jueves, 5 de septiembre de 2013

A Proust Odissey: Le Côté de Guermantes (I)

Hélas, ce fantôme là, ce fut lui que j'aperçus quand entré au salon sans que ma grand mère fût averti de mon retour, je la trouvai en train de lire. J'étais là, ou plutôt, je n'étais pas encore là puisqu'elle ne le savait pas, et, comme un femme qu'on surprend en train de faire un ouvrage qu'elle cachera si on entre, elle était livrée à pensées qu'elle n'avait jamais montrées devant moi.... Et comme un malade qui, ne s'étant pas regardé depuis longtemps et composant a tout moment le visage qu'il ne voit pas d'après l'image idéale qu'il porte de soi-même dans sa pensée, recule en apercevant dans une glace, au milieu d'une figure aride et déserte, l'exhaussement oblique et rosse d'un nez gigantesque comme une pyramide d'Égypte, moi pour qui ma grand-mère c'était encore moi-même, moi qui ne l'avait pas vue que dans mon âme, toujours à la même place du passé, à travers de la transparence des souvenirs contigus e superposés, tout d'un coup, dans notre salon que faisait partie d'un monde nouveau, celui du Temps, celui où vivent les étrangers dont on dit "il vieillit bien" pour la première fois et seulement pour un instant car elle disparut bien vite, j'aperçus sur le canapé, sous la lampe, rouge, lourde et vulgaire, malade, rêvassant, promenant au-dessus d'un livre des yeux un peu fous, un vieille femme accablée que je ne connaissais pas     

Marcel Proust, Le côté de Guermantes

Desgraciadamente, ese espectro fue el que percibí cuando entré al salón sin que mi abuela supiera de mi retorno y la encontré leyendo. Yo estaba allí, o más bién, aún no, puesto que ella no lo sabía y, como a una mujer que es sorprendida haciendo algo que esconderá si se se entra, se hallaba entregada a pensamientos que nunca había mostrado ante mí.... Y como un enfermo, que no habíandose mirado desde largo tiempo atrás y componiendo su rostro de acuerdo a la imagen ideal que guarda de si mismo en su pensamiento, retrocede al ver en un espejo, en medio de un rostro árido y desértico, la elevación oblicua y rosa de una nariz gigantesca, yo, que para mi abuela era aún yo mismo, yo que no la había visto más que en mi alma, siempre en el mismo lugar del pasado, a través de la transparencia de recuerdos contiguos y superpuesto, todo de una vez, en nuestro salón que pertenecía a un mundo nuevo, el del tiempo, aquel donde viven los extraños que dicen "Envejece bien" por primera veces y sólo un instante porque ella desaparece bien pronto, percibí sobre el sofá, bajo la lámpara, roja, pesada y vulgar, enferma, soñadora, leyendo un libro con mirada de una loca, una vieja acabada que yo no conocía.

El nombre del ciclo novelistico de Proust, À la recherche du temps perdu, hace creer al lector que ese tiempo encontrado y recobrado se hallará pleno de tesoros y riquezas vitales.  Sin embargo, a medida que uno se va adentrando en el vasto y complejo mundo del escritor francés, se descubre que en realidad se trata de una larguísima cónica del desengaño, mejor dicho, de una larga lista de pequeños desengaños que poco a poco dan al traste con la ilusiones e ideales de la niñez. Comparadas con la realidad, demostradas falsas, acúmulo y depósito, no pueden resistir su luz y se tornan en polvo, para no dejar otra cosa que el vacío. Esa pérdida sólo hallará una débil compensación, la de la serna mirada retrospectiva, una vez que ya nos sean indiferentes, para que así sea posible destilarlas en arte de la mayor grandeza y profundidad.

Pero adelanto acontecimientos. Le côte de Guermantes es la crónica de la penúltima de las decepciones, de los derrumbamientos internos que el protagonista anónimo del ciclo Proustiano habrá de sufrir. En este caso el ideal que se ve hecho añicos es el de la nobleza, encarnado en esos Guermantes, pares de Francia, aparente receptáculo y condensación de la historia milenaria de ese país, de sus mejores esencias, de todo aquello que puede haber sentir orgullo de ser francés. Esa idea sólo existe en la mente del protagonista, como exudación de sus sueños necesitada de un soporte, mientras que los Guermantes no son más que seres humanos, con una larga historia, con una educación y una gusto impresionantes, pero con casi los mismos defectos, vicios y fobias que cualquier otro ser humano, y por tanto nada parecidos a las estatuas o vidrieras que ornan las catedrales.

Como en las novelas anteriores, Proust nos hará esperar esta conclusión, objeto del último tercio de la novela, como ocurría con À l'ombre des jeunes filles en fleurs.  Esto no quiere decir que hasta ese momento la novela no tenga su buena ración de desengaños, porque de hecho, se puede decir que en este tomo, el escritor de cruza con la peor de las decepciones: esa definitiva que llamamos muerte.


