martes, 17 de septiembre de 2013

Oral History (y IV)











































La primera vez que vi Shoah me entretuve en escribir una pequeña lista de sus defectos. Debo confesar que en parte mis motivos se reducían a mostrar que no había sido seducido por la película y que continuaba manteniendo mi criterio y libertad de pensamiento. Tonterías producidas por el orgullo que se le ocurren a uno. Hoy, tras haber completado su revisión y haberme adentrado en los documentales que Lanzmann creo alrededor de su opus magna, no hablaría tanto de defectos como de diferencias.

La más importante es que Shoah y Lanzmann no intentan historiar todo el holocausto. Su foco es Polonía, los judíos polacos, y los campos de exterminio levantados en ese país. Se nos muestra por tanto como los Nazis hicieron desaparecer una comunidad entera, que había vivido en esas tierras durante siglos enteros y cuya cultura había llegado a ser una parte indisoluble del ser polaco, o al menos del modo que el resto de Europa veía esas tierras. Cualquier otro testimonio sólo es presentado en tanto que sirve de soporte a crónica de la aniquilación de un pueblo, hasta sus últimas trazas, como si su historia nunca hubiera tenido lugar.

Este enfoque tiene claras ventajas, el más importante, la intensidad que permite alcanzar, pero al mismo tiempo presenta un peligro inesperado, en el que Lanzmann quizás no reparara en su tiempo, pero que en nuestra época de derechización galopante es crucial. Me refiero a las muchas formas y disfrces del negacionismo, entre las que una de las más perversas es la que busca roer y reducir el número de víctimas hasta que su número sea comparable con otros horrores, como por ejemplo, el bombardeo de las ciudades alemanas.

La palanca que utiliza esta variante del negacionismo es, en primera instancia, reducir el holocausto a los campos de exterminio, de forma que mágicamente la proverbial cifra de 6 millones de muertos queda reducida a sólo tres, primer paso al que luego seguirán otros muchos y que buscan convertir la Shoah en algo normal, de ordinaria administración. La forma de combatir esta opinión no es otra que recordar el holocausto no comienza en los primeros meses de 1942, sino en el verano de 1941, con la acción de los Einsatzkommandos en la URSS recién conquistada.

 Esas unidades fueron responsables, con medios totalmente primitivos - fusilamientos en masa - de al menos la muerte de un millón y medio de judios soviéticos, a los que hay que sumar las víctimas de las deportaciones, las dietas de hambre, la gettoización y los trabajos forzados - otro millón más - lo cual nos devolvería al entorno de la cifra mítica que todos conocemos... y que aún está muy lejana del objetivo perseguido por el nazimos, el exterminio de 12 millones de judíos en todo el continente europeo, según se recoge en las actas de la reunión de Wansee en enero 1942.

 De hecho, y volviendo a Shoah, se podría decir que el auténtico tema de su obra no es tanto el holocausto, como la narración de otro proceso muy distinto: como un grupo étnico que había ausmido el ser perseguido - y no responder a esa persecución - parte fundamental, fue obligado por la presión exterminadora nazi al levantamiento armado, aunque este supusiera el suicidio. Esa metamorfosis del judaísmo, entre los perseguidos de Europa y el estado agresivo y militarista de Israel, es un problema histórico capital, cuyas ramificaciones se extienden hacia nuestros días, cuando los sucesos de un tiempo son vistos a la luz del otro, de forma que las acciones del estado de Israel se intentan justificar por el holocausto, o de manera inversa, se intenta disminuir la Shoah por las acciones racistas y discrimadores de la nación surgida en 1948.

Por otra parte, puede parecer llamativo que hable de revuelta en el contexto de la Shoah. La idea general que tenemos de ese acontecimiento es la de inmensas muchedumbres que se dejan exterminar sin casi ninguna queja, como si dieran la razón al crimen nazi por su pasividad... o en algunos casos por su colaboración directa, ya fuera por salvar lo salvable o por salvarse a uno mismo. Lo cierto es que rebeliones hubo y Lanzman hace un gran esfuerzo para cerrar su documental con esa crónica, de forma que quede registrada la metamorfosis a la que hacía referencia. El caso paradigmático es del Getto de Varsovia, que asombró a los mismos nazis, pero a él hay que añadir las rebeliones en Sobibor y Treblinka - que terminaron con el exterminio allí - o los diferentes movimentos en Gettos y Campos, que aunque fuera de forma testimonial intentaron no obedecer a los nazis, y mediante el sabotaje, la fuga, o cualquier medio a su disposición, retrasar en lo posible el exterminio promovido por los nazis.

Para disipar el mito de la pasividad, tenemos que pasar del qué  ilustrado por Lanzmann al por qué que intenta evitar  en su relato. Es sabido que los judíos de Europa Oriental tenían como estrategia de supervivencia el inclinarse ante los deseos de las mayorías cristianas, llegando incluso a sacrificar parte de la comunidad para que el resto siguiera viviendo. Como puede suponerse, ésta es una explicación parcial, ya que en Europa Occidental se había alcanzado un alto nivel de integración y los judíos eran considerados como ciudadnos de pleno derecho. En este último caso, las reacciones de los deportados serían muy similares a las de un ciudadano normal - uno de nosotros - con lo que lo que les ocurrió a ellos nos afecta íntimamente.

Lo queramos o no, sus reacciones, podrían ser las nuestras. Como buenos ciudadanos , tendemos a obedecer a la autoridad, a seguir sus instrucciones a creer en ella. A nadie le podía entrar en la cabeza que los alemanes se hallaban embarcados en un programa de exterminio masivo, de forma que por muy duras y crueles que fueran sus medidas, siempre cabía alguna posibilidad, aunque fuera remota de supervivencia. Añádase a esto, el perfecto dominio de la mentira por parte de los organizadores del genocidio, la habilidad con mantenían oculto hasta el último momento la auténtica finalidad del proceso de concentración y deportación, o como, para no mancharse las manos, gran parte de los interlocutores de sus víctimas, también eran judíos - colaboradores los unos voluntarios, los otros bajo amenaza - con lo que se establecía una engañosa relación de confianza y seguridad.

Si tenemos todo eso en cuenta, se llega a una aterradora revelación. Cuando al final se conocía la verdad, la terrible verdad, era ya demasiado tarde, y muchos entraron a la cámara de gas sin aceptar lo que iba a ocurrirles poco después, simplemente porque su horror no era concebible. Como ilustra la larga sección de capturas que abre esta entrada, intentar avisar a los que estaban a punto de morir ya no tenía ningún sentido, situación agravada por la condena a muerte inmediata que pesaba sobre cualquier que osase romper la ilusión que los nazis se esforzaban en crear.

Y ese es otro de los horrores del holocausto - algo que para los nazis justificaba el exterminio, puesto era propio de una raza inferior - que muchos prisioneros se veían obligados a mandar a la muerte a conocidos, amigos, familiares, sin poder decirles nada, puesto que ésa era la única vía que les quedaba para sobrevivir.