jueves, 24 de agosto de 2017

Los limbos de la historia


Like most such people, Irena Lypszyc did not know much about her new surroundings. She was in Wysock, in Polesia, when the German invasion came. When the Jews of the town were rounded up for execution in September 1942, she ran into the swamps with her husband. It does not seem that she had ever previously spent much time out of the doors. The two of them lived on berries and mushrooms for a few days before deciding to risk making contact with the outside world. Irena decided that she would stand on the first road she found, hail the first person she saw, and ask for help.
The man approaching her had a doubled-barreled gun on his shoulder and agreed to her request without batting an eye. As she came to understand, he was a natural rebel, living from smuggling and moonshine far away from any center of power, opposing whichever political system claimed authority over him. In interwar Poland he had hidden communists; when the Soviets invaded he had sheltered Poles from deportation by the NKVD; and now that the German had come he was helping Jew. He did not really seem to see a difference between one sort of rescue and another. 
Irena told his story but did not betray his name.

Timothy Snyder, Black Earth

Como la mayoría de esa gente, Irena Lypszyc no conocía mucho de su nueva morada. Estaba en Wysock, en Polesia, cuando llegaron los alemanes. Cuando los judíos de la ciudad fueron reunidos para ser ejecutados en septiembre de 1942, huyó a los pantanos con su marido. No parece que hubiera vivido en el campo durante mucho tiempo antes. Ambos sobrevieron a base de bayas y setas durante unos días antes de atreverse a tomar contacto con el mundo exterior. Irena decidió que se plantaría en el primer camino que encontrase y abordaría al primero que pasase, para pedirñe ayuda.
El hombre que se la aproximó tenía una escopeta de dos cañones al hombro y, sin pestañear, se mostró de acuerdo con su petición. Llegó a comprender que era un rebelde de nacimiento, que vivía del contrabando y del tráfico de alcohol, lejos de cualquier centro de poder, oponiéndose a cualquier sistema político que pretendiera tener autoridad sobre él. En la Polonia de entreguerras había escondido a comunistas, cuando los soviéticos invadieron protegió a polacos contra las deportaciones de la NKVD, y ahora que estaban los alemanes ayudaba a los judíos. No parecía ver diferencia alguna entre salvar a unos u otros.
Irena narró su historia pero no quiso traicionar su nombre.

El mayor defecto de este libro de Timothy Snyder sobre el holocausto es también su mayor virtud. Este historiador se hizo famoso con otra obra anterior, Bloodlands, en la que describía el limbo mortífero en que el este de Europa - Polonia, Bielorrusia, Ucrania, los países Bálticos - cayó durante  la Segunda Guerra Mundial. Algunas de esas zonas llegaron a sufrir una triple ocupación - soviética, nazi y luego de nuevo soviética - que se saldaban con purgas, deportaciones y, en el caso nazi, con una política de exterminio sin límites. Aplicada, no se olvide, primero a los judíos y luego a los eslavos, cuya población, según los términos del Hungerplan, debía ser reducida al menos en 30 millones en la Rusia Europea.

Esta especialización de Snyder lastra un tanto el libro, cuyo objetivo resulta ser demasiado ambicioso. Se propone realizar un análisis del holocausto a escala europea, de Francia a la URSS, pero dedica su mayor atención y esfuerzo a la misma área geográfica que Bloodlands, de Polonia a los Urales, del Báltico al Mar Negro, mientras que otras regiones y casos son descritos superficialmente. Entre ellos, la colaboración asesina de la Francia de Vichy, el milagro danés, el rigor de la deportación en Holanda o la eficiencia mortífera del holocausto en Hungría, que en apenas seis meses de 1994 consiguió asesinar a la mitad de sus población judía... y estamos hablando de varios cientos de miles. Sin olvidar la contribución espontánea de los fascistas croatas, los Ustachas, o del gobierno de Antonescu en Rumanía, que limpiaron sus países de judíos sin intromisión alemana.



Sin embargo, ese énfasis en una región geográfica está más justificado. Basta recordar que el mayor número de asesinados por el holocausto se produjo precisamente en esas regiones. En concreto, los tres millones de judíos polacos que fueron enviados en 1942 a los campos de exterminio de Belzec, Chelmno y Treblinka - Auschwitz estaba reservado para el resto de Europa - de manera que no quedó presencia alguna judía en un país que había sido, hasta entonces, el depositario de su tradición. O el millón y medio de asesinados en la parte occidental de la Rusia Soviética, un exterminio realizado de forma artesanal por los Einsatzgruppe alemanes, mediante fusilamientos masivos de miles y decenas de miles de personas en una sola "acción".

