martes, 15 de julio de 2014

Under the Shadow of Postmodernism (y XI)

Yet there were many signs which indicated a divorce between the Castilian people and its ruling class. The emperor and some of his advisers might proclaim the ideal of a great Christian empire extending over two hemispheres with its base in Spain. Philosophers and men of letters like Alfonso de Valdés and Fray Antonio de Guevara might provide the imperial ideal with an intellectual justification. The struggle against Protestantism and the Turk might appear as the supreme mission of Spain and her empire. But whenever popular sentiment could make itself heard, either in some collective impulse like that of the Comuneros, or in the writing of the chroniclers, or in the protests of the Cortes, or in the advice of his Spanish administrators, or in the latent opposition to Charles's son and heir in the 1550, then it was obvious that the urgent preoccupations of Spaniards were nearer home, more national in their objectives and more economical in their cost; the safety of Navarra and the outposts of North Africa, the struggle against the Turk, but in the Mediterranean and not on the Danube, the defence of the coasts, and peace with France and other Christians countries. Francisco de los Cobos, the emperor's Spanish secretary, was constantly advising peace, 'that we might have a breathing space'. Even the Admiral of Castile wrote in 1531: 'Your Majesty protracted absence from your Spanish Kingdoms, though indispensable for the safety of the threatened Christendom and the furtherance of your own political views, is a thing to which your Spanish subjects can hardly reconcile themselves'.

John Lynch, Spain 1516-1598, From Nation State to World Empire.

Como ya sabrán, estoy leyendo en paralelo dos historias de España en varios volúmenes. Por un lado la dirigida por John Lynch en el Reino Unido, que se publicó en gran parte durante los años 90 del siglo pasado. Por otra parte, la dirigida por Fontana/Villares en España, en la primera década de este siglo, pero que aún está sin completar.

La Fontana/Villares tenía/tiene objetivos muy ambiciosos. En primer lugar, se proponía el estudio estricto de España como sujeto histórico  independiente, de forma que centraba sus esfuerzos en el periodo de 1500 al presente, relegando la historia anterior a una especie de prólogo necesario, pero incómodo. Asímismo, se pretendía/pretende como una doble revisión de esa historia, a la luz de los nuevos datos y las nuevas teorías históricas, siempre considerados desde unos supuestos ideológicos de izquierda progresista, en clara oposición/reacción a la contrarevolución conservadora en auge en España desde 1996 y ahora completamente victoriosa.



Desgraciadamente, los resultados han sido muy dispares, en gran parte fallidos. La irrupción del postmodernismo en las disciplinas históricas, con su nihilismo inherente, ha transformado cualquier obra histórica en un ejercicio de autodefensa, en el que gran parte del espacio se dedica a justificar la pertinencia de los estudios históricos, mientras se intenta mantener a salvo un marco fundamental de "hechos" históricos, que permitan contener el efecto corrosivo de la ecuación historia=literatura promovida por el postmodernismo. En el caso español esta tendencia a salvar lo que se pueda, a transformar la narración histórica en una ejercicio de resistencia se ve amplificada precisamente por los rasgos destructores del conservadurismo patrio, empeñado en convertir en realidad histórica los mitos heredados de regímenes e ideologías pasadas, que, como ilusos, creiamos consignados definitivamente al basurero de la historia. La situación ha llegado a degenerar de tal manera que historiadores serios como Ángel Viñas han devenido polemistas y propagandistas, con todos los efectos negativos de ambas etiquetas, llegando incluso a aproximarse a posturas similares a la conspiranoia.

Estos efectos deletereos están en su mayoría ausentes de la historia de Lynch, especialmente en los tomos escritos por él mismo, ya que su redacción antecede a ambos fenómenos. Su manera de narrar la historia es eminentemente "clásica", intentando reunir y presentar la mayor cantidad de hechos posibles en el exiguo espacio de un libro, de manera que sirvan de prueba y apoyo a las teorías que presenta sobre el periodo . Al mismo tiempo, este esfuerzo de investigación no pierde nunca de vista que la razón de todo estudio histórico es ofrecer una visión equilibrada del periodo analizado, de manera que surjan a la luz aquellos fenómenos ocultos por el "ruido y la furia" de guerras, batallas, intrigas políticas, magnicidios y demás tableaux vivants.

Debido a ello, y sin necesidad de hacer aspavientos ni profesiones públicas de fe, el libro de Lynch sobre el siglo XVI español se muestra un destructor certero de los mitos a los que me refería anteriormente. Por hacerles un resumen, la derecha nacionalista española considera el tiempo de Carlos V y Felipe II como un periodo de unidad nacional, su ideal soñado, durante el que la idea imperial, europea y americana, cristiana y católica, tanto sirvió de acicate para soldar a los diferentes pueblos de la península como dotó al nuevo estado de fuerzas suficientes para extenderse por toda Europa y forjar ese siglo español, a cuyo fantasma tantas veces se ha recurrido en tiempos pretéritos.

