domingo, 29 de septiembre de 2013

The Beltesassar List: (XVII): La Vieille Dame et les pigeons (1996) Sylvain Chomet





















En la revisión semanal de la lista de cortos compilada por el profesor Beltesassar, le ha llegado el turno a La Vieille Dame et les pigeons, realizado en 1996 por Sylvain Chomet.

El nombre de Sylvain Chomet no es desconocido para el gran público. En la memoria han quedado obras como el éxito de  Les Tripplettes de Belleville o la menos conocida, pero igual de importante, L'illusionniste, ambas rodadas con las técnicas de la animación tradicional - lo que se llama ahora animación 2D -, y sin recurrir a la palabra hablada, excepto como casi música incidental, al estilo del primer Chaplin sonoro. Para demasiados, el nombre de este animador será el único que conocerán de la animación francesa, si exceptuamos a su coetáneo, Michel Ocelot, creador de las más que famosas, Kirikou et la Sorcière y de Azur et Asmar. Es una pena porque la animación francesa tiene una larga historia que arranca desde los orígenes - Émile Cohl - y en la que colaboraron tanto autores franceses - Grimault et Laguione - como emigrantes extranjeros - Alexeïeff y esposa, Bartosch o los Starevich  -.

El gran problema de la animación francesa es su completo eclipse durante los años cincuenta y sesenta, coincidente con el auge de una Nouvelle Vague que la consideraba como no-cine, traición absoluta a las formas nobles de ese arte y por tanto, producto a vilipendiar y a aborrecer. Para desgracia de los admiradores de la animación y de la propia animación francesa, esta idea sigue determinando la apreciación crítica de esta forma de la cinematografía, de manera que el cine francés es únicamente aquel que los proponentes de la nouvelle vague definieron, sin que se admire en su justa medida otras manifestaciones cinematográfica, como la animación, ni se busque promoverla.

Por supuesto, esto no es privativo de la crítica francesa. Sabido es como la crítica americana sigue fiel a la ecuación animación=literatura infantil, lo que no ayuda mucho a que esta forma desarrolle todo su potencial. El camino de cualquier animador es duro y difícil, sin apenas recompensas, así que no es extraño - ni criticable - que muchos acaben doblegándose a las necesidades de la industria, bien aceptando ser un operario más en la cadena de producción de la 3D, bien pasándose al cine de personajes reales. Este ha sido el caso de Chomet, que tras haber sido "expulsado" de la producción de The Tale of Desperaux, ha decidido pasarse al cine "normal".

Volviendo al corto que nos ocupa, La Vieille Dame et les pigeos, fue una de las primeras obras de Chomet y podría decirse que la que le puso en el mapa. El corto es una obra notable, cuando no cercana a la perfección, a la que el único defecto que se le pueda achacar es su larga duración, veinte minuto largos. Sin embargo, esa longitud permite a Chomet hacer creíble, a base de acumular pequeños detalles, un París en decadencia, convertido en museo al aire libre para turistas aburridos, habitado únicamente por ancianos maniáticos y palomas de una obesidad que casi les impide volar.

La animación de Chomet en este corto se basa en dos pilares principales. Por una parte un realismo en la representación de los ambientes que se conjuga con la caricaturización de los personajes propia del cómic - y que se convertirá en marca de fábrica de este autor -. El mundo dibujado se convierte así en un mundo real en el que podríamos evitar, sin necesidad de recurrir al hiperrealismo de la 3D, sobre el cual es posible ir aplicando pequeñas variaciones, minúsculas deformaciones, que permitan la entrada del absurdo, de lo irreal dentro de lo cotidiano, hasta substituirlo por completo.

El otro pilar es la ausencia ya comentada de la palabra, excepto como decoración. La ventaja de esta estrategía - normal en la animación - es que obliga al espectador a centrarse en las imágenes que contempla, pero al mismo tiempo constituye un reto para el animador, ya que no puede utilizar las palabras como maniobra de diversión, sino que se ve forzado a inventar continuamente en la plasmación visual de su historia, de forma que ésta se baste y se sobre para comunicar, para sugerir en la mente del espectador, todo aquello que normalmente confiamos a las palabras.

Chomet sale airoso de este reto. Lentamente va construyendo una historia surreal e inquietante, de mutuos engaños, mentiras y trampas, en el que el París de las postales, en realidad cadáver en putrefacción, se revela en toda su crudeza y suciedad. Una, como digo, más que lograda comedia negra, rodada con las armas tradicionales de la animación, pero teñido con el desengañó y el sarcasmo propios de fines del siglo XX, sin asomo de esa poesía y belleza que se supondría consustancial a la animación europea, y que cortos como La Luna de Pixar intentan copiar sin resultado, para su ridículo y vergüenza.

No les digo más. Les dejo aquí el corto. Disfruten de su retorcido sarcasmo y de su maldad, rían con él aunque con la boca torcida y piensen que al menos la carrera de Chomet no se interrumpió con este corto - prácticamente inencontrable en ediciones decentes -, para caer en el mayor de los olvidos, sino que nos obsequió con dos joyas indiscutibles más.