martes, 3 de septiembre de 2013

Oral History (y III)







































Entre las escenas más turbadoras de Shoah, que vengo revisando estos últimos fines de semana, se encuentran las entrevistas que Lanzmann realiza a testigos que militaron en las filas nazis... y cuando digo testigos me refiero en realidad a perpetradores de esas atrocidades que el director intenta que no se pierdan en el olvido y la indiferencia.

Perpetradores, cuando no verdugos, puede parecer una palabra demasiado fuerte. Al fin y al cabo sólo se trata de humildes viejecitos, personas normales que nos abren en sus hogares para narrarnos los horrores de una guerra en la que ellos también sufrieron. Sin embargo, cuando Lanzmann nos los presenta, o a medida que ellos hablan, descubrimos que no fueron unos cualquiera, personas obligadas bajo amenaza a colaborar con los nazis, sino que ocuparon puestos de responsabilidad en el aparato nazi, inspectores del Ghetto de Varsovia, responsables del tráfico ferroviario en Polonia, organizadores de la vida diaria en los campos de exterminio. Podría decirse que sin ellos, sin su dedicación y sacrificio, sin su amor y orgullo por el trabajo bien hecho, el exterminio de seis millones de personas - utilicemos esa cifra redonda - no habría sido posible, ni siquiera imaginable, puesto que la desorganización lo habría abocado al caos y parado en seco.

Aterroriza, por tanto, que personas de tanta responsabilidad, manchadas con la sangre de tantos inocentes, puedan seguir en libertad, que hayan sido capaces de reconstruir su vida y labrarse de nuevo un nombre honorable, como buenos alemanes que son. Esta supervivencia de los colaboradores, de los cómplices y "facilitadores" del exterminio denuncia la hipocresía original de las dos "nuevas" Alemania surgida tras la guerra, en que, pasados los primeros años de postguerra, juzgados y ejecutados los responsables principales - al menos aquellos a los que se consiguió echar el lazo -, y comenzada ya la guerra fría, se estableció una tácita política de amnesia, en la que un pueblo bueno y sano, había sido hipnotizado por un puñado de locos, ajenos a su esencia, que una vez desaparecidos habían permitido que la auténtica Alemania floreciese.

De esta manera, se estableció una división entre nazis buenos y nazis malos, obligados a la fuerza a servir a un régimen criminal, y algunas instituciones, como la Reichswehr, el ejercito de la BundesRepublik de postguerra, heredero de la Wehrmacht de la segunda guerra mundial, tejieron una leyenda según la cual oficiales y generales se habían limitado a regir las operaciones militares, sin participar, ni colaborar en las atrocidades del régimen nazi - no sólo contra los judíos, sino contra muchos otros millones de europeos - a las cuales habían sido completamente ajenos e inocentes, cuando no opositores ocultos, sin importar las muchas condecoraciones y recompensas con que ese mismo régimen que ahora aborrecían les había recompesado por su acciones.

Como puede suponerse, La fuerza e influencia de esta leyenda fundacional del moderno estado alemán ha sido enorme, contaminando multitud de obras del cine y la literatura personal - piensen en los aviadores buenos de la Luftwaffe que aparecen en The Great Escape, cuándo precisamente el arma aérea nazi era uno de sus cuerpos militares más fanatizados - y permanece en la mentalidad colectiva de muchos alemanes y no alemanes educados en décadas pasadas. De hecho, ha requerido un inmenso esfuerzo de revisión historiográfico que sólo surtió fruto en las dos últimas décadas del sigo XX, en parte porque esos protagonistas de la guerra y principales difusores de esa versión falaz que tanto les favorecía, habían empezado a retirarse de la vida pública o simplemente habían muerto ya.

Esa leyenda del buen alemán obligado a ser nazi se hace especialmente visible en las entrevistas de Lanzmann a estos perpetradores. Todos, sin excepción, intentan hacer ver que fueron simples funcionarios, simples gestores que se encontraban muy lejos, muy por encima del sucio y horrible negociado del exterminio, del cual desconocían los detalles, y por supuesto el significado y consecuencias de su trabajo diario. Como se puede apreciar por las declaraciones de Walter Stier que abren esta entra, él se esfuerza en mostrar como su trabajo en tiempo de paz y en tiempo de guerra no se diferenciaban en absoluto, como si nada hubiera ocurrido y todos aquellos sucesos - el nazismo, la guerra, el holocausto - no fueran más que un mal sueño, un tiempo que nunca existió, y del que no se le pueden pedir responsabilidades. Incluso aquellos, como Franz Suchomel, que fueron destinados al infierno de Treblinka, adoptan la postura de simples notarios, de registros vivientes, que sólo por esa categoría justifican  que la venganza de las víctimas no haya recaído sobre ellos con toda su fuerza.

Sin embargo, las imagenes de Lanzmann les despojan de todas sus defensas y le muestran como realmente son: Mediocres que pensaron que la existencia de una autoridad superior les permitía olvidar sus responsabilidades morales. El mero hecho de que la casi todos ellos se negaran a ser filmados o que su nombre apareciese como tal en la película - hecho que obligo a Lanzmann a rodarles con cámara oculta y que en un caso, al ser descubierto, le llevó al hospital tras recibir una paliza de los familiares del entrevistado - descubre que su conciencia no estaba tranquila, que a pesar de todo no se atrevían a mirar al mundo y confesar que ellos fueron cómplices en el exterminio. Por otra parte, el hecho de que esas imágenes robadas sean de ínfima calidad, contrasta claramente con la realidad con sus víctimas aparecen en el documental, de manera que ese aspecto fantasmal, téttrico, de auténticos monstruos salidos de quién sabe qué profundidad infernal es un rasgo del que nunca podrán librarse y que les acompañará por el resto de sus vidas.

Lanzmann no se conforma con este subrayado visual - tan eficaz a pesar de ser una casualidad del proceso de entrevistado - sino que consigue enredar a estos ex-nazis en sus propias contradicciones. Walter Stier, por ejemplo, no para de repetir que él nunca supo qué pasaba con los pasajeros de los trenes especiales que organizaba, algo poco probable en alguien que manejaba todo el tráfico de mercancías del este de Europa y que tenía que decidir qué trenes tenían preferencia y cuales no, para no dañar el esfuerzo bélico alemán. Un momento más tarde, sin embargo, no dice que sí hubieran preguntado  algo - no dicho, preguntado - inmediatamente hubieran sido eliminados, lo cual indica al menos cierta consciencia de que algo no iba bien. Por supuesto, Lanzmann no se queda ahí sino que inmediatamente nos muestra a Raoul Hilberg - autor de la obra casi definitva sobre el holocausto - enseñando los partes oficiales de movimientos enviados por la oficina de Stier, en los que se indica como un tren - un único tren  de los muchos que había - durante una semana no hace más que viajar entre las ciudades con Ghettos judíos y las localizaciones de los campos de exterminio... para volver siempre vacío, tal y como los eficientes burócratas nazis anotan una y otra vez.

No es sólo este esfuerzo por mentir, por pretextar inocencia, desconocimiento, falta de autoridad y de poder para influir en los acontecimientos lo que más repugna de estos criminales que consiguieron substraerse a la justicia. Lo realmente horripilante es que en ninguno de ellos se hallará ninguna compasión por sus víctimas, ningún sentimiento de horror por los hechos en los que participaron. Sus apreciaciones son regularmente frías, profesionales, de los que en el fondo piensan que lo que hicieron estaba bien, era necesario, y no pueden evitar sentirse más que orgullosos por sus acciones, aunque el mundo no se las reconozca.