jueves, 8 de diciembre de 2016

El gozne (VIII)

Die Ausnahme davon ist die Revolution in Mexico, die das Jahrzehnt zwischen 1910 und 1920 ausfüllte, es bedürfte aber noch der ganze zwanziger Jahre, um ihre Folgen einigermaßen einzudämmen. Die mexikanische Revolution wurde schnell zu einem Bürgerkrieg, der mehrere unterschiedliche Phasen durchlief und dem jeder achte Mexikaner zum Opfer fiel: ein fürchterlicher Tiefpunkt in der Geschichte der Revolutionen, nur noch dem Taiping Aufstand in Ostchina vergleichbar. Die mexikanische Revolution war eine "große" Revolution nach französischen Modell. Sie besaß eine breite soziale Basis, war im Kern ein Bauernaufstand, aber doch viel mehr als das. Sie beseitige ein Ancien Regime, hier nicht eine absolute Monarchie, sondern eine mit der Zeit versteinerte Oligarchenherrschaft, und ersetzte sie durch ein "modernes" Einparteienystem, das bis vor wenigen Jahren bestand.

Jürgen Osterhammel, Die Verwandlung der Welt

La excepción es la Revolución Mexicana, que llena el decenio de 1910 a 1920 y necesito aún la década completa de los veinte, para contener de algún modo sus consecuencias. La Revolución Mexicana devino pronto una guerra civil, que atravesó diferentes fases y que costó la vida a uno de cada ocho mejicanos: un aterrador abismo en la historia de las revoluciones que sólo es comparable al levantamiento Taiping en la China oriental. La Revolución Mexicana fue una "gran" revolución al estilo francés. Consiguió una amplia base social, fue en su centro un levantamiento campesino, pero no obstante, mucho más que eso. Se deshizo de un "Antiguo Régimen", en este caso no una Monarquía Absoluta, sino un sistema oligárquico petrificado con el tiempo, y lo reemplazo con un Sistema de Partido Único "moderno", que se mantuvo hasta hace pocos años

La "excepción mexicana" de la que habla Osterhammel se refiere a que esta revolución americana coincide temporalmente con otras cuatro euroasiáticas: la Rusa de 1905, la Iraní de 1905, la Turca de 1908  y la China de 1911. Normalmente estas cuatro revoluciones (y la quinta mejicana) no se suelen unir ni estudiar en un sólo bloque, como sí ocurre con los movimientos de 1820, 1830 y 1848. Peor aún, normalmente su estudio suele dejarse a un lado, como sucesos periféricos, en una narración obsesionada con el estallido de la Primera Guerra Mundial en Europa. Sin embargo, aunque desconectadas entre sí y normalmente fracasadas en sus objetivos, incluso cuando triunfaron, para Osterhammel vienen a demostrar uno de los muchos cambios que experimento el siglo XIX: en este caso una translación temprana de los centros de cambio político, de Europa al "tercer mundo", como luego ocurriría de forma general en el mundo de la Guerra Fría.

En este olvido hay bastante de eurocentrismo, presente y pasado. Normalmente se suele considerar el siglo XIX, de 1815 a 1914, como un siglo pacifico en la historia, sin guerras generales, punteado y sobresaltado por pasajeros intervalos revolucionarios, los citados movimientos de 1820, 30 y 48, o pequeñas guerras de "ajuste", la de Crimea del 50 o las nacionalistas de la década de los sesenta que culminan en la Francoprusiana. Sin embargo, esta concepción de un siglo tranquilo y estable es falsa incluso referida a Europa. Baste recordar los 75 años de inestabilidad y guerras civiles que afectaron a España de 1808 a 1875, o el infame polvorín de los Balcanes, donde las guerras de disolución del Imperio Otomano, se mezclaron con limpiezas étnicas y ajustes de cuentas entre los nuevos estados nacionales... que sólo se cerrarían con las guerras sin cuartel de 1991 a 1999, en Bosnia, Croacia y Kosovo.


