viernes, 28 de septiembre de 2012

The Wild West (y III)










Hablaba en una entrada anterior de lo falsa que es esa común idea por la cual el cine de verdad había sido creado en 1916 con The Birth of a Nation, relegando las dos décadas anteriores de historia del cinematógrafo aparentement merecido. Obviamente, una obra perfecta como el largo de Griffith no puede surgir nunca de la nada, sino que necesita de una larga maduración y evolución estilistica, un puente que permita franquear el abismo entre simple capturar imágenes con la cámara de los Edison/Lumiere y un arte con un estilo reconocible, admirado y enseñable.

Ediciones como las colecciones de Treasures vienen a colmar ese vacío, demostrando como el olvido de generaciones y la pérdida de la mayoría de las obras de ese periodo han provocado una injusta ceguera, la cual sólo el DVD ha permitido reparar en parte. Una labor de reparación que no sólo se extiende a mostrar la secuencia de autores y obras que nos llevan de los Lumiére/Edison a Griffith, sino que permite contemplar como ese mismo director pasa de ser un mero aficionado a un autor en posesiòn de todos sus recursos formales, creando en el camino las bases de lo que decenios más tarde sería codificado por la crítica francesa como el estilo clásico.

Esa metamorfosis, se realiza de un modo que a nosotros, los habitantes del siglo XXI nos parece tan extraño y incompresible como la existencia del taller de un pintor del siglo XIX, y el largo periodo de aprendiz que cualquier maestro antiguo tuvo que pasar en uno de ellos antes de poder independizarse. Un modo, como digo, que nos resulta extraño y ajeno al comparlo con la rebeldía y originalidad que debería ser la marca de cualquier pintor de talento desde sus años mozos, pero que sin embargo, permitían que cualquier maestro antiguo consiguiese un pericia, una experiencia y un conocimiento técnico que muy pocos de nuestros artistas contemporaneos llegan a adquirir en toda su carrera.

Esto mismo ocurría con los pioneros, puesto que el sistema de produccióin de esos primeros años se basaba en producir película tras película a un ritmo que nos parece ahora imposiblle, de apenas un par de días para cada película de un rollo (unos diez minutos de duración) y que nosotros asociamos con los productos baratos de serie Z o las telenovelas televisivas, unas creaciones que no nos parecen dignas del codiciado apelativo de arte, y que sólo buscamos y contemplamos para reírnos de ella.

Sin embargo, como en el caso del taller de un maestro y sus aprendices, este ritmo industrial de producción permitía que los más despiertos de entre ellos aprendiesen el oficio sobre la marcha, lo dominasen practicándolo todos los días, en clara oposición a una práctica actual en que los periodos de paro son más frecuentes que lo de creación, pero sobre todo permitía que estos pioneros crearan las reglas que aún no existían, educando al mismo tiempo a un público avido de entretenimiento, que poco a poco devenía un experto en el ritmo y la cadencia cinematográfica, sin tener que hacer esfuerzo alguno.

Y esto es lo que demuestran pequeñas obras maestras como Over Silent Paths realizada en 1910 por David W. Griffith, completamente invisible durante un siglo entero.