sábado, 7 de septiembre de 2013

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Mi experiencia de la oferta expositiva en Madrid es que existen unas pocas exposiciones - aquellas organizadas por los grandes - que reciben una amplia difusión en los medios y que por esa misma publicidad se convierten en la "exposición del año". A la sombra de estos eventos masivos surgen aquí y allá otras mucho menores  - tanto en número de piezas y ambiciones - que suelen pasar desapercibidas para el gran público, sin recibir la mirada de los medios, incluso los que presumen de avanzados y cultos.

Por supuesto, lo anterior no quiere decir que sean peores ni menores. Más bien lo contrario.

Una exposición más que interesante que casi se me pasa se halla abierta hasta finales de este mes en uno de esos museos soñolientos de Madrid, el de Artes Decorativas, que corre el peligro de verse cerrado - ya lo ha estado en sus dos tercios este verano - en uno de los recortes neoliberales a los que tanto nos hemos aficionado. La muestra de la que hablo es la que recibe el nombre de Lacas Namban, Huellas de Japón en España y su importancia estriba  no tanto en sus piezas - importantes y hermosas - sino en servir de recordatorio de uno de los momentos cruciales de la historia universal el largo periodo de finales del siglo XV a principios del XVII en que una civilización - la occidental - se las arregló para conectar, aunque fuera de forma imperfecta, a todas las demás. El resultado fue la creación de un único espacio para la humanidad en el que aún seguimos viviendo, en las que los sucesos ocurridos en una de ellas afectaban a todas las demás.

Estamos, por otra parte, aconstumbrados a que la crónica de esa conexión - realizada por las armas, la conquista y el genocidio en más de una caso - se realice con una perspectiva Eurocéntrica, en la que los occidentales somos los héroes mientras que los "otros", en el mejor de los casos, no son sino espectadores pasivos. La importancia del arte Namban japonés es que permite vernos/ver este proceso desde el otro lado, cambio de perspectiva perfectamente simbolizado en que Namban no significa otra cosa que "bárbaros del sur", apelativo que expresa perfectamente los que las civilizaciones refinadas y sofisticadas del extermo oriente - Hindúes, chinos y japoneses - sintieron ante nuestra llegada.



No es la primera exposición dedicada a esta época que ha visitado Madrid. Hace dos décadas, en los primeros noventa - yo la ví, así que pueden imaginarse que no soy precisamente joven - otra exposición dedicada al mismo tema se podía visitar en la Casa de Vacas del Retiro. Aquella muestra tenía ambiciones de enciclopédica, y por número de piezas, y la variedad y calidad de las mismas, superaba ampliamente a la abierta en el Museo de Artes Decorativas. En ambas, no obstante, una de las primeras piezas que recibía al visitante no era otra cosa que unos biombos de un tipo sorprendente, en los que los artistas japoneses ilustraron la llegada de un barco de los bárbaros occidentales a sus costas, como el que abre esta entrada.

Lo importante y asombroso de estos biombos es por una parte que podemos vernos - nosotros los Europeos - a través de los ojos de otra civilización, como un objeto exótico, al mismo tiempo atractivo en su novedad, la de lo nunca visto, y al mismo tiempo, repulsivo en su propia extrañeza, puesto  que esas gentes nuevas no conocen la normas más simples de la educación y la cortesía. Bárbaros en toda la extensión de la palabra. Más intersante aún es que en esta pintura contemporánea se nos muestran detalles de las expediciones a esas tierras lejanas que los autores occidentales se olvidaron de consignar. Por ejemplo no es ya que los criados que acompañan a los recién llegados sean de tez más que obscura, obviamente reclutados en las tierras del sur - Indonesia y Filipinas - es que la propia tripulación, que realiza todo tipo de piruetas en el cordaje lo es también, lo que indica que los expedicionarios europeos, siempre cortos de hombres, se veían obligados a reclutar marineros de otras razas, de los pueblos marineros de las tierras donde habían establecido colonias y factorias.

Además, si observan con atención el biombo encontrarán que entre los que reciben a los expedicionarios hay algunos personajes vestidos a la Europea. Lo interesante no es esto, sino que algunos de ellos tienen rasgos claramente japoneses, muestra del interés con que la población japonesa, en todos sus estamentos recibió la llegada de los Europeos, hasta el punto de adoptar constumbres y útiles suyos - las armas de fuego son el ejemplo paradigmático - y en los casos extremos convertirse al cristianismo. Este punto, la facilidad con que penetraron las influencias europeas no se debe, como es lógico, a ninguna superioridad de la cultura occidental, sino a la curiosidad con que la civilización japonesa ha contemplado los desarrollos culturales que tenían lugar en el mundo, desde los orígenes al tiempo actual - llegando en muchas ocasiones a superar y vencer a los inventores de esos productos culturales.

Ese rasgo del carácter japonés nos permite identificar en qué estriba la importancia de la exposición abierta en el Museo de Artes Decorativas. Se trata, como ya apuntaba al principio, de que la historia de ese contacto se nos narra siempre desde el punto de vista Europeo, señalando como los jesuitas y comerciantes entraron en contacto con ese país y como éste adoptó constumbres e influencias europeas, para culminar en una contrarrevolución, una vez afianzado el shogunato Tokugawa, que llego a extirpar estos prestamos - con métodos brutales como fue el caso del cristianismo - para cerrar el Japón a todo contacto exterior durante dos siglos.

Pues bien lo que no se nos cuenta es el movimiento contrario de reflujo, el modo en que la imagen del Japón, sus productos y sus gentes, llegaron a Europa. En ese sentido, la exposición sirve de recordatorio necesario al narrar las diferentes embajadas que cruzaron medio mundo en sentido contrario a los exploradores europeos, para trabar acuerdos comerciales y politicos con las potencias occidentales. Una de las más importantes - y la última -  fue la Keicho, que recorrió tres continentes, Japón - Méjico -Cuba - España - Italia -Méjico - Filipinas y Japón, inspirada por una de las figuras más singulares del Japón de ese periodo, el señor feudal Date Masamune, teórico vasallo del Shogun Tokugawa, pero que hasta el afianzamiento de este fue uno de los participantes más activos - peligroso e imprevisible - del largo periodo de guerras civiles que precedió al shogunato y que acabó con la carrera de personalidades como la de Nobunaga o Toyotomi

De hecho puede decirse que el envío de esta embajada fue uno de los motivos que llevaría a los Tokugawa a cerrar el país al contacto con occidente, ante el temor de que los señores feudales, apenas sometidos, encontrase en el exterior los apoyos que les permitieran romper la unidad aún demasiado frágil del país. No obstante, esto es sólo un hecho político que por tener protagonistas a las elites acabo siendo reflejado en memorias y documentos oficiales. Por debajo de ellos y de manera mucho más continuada, debió existir un continuo flujo de mercancías y mercaderes, que permitio que palacios e iglesias españolas se llenaran de arcas, arquetas y armarios creados en el Japón, cuya belleza y exotismo les permitió cruzar los siglos y los conflictos hasta las salas de esta exposición.