viernes, 16 de diciembre de 2016

Rebeliones

Dejaré las líneas
y dejaré también de contar los números
De entre las limitadas formas geométricas
me refugiaré en las grandes extensiones
del sentimiento.
Estoy desnuda, desnuda, desnuda
como los silencios entre las palabras de amor estoy desnuda
y todas mis heridas son de amor
de amor, amor, amor, amor
He hecho que atravesara
esta isla perdida
la revolución del océano
y la explosión de la montaña
y que la despedazara, fue el secreto de aquel ser unido
de cuyos pedazos más nimios nació el sol.

Forugh Farrojzad, Tengamos fe en el comienzo de la estación del frío

La tercera poetisa cuya obra he estado leyendo estas últimas semanas es la iraní Forugh Farrojzad, en concreto su último libro, Nuevo Nacimiento. Ha constituido un auténtico descubrimiento al que llegué por auténtica casualidad, gracias a las notas de la edición de Hiperión de los poemas de Yosano Akiko, donde se la nombraba como una de las grandes poetisas de este siglo, ambas hermanadas en inspiración, aliento poético e ideales estéticos y políticos. Tengo, por tanto, que leer más de su obra, sus libros primeros, además de ver el documental que rodó, La casa es negra, sobre un hospital de leprosos en Tabriz.

Gran parte de mi interés se debe a que Farrojzad, al contrario que Yosano y Lasker-Schuler, sigue siendo siendo una voz actual y polémica. Una persona y una obra por quien aún la gente puede llegar a las manos, no como Lasker-Schuler, que pertenece a la amplia categoría de los egregios olvidados - aquellos de los que se habla, pero no se les lee - o como Yosano, apresada en su categoría de símbolo de la literatura japonesa, cumbre indiscutible, elefante sagrado intocable. Algo similar ocurre en parte también con la figura de Farrojzad, ya que es calificada regularmente como la poetisa moderna por antonomasia en lengua iraní, renovadora del lenguaje poético de ese país, así como influencia y modelo insoslayable de todo poeta posterior. Sólo que en su caso es odiada y despreciada en su país en la misma medida que se le admira.


La razón de esa disonancia en la apreciación de su figura se debe a razones políticas y religiosas. Como muchas mujeres del siglo XX, ella hizo del feminismo su bandera, decidiendo vivir de manera independiente, eligiendo a sus propios amantes y dedicándose a profesiones normalmente reservadas a los hombres. A esto se unió un dinamismo personal que la llevo a intentar todo y practicar todo - por ejemplo, el cine -, sin miedo a censuras o condenas y que por tanto la puso en trayectoria de colisión con las autoridades religiosas y políticas de su país. Porque no hay que olvidar que en aquéllos tiempos, la década de los años cincuenta y sesenta, ser feminista en un país islámico significaba, por ejemplo, oponerse a los códigos impuestos por el clero y la religión, como el velo islamico. Al igual que no hay que olvidar que Irán el poder de ese clero ultramontano era tan grande como para lanzar una revolución conservadora que llevó a instaurar una teocracia islámica dirigida por el Ayatolla Jomeini. Nuevo régimen que mantuvo prohibida durante largo tiempo la obra de esta poetisa y que si no la metió en la cárcel fue porque había muerto hacía más de una décado

Como han cambiado los tiempos. Si en en los años 60 y 70 la izquierda occidental jaleaba los movimientos que buscaban quebrar el poder de la religión y sus mandatos, como el velo islámico, ahora la defiende a capa y espada siempre que no se de casa , mientrasconsidera ese mismo velo como un signo de liberta. Creo que ya saben mi opinión al respecto, así que no voy a repetirla aquí, porque lo que importa es hablar de la poesía de Farrojzada, aunque ésta sea inseparable de su rebelión personal y política. Poesía y rebelión que se manifiestan de una forma contradictoria e inesperada, puesto que al igual que muchas personas luchadoras, de personalidad arrolladora, cuya vida parece un continuo violar reglas y derribar barreras, cuando se muestran en su intimidad, sin disfraces y tapujos, aparecen obsesionados con las dudas, irresolutos hasta la parálisis, titubeantes y torturados, siempre dudando de sus capacidad creativa y de la valía de sus exiguos logros.. Como si ese combate exterior fuera producto de un combate interior aún más duro y extenuante, de forma que el volcarse a una vida pública repleta de polémicas, refriegas y triunfos, fuera una liberación de su infierno personal.

No es algo que tenga que ver con el género la persona, ni su posición social, ni su ambiente cultural. Es algo que por ejemplo ocurría con otra fuerza de la naturaleza como Bethoven, quien en sus obras de cámara revela una fragilidad, un miedo, un abandono y una tendencia a construirse laberintos para perderse en ellos completamente ausente de sinfonías y conciertos. Lo mismo ocurre con la poesía de Farrojzad, siempre en camino, pero sin destino, como si ese andar fuera en realidad la huida sin esperanzas de un exiliado, que jamás podrá llegar - volver - a donde más ansía.  Versos siempre en busca de ideales inalcanzables, de una belleza irrealizable y que por tanto, rebosan de ese amargo que sólo confiere la experiencia cotidiana del fracaso y de la frustración. De ver los sueños más preciados asesinados, destruidos, pisoteados, violentados y descuartizados ante nuestros propios.

De ahí, que al leer a Farrojzad haya sentido que he encontrado un igual, un compañero y una hermana. No porque yo rebose de energía y luche por hacer realidad lo que sueño - nací ya derrotado - sino porque conozco demasiado bien ese sentimiento de destierro interior, de ser otro diferente a los demás, sin posibilidad de retornar a un edén que jamás existió, que ella tan bien describe.