domingo, 15 de septiembre de 2013

The Beltesassar List (XV): Katedra (2002) Tomek Baginski




















En la revisión semanal de las compilaciones de Beltesassar, le ha llegado el turno a Katedra, realizada en 2002 por el animador polaco Tomek Bagiński.

Antes de comenzar señalemos un punto importante. Katedra es uno de las obras maestras de la animación 3D temprana. mientras que  Bagiński es uno de sus cultivadores más importantes, tanto por su dominio de los recursos de esa técnica como por su imaginación al utilizarla. Puede que estos elogios mías les soprendan, dadas mis habituales diatribas contra el ordenador y la 3D, pero si me han ido leyendo con atención deberían haberse dado cuenta que mis ataques no son contra esas técnicas, sino contra un modo de utilizarlas: el que tiene como objetivo suplantar la realidad y subordina sus muchas posibilidades a ese logro que en el fondo no es más que una muestra de impotencia. En cualquier caso, si aún no entienden lo que quiero decir, cuando hayan visto Katedra, compárenla con Bunny, de Chris Wedge, sólo cuatro años anterior (aunque la comparación sea algo injusta), y comprenderán a lo que me refiero.

La cuestión central es que aunque Katedra sea aún un corto 3D que emplazado en la época de tanteos y experimentación de esa técnica (en mi opinión ese tiempo concluyó hacia 2010 aproximadamente), Bagiński.se las arregla para evitar todos y cada uno de sus peligros e imperfecciones, además de señalar con especial vehemencia cual debería ser el camino. Muchas veces he indicado que el principal problema de la 3D es su hiperrealismo que si se aplica hasta sus extremos lógicos, convierte a los personajes humanos en monstruos de fealdad - recuérdense esas texturas de piel que reproducian minuciosamente todos los defectos invisibles a la fotografía convencional - o bien hacía imposible todo intento de distorsión expresionista a la que la animación 2D nos había aconstumbrado - piénsese en los animales antromorfos que se convierten en torpes muñecos cuando se traslada a 3D, ya que los algoritmos no permiten salirse de ciertos parámetros -.

El primer acierto de Bagiński, por tanto, no es sino trasladar la acción a un mundo, un lugar, en el que nuestras percepciones normales ya  no son aplicables, de forma que no podemos predecir como se moverán los personajes o cual debería ser su aspecto correcto. En ese sentido, el animador polaco no hace otra cosa que seguir una de las reglas más viejas de la animación, consistente en romper todo asomo de verosimilitud - de esa famosa ilusión de realidad, tan cara al cine de personajes reales - mediante la traslación del espectador a un mundo en el que las reglas que valen son las impuestas por el propio animador. El segundo acierto es que aunque la animación 3D se ve ahora como primitiva, perteneciente a ese periodo de cambio y perfeccionamiento que abarca de 1990 a 2010 -  Bagiński huye de todo tipo de pirotecnia visual e intenta evitar cualquier tipo de excesos, como puede observarse en la falta de textura extremado en los rostros de los personajes, o como intenta justificar ciertos planos de lucimiento - el típico plano general que realiza un movimiento-giro imposible de cámara sobre el escenario - uniéndolos a cambios en lo que es visto/percibido por el protagonista del corto.

Esto no implica que Bagiński tenga miedo a la técnica o sea conservador. Muy al contrario, el corto, a pesar del tiempo transcurrido y de su evidente primitivismo técnico, es uno de los muy pocos de esa época y esa técnica que han resistido al tiempo y continúa siendo tan impresionante como el primer día. El último y definitivo acierto del animador polaco es simplemente que el toma un pasaje de una obra mayor - un cuento de ciencia ficción de Jacek Dukaj - y lo ilustra de manera ejemplar, subrayando el misterio y la maravilla que imaginamos en el texto original, para crear una obra completamente madura - no esperen en ella las concesiones al público, los chistes fáciles o el infantilismo de otras obras tan admiradas y reconocidas - de manera que el resultado final es de una belleza estremecedora, de un hermetismo especialmente turbador, pero en el que - como en los mejores comics de autor de los años 60 y 70 del pasado siglo - ese falta de explicaciones no constituye ninguna debilidad sino precisamente una fortaleza.

Y ese es precisamente el gran logro de Bagiński. Este autor toma elementos de orígenes muy dispares - literatura de ciencia ficción, cómic experimental del pasado siglo, pintura simbolista, técnicas de última tecnología - y las ensambla en un todo armonioso dirigido a un público maduro e inteligente, sin necesidad de concesiones, ni vulgarizaciones.

Pero no me hagan caso a mí. Como siempre, véanlo (en máxima calidad), disfrutenlo. Y si les apetece comparénlo con los otros cortos 3D que ya hemos visto en la lista, descubriran lo vacíos y prescindibles que éstos resultan en comparación.