miércoles, 21 de diciembre de 2016

A tientas

corredores sin fin de la memoria,
puertas abiertas a un salón vacío
donde se pudren todos los veranos,
las joyas de la sed arden al fondo,
rostro desvanecido al recordarlo,
mano que se deshace si la toco,
cabelleras de arañas en tumulto
sobre sonrisas de hace muchos años,


a la salida de mi frente busco,
busco sin encontrar, busco un instante,
un rostro de relámpago y tormenta
corriendo entre los árboles nocturnos,
rostro de lluvia en un jardín a obscuras,
agua tenaz que fluye a mi costado,


busco sin encontrar, escribo a solas,
no hay nadie, cae el día, cae el año,
caigo en el instante, caigo al fondo,
invisible camino sobre espejos
que repiten mi imagen destrozada,
piso días, instantes caminados,
piso los pensamientos de mi sombra,
piso mi sombra en busca de un instante
,

Octavio Paz, Piedra de Sol, Libertad bajo Palabra

En alguna entrada ya muy anterior, les contaba que Octavio Paz ocupaba un lugar muy especial en mis jerarquías literarias: ser el escritor que no había leído al que más admiraba. Desde entonces he intentado ir supliendo esa carencia, en gran parte para descubrir si mi ignorancia tenía razón o no. El Laberinto de la soledad, ese largo ensayo sobre el ser mexicano, fue mi primer Paz y afortunadamente vino a confirmar la idea que tenía de este escritor: una de las grandes glorias modernas de la lengua castellana. Animado por esa buena impresión, me atreví con un volumen de su poesía, Libertad bajo palabra, que recoge su obra temprana... y aquí mis sentimientos fueron encontrados.

Algo característico del modo en que la poesía de Paz puede leerse ahora mismo, es que este escritor se preocupó desde fecha muy temprana por reunir sus poemas en volúmenes recopilatorios. Este esfuerzo no se debía sólo a intentar recopilar lo que andaba dispersos en ediciones agotadas de libros y revistas, sino que obedecía también a una preocupación por eliminar errores y patinazos en la publicación, además de intentar corregir los poemas en lo que pudieran tener de fallidos y reconstruir el modo en que son apreciados por lector. Un último punto que podemos considerar de mezcla impresionista, porque el orden y la cercanía en que se leen los poemas puede crear nuevas asociaciones inesperadas, construir por mera acumulación nuevos significados y perspectivas. Ofrecer así una visión sobre una vida y una obra que no es la auténtica vivida y escrita, sino otra recreada e imaginada.

Debido a ello, el corpus final de la poesía de Paz siempre estuvo en construcción, independientemente de cuando hubiera quedado escrito cada poema. Las diferentes compilaciones siempre estaban abiertas y se modificaban periódicamente, no sólo en su contenido retrospectivo, sino en sus sucesivas ampliaciones hacia el futuro, a medida que Paz iba añadiendo más y más poemas a su producción. De esa manera, en el caso de Libertad bajo palabra, no hay una edición final y definitiva, sino muchas variadas, a medida que poemas antiguos iban entrando y saliendo, se reescribían y mutaban, mientras que el libro pasaba de ser un arcón de todo lo escrito por el poeta hasta la última revisión a referirse exclusivamente a su poesía temprana, la de 1935-1957



Libertad bajo palabra es, por tanto, un recorrido a lo largo de la etapa de formación poética de Paz, atravesado a mitad de camino por ese umbral literario que supuso la publicación de El laberinto de la soledad a finales de 1950. Intento, que constituye al mismo tiempo un acierto y un error, un éxito y un fracaso. ¿Por qué? No porque Paz sea mal poeta, muy al contrario. Simplemente que en la primera parte del libro, en la fase que va de 1935 a mediados de los años 40, Paz sigue muy ligado a la poética clásica, a las formas rimadas y medidas, que cultiva a la perfección, pero que claramente se revelan como un corsé que no deja respirar a su inspiración. Se quiera o no, esas formas del pasado, de nuestros clásicos del siglo de oro, están ya agotadas a estas alturas, de manera que cualquier poeta que intente revivirlas, ir más allá del tomarlos como ejemplo y enseñanza, materia para practicar y desfogarse, acaba por repetir ideas, giros, expresiones y rimas. Por sonar a conocido, archisabido y resultar repetitivo, falso, desprovisto de sinceridad y aliento poético.

Es sólo pasada la mitad del libro, cuando Paz abandona la métrica tradicional y se adentra en los espacios ignotos del mundo libre, cuando se descubre y lo descubrimos como poeta. Es sólo entonces cuando sus desengaños vitales, su pesimismo, su desconfianza por la naturaleza humana, su miedo al paso del tiempo, su certeza de que todo, amor, ideales, vocaciones, acabará por ser destruido por la vida; pueden expresarse sin cortapisas, con la extensión que precisen, sin importar asimetrías o recovecos, disonancias o estridencias. Cuando esas vivencias, esos sentimientos, esos temores y seguridades pueden encontrar para ser expresadas las imágenes absurdas y discordantes que los surrealistas habían liberado, volviendo así de nuevo a afectar, sacudir y turbar a los lectores. Al igual que lo hacían los poemas clásicos escritos por los clásicos, a los que su vejez sólo torna más joven aún.

De ahí, que estremecido ante el torrente verbal y temático, visual y musical de este Paz reencontrado y recreado haya decidido seguir leyendo sus poemas, hasta llegar a los últimos. Sé que en el camino me encontraré con poemas de los que luego es necesario memorizar para tornarlos en inolvidables de verdad. Ya me tope con alguno de ellos en otras situaciones, pero me queda ver si hay otros más y si la vena poética de Paz se mantiene.

Ya les contaré