martes, 8 de julio de 2014

Polar Opposites
























Durante esos días de viaje por Europa varios estoy utilizando los tiempos muertos en los hoteles para revisar algunas películas de anime que se me habían quedado en el tintero, como es el caso de Sakasama no Patema (Patema Inverted, en el mundo anglosajón o Patema Inversa, en una posible traducción española) realizada en 2013 por el estudio Purple Cow.

La premisa de la película es nuestro mundo, en un futuro lejano sin especificar, donde un experimento fallido ha causado la aparición de una raza de seres humanos que caen hacia el cielo, literalmente, y que por ello han debido refugiarse en cavernas subterráneas para evitar así ese peligro. A este punto de partida se añade la transformación del mundo de la superficie en una distopia totalitaria y racista, en cuyo seno no tienen cabida esos otros seres humanos diferentes, considerados como monstruos a exterminar. El motor de la peripecia, por tanto, será el encuentro entre la protagonista, Patema, perteneciente a los humanos invertidos, y uno de los jóvenes de la superficie, Aes, cuya relación pondrá en movimiento una serie de fuerzas que serán imparables, y que llevarán a una serie de revelaciones más o menos inesperadas, más o menos trascendentales.

Como la gran mayoría de las producciones de anime recientes, ésta se beneficia de la presencia omnipresente del ordenador, que permite la creación de escenarios hiperrealistas, completamente creíbles y verosímiles, sobre los que la presencia de los personajes dibujados no desentona. Este avance puede parecer trivial, manido y fácil, al alcance de cualquiera ahora misma, pero era imposible hace casi una década, cuando empezó a hacerse habitual; aunque también supone una cierta traición a los paisajes pictóricos en su acabado, casi acuarelísticos, que hacían tan distinto al anime anterior al año 2000 de cualquier otra forma de animación.

Esta perfección en los ambientes puede hacer poco visibles cualquier posible defecto, pero no hacerlo desaparecer del todo. Uno de esos los efectos indeseables en el anime moderno ha sido la aparición de partituras musicales intervencionistas, que parecen competir con las imágenes por la atención del espectador, y que tan lejanas se hallan de la sobriedad y parquedad con que se utilizaba la música en las cintas de alguien como Oshii, una parsimonía que causaba que cuando finalmente aparecía la música, su efecto fuera sobrecogedor. Por supuesto, lo anterior no quiere decir que yo esté en contra de las partituras dramáticas, pero sí que lo estoy contra las que no aportan nada definido, aparte del subrayado innecesario y estereotipado, o intentan apuntalar, que no completar, lo que se presenta en la pantalla.

Curiosamente, aunque la partitura de Patema es claramente intervencionista, ella misma es consciente de su intromisión, y, en clara ruptura de la cuarta pared, se interrumpe en ocasiones para dar espacio a las dudas de los protagonistas, que no siguen el camino dictado por el compositor. Este peligro, por tanto, queda atenuado, pero no se puede evitar otro que quizás sea peor y que se origina, paradójicamente, en una virtud de la película. El mundo de Patema es tan amplio y rico, tan pleno en posibilidades que la hora y tres cuartos de duración se queda corta, insuficiente para cubrir lo que la película quiere decir y nosotros quisiéramos oír. Como consecuencia, a pesar de la unidad rigurosa de la historia narrada y su restricción a un pequeño grupo de personajes, quedan importantes preguntas por resolver, mientras que excepto la pareja principal, el resto del reparto queda bastante desdibujado, convertidos en meras figuras decorativas de un solo rasgo.

Aún así, Patema es una película notable, limpia de los tics moe/kawai que astragan tanto anime reciente, y que contiene no sólo una creíble y elaborada premisa de ciencia ficción, sino una clara denuncia del racismo y la discriminación (¿Quién esta invertido, quién no?). Además, como hilo sobre el que se urden en resto de los conceptos,  se halla una hermosa y sentida historia de amor, en la que este sentimiento surge de una forma natural, madura, espontánea y segura, sin titubeos adolescentes, confesiones exageradas o concesiones a las modas del momento.

Lo cual es muy de agradecer, al menos para aquellos, como yo, para los que este tipo de historias son una clara debilidad, siempre y cuando estén bien contadas.