sábado, 1 de septiembre de 2012

The other side of the mirror


Creo que no sorprendo a nadie diciendo que  la rutina es uno de nuestros peores enemigos. En mi caso, mi órbita habitual alrededor del panorama expositivo ha estado a punto de hacer que me pierda la exposición de la fotógrafa checa Jitka Hanzlova, que cierra mañana en la sede B, la del Azca, de la fundación Mapfre Madrileña.

Se podría hablar mucho del modo en que esta artista utiliza las técnica fográficas. Por ejemplo, en muchas de sus series no duda en adoptar un cierto aire de fotografo aficionado, como si estas fotos hubieran sido tomadas por casualidad y con cierto descuido, lo cual sabemos que no es cierto. Sin embargo, en esta entrada quería centrarme especialmente en su última serie hasta la fecha, la colección de retratos llamada There is something I do not know, caracterizada por su pictoricidad y, como bien se indica en la separata de la exposición, por conseguir que estos retratos de personas contemporáneas parezcan pinturas del cuatrocento italiano.

En otro artista, esta traducción/réplica a otro medio de objetos artísticos realizados en un pasado remoto y supuestamente petrificados en su apreciación crítica, no dejaría de ser una profesión de postmodernismo. Cabría esperar por tanto, un uso declarado de la cita irónica, mediante la cual quedase de manifiesto el vacío, incluso el ridículo, de esas supuestas cumbres culturales al capturarlos con la verdad de la cámara y trasladarlos a un entorno contemporáneo en el cual no podría sobrevivir, fuera de la atmósfera aséptica y controlada de los museos. No es ese el caso, sino que por el contrario, estas personas anónimas reflejadas por la fotografía de Hanzlova, aparecen revestidas de una nobleza y una dignidad semejante a la que los patronos de antaño esperaban encontrar en sus encargos pictóricos.

Es necesario hacer un pequeño inciso en este punto, para que se me comprenda. Las audioguías de los museos y la omnipresente Internet provocan que cuando un espectador observa un retrato pintado por los artistas del pasado, sepa a la perfección quién era el personaje retratado, cual era su importancia en el momento en que posaba frente al artista, así como el valor que para este último tenía realizar esta obra. Un conjunto de datos que en el fondo no nos importan, puesto que en nada pueden ya afectarnos los que les ocurriera a esas personas largo tiempo muertas y enterradas, pero que no estaban a mi disposición cuando me aficioné a esto de la pintura a principios de la década de los 80 del pasado siglo.

En aquel tiempo la mirada del visitante del museo era completamente distinta. Lo único con lo que se contaba era el exiguo rótulo que acompañaba al cuadro, que como mucho contenía el nombre del pintor, quizás falsamente atribuido, y el del personaje, si es que había alguna pista sobre él. Sin puntos de referencia, no quedaba otra cosa que el cuadro, los pocos datos que podían aportar un conjunto de líneas trazadas sobre un lienzo,  unos colores esparcidos sobre él, a partir de los cuales debíamos adivinar e intuir todo esos datos que nadie iba a aportarnos. las conclusiones eran en su mayoría, completamente equivocadas, pero nuestra mirada era más intensa, puesto que se iba más allá de los meros datos, a intentar descubrir la personalidad de esa otra persona, a fantasear con que ocurriría si de repente cobrase vida y se dirigiese a nosotros, derribando en un un instante las barreras que el tiempo había establecido entre nosotros.

Tal es el efecto que producen las fotografías de Hanzlova, el devolvernos esa mirada de antaño, transformando a estas personas de hoy mismo, en seres intemporales, con la misma perfección pétrea de sus hermanos expuestos en las paredes de los museos. Porque unos y otros, nos miran con la misma intensidad, traspasándonos, con la ineludible certeza de quienes se saben eternos, completos, mientras que nosotros no somos más que sombras pasajeras, inquilinos de un mundo al que no pertenecemos y que no nos recordará cuando nos hayamos marchado.