martes, 18 de septiembre de 2012

Historia, magistra vita

No pretendo justificar a la sociedad colonial. En rigor, mientras subsista esta o aquella forma de opresión, ninguna sociedad se justifica. Aspiro a comprenderla como una totalidad viva y, por eso contradictoria. Del mismo modo me niego a ver en los sacrificios humanos de los aztecas una expresión aislada de crueldad sin relación con el resto de esta civilización: la extracción de corazones y las pirámides monumentales, la escultura y el canibalismo ritual, la poesía y la guerra florida,  la teocracía y los mitos grandiosos son un todo indisoluble. Negar esto es tan infantil como negar al arte gótico o al a poesía provenzal en nombre de la situación de los siervos medievales, negar a Esquilo porque había esclavos en Atenas. La historia tiene la realidad atroz de una pesadilla, la grandeza del hombre consiste en hacer obras hermosas y durables con la sustancia real de esa pesadilla. O dicho de otro modo: transfigurar la pesadilla en visión, liberarnos, así sea por un instante, de la realidad informe por medio de la creación.

Octavio Paz, El laberinto de la soledad.

Había señalado ya mi extraña relación con Octavio Paz, que se puede resumir en una profunda admiración sin haber leído nada de su obra. En estas últimas semanas me he decidido, por fin, a adentrarme en su producción literaria, gracias a una de las microexposiciones de la Juan March, y la elegida para servir de introducción ha sido el largo ensayo, El laberinto de la soledad, una larga meditación sobre la historia y el carácter mejicano, escrito originalmente a finales de los 40, revisado a finales de los 50, y completado casi cada década con nuevos materiales, a la manera de una de esas pirámides precolombinas sobre la que cada civilización construye sus propios templos, bien consciente bien ignorante del pasado que se esconde bajo el subsuelo.

Mi primer contacto real con Octavio Paz no ha disminuido esa extraña admiración mía por su persona, al contrario, la ha dotado de solidos fundamentes. El Laberinto de la Soledad es un largo, complejo y, por ello mismo, errante ensayo que podía haber sido rápidamente clasificada como obra de circunstancias, producto de un tiempo y unas circunstancias, destinado a la muerte en cuanto estas cambiasen. Algo hay de esto último en el ensayo, ya que el mundo en el que fueron escritas, el posterior a la segunda guerra mundial, marcado por el dominio absoluto de occidente, ya fuera en su encarnación capitalista o comunista, y la guerra fría que polarizó el mundo, desapareció definitivamente en 1991, arrojándonos en otro ciclo histórico cuyas características aún están por definir. Sin embargo, lo que salva al ensayo, es precisamente su multiplicidad de propuestas, su tendencia a salirse de la vía marcada por su temática, su negativa a ser encastillado en un marco y definición precisa que terminara por ahogarlo.

El propio nombre ya nos avisa de esta contradicción. El titulo de Laberinto de la Soledad parece más apropiado para un estudio psicológico que para un análisis histórico, en una clara disonancia que sin embargo no es tal, puesto que para Paz la historia es indisociable de los individuos, de forma que analizar unos es estudiar los otros, y viceversa. De ahí que a lo largo de las páginas de este ensayo, el análisis del carácter mejicano, tal como era a mediados del siglo XX, sea también el análisis de como este se traduce en las instituciones sociales y políticas del estado mejicano, dominado por el monopolio del PRI, para lo bueno y para lo malo. Más aún, este análisis del estado, se convierte, usando una tradición de origen europeo, en un análisis del pasado mejicano, mostrando como los fenómenos y sucesos, largo tiempo pasados, largo tiempo olvidados, siguen manifestándose en el presente, influyendo en él, incluso determinándolo.

Esta pervivencia se ve amplificada por que uno de los constituyentes del estado mejicano, como de la mayoría de las naciones estado occidentales, es el nacionalismo. Una idea que se traduce en una polarización de la visión histórica, plagada de cumbres y derrotas, de héroes y de traidores, en la que ningún hecho, ningún acontecimiento es inocente ni neutral, sino que lleva consigo una lección, una enseñanza perfectamente aplicable al futuro. En el caso de Méjico, esta oposición, como bien señala Paz, se refleja en la pareja Cuathemoc/Malinche, el último de los aztecas, héroe y mártir en la defensa de sus patria, y por tanto ejemplo para todos los mejicanos, enfrentado a la Malinche, la traidora que sirvió a los invasores castellanos y que permitió que se infiltrasen en la sociedad azteca, horadándola y carcomiéndola hasta derribarla.

Este juicio del pasado es como todos los que se expresan en blanco y negro, falso. Expresa bien a las claras no lo que sus creadores quisieron transmitir, sino las contradicciones de la sociedad mejicana, ya que la exaltación del pasado azteca y la denigración de la conquista española, viene de un estado cuyos fundamentos políticos e ideológicos son Europeos, el sucesor del virreinato español creado por la propia elite dominante de la colonia, a la que los conceptos del pasado precolombino eran esencialmente ajenos, cuando no repulsivos, excepto por razones decorativas. Una crítica que no se limita al estado mejicano de este tiempo, sino que en la tesis de Paz deviene universal, ya que esa mirada condenatoria/absolutoria hacia el pasado, propia de jueces en posesión de la verdad absoluta, es la maldición de todos los que vivimos en el presente, ya que no es el pasado el que se manifiesta/continúa en nosotros, como quiere el nacionalismo, sino nosotros quienes lo moldeamos para justificar nuestro presente y convertirlo en intocable.

Y es ahí donde entra el pasaje que he incluido al principio, una urgente llamada a revisar el pasado con otros ojos, a observarlo sin la distorsión que ejercen sobre nosotros nuestras creencias políticas. A darse cuenta, finalmente, que en el pasado, como en el presente, lo bueno y lo malo se hayan entremezclados íntimamente, sin que sea posible separarlos, y que debemos aceptar lo uno con lo otro, a menos que queramos ser injustos.