La originalidad de la visión de Proust estriba en que él concibe - describe - la agonía que lleva a la nada como un proceso de borrado, de despersonalización y desindividualización del cuerpo que identifica a esa persona, hasta llegar a un punto en el que se convierte en un mero objeto, desconocido y ajeno a todos, por mucho que hubieran podido amarlo en vida. Ese proceso, para la desgracia de todos nosotros, mortales que sólo están seguros de una única verdad, es visible - sensible - también para el propio enfermo, que de repente descubre que el cuerpo - su cuerpo - en el que tanto había confiado, al que daba por sentado, se ha convertido de repente en un enemigo suyo. No tanto eso, sino una entidad nueva y aterradora, que tiene voluntada y vida propia, que ha dejado de obedecer las órdenes y deseos de la mente. Ese descubriemento de la independencia de nuestro cuerpo - no tanto una rebeldía, sino eso, una autonomía - sirve para que la muerte, la realidad de la muerte, entre de manera devastadora y definitiva en nuestra consciencia, puesto que ese estado sólo admite una única salida: nuestra expulsión de ese receptáculo de carne que por tanto tiempo consideramos nuestro hogar.

Por otra parte, Proust consigue el máximo impacto al personalizar este tránsito hacia la muerte en uno de los personajes centrales, hasta ese instante, de la novela y el más cercano quizás al protagonista, el único para que el amor recíproco que se sentían no estaba teñido de mentiras e hiprocesias, sino sincero y directo. Se trata de la abuela del protagonista - trasunto de la madre de Proust - de la cual nos habíamos aconstumbrado a pensar que siempre estaría allí, inducidos por la prosa del escritor a considerar el momento presente como eterno, no sometido al paso del tiempo, tal y como solemos también hacer en las vidas particulares que llevamos, donde asumimos que las personas que nos rodean no son efímeras, cuando cualquier accidente puede hacerlas desaparecer de nuestra presencia.

Esa falsa consciencia nos lleva, demasiadas veces, a tratarlas con desprecio, con altanería, sabiendo que su amor y su estima no se verán afectadas - o al menos no demasiado - y que siempre hallaremos el medio de reconciliarnos de nuevo, hasta que llega el día fatídico en que no tiene remedio y descubrimos que hemos malgastado el tiempo transcurrido junto a esa persona, que nunca hemos querido ni sabido amarla, disfrutarla por entero. No es que no falten anuncios de ese destino, de esa condena sin indulto, que nos negamos a aceptar. Todos los días los tenemos ante nosotros, los percibimos, nos aterran y enseguida los consignamos al olvido, pero ahí están, como la pluma de Proust describe a la perfección en el pasaje que abre esta entrada - y que desgraciadamente he tenido que cortar - en el que de repente, en lugar de la persona amada, descubrimos a un desconocido repugnante, alguien con quien no sólo no quisiéramos convivir bajo el mismo techo, sino que incluso nos negaríamos a visitar o a visitarlo.

Desde ese punto, desde el descubrimiento por parte del protagonista de la mortalidad no habrá marcha atrás. Todo será una larga caída en esa nada, en la que el ser amado dejar de ser ante nuestros ojos y lo que vemos no es más que un pólipo, una forma que aún respira pero desprovista de toda humanidad. Lento y largo deshacerse que aparentemente no tiene fin, pero que se resolverá en breves instantes, pillando a todos por sorpresa, puesto que ya se habían acostumbrado - tal es la naturaleza humana, hacerse a casi cualquier cosa - a la presencia de esa agonía de otro en sus vidas,

Y así termina todo. Sin que el dolor y el horror nos permitan decir nada más. Excepto que en el caso de Proust, se las arregla para escribir uno hermoso epitafio, un pequeño milagro, en el que el cadáver de la persona amada, vacío de ella misma, que se ha perdido sin remedio, vuelve a tomar la apariencia con la que la conocimos en vida y que casi habíamos olvidado por completo en esos largos días de tortura.

Quelques heures plus tard, Françoise put un dernière fois et sans les faire souffrir peigner ces beaux cheveux qui grisonnaient seulement et jusqu'ici avaient avaient semblé être moins âgés qu'elle. Mais maintenant, au contraire, ils étaient seuls à imposer la couronne de la vieillesse sur le visage redevenu jeune d'où avaient disparu les rides, les contractions, les empâtements, les tensions, les fléchissement que, depuis tant d'années, lui avaient ajoutés la souffrance. Comme au temps lointain où ses parents lui avaient choisi un époux, elle avait les traces délicatement tracés par la pureté et la soumission, les joues brillantes d'une chaste espérance, d'un rêve de bonheur, même d'une innocent gaieté, que les années avaient peu à peu détruits. La vie en se retirant venait d'emporter les désillusions de la vie. Une sourire semblait posé sur les lèvres de ma grand-mère. Sur ce lit funèbre, la mort, comme le sculpteur du Moyen Âge, l'avait couchée sous la apparence d'une jeune fille. 

Cinco horas más tarde, Françoise pudo por última vez y sin hacerla sufrir, peinar aquellos cabellos que empezaban a volverse grises y que hasta entonces parecían menos envejecidos que ella. Ahora, por el contrario, ellos eran los únicos que imponían la corona de la vejez sobre su rostro devuelto a la juventud, de donde avaían desaparecido las arrugas, las contraciones, las hinchazones, las tensiones, la  que, tras tantos años, había despositado allí el sufrimiento. Como en el tiempo lejano en que sus padres le habían elegido esposo, sus rasgos estaban finamente tallados por la pureza y la sumisión, las mejillas brillanado con una esperanza casta, un sueño de felicidad, incluso una alegría inocente, que los años habían destruido poco a poco. La vida, al retirarse, se había llevado consigo las desilusiones de la vida. Un sonrisas parecía posada sobre los labios de mi abuela. Sobre este lecho funerario, la muerte, como un escultor de la edad media, la había depositado bajo la forma de una joven.