sólo los supervivientes, de lo que surge su ausencia de moralidad, basada en que para ellas sólo es válido quién o qué tiene éxito.