sábado, 14 de septiembre de 2013

A Proust Odissey: Le côté du Guermantes (y II)

Ce n'était pas "Rachel quand du Seigneur"" qui me semblait peu de chose, c'était la puissance de l'imagination humaine, l'illusion sur laquelle reposaient les douleurs de l'amour que je trouvais grandes. Robert vit que j'avais l'air ému. Je détournai les yeux vers les poiriers et les cerisiers du jardin d'en face pour qu'il crût que c'était leur beauté qui me touchait. Et elle me touchait un peu de la même façon, elle mettait aussi près de moi de ces choses qu'on ne voit pas qu'avec ses yeux, mais qu'on sent dans son cœur. Ces arbustes que j'avais vus dans le jardin, en les prenant par dieux étrangers, ne m'étais-je pas trompé comme Madelaine quand, dans un autre jardin, elle vit une forme humaine et "crût que c'était le jardinier"? Gardiens des souvenirs de l'âge d'or, garants de la promesse que la réalité n'est pas ce qu'on croit, que la splendeur de la poésie, que l'éclat merveilleux de l'innocence peuvent y resplendir et pourront être la récompense que nous nous efforceront  de mériter, les grandes créatures blanches merveilleusement penchées au-dessus de l'ombre propice à la sieste, à la pêche, à la lecture, n'était-ce plutôt des anges? J'échangeais quelques mots avec la maîtresse de Saint-Loup. Nous coupâmes par le village. Les maisons étaient sordides. Mais à côté des plus misérables, de celles qu'avaient l'air d'avoir été brulées par une pluie de salpêtre, un mystérieux voyageur, arrêté pour un jour dans la cité maudite, un ange resplendissant se tenait debout étendant largement sur elle l'éblouissante protection de ses ailes d'innocence en fleurs: c'était un poirier. 

Marcel Proust, Le Côte de Guermantes

No era "Raquel, la del señor" la que me parecía poco, era el poder de la imaginación humana, la ilusión sobre la que reposaban los dolores del amor que yo consideraba grandes. Robert veía que yo estaba emocionado. Volví mis ojos hacia los perales y los cerezos del jardín de enfrente por que el pensara que era su belleza la que me conmovía. Y ella me conmovía un poco de la misma manera, ella me acercaba esas cosas que no se ven con los ojos, sino que se sienten con el corazón. Esos arbustos que había visto en el jardín, tomándolos por dioses estraños, ¿No me había confundido al igual que la Magdalena, cuando, en otro jardín, vio una forma humana y " creyó que era el jardinero"? Guardianes de los recuerdos de la edad de oro, garantes de la promesa de que la realidad no es lo que creemos, que el esplendor de la poesía, el brillo maravilloso de la inocencia pueden resplandecer aquí mismo y podrán ser la recompensa que nos esforzaremos en merece, esas grandes criaturas blancas maravillosamente inclinadas por encima de una sombra propicia a la siesta, al pecado, a la lectura, ¿No eran más bien ángeles? Crucé unas frases con la amante de Saint-Loup. Acortamos por el pueblo. Las casas eran sórdidas. Pero al lado de las más miserables, de aquellas que tenían el aspecto de haber sido abrasadas por una lluvia de azufre, un misterioso viajero, detenido durante un día en la ciudad maldita, un ángel resplandeciente se alzaba en pie extendiendo sobre ella ampliamente la cegadora protección de sus alas de inocencia en flor. Era un peral.

Entre los muchos centros temáticos de la saga proustiana - el disfrute y el ejercicio del arte como salvación de nuestras imperfecciones, la imposibilidad y mentira del amor, la fragilidad de nuestros recuerdos y sentimientos - se halla la clara consciencia de que toda visión de la vida es inherentemente parcial e incompleta. Individuos diferentes tendrán percepciones, ideas,conclusiones completamente distintas sobre el mismo objeto, persona o situación, sin importar lo estrechos que sean los lazos que los unen, o la coincidencia entre sus respectivas ideología. Ninguna de estas visiones será completamente cierta, completamente equivocada, sino su discrepancia se deberá, casi exclusivamente, a que la información que ambos manejan es completamente distinta, limitada por su experiencia anterior y por los valores sentimentales que depositen en ese objeto.

De hecho, según Proust, todo esfuerzo orientado a obtener esa verdad que se nos escapa, está destinado al fracaso. No es ya que la realidad sea tan compleja que resulte imposible aprehenderla por completo. El auténtico problema reside que en que la verdad que pretendemos alcanzar no es otra que la confirmación a nuestras ideas preconcebidas sobre ese asunto. El resultado es que rechazaremos cualquier refutación, por mi poderosa que ésta sea, mientras que una vez se haya disipado nuestro interés - pasajero, como todo en esta vida - no perseveraremos en aclarar lo que una vez fue obscuridad, ni siquiera aunque se nos ofrezca contenido en un informe completo y detallado, que simplemente cerraremos con desgana.

