domingo, 18 de diciembre de 2016

La lista de Beltesassar (CLVI): The Old Mill (1937) Wilfred Jackson












Como todos los domingos, continúo con mi revisión de la lista de cortos animados realizada por el misterioso profesor Beltesassar. Esta vez ha llegado el turno de The old Mill (El viejo molino), realizado en 1937 por  Wilfred Jackson para la compañía Disney.

Narrar la larga historia de la Disney es una tarea difícil. No porque no se tengan multitud de datos y referencias fiables, sino porque al final se acaba topando con un problema insoluble: la proporción en la que su fundador es responsable de los productos de su propia compañía. Según la propia propaganda corporativa de la Disney, Walt fue siempre una presencia decisiva en cada proyecto que abordaba, lo cual, en principio, es prácticamente imposible para una persona sola, especialmente cuando en los años cincuenta del siglo XX, la Disney se vio envuelta en la creación de largos y cortos para las salas de cine, programas para la naciente TV, además de fundar algunos de los primeros parques de atracciones de los EEUU.  La historia de la Disney y de su control por parte Walt podría resumirse así en la pérdida de interés de su creador por lo que poco antes le había dado fama. Los cortos en la primera mitad de los años 30, los largos a finales de esa década y principios de los 40, la televisión en los primeros 50, los parques de atracciones a finales de ésta última.

De hecho, Walt Disney siempre necesitó de otros para sacar adelante sus obras. En la década de los 20, por ejemplo, cuando aún era un freelancer que vivía de los contratos con otras productoras, como la Universal, sus cortos aparecían firmados en los títulos de crédito por él y por Ub Iwerks, Walt como director, Iwerks como animador. Sin este último, además, Disney no habría podido atravesar el periodo de crisis tras la fundación de su propia compañía en 1928, cuando la Universal le prohibió utilizar el personaje por el que era conocido, Oswald The Rabitt y tuvo que inventarse uno sobre la marcha, Mickey Mouse. A lo que hay que unir que también se le impidió utilizar los servicios de Iwerks, aún bajo contrato de la Universal durante varios meses, con lo que se le condenaba prácticamente a la ruina. Afortunadamente, según dice la leyenda, Iwerks engañó a la Universal y durante semanas utilizó las horas extras por las que se le pagaba para animar los cortos de Disney, salvando así a Walt y su compañía.

Dados estos orígenes de lucha por los derechos de los creadores, resulta extraño que en los cortos que siguieron, una vez que Iwerks abandonase la compañía en 1930, desaparezca toda referencia a sus creadores y sólo figure el nombre de Disney. Aunque esta práctica se terminó en los cuarenta, ha provocado que en el imaginario popular esos cortos de los años 30 se atribuyan a Disney, aunque de 1935 en adelante, cuando Walt se embarca en la producción de Blancanieves, deje bastante de lado la supervisión de esos cortos. Serían otros, como Wilfred Jackson, los que en ausencia del fundador conseguirían hacer cristalizar el estilo Disney y crear algunas de sus obras maestras absolutas... e incluso en la década siguiente, con los cortos de Goofy de Jack Kinney, creasen una Warner dentro de la Disney.

¿Y que pasa con Jacson y The Old Mill? Pues que como muchos cortos de esa época, especialmente los pertenecientes como éste a la serie de las Silly Symphonies, adolece de una incómoda contradicción. En la segunda mitad de los años 30, el estilo Disney alcanzó su perfección. Nadie en el mundo podía animar como ellos, ni conseguir la expresividad y naturalidad de sus dibujos. Para  todo aquél que tenga ojos, es imposible no sentirse abrumado por la cantidad de detalles incluidos en la más nimia de las acciones o del inmenso trabajo realizado para reproducir en animación los movimientos naturales. Sin embargo, esa perfección suele estar aplicada a contenidos vacíos e intrascendentes. Los cortos cómicos suelen tener un humor forzado, constreñido a un número limitado de reglas y trucos, mientras que los que se suponen más serios, como este The Old Mill, padecen de esa ñoñería y cursilería que también se convirtió en marca de la empresa.

Como siempre, no les entretengo más. Aquí les dejo el corto. Disfrútenlo, pero sólo por su condición de maravilla técnica. El resto, discúlpenlo.