martes, 29 de julio de 2014

Solitude, Labyrinths, Doubts (II)

Zeigt der Abend uns sein Antlitz
das auf überzarte Weise
einen Schmerz zum Ausdruck bringt,
der zu schön, zu sinnreich ist,
als dass ganz man ihn verstände,
geben wir uns gern die Hände.
Rosig leuchten Bäum’ und Wände
und der Fluss ist wie ein Gruß.
Unsere Lage wird zum Bilde,
und wir schauen wie Figuren
eines Buches fremd uns an
Auf dem Strom lässt sich der Schwan
von der Schimmerwellen schaukeln
glücklich wir zusammen gaukeln,
bis die leise nah’nde Nacht
unsrem Tag ein Ende macht,
der uns noch umgibt, umlacht
wenn in unsrem Zeit wir schlafen
 Robert Walser, Mikrogramme
Cuando nos muestre la tarde su rostro
que de un modo delicado hasta el extremo
trae dolor al corazón
que demasiado bello, demasiado rico en significado
como para comprenderlo por entero,
entonces demonos la mano con placer.
Rosados se muestran árboles y paredes,
y el río es como un saludo.
Nuestro entorno se convierte en pintura
y nosotros nos miramos como figuras
de un libreo extraño.
En la corriente se deja un cisne
mecer por las ondas temblorosas
gozoso nosotros volamos juntos
hasta que la tranquila noche que se acerca
de término a nuestro día,
que aún no rodeará, nos sonreirá
cuando llegue el tiempo de dormirnos.

A estas alturas de blog, creo que no tendré que repetirles mi admiración por Robert Walser. Me unen a él fuertes lazos personales y estéticos, como nuestra pasión común por divagar, sea espacialmente, mediante largos paseos, sea espiritualmente, mediante la meditación sin destino, rasgo del cual se ha derivado este blog-cajón de sastre, en el que cabe de todo, pero no se llega a ninguna parte.

Como sabrán también, la biografía de Walser me fascina, especialmente en esos años centrales de su vida, la década de los 10 y de los 20, durante la que fue lentamente aislándose del mundo, escribiendo cada vez más para sí mismo en exclusiva, sin publicar apenas, que concluyeron con su ingreso en un sanatorio para enfermos mentales, del cual sólo recibiría el alta que concede la muerte, durante uno de los largos paseos. En parte, mi interés por ese periodo de la vida de Walser se debe a mis propios miedos, a mi temor, continuo e inaplacado e a lo largo de mi existencia, a que mi cordura se apague y me vea arrojado en la locura... o a que finalmente caiga en el abismo insondable de la depresión a cuyo borde tantas veces me he asomado.



No obstante, el rasgo característico de Walser en ese tiempo, no es su retraímiento, sino la parte de su obra que se conoce como Microgramas, una extensa colección de fragmentos literarios - apuntes, bosquejos, poemas, escenas teatrales - escritos con letra diminuta en cualquier fragmento de papel que caía en sus manos. Ya les he hablado de cómo las características de ese material lo mantuvieron inédito varias décadas tras su muerte, hasta que hubo quién se atrevió con la difícil tarea de descifrarlos. El resultado fue que los Microgramas no sólo eclipsaron el resto de la produccion Walseriana de ese periodo, sino que se convirtieron en uno de las grandes conjuntos literarios del modernismo, tan dado a la obra última, definitiva y absoluto.

El valor de los Microgramas, por tanto, es innegable, pero asociado a ellos queda un problema de primera magnitud, similar al de otros escritores-reclusos, como sería el caso de Emily Dickinson. ¿Cuál es el público al que esa literatura privada se dirige? Mejor dicho ¿A quíén va dirigida? ¿De quién habla? ¿Con quién conversa? Podría objetarse a esta preguntas que toda literatura privada es por su propia definición, secreta, monólogo consigo mismo, esbozo constante que nunca llegó a germinar en obra mayor. Cierto, pero no es menos cierto que en toda esa obra oculta se sospecha la existencia de un interlocutor, de alguien, soñado o real, con el que el escritor quisiera compartir sus pensamientos. O, si la certeza de ese destinatario no es  aparente, si lo es la existencia presentida de otras personas, de seres humanos desconocidos a los que la vida ha atraído a las proximidades del escritor, y cuya presencia imbuye los textos que éste escribe.

