sábado, 17 de diciembre de 2016

El gozne (IX)

So entstand im letzten Drittel des 19. Jahrhunderts eine paradoxe Situation: die Eliten des außerokzidentalen Welt strebten energisch danach, sich die fortgeschrittene Wissenschaft und Technologie des Westens anzueignen, die sie vielfach als universale Erregungsschaft des modernen Zeitalters ansehen. Zugleich wollten sie auf diese Weise einen schmerzlichen empfundenen zivilisatorischen Rückstand aufholen und ihre Länder gegen die Übermacht der westlichen Großmächte wappnen. Dazu gehörte auch, dass eine westlich geprägte Bildungsschicht in Ländern wie India und (einige Jahrzehnte später) China Irrationalismus und "Aberglauen" in der eigenen Traditionen schärfer Kritik unterzog. Umgekehrt instrumentalisierten zur gleichen Zeit Minderheiten unter den Intellektuellen Europas und Nordamerikas "östliche Weisheit" in ihrem Kampf gegen die Vernunftgläubigkeit  der okzidentalen Wissenschaftskultur. Der ironische Kontrapunkt, den Max Weber in seinen späten Studien über die Wirtschaftsethik der Weltreligionen setzte, blieb in dieser Hinsicht öffentlich unbemerkt. Weber sah nämlich in der Spannung zwischen innerweltlicher und außerweltlicher  Orientirung eine Triebkraft ökonomischer Dynamik im Abendland. Indien war in seiner Sicht zu stark, das vormoderne China zu wenig auf spirituelle Erlösungshoffnungen hin orientiert gewesen. Asien wurde so im die Jahrhundertwende in gewissen Feldern westlichen Denken wichtiger denn je. Zugleich wurde es aber zu Projektionsfläche des europäischen Irrationalismus, eine historische Rolle, die ihn keine Entwicklungschancen zu lassen schien. Das verehrte, aber offenbar in weltferner "Spiritualität" erstarrte Asien hatte in dieser Sicht weder Gegenwart noch Zukunft.

Jünger Osterhammel, La transformación del mundo

Así se formo una situación paradójica en el último tercio del siglo XIX: las elites del mundo extraeuropeo aspiraban enérgicamente a unirse a ciencia y tecnología progresista de Occidente, que veían como un logro universal del tiempo moderno. Al mismo tiempo, querían de ese modo separarse de un retraso cultural percibido dolorosamente y armar sus países contra la superioridad de las grandes potencias occidentales. A esto pertenecía, que una élite educada al modo occidental procedió a una profunda crítica de lo irracional y la "superstición" en sus propias tradiciones en países como India y (unos decenios más tarde) China. Por el contrario, al mismo tiempo, algunas minorías de la intelectualidad de Europa y América instrumentalizaron "la sabiduría oriental" en su lucha contra la creencia en la razón de la cultura científica occidental. El contrapunto irónico, que Max Weber estableció en sus estudios tardíos sobre la ética comercial de las religiones mundiales, permaneció en retrospectiva claramente sin percibir. Weber vio en la tensión entre orientación externa e interna,  principalmente, un impulsor de la dinámica económica de Occidente. En su opinión ésta era demasiado fuerte en la India, en China demasiado débil para conducir a una recuperación espiritual. En el cambio de siglo, Asía devino por tanto más importante que hasta entonces en ciertos campos del pensamiento occidental. Al mismo tiempo se tornó un espacio de proyección del irracionalismo europeo, un papel histórico que parecía no dejarle oportunidad de desarrollo. La  transcendente "espiritualidad" adorada de Asia, pero al mismo tiempo petrificada, no tenía, desde ese punto de vista, ni presente ni futuro.

Esta será la última anotación que dedicaré al libro de Osterhammel. No por que no haya más material que comentar, sino porque el carácter universal de esa obra, tanto en temas como en extensión, obliga a tener que cortar en alguna parte, sino quiere uno eternizarse. No querría sin embargo, terminar estas notas sin hacer alguna reflexión cultural, especialmente en estos tiempos postmodernos, donde todas las seguridades ideológicas - excepto las de las derechas económicas, sociales y religiosas de todas las regiones del mundo - se han derrumbado y transformado en polvo.

En las narraciones clásicas de las transferencias culturales durante el siglo XIX era habitual pensar en una imposición de la cultura occidental sobre las tierras colonizadas. En general sobre cualquier país extraeuropeo  al que las flotas y los ejércitos europeos se asomasen. Esta supremacía ideológica pasada, impuesta por las armas, por la cual todo el mundo debía tornarse en copias exactas del modelo americano y europeo, ha dado paso recientemente a fenómenos de resistencia que, curiosamente, contemplan cualquier factor no occidental presente en la cultura occidental como robo y apropiación. Ya que no se pudo evitar en su momento que los modos intelectuales europeos se filtraran en los sistemas de pensamiento nativos y los distorsionaran, hay que despojar a occidente de todo lo que pueda considerarse como no suyo propio, negándole su uso y disfrute. Es, en mi opinión, una perversión del pensamiento semejante a la de ciertos movimientos de defensa de las gentes de color, que aplican, dándoles la vuelta, los mismos  absurdos estrictos criterios de limpieza de sangre creados en el siglo XIX por los suprematistas blancos en el contexto de la esclavitud,