Como ya deberían saber, ese sueño de la unidad nunca existió, excepto para los propagandistas nacionales de los siglos XIX y XX. El imperio del siglo XVI fue, ante todo, castellano, y castellanos fueron los recursos que mantuvieron en marcha a tercios y flotas, hasta llegar a esquilmar sin remedio los recursos de ese reíno. El resto de dominios de la corona, bien quedaron en la penumbra, fuera cual fuera su importancia anterior, o entraron en una decadencia irremediable, como ocurrió con la corona de Aragón, cuyos fueros se respetaron simplemente porque sus reinos no tenían peso alguno, ni influencia, ni importancia estratégica, en la corona universal de los Austrias.

Con respecto a la idea imperial, esa idea que supuestamente unió a todos los españoles y nos llevó a nuestra mayor gloria, en realidad tampoco existió como tal, o más bien sólo surgió a finales del reinado de Felipe II y en los de los Austrias del XVII, cuando la marcha de la historia ya lo había convertido en una antigualla, mientras que nuevas potencias éuropeas reclamaban  para sí la supremacía hispana. El Imperio Universal como tal, sólo existía en la persona de Carlos V, único elemento de conexión entre territorios dispares, Flandes, Borgoña, Austria, Italia, Castilla, Aragón, cada uno con intereses particulares, en muchos casos contrapuestos. De hecho, el reinado de Carlos V se cerró con un fracaso sin precedentes, simbolizado en su abdicación, puesto que casi ninguno de los proyectos del emperador se vio culminado con éxito, ni la victoria sobre el turco, ni la neutralización de Francia, ni la supresión del protestantismo. Sólo la immensa extensión de sus dominios impidió un derrumbamiento completo, a condición, eso sí, de dividirlos en unidades más manejables, la Austria danubiana de su hermano Fernando y la monarquía hispana de su hijo Felipe. que heredó el futuro problema de Flandes

Se puede alegar que en ese tiempo de Carlos V se construyó el imperio ultramarino español, origen y requisito de la expansión y dominio Europeo sobre el resto del mundo en el medio mileno siguiente. Sin embargo, como es también sabido, las Américas se conquistaron de forma independiente a la política imperial, mediante una serie de iniciativas individuales en las que la corona poco tuvo que ver y cuya magnitud y beneficios apenas llegó a comprender, fuera de los envíos anuales de oro utilizados inmediatamente en financiar las aventuras imperiales. Peor aún, los gastos bélicos eran tan cuantiosos, que las famosas flotas de India apenas llegaban a cubrir un pequeño porcentaje, mientras que el resto era extraído de una España ahogada a impuestos, de los cuales, no se olvide, quedaban exentas las clases dirigentes. Una sangría monetaria que llegó al extremo de que los presupuestos de varios años en adelante habían sido ya asignados y gastados en el año en curso.

Este último aspecto, el económico, auténtico e insoslayable motor de la historia, nos lleva a ese otro mito último tan querido de la derecha patria: la idea imperial como inspiración de la idea de España y de la unión indisoluble de sus habitantes, que ya no eran leoneses, andaluces, castellanos, vascos, aragoneses o catalanes, sino españoles. Lo cierto es que fuera del habitual coro de psicofantes y cortesanos a sueldo, de cuya permanencia cumplido ejemplo hemos tenido estos días de interregno, el resto del país no las tenía todas consigo a la hora de juzgar  favorablemente a su rey y a sus propósitos. No es ya que la existencia de rebeliones tempranas frente a la llegada de un rey extranjero, como la de los Comuneros o las Germanías, señalase bien a las claras las tensiones de una sociedad en cambio y transformación. Ese que ese estallido no pueden explicarse en términos de modernidad renacentista encarnada en el Imperio frente a retraso medieval personificado en los Comuneros, como tantas veces nos han querido hacer creer esos renovadores que sólo buscan consolidar y perpetuar su poder político.

No. Esa explicación no vale ya. Lo cierto es que la aventura imperial no pasó de ser una empresa personal de una familia, la de los Habsburgo, que intentó revitalizar un engendro medieval, el imperio cristiano universal, con un tenúe y apresurado maquillaje humanista. El resultado, la supeditación de los intereses de los reínos a ese espejismo y la esquilmación de sus recursos en guerras inútiles, de victoria dudosa y resultado incierto, más allá de convertirnos en el enemigo universal de Europa. Único logro éste de la monarquía Habsburgica y único objetivo en el que coincidieron, padre e hijo, emperador y rey hispano, Carlos V y Felipe II, similares en su testarudez y en su cortedad de miras, a pesar de los avisos de sus mismos consejero y el escarmiento constante de la realidad.