sábado, 5 de julio de 2014

Across the wide world


En el panorama expositivo madrileño, hay algunas instituciones que suelen pasar desapercibidas en medio del griterío de las majors. Una de ellas es La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que no suele prodigarse mucho, pero que cuando lo hace, suele acertar en lo que propone, o al menos no busca engañar y desorientar al público para que acuda masivamente a sus salas.

En esta ocasión, en su edificio han coincidido dos exposiciones que aparentemente no pueden estar más lejanas. La primera está dedicada a la escuela de estampa Japonesa que conocemos como Ukiyo-e, arte popular donde los haya, mientras la segunda se centra en el fotográfo español Ortiz Echagüe, una personalidad que supongo casi desconocida para el gran público, pero que para mí ha sido uno de los grandes descubrimientos de este año. De hecho, creo que lo voy a añadir a la lista de mis exposiciones favoritas en lo que llevamos de año, junto con Pontormo, Albers y una cuarta que ya les comentaré.



Volviendo a la exposición del Ukiyo-e, debo confesarles que a pesar de mi amor por esa escuela de pintura japonesa, suelo salir bastante defraudado de las muestras que he tenido la ocasión de visitar. La razón tiene un nombre, Kunisada, artista de la primera mitad del siglo XIX que se convirtió en una de las figuras más famosas de esta escuela, pero que para cubrir la demanda creciente de sus obras empezó a producir en serie sus trabajos, hasta llegar a la fabulosa cifra de diez mil obras conservadas.

La contrapartida de esta productividad es que al final todas las colecciones de Ukiyo-e acaban por tener una presencia exagerada de Kunisadas, de manera que si no se tiene cuidado de equilibrar su presencia con la de otros autores el espectador puede acabar un tanto hastiado. A disminuir ese malestar no ayuda que Kunisada no sea precisamente un genio, sino un artista que sólo puede resolver el problema de una producción excesiva mediante la utilización repetida de los mismos trucos y técnicas, de forma que sus pinturas acaban por parecer todas iguales sin que quede apenas un atisbo de personalidad u originalidad.

Este pequeño problema de toda colección de Ukiyo-e se agrava en la exposición de la Real Academia, dedicada, precisamente a la escuela de Kunisada. Afortunadamente, a esa escuela pertenecía también Hiroshige, una de las figuras más grandes del Ukiyo-e, lo cual permite pasar el mal trago, a lo que ayuda la presencia de otras figuras mayores, como Utamaro, y de otras menores pero no menos sorprendentes, que añaden la variedad que de la que carece el festival Kunisada que se nos propone.


Si la exposición de Kunisada resulta un tanto fallida, no ocurre lo mismo con la del fotógrafo español de primeros de siglo, Ortiz Echagüe, que para mí ha supuesto un descubrimiento completo. Por transmitirles un poco la impresión que me ha causado, le diré que Echagüe es un fotógrafo eminentemente pictórico, alguien que busca la imagen pintoresca y que  luego somete la fotografía durante au revelado a todo tipo de manipulaciones. El resultado es incrementar aún más esa imagen de algo pintado/o dibujado, apartando así sus fotografías de todo tipo de objetividad, mientras las acerca al ensueño y al idilio.

Con esta premisas, Echagüe podría resultar un fotógrafo anticuado, válido sólo desde un punto de vista histórico. Un artista opuesto a lo que sería la fotografía "auténtica", esa captura sin manipulaciones de la realidad promovida por el amplio movimiento de fotoperiodismo que precisamente surgió en tiempos de Echagüe. Sin embargo, contempladas desde nuestro tiempo postmoderno, las imágenes de este fotógrafo resultan extrañamente cercanas y presentes.

Parte de esa sensación de atemporalidad, especialmente en su obra de las primeras décadas del siglo XX, se debe a que esa manipulación poco tiene que ver con lo que nuestros abuelos - o nosotros como observadores del pasado - esperarían. Las actuaciones de Echagüe son radicalmente vanguardistas, hasta el extremo de convertir el fondo en el que posan sus personajes en algo completamente abstracto, casi un amasijo de rayas trazasas sobre el celuloide, mientras que en su personajes, la precisión de la toma fotográfica se torna difuminación dibujistica, en un extraño caso de un fotografo que aspira a emular la pintura, reproduciendo sus texturas.

Esa aspiración de Echagüe se trasluce en la propia composición de sus fotografías, tan cercana a tantos cuadros decimonónicos, y en la clara actitud de pose de sus modelos. Sin embargo, incluso en ese aspecto, el más anticuado de su manera, Echagüe se las arregla para sortear cualquier peligro. A pesar del pintoresquimo y en muchos casos orientalismo de sus temas, es visible que entre sus modelos y él existe una fuerte corriente de simpatía, que se ha establecido una profunda confianza entre el fotógrafo militar español y los habitantes de un Marruecos convertido en colonia, consiguiendo así que las poses dejen de ser forzadas y se transformen en naturales, en sinceras.

Así, lo que podría ser mero albúm de turista o un frío documento etnográfico queda transfigurado, elevado a una dimensión nueva, no sólo por esa visible cercanía entre fotografo y fotografiado, sino porque esa confianza entre ambos permite a Echagüe esperar al momento preciso, cuando las personas al otro lado de la lente pierden consciencia de la cámara y actúan como si estuviesen en la intimidad, o a lo sumo, en presencia de un amigo íntimo.

En resumen, un fotógrafo sorprendente, inusual. En mi opinión, uno de los grandes.