Esta cercanía de un otro, su influencia constante, es especialmente perceptible en sus poemas. Es cierto que bastante de ellos suelen ser los juegos de ingenio, anticipo del postmodernismo de finales del siglo XX, tan característicos de Walser. En ellos, el escritor da la vuelta a nuestros conceptos habituales, encuentra asociaciones insospechadas, se esfuerza por retirar las diferentes capas de la realidad para alcanzar una supuesta verdad invisible, o quizás una revelación que sirva de respuesta, de negación, a ese manso torbellino que poco a poco le va tragando.

No obstante, incluso en esas obras más formalistas, la actitud del escritor no es la de quien quiere descubrir, sino la de quiere mostrar, enseñar. El otro, como digo, está implícito y a él se dirige la explicación/lección de Walser, no tanto buscando una conversión, sino una corroboración. Es de ese deseo de compartir, de extender lo que siente, lo que ha encontrado a lo largo de sus paseos, en lo que se engarza la otra faceta de su producción poética, una serie de extraños poemas de amor, de intensidad insospechada en un solitario contumaz como es Walser, pero que todo solitario reconocerá como propios, como reflejos de un modo de sentir y de amar que es común a todos los que, como yo, como Walser, consideran la soledad como parte integrante e irrenunciable de su persona y de su carácter.

Hay poemas de ausencia, pero de ausencia autoimpuesta. La de quien teme cruzar el intervalo que le separa de otra persona y malgasta su existencia entre las dudas y la irresolución. Esa restricción no se debe al rechazo o la falta de compasión del otro, excusa tan común en los poetas de antaños, sino que es autoimpuesta, interna, la de quien desea y teme, al mismo tiempo, ejecutar ese acto que de término a lo que hasta ese momento había sido y creído ser. Otros son gozosos, de consumación y completitud, pero su misma cualidad de radiantes nos revela que no son reales, que sólo se trata de ensueños, espejismos nunca realizados, imposibles en este mundo, en el cual no pueden tener cabida, simplemente porque las cosas del amor no funcionan así.

Hay por tanto una constante proyección hacia el otro en la poesía Walseriana, que no se extingue en el poema de amor, al fin y al cabo siempre tópico y esterotipado, sino que se continua en poemas interpelativos, en los que el escritor acusa y ataca a no se sabe quien: si a alguna otra persona cercana y querida,  a quien intentar desengañar de su orgullos , o ese otro yo mismo, del cual intenta deshacerse o al menos obtener para él, perdón y comprensión.

No, no así, con esa rigidez notarial. Simplemente, un poco de calor humano.

Du hälst dich für innerlich
weil du nicht am Äusserem hängst,
weil dich die Gesichter,
abends die Lichter
nicht freuen, weil die Lärm dir zuwider ist,
die geistvollem Gespräche.
Was das für eine Schwache
von dir ist, für eine Selbsttäuschung.
Innerlich ist man jeweilem aus Erschöpftheit,
aus einstweilen wieder einmal Genughaben
an den Äusserlichkeiten,
alsdann zündest du dir
die fröhlichen Kerzen
des Umgangs mit dir selber
mit spielenden Leichtigkeit an.
Alles innere also stammt
aus Bildern, aus erlebtem der
Mannigfaltigkeit der Welt,
die du, wenn du dich
deiner erfreuen willst,
liebend und dich daran erlustigend
abspiegelt.
Ohne Erfahrung verödet dir
das Reich, wovon du Spricht.
Niemals ist, wer das Leben
sich nicht zu verachten zwingt,
einsam
Consideras que tienes una vida interior
porque no te atas a lo exterior
por que los rostros ,
las luces por la tarde
no te alegran, por que te repele el ruido
de las charlas elevadas.
Esto es una debilidad
tuya, un autoengaño.
La vida interior es por un lado agotamiento
por otro de nuevo rebosar
con lo exterior
como si encendieses
los alegres cirios
del trato contigo mismo
con jugetona ligereza.
Todo lo interior por tanto se compone
de imágenes, de lo experimentado
de la multiplicidad del mundo,
que tú, que si tú lo
quisieras disfrutar,
con viveza y con placer
jugetearías.
Sin experiencias, decae
el mundo del que hablas.
Nunca existe, para quien la vida
no es algo que se fuerce a despreciar,
la soledad.