Sin embargo, tanto culturas como razas son esencialmente impuras, y en el caso de las razas, conceptos completamente falsos. A pesar de los defensores de purezas originarias inamovibles, las ideas y los pueblos se mezclan inevitablemente, dando lugar a nuevas ideas, a nuevas poblaciones donde las diferencias de color se diluyen y desaparecen. Enriqueciéndose y enriqueciéndonos.  De hecho, la imposición de la cultura occidental a los países colonizados no fue un objetivo de las potencias imperiales del siglo XIX - si lo había sido para el Imperio español del siglo XIX -, que hicieron más bien poco por modificar los modos de vida de las poblaciones sometidas, especialmente en esos lugares, como la India, donde eran una ínfima minoría. De hecho, la exportación de la cultura occidental a las colonias fue casi un efecto secundario e inesperado, producto de la necesidad de contar con clases nativas cultas y preparadas que sirvieran de intermediarios entre las autoridades coloniales y el resto de la población.

Así a finales del siglo XIX se habían constituido una serie de "intelligentsias" locales. Miembros de las elites nativas que habían sido fuertemente occidentalizados, pero que, paradójicamente, no habían devenido lacayos de los regímenes coloniales, sino que se habían reafirmado en su herencia cultural. Un caso extremo sería el de Ghandi quien evolucionó de abogado laboralista hindú en sudáfrica a santón apostol de la no-violencia a su retorno a la India, proponente de un espiritualismo en el que se mezclaban casi a partes iguales elementos hindúes y cristianos. Sin llegar a ese nivel, la mayoría de las élites cultas hicieron propia una paradoja que, sin embargo, se reveló especialmente útil el instante en que el poder europeo se quebró: aceptar la ciencia y la tecnología occidental, incluso su ideología y sus sistemas políticos, para combatir la opresión colonial a la que se veían sometidos. Bien convirtiéndose en auténticos epígonos de occidente, como el caso del Japón Meiji, bien poniéndose del lado de las ideologías europeas que pretendían destruir el sistema liberal-capitalista, caso de los muchos movimientos comunistas de Asia y África.

Sin embargo, lo que ninguno se proponía es evitar utilizar las herramientas técnicas y organizativas que tan buen resultado les habían dados a los europeos. Ha sido sólo en fecha muy reciente, con el triunfo de la revolución islámica en Irán y la reislamización de Oriente Próximo y el Africa Sahariana, cuando ha cobrado fuerza una nueva ideología que es al mismo tiempo antiliberal y antiprogresista, anticapitalista y anticomunista, antiderechista y antiizquierdista. Fuerzas a las que habría que unir la potencia económica de  Arabia Saudí y que se caracterizan por su rechazo a Occidente en todas sus formas, su profundo conservadurismo religioso y el uso paradójico de las herramientas de alta tecnología que aún hoy aseguran la supremacía de occidente. Un conservadurismo y una intransigencia que es, de nuevo, muy reciente y poco tiene que ver con el medievalismo que se les suele asociar, ya que estos movimientos de purificación y renovación, de restauración de un pasado ideal,  los son por oposición a un occidente omnipresente, pero también buscan erradicar la relajación y tolerancia religiosa que eran la norma en esas sociedades orientales hasta el inicio del siglo XIX.

¿Y Occidente? Pues curiosamente, a pesar de su poder y su hegemonía, las culturas orientales sometidas empezaron a tener una impronta cada vez mayor en su vida cultural. Todos sabemos de la fascinación de la contracultura de los años sesenta con la espiritualidad hindú y budista, o de las muchas medicinas paralelas que dicen basarse en sabidurías ancestrales,. Sin embargo, la auténtica invasión, al menos desde el punto de vista de las élites, había ya empezado a finales del siglo XIX, con la fundación en occidente de una serie de sincretismos religiosos, como la sociedad teosófica, que rechazaban de plano el racionalismo occidental y proponían la adopción de una sabiduría esotérica oriental que habría sido erradicada y expulsada de Europa por las fuerzas del progreso técnico y económico. 

Una visión del Oriente que podía estar tan enamorada como se quisiera de esas culturas y considerar su sabiduría muy por encima de la coetánea europea, pero que,  como muy señala Osterhammel, en realidad las relegaba a una posición secundaria y subordinada. Para estos movimientos fascinados por Oriente, ese Oriente que amaban se había quedado petrificado en un pasado ideal, al cual le estaba vedado cualquier cambio y evolución, que sólo podría quebrar esa perfección originaria.

Las poblaciones de oriente quedaban así presas en un sueño orientalista, existente sólo en las cabezas de sus admiradores europeos. Una posición, por cierto, no muy distinta de la de tanto culturalista contemporáneo de izquierdas, obcecados en la defensa a ultranza de culturas ideales que son sólo espejismos en la cabeza de sus defensores. 

O peor aún, que su puesta en práctica requiere una revolución - una contrarrevolución, mejor dicho - tan forzada y dolorosa como la occidentalización anterior.