jueves, 6 de septiembre de 2012

Whirlpool

Entièrement éployée, sa chevelure, blonde e superbe, tendait à s'élever au-dessus d'elle, sans toutefois atteindre la surface. Au moindre mouvement, chaque cheveu, entouré d'une sorte de fourreau aqueux, vibrait sous le frottement des nappes fluides, et la corde ainsi formée engendrait, selon sa longueur un son plus ou moins haut. Ce phénomène expliquait la séduisante musique entendue aux approches du diamant. L'habile jeune femme la produisait à dessein, réglant savamment ses crescendo ou diminuendo par le degré variable de force et de rapidité choisi par les oscillations de son cou.

Raymond Roussel, Locus Solus

Completamente desplegada, su cabellera, rubia y soberbia, tendía a levantarse sobre ella, sin alcanzar, sin embargo, la superficie. Al menor movimiento, cada cabello, rodeado de una especia de envoltura acuosa, vibraba al frotarse con las capas fluidas, y la cuerda así formada engendraba, de acuerdo a su longitud, un sonido más o menos alto. Este fenómeno explicaba la música seductora que se escuchaba en los accesos al diamante. La habil joven lo producía a su gusto, regulando sabiamente sus crescendos y diminuendos por el grado variable de fuerza y velocidad que escogía mediante las oscilaciones de su cuello.

 En mi comentario anterior de la otra gran novela de Roussel, Impressions d'Afrique, ya había señalado como su lectura me había ayudado a comprender los modos del primer cine mudo, en concreto su estrecha relación con el teatro coetáneo. Sala de teatro y sala de cine eran en cierta manera el mismo espacio, similitud reforzada porque el inicio de películas y obras se marcaba con la apertura de un telón, mientras que al iluminarse la pantalla, ésta se transformaba en un escenario teatral.

Esta mímesis llegaba a tal extremo que los pioneros, como Méliès, componían el plano de forma que crease esa ilusión de escenario en la pantalla, manteniendo la acción y los personajes al fondo del plano, para acercarlos sólo ocasionalmente al espectador, pero siempre como si estuvieran al borde del escenario. Lo que tenía lugar sobre ese escenario virtual, valga el modernismo, era como lo que cualquier espectador estaba aconstumbrado a ver en un teatro de variedades, farsas cómicas sin ninguna profundidad, antecedentes del gran cine cómico mudo; trucos de magia, reforzados y subrayados porlas posibilidades técnicos de la cámara recién inventada; o lo que los franceses llaman tableux vivants, meticulosas reconstrucciones históricas al estilo de la pintura de historia y de prestigio de aquel entonces.

A nosotros, los hijos del siglo XX, de tantos y tantos inventos, de tantos avances ciéntificos, pero especialmente del cine en su estilo clásico, la visión de los modos de entretenimiento de nuestros antepasados, no nos deja de parecer un tanto ingenua e infantil, ciertamente apolillada y pasada de moda. Es necesario hacer un esfuerzo mental para poder apreciarlo y, a pesar de todo, no podemos llegar a disfrutarlo completamente, sino que tenemos que recurrir a las manidas excusas de la curiosidad cinematográfica o de la relevancia histórica. Curiosamente, estos modos de ver y representar la vida del teatro decimonónico y del primer cine mudo, son los mismos que los de Roussel, pero al contrario que aquellos, tanto Locus Solus como Impressions d'Afrique, a pesar de estar cubiertas ya de una gruesa patina de antigüedad,  se nos muestran como radicalmente modernas y contemporáneas.

Esa disonancia que nos hermana con la obra de Roussel fue la que motivo que sus contemporáneos relegasen estas novelas al rango de mera curiosidad, mientras que los jóvenes vanguardistas, especialmente los surrealistas, reconocieron en Roussel a uno de sus precursores, a un padre aún vivo del cual tomar ejemplo, impresión y juicio que se extendió a lo largo del siglo XX y que influyó a los más variados artistas hasta, como quien dice, ayer mismo. Roussel, sin embargo, nunca se sintió un moderno como tal, sino que pensaba pertenecer al grand art de su tiempo (que para nuestra sorpresa, incluía esos tableux vivants tan extraños a nuestra sensibilidad), de manera que nunca llego a digerir la aceptación condescendiente, casi perdonándole sus excesos y errores, de sus contemporáneos.

El secreto de Roussel, lo que le hace una figura única, inclasificable, tanto en su tiempo como hoy mismo, estriba en llevar estos tableux vivants hasta sus últimas consecuencias, mezclándolos en una unidad imposible, inestable, pero al mismo tiempo lógica e indestructible, con los trucos de prestidigitación del teatro de variedades y los futuros avances científicos que su tiempo prometía. Así, toda obra suya se divide en secciones, en etapas que componen un viaje hacia lo imposible y lo maravilloso, mientras que cada etapa se divide en dos secciones claramente distintas, la descripción de ese tableau vivant, y la explicación de su funcionamiento.

Una descripción y una explicación, que funcionan no ya por mostrar maravillas imposibles de ser reproducidas en la realidad, y que sorprenden  no ya por la imaginación de su planteamiento, al alcance de muy, muy pocos, fuera del artista genial o el loco, sino por su obsesión por el detalle, que lleva a Roussel a describirlos hasta en sus más ínfimos aspectos, en un estilo casi de notario, por su precisión, pero de inmensa riqueza verbal y de aliento poético, que consigue que esos absurdos e imposibles presentados ante nuestros ojos se vuelvan completamente lógicos y razonables, susceptibles de ser contruidos mañana mismo, si se siguiesen las indicaciones del libro...

... casi como ocurría con el Grand Verre, de Duchamp, otro de los admiradores confesos de Roussel, al que sigue casi a la letra en esa su obra maestra.