sábado, 31 de diciembre de 2016

Viejos tiempos































Los más fieles de entre mis lectores, si es que queda alguno, recordarán que hubo un tiempo en que no pasaba semana sin que escribiera sobre anime. Ahora, en esta fase reciente de mi blog, apenas hay entradas sobre ese tema, lo que refleja simplemente que mi fiebre por esa escuela de animación ha desaparecido casi por completo, dejando solo tras de ella un mal sabor de boca. No es que no siga viendo anime - los vicios viejos son coriáceos - pero ya no encuentro la ilusión ni el ímpetu para comentar las nuevas series y películas. En su casi totalidad me parecen representaciones de conflictos infantiles mal ensanablados y narrados que ni siquiera se salvan por sus méritos formales y narrativos... o por tomárselo todo a sana guasa, como era la marca de fábrica de la extinta Gainax. 

No es que el anime de cuando me aficioné, allá por el año 2000, fuera mejor. La revisión reciente de alguna de las series que me apasionaron - como Bubblegum Crisis 2040 - las ha mostrado pobres en su animación, además de pródigas en clichés y con agujeros insoslayables en su desarrollo narrativo, fuera de los primeros episodios. La diferencia entre hoy y ayer, es que en el año 2000 gravitaba aún sobre esta escuela la revolución que supusieron, a mediados de los 90, la película Ghost in The Shell (Oshii Mamoru, 1995) y la segunda mitad de la serie Neon Genesis Evangelion (Anno Hideaki, 1995). Ambas abrieron las puertas a una serie de producciones que rivalizaban en profundidad temática, audacia estética y solidez narrativa. Unas naneras nuncan vistas en la animación occidental - siempre pensando en los niños - que a algunos nos arrebataron y que equivocadamente creímos características del anime, pero que sólo eran flor de un día, substituidas pronto por el complejo moe/kawai, la famosa ley de la molonidad y los problemas/conflictos/enigmas de primero de bachillerato.

En este contexto estético/personal me ha supuesto una gran sorpresa la revisión de la segunda serie de Ghost In The Shell, la que tiene por subtítulo Stand Alone Complex - 2nd Gig (Kamiyama Kenji, 2004) . La recordaba buena, profunda y provocadora, pero no tanto, en esos tres aspectos. Desde el principio, la serie nos embarca en un mundo adulto, cuyos temas y preocupaciones son de tanta actualidad hoy como entonces. Más incluso en el caso de la 2nd Gig, puesto que el paisaje político que se nos describe es el de un Japón que tiene que decidir su postura frenta a una inmigración masiva de inmigrantes asiáticos, que por de pronto ha llevado a la constitición de ghettos donde se mantiene encerrada a esa población extraña. 

El conflicto surge, por tanto, de la situación de discriminación y explotación de estos asilados, a los que se mantiene en condiciones de pobreza casi extrema, segregados del resto de la población japonesa y obligados a trabajar por una miseria en las peores ocupaciones disponibles. La sociedad japonesa y la de los propios emigrantes se ve así doblemente escindida, entre los que buscan desde ambos lados una integración de ambas sociedades y los que quieren mantener, también desde los dos bandos, esa misma separación absoluta, a lo que se superpone la elección de los medios para conseguir los respectivos objetivos, bien de forma pacífica, bien de forma violenta. Para empeorar las cosas, la propia clase dirigente japonesa se ve enfrentada internamente ante la necesidad de decidir cuales serán sus alianzas exteriores, si con el antiguo protector americano o con la nueva potencia emergente china. Lucha intestina en la que los refugiados y su lugar en la sociedad japonesa se convierten en un arma más al alcance de cada facción.

Se tiene, por tanto, una premisa que ya sólo por su complejidad y actualidad bastaría para que la serie merezca verse. Podía haberse ido todo al traste, sin embargo, si estos conflictos fueran sólo una excusa para ofrecer el consabido espectáculo de acción, la fanfarronada visual, o un análisis maniqueísta de buenos y malos. Por suerte - y al contrario de la muy reciente Ghost in The Shell: Arise (Jise Kazuchika, 2013) - ambas Ghost In the Shel: Stand Alone Complex, conservan el ritmo lento y el tono meditativo de la película original. Tan importante como los tiroteos y las persecuciones - más importante incluso -, es la inclusión de largas disquisiciones político-filosóficas, donde se describen las motivaciones y razones que llevan a cada parte a actuar como finalmente hace. Sea el terrorismo de estado con tintes fascistas propuesto por la organización secreta dirigida por el alto funcionario Godah, como el movimiento de liberación y autodeterminacíón violento organizado desde las sombras por el antiguo soldado japonés Kuze, fugitivo y disidente perpetuo de todo autoritarismo que pretende simular libertad e igualdad para arrebatarlas mejor. Posturas que, repito, se basan en argumentos razonables, se plasman en medidas lógicas, aunque luego el desarrollo de los acontecimientos pueda llevar a la catástrofe y el caso

Una profundidad y complejidad temática que no sólo se apoyan en esa exigencia de tranquilidad y retención, sino que además se construyen sobre un guión de hierro, como los de antaño. De aquellos en los que cada episodio se ofrece un fragmento más de información, sin trampas ni agujeros - fuera de las que los propios personajes se pongan los unos a los otros - que sirve para que el espectador pueda construir un rompecabezas que al final se revela coherente y completo. Donde incluso algunas preguntas, se dejan sin responder, pero no sin solución, puesto que todos las elementos están ahí presentes, sólo que los personajes han preferido no expresarlos, aunque para ellos la conclusión sea también patente.

 Reflejo de un contrato tácito entre creadores y público, en donde los primeros suponen que los segundos son inteligentes y donde éstos aceptan el juego que se les propone, sabedores que no se les va timar ni hacerles perder el tiempo.