¿Pero cómo se llegó a ese extremo? ¿Cuál fue la causa y el proceso que permitió que, en apenas dos años, del verano de 1941 al invierno de 1942, se eliminase a 4 millones y medio de personas? La tesis de Snyder se fundamenta en dos aspectos que están implícitos en todos los análisis del nazismo, pero que no se suelen conectar. Por un lado, un rasgo característico de la dictadura de Hitler es que era, al mismo tiempo, anárquica y radical. No había coordinación entre los diferentes organismos nazis, que solían actuar de forma independiente, cuando no opuesta. En ese caos gubernamental, lo que decidía si una iniciativa prosperaba era su grado de radicalidad. Fuera de unas directrices generales y vagas, no había instrucciones concretas, lo que explica que las acciones del estado nazi tendiesen a desarrollarse a tompricones.

Así, el deseo de librarse de los judíos llevó a su concentración en ghettos; luego, a considerar una deportación a una tierra lejana, como Madagascar; para concluir, cuando la invasión de Rusia les hizo "heredar" millones de "infrahombres", con la decisión de eliminarlos. Primero de manera artesanal, reclutando a la población en progromos "espontáneos", luego encargándoselo a los Einsatzgruppen, para continuar con un método más "industrial" como el de los camiones-cámara de gas ambulantes, y terminar con las matanzas en masa en los campos de exterminio. Un esfuerzo que movilizó e involucró a amplios sectores del ejércitos y la economía alemana, hasta constituir un auténtico "tercer frente" alemán. Tanto, que casi era del dominio público

Sin embargo, este esfuerzo no hubiera podido llevarse a cabo - o hubiera sido más difícil - si no fuera por otro rasgo del sistema nazi: su ansia destructiva. Si otros imperios han intentado crear, exportar su civilización y cultura a otros países, las acciones alemanas en el este de Europa fueron esencialmente de demolición. Los estados anteriores, como Polonia, fueron barridos y con ello su legalidad. Incluso dos veces, en aquellas tierras ocupadas brevemente por la URSS entre 1939 y 1941. Ese vacío legal sin subsitución por otro sistema jurídico nuevo era necesario para que sobre esos solares se construyese el nuevo orden nazi, aquél en el que ellos serían los señores de una masa de esclavos eslavos, tras la eliminación de los judíos, pero tuvo un efecto secundario: que los nuevos ocupantes podían actuar a su antojo, sin rendir cuentas a nadie.

Sólo así, en la desprotección más absoluta, se hace posible que los nazis pudieran eliminar pueblos enteros sin que esas acciones tuvieran repercusión alguna o que creasen zonas fuera del mundo de donde no se volvía, como los campos de exterminio. En otras zonas de Europa, como en Francia o Dinamarca, incluso en la misma Hungría, la supervivencia de un estado, aunque fuera colaborador, suponía todo tipo de trabas jurídicas, legales y administrativas, que había que ir retirando poco a poco. Sólo así se explica que mientras en el este la tasa de supervivencia no llegaba ni al 1%, en Holanda ascendiese al 25%, incluso a un 75%. En palabras de Snyder, se trata de la paradoja de Auschwitz. Si un judío, estaba destinado a ese campo, tenía casi tres veces más posibilidades de sobrevivir que si no lo estaba... incluso aunque en Auschwitz se asesinaron a 1 millón largo de personas y ha devenido el símbolo por excelencia del holocausto.

Dos apuntes finales. Centrarse en el este de Europa, permite a Snyder iluminar aspectos muy poco conocidos. Por ejemplo, las unidades paramilitares judías alentadas por el gobierno polaco, el Betar en la propia Polonia, el Irgun en Israel. La una para obtener una respetabilidad internacional en caso de conflicto general, la otra para ganar por la violencia. Esto choca con la idea de una población judía sumisa que se dejó exterminar sin resistencia y explica fenómenos como el levantamiento del Ghetto de Varsovia en 1943 o el éxito del estado hebreo en 1948.

Y por otra parte, casi el último cuarto del libro está dedicado a todos aquellos que, aún viviendo en el infierno nazi y estalinista, se las arreglaron a para salvar a algún judío. No importa cuantos, ni siquiera el éxito que tuvieran, sino el mero hecho. Que algunas personas, supieron ser ser humanos y arriesgar su vida para salvar la de otro ser humano, sin arredrarse por peligros y represalias.

Esos pocos que, por su ejemplo, permiten que no perdamos la esperanza, que los demás seamos capaces de mirarnos a la cara cada mañana.

Esos pocos justos de los que nadie habla..




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