Lo anterior no significa que Proust sea un relativista al uso del postmodernismo. Sus juicios sobre las relaciones humanas son de ordinario tajantes y lapidarios, propios de quien no puede tolerar la mentira ni mantenerse callado ante ella. Es precisamente en el campo del arte donde Proust se aparta radicalmente de lo que es el sentir común de nuestros tiempos: el peso y la importancia que él pone en el disfrute y el ejercicio del arte - tan común a las vanguardias históricas - provoca que el establecimiento de una jerarquía, de una división entre lo que es y no es arte, entre lo que merece y no merece la pena, sea irrenunciable, condición necesaria para llevar una vida pena. Sólo de ese encuentro con el arte, de un proceso que no puede definirse de otra manera que morir y resucitar en él, es posible atenuar, olvidar, derrotar, aunque sea por un breve y efímero momento, que quizás no se repita nunca, la inextinguible y anegadora tristeza del mundo.

Gran parte de esa tristeza inseparable, indisociable, del mundo y de nuestra existencia, proviene de la profunda disonancia entre la realidad y la idea que nos formamos de él, concepción de la que la esperanza - las falsas esperanzas -  forman parte inseparable, ya que en ningún caso actuamos por razones desinteresadas. El caso paradigmático es el del amor, donde la idealización, el conjunto de ilusiones y sueños, que proyectamos sobre la persona amada acaban por ocultarla, difuminarla y enmascararla, hasta que deja de ser ella misma, con los efectos catastróficos que pueden suponerse si algo, un detalle, un descuido, una confesión viniese a quebrarla.

Proust no es el primer desengañado de la cultura occidental, ni el último que habrá tomar una postura desencantada antes ese romanticismo diluido y desnaturalizado que inunda nuestra cultura y que parece concebido únicamente para incrementar las ventas de los grandes almacenes. Stendhal escribió todo un tratado, De l''amour, sobre ese sentimiento, en el que se acuñaba el término de cristalización para referirse a todos esos depósitos -  como los cristales que crecen sobre una rama arrojada al agua de una mina alemana - que acumulamos sobre algo que en nuestro estado mental normal desdeñaríamos, pero que ahora, por el contrario, elogiamos sin reservar ante todos, sin percibir demasiadas veces el rídículo y el desdén que producimos.

Stendahl, no obstante, realiza su examen desde fuera, con la frialdad de un científico que estudiase los patrones de comportamiento de una especie exótica, sin que lo que ve le afecte en los más mínimo, fuera de su pasión por el conocimiento. Proust, por el contrario, lo examina desde dentro, como parte y víctima de esa red de desengaños, confusiones y malinterpretaciones que es nuestra actividad social, en la que intercambiamos continuamente los papeles de bufones y bromistas, de víctimas y abusones. Esta implicación dota a las experiencias narradas por el narrador-sosias de su novela de una especial resonancia, ya que el registro se ve enturbiado, teñido y deformado por los propios sentimientos que el protagonista siente hacia sus participantes, por la relación de amistad o enemistad, de simpatía o simpatía, preexistente a cada suceso particular.

Así, un descubrimiento brutal y descarnado como el recogido en el pasaje que inicia esta entrada - La amante de su mejor amigo, Robert de Saint-Loup, había sido una prostituta a cuya clientela pertenecía el narrado - no se concluye con desenlace melodramatico,  confesión, pelea y ruptura, como mandarían la lógica de un culebrón o incluso ocurriría en la obra de grandes escritores, menos cuidadosos, menos sinceros. El secreto continúa siendo secreto, el protagonista aparta de su mente lo que sabe e intenta por todos los medios que su actitud, su expresión, no traicione ese conocimiento anterior que destruiría para siempre su amistad con Saint-Loup, relación que se rompería inevitablemente si tuviera que ser elegida frente a la pasión que le une a su amante.

Contradicción sobre contradicción. Es precisamente el gran amor que tiene Saint-Loup el que le impide confesar lo que sabe, pero en ese silencio se halla también un cierto interés egoísta, el miedo a romper esa amistad que tanto agradece, que tanto aprecia - aunque luego aprenderemos como Proust nunca creyó en la existencia de ese sentimiento -. Al mismo tiempo, la existencia y el pasado de ese amante, antigua prostitua, viene a depreciar esa misma amistad, al comprobar que su amigo puede también comportarse como un loco furioso, alguien que cerrará los ojos a toda evidencia, y que considerará sobrenatural, sobrehumano, depositaria de toda belleza y  de toda perfección, a un ser humano que no es otra cosa que un ser humano más, falible e imperfecto. Como lo también lo es Saint-Loup, de quien no teníamos ninguna razón, ningún motivo, para sospechar que pudiera substraerse a los vicios y debilidades humanas.

El mundo se desmorona en ese instante ante los ojos del narrador, revelando su autentica naturaleza, la de la fealdad, la corrupción y la muerte. Y sin embargo, en medio de la tragedia del mundo, en medio del torbellino y la tormenta, de la degradación y la miseria, sigue existiendo la belleza, como única tabla de salvación. A pesar de esa fealdad, quisiéramos decir, precisamente por ella, tenemos miedo a confesar.