martes, 6 de diciembre de 2016

Fuego

Sosteniendo mis pechos
entre las manos, silenciosamente
descorro el velo del misterio
¡Aquí hay flores 
de un intenso color escarlata!
  
Yosano Akiko, Midaregami (Pelo enredado)

La siguiente poetisa que he leído estos meses de otoño ha sido la japonesa  Yosano Akiko. No ha sido un descubrimiento reciente, ya sabía de ella y de su obra desde hace una década, aunque no recuerde como fue que llegué a enterarme de su existencia. Lo que sí he aprendido esta vez, y que la hace más excepcional, son sus circunstancias biográficas. Nacida en el Japón de finales del siglo XIX, en una cultura que caminaba hacia la occidentalización, debiendo decidir por tanto qué conservaba de sus estructuras tradicionales y qué no, Yosano rompió los moldes estrictos según los que debía regirse una mujer japonesa de aquel entonces... y de la inmensa mayoría del mundo.

No es ya que decidiera ser escritora - y de poesía prohibida,, como ya veremos -, es que su vocación fue acompañada de un deseo de independencia, que la llevó a romper con su familia y seguir su propia camino sin tener que responder a nadie. Eso en 1900, ni más ni menos. Añádase que esos primeros pasos como escritora independiente, sin haber llegado a cumplir los veinte, se entretejen con la relación adúltera con un escritor ya consagrado como Yosano Tekkan, que pronto derivó en un casi  menage a trois con la también poetisa Yamakawa Tomiko. Un trío que se resolverá con la boda concertada de Yamakawa y el matrimonio de Akiko y Tekkan,  tras un último viaje de los tres juntos antes de la despedida definitiva. 

Por supuesto, lo importante en Yosano no son estas complicaciones románticas, aunque de ellas se nutra toda su poesía posterior. Lo distintivo en su figura es haber sido una de las pioneras del feminismo en Japón, una mujer que defendió la igualdad de su sexo a capa y espada, junto con el derecho a vivir la vida de la manera que se le antojase, sin tener que responder ante nadie. Pero sobre todo y ante todo, la libertad de poder expresarse sin ataduras, para mostrar así sus sentimientos íntimos, sus deseos y apetencias personales sin miedo ni vergüenza. Hablar sin miedo y sin tapujos de como veía ella el mundo y lo experimentaba, rompiendo así con los moldes impuestos por morales arcaicas o imperativos sociales.


Ese es el centro temático de Midaregami, su primer libro de poemas, escrito con apenas veinte años y publicado en 1901. Un poemario que constituyó una auténtica revolución en las letras japonesas, tanto por su estética como por su contenido, marcando de manera indeleble tanto la evolución de la poesía de ese país, como la obra de la propia Yosano, siempre juzgada en función de esos poemas juveniles. ¿Y qué tiene Midaregami de especial? Que en un país profundamente tradicional y puritano - al igual que el resto del mundo de aquel entonces, no se olvide - sus poemas son una celebración del amor carnal en boca de una mujer. Suaves y dulces, pero de rebosantes de ardiente erotismo, y siempre vistos desde una perspectiva femenina.

Dos aspectos, el de la sexualidad y el de lo femenino, que fueron como una bomba arrojada en medio de la sociedad japonesa. Primero, porque al igual que en muchas sociedades tradicionales, en el Japón de aquel entonces se suponía que esos pensamientos impuros no debían ser los de una chica decente, ni mucho menos expresarse públicamente. Al contrario que los hombres, que ya saben pueden ser lascivos, presumir además de ello o incluso echar la culpa de su lujuria - y los crímenes que ella provoca - a las mujeres, sólo por existir. 

Éste, además, es el segundo factor subversivo de la poesía de Yosano, ya que en ella no hay idea alguna de pecado, vergüenza, culpabilidad o remordimiento. Amar y amar carnalmente es natural. Más aún, sólo se llega a ser una persona completa cuando se ha conocido y compartido ese tipo de amor, cuando se ha gozado hasta sus últimas consecuencias, ardido y consumido en él, hasta perder el sentido y el dominio de sí mismo. Los enfermos, los desviados, los que deberían avergonzarse, pedir perdón y hacer penitencia son precisamente aquellos que se apartan de este placer tan humano, los que se lo niegan y lo niegan a otros, como los amargados monjes budistas de los que se ríe y burla la propia Akino.

Esa afirmación del amor, de su consumación carnal, de la belleza del cuerpo y de la gloria del placer eran un acto de rebelión. Siguen siéndolo ahora mismo, desgraciadamente, en estos tiempos en que tantos puritanismos, políticos y religiosos, de izquierdas y de derechas, cristianos y musulmanes, quieren volver a convertir los cuerpos en objetos aborrecibles, su goce en crimen.  Para convertirnos a todos en amargados y reprimidos, en carceleros y torturadores de nosotros mismos y nuestros cuerpos.

Una última anotación. Si la primera vez que leí a Yosano fue en traducción inglesa, esta vez lo he hecho en una edición castellana de la editorial Ariel, donde aparecen los versos de esta poetisa en su idioma original, Kanjis y romanización incluidos. Es una edición, muy, muy cuidada, pero tiene un par de defectos en comparación con la inglesa. El primero, que contiene menos poemas y que los seleccionados son menos ardientes e impetuosos que los de la otra. El segundo es que me da la impresión que la traducción española ha limado algunos aspectos y ha difuminado un tanto ese erotismo gozoso, desbordante y ardiente de Yosano, aunque no puedo llegar a confirmar este extremo. 

Mis conocimientos de japones son rudimentarios y lo poco que sabía se me ha ido oxidando.

Don't complain to me
Don't hesitate, don't hurry
to meet these soft hands
that are patiently waiting
to help you out of your clothes