Frente a esta versión "estrecha de miras" de los procesos revolucionarios en el siglo XIX, Osterhammel propone una clasificación en tres periodos: Uno "atlántico" que abarca de 1776 a 1815, otro "midisecular" que se centraría en la década de 1850, de 1848 a 1865, y finalmente uno "periférico" en los años de 1905 a 1910. El más "clásico" y conocido de todos ellos es obviamente el Atlántico, que incluye la guerra de Independencia Americana, La Revolución Francesa y su continuación en las Guerras Napoleónicas, junto con los movimientos independentistas en la América Hispana y en Haití.

Lo característico de estos movimientos es primero su interconexión. Todos ellos obedecen a una misma ideología de base, la de la ilustración y su rechazo a los sistemas del Antiguo Régimen, mientras que sus triunfos y fracasos van a influir en el curso de los acontecimientos en otros procesos paralelos. El segundo es su éxito incluso en la derrota. El mundo tras ellos va a ser completamente distinto al mundo anterior, por ejemplo, con la desconexión política entre las Américas y Europa, que ya se va a tornar irreversible; mientras que cuando las fuerzas de la reacción triunfan finalmente sobre las de la reforma, caso de Europa, los regímenes anteriores se van a mostrar irrecuperables, dañados más allá de cualquier reparación, obligados a reformarse y desparecer tarde o temprano.

Los movimientos de los años cincuenta, por el contrario, van a permanecer desconectados y descoordinados, ignorantes los unos de los otros, generalmente derrotados militarmente, frustrados políticamente y olvidados casi en seguida, salvo expeciones. Estas revoluciones incluirían la europea de 1848, el Levantamiento Indio de 1857, la Rebelión Taiping de 1850 a 1860,  la Guerra Civil Americana y la restauración Meiji del Japón, a los que se podía unir la sangrienta Guerra del Paraguay de 1860.  Sangriento es un adjetivo que conviene a todos estos conflictos, puesto que se van a saldar, en general, con importantes pérdidas humanas, desconocidas desde el baño de sangre Napoleónico. La Guerra Civil Americana causó más muertos que la suma total de los sufridos por EEUU en el resto de conflictos en los que ha intervenido, mientras que por su parte, la Rebelión Taiping es el tercer conflicto más mortífero, puede que el segundo, de estos dos últimos siglos, sin contar que en la Guerra del Paraguay pereció el 90% de la población de ese país. 

Por otra parte, esas matanzas sirvieron de bien poco. Los regímenes revolucionarios europeos no duraron más allá de 1850, siendo substituidos por gobiernos autoritarios, liberales sólo en el nombre. El movimiento renovador de los Taiping, de raigambre cristiana y que podía haber seguido las huellas de la restauración Meiji, llevando a China a la modernidad, fue ahogado en sangre por las tropas de la dinastía Manchú reinante, mientras que el alzamiento de los Cipayos en la India fracasó en expulsar a los ingleses del subcontinente, aunque estuvo a punto. Las únicas revoluciones victoriosas de este periodo fueron la americana y la japonesa. La primera consiguió eliminar la esclavitud y consolidar la unidad de la república, aunque sus aspectos más avanzados, desde el punto de vista de la igualdad racial, fueron limados a partir de 1870, requiriendo el movimiento pro derechos civiles de 1960 para conseguir instaurarlo. En el Japón, por otra parte, se produjo el único salto con éxito a la modernidad de una sociedad extraeuropea que no fuera de raza blanca, aunque las tensiones y contradicciones de esa metamorfosis le llevasen a una catástrofe nacional en la década de 1940

Por último, el movimiento "periferíco" de 1905-10 es tan deslavazado e inconexo como el de 1850, pero viene a mostrar como Europa se había petrificado en su propia modernidad, de manera que sólo dos guerras mundiales pudieron obrar cambios de substancia. Desde entonces, y a pesar del espejismo de esas mismas guerras globales, han sido las tierras de Asia, África y América las que han tomado la iniciativa en la evolución del mundo. Una primacía que tiene su origen en un problema existencial insoslayable, la aceptación de la cultura occidental en alguna de sus formas, capitalista o comunista, o su rechazo por completo, como viene ocurriendo en el mundo musulmán desde 1979.

Disyuntiva que, por cierto, sigue determinando nuestro mundo, sin que ninguna de sus respuestas parezca conducirnos a un mundo mejor, o más justo, o más estable.